Mahler de cine

Por: | 24 de febrero de 2012

por Jesús Ruiz Mantilla

Estaba Escrito. Pero el homenaje ya sufría un retraso imperdonable. Si algo ha inspirado de forma inequívocamente creativa el legado de Gustav Mahler es al cine. Por tanto, si existe un lugar para que el compositor fuera reconocido en la posteridad ese viene a ser Hollywood. Su tocayo Gustavo Dudamel ha saldado la deuda. Durante dos semanas se ha dedicado a interpretar todas las sinfonías del músico en el Walt Disney Hall a lo largo de un ciclo que ha resultado histórico y en el que ha juntado a la Filarmónica de Los Ángeles con la Simón Bolívar, las dos orquestas, junto a la de Gotteborg, de las que hasta la fecha se hace cargo.

El triunfo de Mahler entre los ecos de la colina no podía retrasarse más tiempo. Ya conoció al final de su vida el éxito en Nueva York, donde pasó una temporada intensa y bien remunerada durante sus últimos años. Pero debía ser más concretamente Hollywood quien se acabara rindiendo a sus pies.

Alessandro Baricco esgrimió hace años una provocadora teoría. Lo publicó en ese ensayo musical tan agudo como atinado que se titulaba El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Siruela). En un capítulo dedicado a la espectacularidad, el escritor italiano autor de Seda, echaba mano de dos compositores en el filo del siglo XIX y XX como promotores de la modernidad que después se impuso en los gustos del público.

Según él, Mahler y Puccini, fueron auténticamente visionarios en este sentido. Aunque no lo hicieran intencionadamente, su obra marcó expresiones artísticas posteriores de las que ni siquiera ellos llegaron a hacerse una idea. Y es que tanto la vida como el arte dan muchas vueltas.

Si los derroteros de la ópera que exploraba Puccini terminaron por inspirar todo el género de teatro musical, de El fantasma de la ópera a Los miserables y demás, la espectacularidad del sinfonismo mahleriano ha sido clave para entender el lenguaje musical del cine.

Dudamel
Gustavo Dudamel, en un concierto en Estoril (Portugal) en 2009. / Foto: EFE


Pero no solo en lo que ha influido a un buen puñado de compositores fílmicos, sino en lo que sus propias sinfonías han marcado para ciertos directores muchas películas. De las citas que le dedica Woody Allen, a sus biopics –de la fallida Mahler, de Ken Russell a Mahler en el diván, de Percy y Félix Adlon-, el gran músico ha regado y ha conformado el carácter o la calidad de varias películas tan clásicas como curiosas con sus obras.

El protagonismo que adquiere el Adagietto de su Quinta sinfonía en Muerte en Venecia es el caso más emblemático. La nostálgica vejez de Gustav von Aschebach, el protagonista encarnado por Dick Bogarde, su contemplativo último aliento serenamente extasiado ante la belleza de Tadzio, aquel muchacho, inspiró a Visconti con un sentido tan expresionista como decadente y romántico. El acierto fue proverbial y después copiado con más o menos elegancia en otras películas de más contenidas como El maestro de música. Solo que ahí, Gerard Corbiau no echó mano de la Quinta, sino de la Cuarta sinfonía.

Pero la estela de Mahler sigue llenando planos y planos. Es el caso de El árbol de la vida, apoteósico y emocionante canto poético existencial de Terence Malick. Si la poderosa banda de Hans Zimmer acompasó su anterior título, La delgada línea roja, el cineasta medio anacoreta, perfeccionista y nada prolífico ha echado mano de un buen puñado de clásicos para acompañar la compleja y brillante trama narrativa de El árbol de la vida. En ella incluye apenas unas poquitas notas de la sinfonía Titán, la primera de Mahler, en el riquísimo engranaje sonoro de sus planos.

El resultado es brillante. Todo un ejemplo, como en lo citado anteriormente, de que aquella música escrita con el propósito de llenar los oídos, la mente y el sentimiento de quien la escuchara, hoy puede ser contemplada también gracias al talento de ciertos autores. Ellos han logrado que además de sentir la música de Mahler en su más profunda expresión, ahora, además, podamos verla.

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La música tiene un componente intelectual y otro emocional; es por medio de este último que se establece una comunicación entre compositor y oyente. En el caso de Mahler, con su inherente intención abarcadora de cuanto constituye al ser humano, la diversidad de estados de ánimo que pueden ser reconocidos durante la escucha de sus obras convierte a lieder y sinfonías en una fuente de citas apropiadas para complementar la imagen fílmica en una gran variedad de situaciones dramáticas. Desde los arrebatadores scherzos hasta los arrasadores adagios, desde las melodías ingenuas hasta las canciones panteístas, cabe toda una diversidad de afectos entre los que, quizá, la serenidad de los últimos compases de "La canción de la Tierra" se encuentren en la cúspide de la capacidad expresiva. Sin embargo, Mahler no sirve para la simple ilustración; es un compositor demasiado intenso, demasiado cargado de sentido para quedar en segundo plano sin verdedera integración en la intención estética de una escena cinematográfica.
El ejemplo más claro es, por supuesto , el de "La muerte en Venecia". El adagietto de la quinta sinfonía se ha hecho inmensamente popular como representación de la triste decadencia humana, del amor imposible y de la belleza inalcanzable. Una suerte de música fúnebre que acompañara la dispersión de las cenizas de un alma a la que se descubre hermosa mentira de la que no es posible el retorno. Pero hay en la película otro fragmento mahleriano, probablemente más significativo aún: el canto del Zaratustra de Nietzsche integrado en la tercera sinfonía.
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O Mensch! Gib acht!
Was spricht die tiefe Mitternacht?
Ich schlief!
Aus tiefem Traum bin ich erwacht!
Die Welt ist tief,
und tiefer als der Tag gedacht!
O Mensch! Tief!
Tief ist ihr Weh!
Lust tiefer noch als Herzeleid!
Weh spricht -- Vergeh!
Doch alle Lust will Ewigkeit,
will tiefe, tiefe Ewigkeit!
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¡Oh, Hombre! ¡Atiende!
¿Qué dice la noche profunda ?
¡Yo dormía!
¡Me desperté de un hondo sueño !
¡El Mundo es profundo!
¡Y más profundo de lo que el día recuerda!
¡Oh, Hombre! ¡Atiende!
¡Profundo es tu sufrimiento!
¡Más profunda es la alegría que la pena!
El sufrir habla:¡Desaparece!
Pero toda alegría busca la eternidad,
¡Una eternidad profunda, profunda eternidad!
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http://www.youtube.com/watch?v=y9f3tdfkj30
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Difícilmente puede ser expuesto con mayor desgarro un ansia de plenitud que brota desde la conciencia de lo efímero, de la belleza que en un instante se presenta y, sin remedio, se extingue antes de que la realidad la coloque al alcance del deseo.

Os recomiendo a todos los mahlerianos que si no lo habéis hecho aún veáis la película "La novia del viento" dirigida por el autraliano Bruce Beresford y protagonizada por Sarah Wynter, Jonathan Pryce y Vincent Pérez, entre otros. Película del año 2001. "Mahler de Cine"

Estupenda entrada que me empuja a buscar El arbol de la vida, que todavía no he visto. Solo un pequeño comentario: probablemente, en El maestro de música, la música que remite a Muerte en Venecia no es de la cuarta sinfonía, sino del lied Ich bien der Welt abhanden gekommen.

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