Retrato íntimo del Liceu

Por: | 03 de julio de 2012

Liceo

Por Miguel Pérez Martín

Todo el mundo está condensado en el foso de la orquesta. Ya lo mostró Federico Fellini en su película Ensayo de orquesta, una cinta que muestra una batalla sindical pero, si se rasca la superficie, deja entrever una lucha entre potencias divididas por instrumentos en la que el caos lleva a la catástrofe: y solo trabajar como conjunto puede remediarlo. Es el mismo espíritu de El foso, película que se estrenó el pasado viernes y que busca humanizar a los hombres y mujeres de negro que se esconden en esa especie de trinchera, además de mostrar el inmenso trabajo que precede al alzado del telón del Gran Teatro del Liceu de Barcelona.

El foso es una película sobre la vida. Son las distintas partes las que se unen para formar un todo. En la película se hace el recorrido de los fragmentos que forman un violín: el pelo de caballo de Mongolia, el palo de Brasil… Una madera que se usa en la curación del cáncer que una intérprete de la orquesta tiene”, explica el director, Ricardo Íscar. Porque en la cinta no solo están los ensayos y los fragmentos de las óperas, también sus inquietudes, sus aficiones, sus problemas familiares… Los músicos salen del foso para contar sus historias, tan normales y comunes como las de cualquiera.

Casi un año de grabación, de entrevistas, de viajes, de ser uno más del personal, junto a los que dan lustre al oro de los mascarones, retocan las pelucas o limpian los baños. Y comprobar lo complejo que es realizar cada día el milagro de una ópera. “Quería desmitificar a la orquesta. El trabajo de la música es un trabajo industrial, es la industria de la belleza, un trabajo más duro y rutinario de lo que imaginaba. Con este documental he aprendido que el verdadero espectáculo de la ópera está antes de que se alce el telón. Es una empresa heroica”, comenta el director.

 

El Liceu tiene 165 años de vida, con sus mejores y peores momentos, del pavor de sus incendios a la grandeza de saber adaptarse para sobrevivir a los tiempos, desde aquellos años en los que la aristocracia y la burguesía asistían a los palcos como a una recepción real. El palco y el foso, aparentemente tan lejanos, a pesar de que los que están en el subsuelo y tras las bambalinas son los que obran el milagro. “Uno de los objetivos era superar esa distancia de púlpito entre orquesta y público. ¿Quién es esta gente que juega con nuestros sentimientos y es capaz de emocionarnos? He intentado acercarme a los músicos y a su profunda humanidad”, comenta Íscar, que agradece al Liceu la libertad que le ha dado a su equipo para sumergirse en las entrañas del teatro, llenarlo de cables y de micrófonos, algo que define como “meter un elefante en una cacharrería”.

Durante el rodaje, Íscar vivió los problemas del teatro, cómo le afectaba la crisis y “cómo despedían al 10% de la plantilla, uno de ellos, un músico que iba a salir en el documental”. “Pero si se pierden trabajadores del Liceu, se ve mermada la calidad de las obras. La gente debería defender su patrimonio cultural, sin dejar de exigir que la cultura sea más asequible”, sentencia.

 En El foso vemos lo que nadie nos ha enseñado de un teatro de ópera. El oboísta estresado que llama “cabrón” a su instrumento mientras asume la esclavitud de hacer y domar las cañas, la arpista que aprovecha para leer un libro en los cientos de compases de espera que quedan hasta que llegue su cadencia, la violinista curiosa que se inclina desde el foso en el ensayo para ver la cara de la soprano en el escenario mientras canta su aria a cappella… La vida, al fin y al cabo. “Y hay que dejar claro que esto no es una película para músicos, si no para todo aquel que ame el arte”. Y sobre todo una película sobre esa “multitud que realiza un trabajo minucioso el foso para sonar como un todo”.

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