Barenboim... la saga continúa

Por: | 20 de noviembre de 2012

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El violinista Michael Barenboim.

Ser hijo de una leyenda viva de la música y dedicarse al mismo campo artístico tiene ventajas e inconvenientes. Como todo. La sangre y la educación tiran mucho. Pero también se arriesga uno a que todo el mundo se pase media vida recordándole de dónde procede. A que esa sea la primera pregunta en cualquier entrevista. Como en ésta. Michael Barenboim (París, 1985) estuvo de paso ayer en Madrid, donde tocará con Lorin Maazel y la Filarmónica de Múnich el miércoles, de camino a Zaragoza. En la estación de Atocha, esperando su tren, charlamos con él sobre muchos de estos temas mientras toma una hamburguesa. Por cierto, con bastante mala pinta. “Para saborear la buena comida, a veces hay que comer estas cosas”, dice resignado.

Hijo y nieto de familia de músicos, procede de un linaje muy singular. Difícil pensar que se pueda escapar a un destino así (hasta su hermano, aunque como productor de hip-hop, es músico). Empezó a los siete años con el violín. Básicamente cuando su familia se mudó a Berlín y sus padres no encontraron un profesor adecuado de piano (deber ser misión imposible convencer en esa materia a un padre como Daniel Barenboim). Ahí empezó realmente su historia musical.  Pero, según cuenta, hasta 2003, cuando abandonó los estudios de filosofía que había comenzado en la Sorbona y que compaginaba con el violín –“quería ver dónde me llevaban, pero al cabo de dos años vi que no podía hacer las dos cosas bien”- no tuvo completamente claro que la música profesional se fuera a convertir en su vida. “Es fácil ver una línea cuando miras atrás, pero no la había entonces. Te puedo asegurar que a los 14 años no planeaba una carrera como músico”.

Tampoco teme comparaciones con su padre, ni que le persiga su sombra. “Los buenos intérpretes se concentran en la música, el resto no es interesante. Si lo haces bien les gustará y si no, no. Da igual de quién seas hijo, importa tu interpretación. ¿Comparación? Él no toca el violín, yo lo toco mucho mejor. He aprendido de él mucho. Casi todo. Pero no creo que nadie nos compare, tampoco estamos en el mismo nivel, la verdad”.

Miembro de la West-Eastern Divan Orchestra desde el año 2000, se convirtió en su concertino en 2003 y ha sido concert master de la Scala en varias ocasiones. Inteligente, políglota (con su esposa habla en ruso, con sus padres en francés) excepto con el español y con un enorme talento interpretativo, dicen los que le conocen que solo le falta creérselo un poco más y actuar en consecuencia sobre el escenario. Un poco más de teatro. “Sí, es cierto. Puede que sea algo estático. Intento anteponer la música. Pero a veces parece que estoy asustado o algo así. Creo que lo que cuenta es la música y quiero enseñar eso más que a mi mismo”. Por ese motivo descarta absolutamente dar el salto a la dirección: “No es lo mío”. Prefiere seguir con su carrera de solista, arriesgando siempre y buscando piezas complicadas y de fácil fracaso como el concierto para violín de Schoenberg, del que salió más que airoso con la Filarmónica de Viena.

Llega a España -preocupado por el conflicto israelo-palestino, del que no ve solución hasta que termine la ocupación- para interpretar un programa dedicado a Beethoven. La obertura de Egmont; el concierto para violín y la Sinfonía número 5, en Do menor, Op. 67. Ante un público (en general) que nota encanecido. En todos los auditorios a los que va. “Siempre me asustó la idea de que la gente dejara de ir a conciertos porque solo ves a personas en sus sesenta. Muchos de mis amigos no van nunca, solo cuando toco yo. Pero creo que en diez años empezarán a ir, tiene que ver con la edad. Pero hay una caída de público, eso es indudable. Y habrá menos, especialmente en Europa occidental”, opina. Lo mismo sucede con la música contemporánea y sus escasa interpretación. “Es un gran problema. En 1800 todos interpretaban música contemporánea, nueva. Hoy casi nadie. Claro que hay grandes compositores, pero no sabemos dónde están ya que nadie toca su música. Hay buenos y malos compositores, como siempre, pero no tienen un campo abierto para expresarse. Es la primera vez en la historia de la humanidad que la gente no está interesada en el arte de su tiempo”.

Conciertos con la Filarmónica de Múnich y Lorin Maazel: hoy en el auditorio de Zaragoza y mañana en el Auditorio Nacional (Ibermúsica).

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Baremboin padre es ciudadano del mundo más que argentino, y para él los idiomas son como la música: un medio de expresión nada más, no una camiseta a representar.

¡Qué paradoja!, es políglota y sin embargo un idioma que no habla es el castellano, a pesar que su padre es argentino y de joven se fue a vivir a Israel.

Hombre, señor redactor, ser hijo de Baremboim y dedicarse a la música debe tener más ventajas que inconvenientes, digo yo. Como llamarse Verdú y dedicarse al periodismo.

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