'Don Giovanni'… Si no hubiese sido por Alejo Pérez

Por: | 26 de abril de 2013

DongioOK
Imagen del montaje de Tcherniakov sobre la obra de Mozart Don Giovanni. / Javier del Real

A medida que caía sobre mí la plúmbea, estática y claustrofóbica marquetería que ha adornado el último montaje de Don Giovanni en el Teatro Real, pensaba, con muy buena voluntad, qué podía salvarse de todo aquel naufragio.

Las entradas de los personajes, el vestuario -rebuscado entre las oportunidades de El Corte Inglés, las rebajas de Bershka y un container en el caso del protagonista-, la sensación de comedor pomposo de piso piloto y una aproximación a la psicología de los personajes burda, el trabajo de Dmitri Tcherniakov me irritaba a medida que toda aquella madera se me revenía dentro de la mente en corcho.

Si su visión infantil y plana de don Juan –histérico y nini-, me dejaba llevaba a la carcajada, el pulso de la escena, sus juegos para trasladármela al presente se me volvían tergiversaciones antiguas y carentes de impacto. Este don Giovanni de botellón y tormentos alejados de su sutilidad, su cinismo y su desafío a la vida me resultaba confuso y tedioso, alejado de la compleja sencillez lograda por Michael Haneke en su reciente Così fan tutte, todo un alarde de moderna y acertada dramaturgia ante el que el ruso queda en ridículo.

Hice un esfuerzo ímprobo, titánico, para sacar algo a relucir entre tanto aburrimiento, tanta mediocridad atrasada y vislumbré tres cosas. Las dos primeras sobresalían entre las líneas de canto antimozartianas de la mayoría, sobre todo de ese vulgar Don Ottavio perpetrado por Paul Groves. Destacaban fácilmente -sin que alucinemos, eh- una aceptable forma de Ainhoa Arteta y el Leporello bien trazado y con aire a Sacha Baron Cohen de Kyle Ketelsen.

Pero poco a poco, en medio de aquella maraña, sobresalía el trabajo en la dirección orquestal del argentino Alejo Pérez. Era la segunda vez que le escuchaba en el foso del Real. La primera fue el pasado verano con el Ainadamar lorquiano que había compuesto su compatriota Golijov. Aunque es difícil juzgar el trabajo de alguien cuando la música suena por primera vez, en aquel estreno cobraban fuerza los matices de la rica y agradable partitura dedicada al poeta.

Parece que han tenido sus más y sus menos Pérez y el director de escena. Hasta el punto de admitir el músico que no había sido un trabajo en equipo y que había hecho lo que había podido pese a las propuestas de Tcherniakov. Habrá que perdonarle pues que en los compases finales, ese reto del comendador, pasado de vueltas y a un ritmo tan salido de madre que convertía la condena de don Juan en una vulgar invitación a irse de copas al infierno, la cosa resultara un desastre por exigencias de un guión impuesto. Todo aquello se dulcificaba, todo el dramatismo y el envite pasaban desapercibidos y reducía la escena a algo digno de pasar al olvido.

Pero sin embargo, el resto del trabajo de Pérez sobresalía como una isla de brillantez. Su delicado trato del viento, rico en matices y colores, su originalidad al buscar distintos planos sonoros en escenas como la de la fiesta, la perfectamente empastada fuerza de las dinámicas, convertían a este joven director en lo mejor de una noche de pesadilla. Recuerden este nombre: Alejo Pérez, nacido en Buenos Aires en 1978, dentro de la ya más que real promesa de la camada latinoamericana que conquista los podios fuera de sus fronteras. Olvídense en cambio de otro: Dmitri Tcherniakov.

Hay 2 Comentarios

Totalmente de acuerdo en lo de Cherniakov. Otro ataque de la soberbia y megalomanía de este MORTIER que cobra y desprecia a los españoles. En desacuerdo en lo de Alejo Pérez. Muy mal su dirección. Plúmbea y sin ritmo. Si no estaba de acuerdo con Cherniakov que se hubiese ido. Pero los músicos, como los políticos, no dimite ni se van. Se quedan hasta la última función, que hay que hacer caja

Pues sí, Jesús, resulta incomprensible e indignante lo que ha hecho este Tcherniakov. Puedes no acertar, puedes obcecarte en algo, pero es que además da la impresión de que ni siquiera ha puesto ganas. Cierto regodeo en la obcecación.
(Yo también salvaría, a pesar de lo difícil que se lo ponen, a la Donna Anna de Christine Schäfer).

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