Día 3: Wagner, entre Shakespeare y 'Toy Story'

Por: | 10 de agosto de 2013

por JESÚS RUIZ MANTILLA

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Un momento de la representación de Los maestros cantores de Núremberg, en Salzburgo.

En realidad, Richard Wagner quería hacer una comedia. Pero le salió el tiro por la culata. Empezó a echar mano de la necesaria obsesión naciente por dar cuenta al mundo de que desde la joven Alemania se fraguaría un arte de caerte de culo, el señor no le alumbró con la a veces conveniente capacidad de síntesis necesaria para ciertos casos y parió una ópera de casi seis horas en la que contaba la historia de una especie de Operación Triunfo donde u nos maestros guardaban las esencias de la música y la poesía en un pueblito idílico del norte europeo. Siempre he pensado que la única manera de tragarse Los maestros cantores de Núremberg en nuestra época es echándole sentido del humor. Como a la lengua alemana, contagiada y aniquilada por la rabia del nazismo y resucitada en su noble dignidad después por el talento de escritores como Günter Grass –como bien sostiene George Steiner en ‘Lenguaje y silencio’- esta ópera de Wagner sufrió la difícil marca de superar el ser uno de los títulos más estilados en los campos de concentración nazis. Eso le podía haber costado su entierro eterno, pero visiones como la de ayer, por parte del músico Daniele Gatti y del director de escena Stefan Herheim, la llenan de sentido.

Como decíamos, Wagner quiso hacer una comedia. Fracasó y rápidamente etiquetaron al título como un drama. Pero la ventaja del tiempo es la que puede llenar el título de ironía. Y así ha hecho brillantemente Herhaim, con una producción que tira de fantasía, aumenta las escalas del escenario a placer y nos hace penetrar en referencias antiguas y contemporáneas que van desde El sueño de una noche de verano –fundamental para Wagner, que consideraba a Shakespeare una especie de alma gemela-, los cuentos de Perrault o, como guiño más acorde con los tiempos, la brillantez de Toy Story.

Es la mejor manera de soportar una obra que en su contundencia viaja a veces entre la nobleza y la repugnancia, entre la ambición artística y lo rastrero de su propaganda psuedo cultural, que nos quiere vender ya la superioridad elitista germánica. Gatti atempera, aligera y llena de lirismo la partitura al frente de la soberbia Filarmónica de Viena –aunque obtuvo algún tímido pateo- y el gran Michael Volle se impone sobre todo el reparto con un impecable, tierno y sobresaliente Hans Sachs. La titiritera y sarcástica visión por parte de Markus Werba del Beckmesser también triunfó, como no fue el caso de la fría Anna Gabler, como Eva, ni del riguroso, aunque algo engolado tenor Peter Sonn.

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Mil gracias creo que es el mejor hasta hoy

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Daniel Verdú. Periodista de la sección de Cultura.

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