Día 2: También hay espacio para el apocalipsis

Por: | 09 de agosto de 2013

por JESÚS RUIZ MANTILLA

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Un momento de la ópera 'Gawain 2013'. / RUTH WALZ

Dentro de esa amable tensión que se respira en Salzburgo este año, como traicioneramente, se cuela estos días entre el público la ópera Gawain. En una tarde de contrastes, frente al espejo de esperanza que suponía contemplar lo insólito del Coro Manos Blancas impulsado por José Antonio Abreu en Venezuela con niños y jóvenes sordomudos, o la representación de El sueño de una noche de verano, que contaba con el coreógrafo español Francesc Arbos, había también espacio para este terrible retrato del ocaso de los héroes.

Harrison Birtwistle no es un compositor que afronte temas amables. El británico, que estrenó esta ópera en 1991, recurrió al rey Arturo para reflexionar sobre una época en la que impera la orfandad de los hijos de Aquiles. En este montaje salzburgués, dirigido por Alvis Hermanis (Riga, 1965) en escena, un monarca incapacitado y en silla de ruedas, con sus súbditos medio desmadrados y entregados al canibalismo, clama desesperadamente por un hombre valiente.

Gawain está llamado a serlo, pero después de un viaje y una búsqueda iniciática que le enfrenta a varios fantasmas, renuncia a jugar ese papel. La ópera resulta una especie de lado oscuro de La flauta mágica. No irradia un ápice de luz, ni esperanza. El discurso de Birtwistle, con un brillante libreto de David Harsent, destroza todo atisbo de salvación.

La visión de Alvis Hermanis, completamente a tono con el latido de la obra, es absolutamente apocalíptica. Recurre a guiños en escena que echan mano de la ciencia ficción más crepuscular, entre Mad max y esa tremenda fábula que Cormac McCarthy nos legó en La carretera. Coloca automóviles carcomidos por el moho y utiliza el imponente muro de piedra de la sala para proyectar envolventes imágenes de incendios y agobiantes humedades.

La partitura rezuma una tenebrosa tensión. Ingo Metzmacher extrajo de ella desde el foso una tormenta de inquietantes sonidos. Fue contundente en la avalancha que necesita la obra de percusión, preciso en las marcas, atento y generoso con los cantantes. Christopher Maltman nos ofrece un esbozo de héroe muy cercano, John Tomlinson aterra en su entregada veteranía como caballero verde y Laura Aikin destaca con su deslumbrante e inquietante magia verdinegra como Morgan le Fay.

A la espera de Los maestros cantores… que ofrece hoy Daniele Gatti –uno de los actuales monarcas wagnerianos- y con Rattle ensayando duramente al frente de la división infantil y juvenil venezolana para interpretar la Primera de Mahler mañana sábado, Salzburgo digiere la brillante catástrofe que nos deja Gawain y nos hace caer en la necesidad de la búsqueda de referencias nobles.

No será la que ayer vi en el escaparate de una librería por el centro de la ciudad. Junto a una rumana que pedía limosna llamaba la atención un comic: Hipster Hitler. A alguien se le había ocurrido dar un barniz moderno al urdidor del apocalipsis. ¡Qué gracioso!

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