
Bianchi da instrucciones durante un duelo entre el Boca y el Racing. / Natacha Pisarenko (AP)
El fútbol argentino comenzó 2014 como acabó 2013. Envuelto en una persistente sensación de agonía.
Boca, que ganó su segundo partido consecutivo, soslaya una catarata de malas decisiones. En Boca los dirigentes contratan entrenadores para darle el gusto al público. Por demagogia. Entonces reaparece la figura de Carlos Binachi. Muy fuerte porque ganó dos veces la Copa Libertadores en su primer ciclo, Bianchi siempre resonó en la presión popular pidiendo su regreso. La ironía es que Bianchi no quería volver. Se había tomado un respiro prolongado, y, además, nunca hubo una convicción por parte de los dirigentes de que Bianchi fuera el entrenador elegido. Los dirigentes, con el presidente Daniel Angelici al frente, siguen la misma línea de Mauricio Macri, el expresidente, enfrentado a Bianchi por el liderazgo del club en tiempos históricos. Como Angelici es una prolongación de Macri, si contrató a Bianchi no lo hizo por convicción.
A veces el equipo de fútbol es el último eslabón de una cadena de decisiones. ¿Qué poder tiene el entrenador para cambiar las cosas? Cuando uno habla de análisis futbolístico también tiene que examinar estas cuestiones colaterales para que la valoración sea completa. En el ritmo de la semana no consideramos estos temas que son vitales para la construcción de un equipo. Nos limitamos a hablar de la táctica, de la estrategia, de la línea de cuatro, de la idea de juego… De cosas que son valiosas en la medida que se presupone que el contexto es normal. Si el contexto es anormal quedan diluidas. Se difuminan por efecto de los barras bravas patrocinados por poderes fácticos, chantajeando a los jugadores, o por culpa de los dirigentes que toman decisiones midiendo la temperatura del público. Es un menjunje tóxico. Uno cree que el estado de agonía es el anuncio de un final. Pero no.

Un grupo de hinchas de Independiente mandó un mensaje mafioso hace unas semanas. Aparecieron dos perros ahorcados, colgados de un árbol, junto a unas canchas de entrenamiento en la ciudad deportiva de Independiente. Después perdió el equipo, que juega en Segunda, y los hinchas invadieron el estadio y la sala que une el párking con los vestuarios. Dos o tres jugadores se agarraron a trompadas con los intrusos. Estas cosas lo infectan todo. Uno cree que esto es el principio del fin. Que se acabará, que habrá controles, que los dirigentes van a actuar y las autoridades enderezarán el rumbo. No sé qué reclama el público de Independiente. Lo único que pueden reclamar a los jugadores es falta de fútbol porque lo demás lo brindan. Sin embargo, el grito de guerra de la gente señala que los futbolistas no ponen “huevos” para ganar partidos. Pero “huevos” es lo único que aseguran. Es lo único que hay. No hay un reclamo de calidad. Está todo tan distorsionado que uno supone que alguien desde afuera en algún momento va a poner fin a la agonía. Pero la agonía permanece. Las cosas no cambian. Lo único que cambia es el lugar del conflicto. A la mínima situación futbolística negativa se rompen los límites. Boca e Independiente son los casos más resonantes. Un muestrario de todo aquello que es corriente en el fútbol argentino.
Cambió el fútbol y cambió la visión y el veredicto del público. Porque si aparece un entrenador que te promete el éxito se le brinda la facultad para hacer lo que quiera; si determinado jugador te promete el éxito puede hacer lo que quiera; si ese dirigente te promete el éxito le das las llaves del club. Cuando el éxito no viene (porque generalmente viene compuesto por cierta racionalidad y sentido común) la cosas se malogran y se destapa un escándalo. Siempre por la promesa del éxito. El hincha tolera ir en contra de su esencia por esa promesa de éxito. En Argentina el éxito es todo o nada. El éxito te constituye. Eso es fatal porque primero uno tiene que ser sensato y actuar de acuerdo a sus conocimientos, creencias y capacidad. Cuando uno empieza a ir contra sus principios porque lo que quiere es que alguien te prometa el éxito no hay manera de analizar nada.
Cambió la sensibilidad del público y la obsesión de los que mandan por el poder. La obsesión por la notoriedad, por tener una especie de superioridad. En esa desesperación concedo o reprimo de acuerdo a esos valores, no a lo que yo siento, creo, conozco, o soy capaz de realizar. La realidad actúa como búmeran. Las consecuencias se presentan con brutalidad. Todo es tan vertiginoso que minuto a minuto, partido a partido, se representa la gloria y el fracaso supremo. El último resultado deportivo expone o anula porque el resultado es todo y la victoria me constituye. La victoria tapa los conflictos momentáneamente. Después aparecen de nuevo. La pelota no se registra. Todo es escándalo, sensacionalismo, peleas, despidos. No existe la palabra “proyecto” y no es posible debatir sobre por qué juega bien o mal un equipo. Nos hemos resignado. El público se ha resignado a que no se juegue bien al fútbol. El hincha está ahí buscando emocionarse. Pero no hay un contenido y todo lo empuja a alejar sus sentimientos de la pelota.

Riquelme y Bianchi, durante un partido del Boca Juniors. / NATACHA PISARENKO (AP)
La agonía es insoportable pero aquí la hemos naturalizado. Muchos no son conscientes de ello y se mueven con naturalidad en la agonía. Hemos cambiado los hábitos de acuerdo a esa agonía. Soportamos con entereza partidos muy malos. Podemos decir que las cosas del funcionamiento de un equipo son irrelevantes.
Boca soporta fricciones internas desde hace años. Dirigentes que contratan jugadores que no quieren; un entrenador, Bianchi, que tiene al hijo representando jugadores y ninguno de los jugadores que contrató juegan; un equipo que funciona a cuentagotas o no funciona; líderes que se pelean entre sí por el gobierno del equipo; malestar entre los futbolistas… En mi época nos enseñaron que los problemas de la convivencia se arreglaban en un entorno saludable. Las reglas estaban bien marcadas. Había divisorias entre periodistas, jugadores y dirigentes. Barreras que se han roto. ¿Cómo se sale de esto? Pronostico muchos más conflictos mientras cada una de las partes no pretenda invadir el campo ajeno.
El hijo-representante de Bianchi contrató un par de jugadores para Boca, por supuesto, con el respaldo del entrenador. Llegó Bianchi al club y se le permitió todo para remover el orden. Porque prometió éxito a la tribuna y porque a los dirigentes les sirve de paraguas de protección. Ellos están eximidos de las culpas: las culpas las tiene otro. Así funciona este engranaje en el fútbol argentino. Está institucionalizado. Es una cadena. Todos somos cómplices. En Boca repetimos: “Si viene Bianchi, ya está”. En River repetimos: “Si viene Ramón, ya está”.
Tolerar estos procesos que presuntamente conducen al éxito puede ser indigno. ¿Cómo se soporta? ¿Y si el éxito no llega? Entonces tomamos conciencia de que apoyamos la contaminación. Cada partícipe, cada periodista, cada dirigente, cada jugador, cada hincha, siente el peso de la complicidad. Un peso insoportable salvo que uno se bloquee y actúe como un autómata, suprimiendo el pensamiento, apoyando en el partido y saludando como un soldado. Un soldado del éxito confundido en la multitud. Aficionados y directivos por igual. Porque los propios dirigentes, que se supone que deben ser los más sabios, los más ejecutivos, los más capaces, acaban actuando como hinchas. Como militantes del éxito en una agonía eterna.