El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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Oscars I. A la caza de Osama

Por: | 30 de enero de 2013

Confieso que hace unos días me moví nervioso en mi butaca contemplando 'La noche más oscura', de Kathryn Bigelow, a medida que la CIA iba ciñendo su largo y poderoso dogal sobre el cuello de Osama Bin Laden en la apartada ciudad pakistaní de Abbottabad. Cuatro años antes yo había permanecido varios días junto al fotógrafo Alfredo Cáliz, en ese lugar remoto mientras trabajaba en dos reportajes para El País Semanal: uno sobre los terribles terremotos que se habían sucedido en la frontera con Cachemira, y otro sobre las madrazas; las escuelas coránicas que desde mediados de los 70 habían instruido a los jóvenes yihadistas y talibanes en la religión más rigorista y la guerra santa en Afganistán y Pakistán. Durante 72 horas, estuve a escasos diez minutos del hombre más buscado de la historia del crimen. No le olfatee. Nadie lo hizo. Abbottabad era el refugio perfecto para el fugitivo, como analicé el 3 de mayo de 2011, tras hacerse público su ejecución legal por los SEAL en la operación que retrata Bigelow en su película. 

JEQUE GHAZI

Pero en periodismo, los resultados a toro pasado no sirven, sería demasiado fácil. Los servicios de inteligencia tardaron diez años en conseguirlo. En aquel mismo viaje, sí conseguimos contactar y entrevistar a uno de los grandes aliados de Osama en Pakistán, el jeque Abdul Rashid Ghazi, pieza clave junto a su familia de Al Qaeda en aquel país. Abdul Rashid dirigía junto a su hermano, Abdul Aziz, la Mezquita Roja, en el centro de Islamabad, en la que varios miles de hombres y mujeres se educaban en el odio a occidente. Cuando la visitamos, la mezquita era un laberinto fortificado rodeado de barbudos yihadistas armados con AK-47. El jeque era un hombre culto y  educado, con una barba del tamaño de un puño, como manda la tradición, turbante negro de Muyahidín y aire de intelectual, que manejaba un buen inglés y estaba fogueado en la guerra contra los soviéticos en Afganistán. A través de nosotros lanzó un reto a Occidente sin perder la sonrisa y sorbiendo un buen te sentado sobre su alfombra. “Tenemos miles de jóvenes dispuestos a morir. ¡Dios está de nuestro lado!”, concluyó. Seis meses más tarde, el ejército pakistaní del dictador Pervez Musharraf, asaltaba el complejo militar de los hermanos Ghazi a sangre y fuego. Nuestro interlocutor caía bajos las balas junto a 300 de sus seguidores. El mismo destino correría su socio, Osama, cuatro años más tarde. Al Qaeda era un poco más débil.

 

En la imagen, el jeque Abdul Rashid Ghazi. Fotografía de Alfredo Cáliz

 

El País

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