El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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Pedro de La Rosa, el piloto que no tenía suerte pero tenía alma

Por: | 24 de marzo de 2013

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Pedro de la Rosa en Valencia en 2012. Fotografía de Alfredo Cáliz.

 Me gustan las historias de perdedores. Me gustan los perdedores. Los que saltan al terreno de juego no para vencer, sino para no quedar los últimos; que otean a distancia los laureles del triunfo pero no se rinden. El perdedor cuenta con una serenidad y grandeza de las que carece el triunfador, inmerso en el compulsivo aparato del éxito, el marketing y la adulación. El último en llegar a la meta tiene que ser un estoico. No se puede derrumbar; tras cada derrota, a tiene que estar pensando en la próxima. Rara vez tiene algo que celebrar más allá de estar en pie. Existe una épica en el perdedor apasionante de describir y habitual en la literatura de no ficción. Desde la caída del mimado arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, destronado por los arquitectos alemanes huidos de Hitler relatada en ¿Quién teme al Bauhaus feroz? de Tom Wolfe, hasta la bajada a los infiernos en directo de Stefan Zweig, Hemingway, Celine o Unamuno y los héroes y heroínas con nombre y apellido de los escritores franceses Frédéric Beigbeder, Emmanuel Carrère, Michel Houellebecq o Bernard-Henri Lévy. El mundo del deporte es una mina de perdedores. Severiano Ballesteros es un modelo perfecto de perdedor tras haber alcanzado la cima. Hoy, sería apasionante sumergirse periodísticamente en el perfil del atleta Oscar Pistorius, como en su día lo fueron otros reyes del deporte caídos como Mohamed Alí, O.J. Simpson, Ben Johnson, Greg Louganis o Marco Pantani.

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 Carme Ruscalleda en el restaurante Sant Pau. Fotografía de Alfredo Cáliz.

Todavía es posible toparse con un chef joven, guapo y mediático, educado en esa nueva cocina española cargada de genialidad y marketing, que sostenga con apabullante naturalidad que las mujeres no han accedido a la punta de la pirámide de la alta cocina porque no han sido capaces de renunciar a su vida familiar para dedicarse en exclusiva a las inmensas exigencias de los fogones. Resumiendo: no son grandes chef porque no se han atrevido. Es una idea bastante extendida entre los cocineros con estrella. Esa misma idea reaccionaria se ha utilizado históricamente para explicar la ausencia de las mujeres de las carreras técnicas. Según esa teoría, tampoco había mujeres informáticas o ingenieras de Caminos o de Telecomunicaciones, porque esas disciplinas no les permitían cumplir con las inmensas exigencias de esas profesiones y, al tiempo, tener una ejemplar vida de familia. Era una coartada perfecta para la discriminación. La realidad era más simple. Para empezar, eran los padres y los profesores los primeros que las desanimaban a emprender ciertos estudios y profesiones (porque no eran propios de chicas). Y, además, desde niñas, no habían tenido ninguna referencia de mujeres que se hubieran dedicado a la ingeniería (o a la cocina o a la aviación); no había ninguna figura pública femenina en esos sectores. No había efecto llamada. Era un mundo de hombres. Y dentro de ese statu quo, raramente se convertían en discípulas predilectas de un gran maestro. Los maestros tenían como discípulos a hombres y si alguna vez acogían bajo su manto a una chica, proliferaban los cotilleos. En el mundo de la alta cocina ese paisaje ha sido la norma. Hombres que transmitían conocimientos a hombres y que promocionaban a hombres. Y, las mujeres, de pasteleras, que parecía que era lo suyo.

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Cuando las 'top' dominaban la tierra. Auge, decadencia y caída

Por: | 10 de marzo de 2013

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                                      Fotografia de Peter Lindbergh. (1990)

 

Time era la biblia. Y la sagrada escritura del periodismo había dedicado su portada del 16 de noviembre de 1991 a las supermodelos. La imagen de su cover era Naomi Campbell. Tenía 21 años. El súbtítulo del reportaje era Beauty and the bucks. Belleza y pasta. En el interior, se describía, con el rigor y maestría legendarios en la mejor revista del mundo (que unas semanas antes había llevado en esa primera página la Guerra del Golfo, la corrupción en la recién fenecida Unión Soviética o la destrucción de la capa de ozono), el complejo fenómeno económico y mediático unido al fenómeno de las top model. Hasta esos días, ignorábamos todo ellas. No tenían nombre. En los ochenta, Lauren Hutton, Iman e Inès de la Fressange habían abierto el camino. Pero esta nueva generación era otra cosa. Un terremoto. Movía millones en publicidad y marketing. Y copaba las páginas de las grandes publicaciones de moda y protagonizaba en incipiente universo de los vídeoclips. Un par de meses antes, Canal + ya había producido un documental en blanco y negro llamado Models, dirigido por el fotógrafo Peter Lindbergh, uno de los primeros que retrataron a las nuevas divas de la moda. Nosotros también queríamos explorar ese planeta. 

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Linda Evangelista fotografiada en 1992 en el Retiro. Fotografía de Chema Conesa.

Se decidió hacer un gran reportaje sobre las top en El País Semanal. Salimos de pesca. Hablamos con los conseguidores. Cebamos el anzuelo. Lanzamos el sedal. Resultado negativo. Imposible entrevistar a Linda Evangelista, Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Christy Turlington, Stephanie Seymour, Karen Mulder o Helena Christensen. Menos aún fotografiarlas. No tenían tiempo. Pedían mucho dinero. Nosotros no pagábamos. Además, Evangelista había lanzado al orbe una frase que se convertiría en el eslogan de aquella generación de modelos que se iba a convertir en un icono de los 90: “No me levanto de la cama por menos de 10.000 dólares”. En ese terreno jugábamos. Aguardamos. 

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