El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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La última jornada de reflexión de Santiago Carrillo

Por: | 14 de abril de 2013

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 Santiago Carrillo en su domicilio el 19 de noviembre de 2011. Fotografía de Sofía Moro.


“A  lo que más se parece la vida de un revolucionario es a la de un delincuente internacional. Ese fue mi papel en los años cuarenta y cincuenta; era un hombre sin sombra; me moví sin parar desde Francia a Japón, Argentina y Brasil; y desde Estados Unidos a México, Argelia, Yugoslavia y Moscú. En París, en 1940, durante la ocupación, me hacía pasar por un chileno de buena familia al que le había sorprendido la II Guerra Mundial. Iba con un abrigo de piel y un gran sombrero. Siempre con distintas identidades y documentación falsa. Éramos comunistas, revolucionarios, agentes del Komitern; era nuestra vida y nuestro trabajo. Y eso estaba por encima de la familia o los amigos. Era nuestra misión. Terminabas acostumbrándote”. Me relataba con su legendaria retranca en su domicilio madrileño Santiago Carrillo, a punto de cumplir 96 años, la mañana del 19 de noviembre de 2011. Aquel sábado frío y soleado era la jornada de reflexión previa a las elecciones generales. Por si fuera poco, era la víspera del 20-N. Hacía 36 años que había muerto el general Franco, el dictador que le proscribió de España durante décadas. “Me robó los mejores años de mi vida”.

 

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La reina del porno y otras andanzas por la industria del sexo

Por: | 07 de abril de 2013

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Sophie Evans avanza hacia el escenario del Bagdad. Fotografía de Caterina Barjau. 

Tina Brown es la gran matriarca y matrioska del periodismo de largo aliento. Si la desprendemos de su corteza de inglesa culta y acomodada, placeada en Oxford, emigrada a Estados Unidos, de una belleza a lo Meryl Streep inevitablemente ataviada de blanco o de negro, biógrafa de Lady Di y amiga de Hillary Clinton, que hoy dirige dos de las más poderosas cabeceras de la información mundial, Newsweek y The daily beast, en la capa previa de su personalidad descubrimos a la treintañera que resucito y reinventó a finales de los 80 la mítica revista Vanity Fair, que había estado congelada (y fundida con Vogue) durante 50 años (aunque pocos lo recuerden ya), por sus lamentables resultados económicos. Tina Brown fichó a Bruce Weber, Mario Testino y Annie Leibovitz y convirtió al Vanity en un eslabón imprescindible de la industria del show business. La Matrioska Tina aún esconde aún más capas. La que viene después va desde 1992 a 1998, cuando se hizo cargo de las tablas de la ley del periodismo de no ficción, el relato corto y del periodismo más brillante del último siglo, The New Yorker. Brown le daría color, actualidad, nuevos formatos narrativos y, algo que había aprendido en Vanity Fair: contar con los mejores fotógrafos que habían estado marginados históricamente de la publicación. El primero de la lista, Richard Avedon. La gran dama del periodismo, territorio de Roth, Updike y Jon Lee Anderson, entraba en la modernidad El tercer asalto en la biografía de la matrioska fue la revista Talk, a comienzos del nuevo milenio. Talk era un taburete con tres patas. Las dos primeras consistían en la sabiduría de Brown adquirida a los mandos de Vanity y el New Yorker o, lo que es lo mismo, un periodismo de cinco estrellas pero profundamente descarado. La tercera pata lo formaban los negocios adosados al nuevo magazine, una editorial y una productora de cine. Todo un paso adelante en el modelo de negocio periodístico. Su estreno, en la Estatua de la Libertad neoyorquina, fue la fiesta más cool del año.

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Steinbeck y Capa al comienzo de su viaje a la URSS, en julio de 1947. 

“Este es mi fotógrafo”, proferían algunos periodistas prepotentes cuando presentaban al entrevistado en cuestión al reportero gráfico que les acompañaba. Había en esa frase un sentido de autoridad, que relegaba a la fotografía periodística, al reporterismo gráfico, a un estatus de arte menor, en comparación con el supuesto brillo de los reporteros escritos, a los que los fotógrafos, con la retranca del oprimido, titularían, en revancha, plumillas o juntapalabras. El fotógrafo era un mandado. En muchas ocasiones, no sabía siquiera qué o a quién iba a fotografiar; apenas le habían avisado un cuarto de hora antes. El fotorreportero saltaba sin pausa de inmortalizar una zanja, a retratar al jefe del Estado y de allí a los toros o el fútbol. Y encima bajo las instrucciones del plumilla de turno (al que en ocasiones no había visto en su vida). Esa era la tónica del reporterismo gráfico hasta finales de los 80. Solo se libraban del desprecio los grandes divos del reporterismo fotográfico (Salgado, Nachtway, McCullin, Griffiths, Hetherington) que iban por libre, se jugaban el pellejo, viajaban continuamente, ganaban mucho dinero y se hinchaban a ligar. Yo pensaba que ese estilo de supremacía del periodista escrito sobre el gráfico había desaparecido. Sin embargo, durante un reportaje el pasado mes de octubre en Rusia, centrado en algunas de las joyas del Kremlin regaladas por la Corte británica a los zares en los siglos XVI y XVII con intención diplomática, tuve la oportunidad de revivir aquellos malos-viejos tiempos observando como la reportera de un gran medio francés fiscalizaba cada paso de la fotógrafa que le acompañaba, dictándole su trabajo con la machaconería de un metrónomo: “Chrystel, fotografía esto; Chrystel; fotografía aquello. Chrystel no te quedes atrás”. Desde el primer segundo, me hice cómplice de la fotógrafa, que, además, era bastante más brillante que su compañera de viaje. En el Café Pushkin, me explicó una noche el motivo de su vasallaje: Su patrona era periodista de plantilla de aquel gran medio parisiense y ella era una simple free lance en tiempos de crisis. Y quería que la siguieran haciendo encargos. Por tanto, a callar.

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