La última jornada de reflexión de Santiago Carrillo

Por: | 14 de abril de 2013

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 Santiago Carrillo en su domicilio el 19 de noviembre de 2011. Fotografía de Sofía Moro.


“A  lo que más se parece la vida de un revolucionario es a la de un delincuente internacional. Ese fue mi papel en los años cuarenta y cincuenta; era un hombre sin sombra; me moví sin parar desde Francia a Japón, Argentina y Brasil; y desde Estados Unidos a México, Argelia, Yugoslavia y Moscú. En París, en 1940, durante la ocupación, me hacía pasar por un chileno de buena familia al que le había sorprendido la II Guerra Mundial. Iba con un abrigo de piel y un gran sombrero. Siempre con distintas identidades y documentación falsa. Éramos comunistas, revolucionarios, agentes del Komitern; era nuestra vida y nuestro trabajo. Y eso estaba por encima de la familia o los amigos. Era nuestra misión. Terminabas acostumbrándote”. Me relataba con su legendaria retranca en su domicilio madrileño Santiago Carrillo, a punto de cumplir 96 años, la mañana del 19 de noviembre de 2011. Aquel sábado frío y soleado era la jornada de reflexión previa a las elecciones generales. Por si fuera poco, era la víspera del 20-N. Hacía 36 años que había muerto el general Franco, el dictador que le proscribió de España durante décadas. “Me robó los mejores años de mi vida”.

 

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Fotografía de Sofía Moro.

Aquella mañana Carrillo estaba triste. Sabía que el PSOE iba a caer derrotado en las urnas al día siguiente. Que el recambio de Zapatero era Rajoy. Y que el nuevo presidente iba a golpear duro al estado del bienestar. Carrillo aún creía en la izquierda. En una socialdemocracia puesta al día. Una izquierda de amplio espectro. También le preocupaba la deriva nacionalista catalana. Tenía un gran sentido de Estado. La política seguía siendo su pasión un año antes de su muerte. Me leyó con sus ojos llenos de dioptrías perdidos en la profundidad de unas gafas con cristales como lupas, un par de párrafos de dos artículos que había publicado en EL PAIS unos meses antes. Así pensaba el ex secretario general del PCE un año antes de morir:

“Quizás el problema está en que hay que poner freno a esta ideología del capitalismo salvaje. Que el sistema en que vivimos esté reclamando de momento una reforma urgente que limite sus efectos negativos. Y esa reforma probablemente es una reivindicación que la izquierda europea defendió en otros tiempos, cuando poseía una existencia real en la vida política, la transformación del sistema financiero es un servicio público gestionado por los Estados y coordinado mundialmente (…) Esto no es ya una reivindicación ideológica, puesto que en el sector de la economía productiva, del comercio y los servicios seguiría existiendo la propiedad privada y las plusvalías, el mercado libre. Sería poner fin a una situación en la que el sistema financiero con sus juegos de casino, se ha convertido en un fin en sí mismo, en el que manejando papel se hacen en horas tremendas fortunas y en el que el poder del dinero se ha convertido en el gran poder fáctico que ha convertido en poderes subordinados a los poderes políticos, multiplicando el caos y la anarquía del capitalismo".

"Antes el sistema financiero era el lubricante de la economía productiva. En el curso de esta crisis comprobamos que se ha convertido en un obstáculo para aquella, al sacrificar el crecimiento y el desarrollo a los intereses de la banca. Una reforma así debería ser reclamada por la izquierda, pero también por cualquier fuerza política moderada y responsable que se dé cuenta de que este capitalismo salvaje solo puede provocar catástrofes para todos”.


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 Fotografía de Sofía Moro.


No estábamos en casa de Carrillo para hablar de política. La cita era para hablar del pasado. Se cumplían 75 años de la Batalla de Madrid. El primer capítulo de la Guerra Civil española. El heroico mito de “¡No pasarán!”. Aquellos lejanos días de noviembre de 1936 en que la capital había quedado a merced del ejército nacionalista en los primeros compases de la contienda. “Franco sabía que si Madrid caía, caía la República; y atacó con todo lo que tenía”, recordaba Carrillo. “Madrid era el centro de gravedad de la guerra; si resistíamos, podíamos ganar; si se perdía, se hundiría la resistencia”. Carrillo era uno de los políticos que asumió seguir en Madrid para luchar hasta el final. “Permanecer en Madrid era estar listo para el sacrificio. El que se quedaba estaba dispuesto a luchar hasta la muerte lo que era una ventaja, porque podías saber con quién podías contar”. Las tropas marroquíes de Franco habían alcanzado la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo aquel otoño de 1936. Estaban a un tiro de obús de la Puerta del Sol. La noche del 6 de noviembre, el gobierno de la República, con Manuel Azaña al frente, huyó Valencia y antes de partir, creó una fantasmal Junta de Defensa formada por jóvenes y desconocidos militantes de izquierdas a las órdenes del general José Miaja y el coronel Vicente Rojo. En aquel gabinete desesperado Santiago Carrillo era responsable de Orden Público. En última instancia, el responsable de las matanzas de presos nacionalistas que se desarrollarían en aquello días siniestros. Se cifra en 2.500 personas las que murieron en las sacas de Paracuellos. Nunca se dilucidó fehacientemente la intervención de Carrillo en el asesinato colectivo del 36 en Paracuellos



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Carrillo con Carmen Menéndez, su mujer, en París en 1976. Fotografía de Jordi Socías.

75 años después, la fotógrafa Sofía Moro y yo estábamos realizando un reportaje para El País Semanal sobre los últimos brigadistas internacionales. Los 35.000 hombres y mujeres que llegaron a España en aquellas fechas desde todos los lugares del mundo para luchar contra el fascismo. En 2011, solo quedaba una decena con vida; todos tenían más de 90 años. Entre ellos, solo una mujer, la hispano-francesa Lise London. Ella sería la protagonista de nuestro relato. Comunista irreductible y amiga entrañable de Carrillo desde aquellos días del 36 en que visitaron juntos el frente de la Universitaria con las balas silbando sobre sus cabezas hasta la muerte de Lise, en marzo de 2012. Sofía Moro y yo la en una residencia geriátrica a las afueras de París a comienzos de noviembre. Nos condujo hasta ella su hijo, Michel London, un matemático de 62 años íntimo desde niño de los hijos de Carrillo. Fue la última entrevista de Lise London. Estaba enferma pero con la cabeza intacta. Esta era la descripción que hice de ella en el reportaje La última brigadista, publicado el 11 de diciembre:
 
Lise London tiene 95 años. Nació como Elisa Ricol de padres españoles en un pueblo minero francés. Los Ricol representaban el prototipo del proletariado de comienzos del siglo XX: pobres, analfabetos, desertores del campesinado y emigrantes. El viejo Ricol era un picador que arrastraba la silicosis y militaba en sindicatos comunistas. Lise nació en 1916. De niña vendía helados por las calles. A los 15 años, ingresó en las Juventudes Comunistas. Era una mujer guapa, morena, resuelta, chispeante, con unos bellos ojos negros, un rostro de camafeo y una estricta elegancia socialista en blanco y negro que recuerda a Dolores Ibarruri. Firme, vehemente, doctrinaria, adicta al debate, se iba a convertir desde joven en una profesional de la revolución; una activista incansable; una militante comunista dispuesta a todo. “¡Soy Aragonesa!” repite aún con orgullo.


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Carmen Menéndez, su compañera desde 1947, en 1976. Fotografía de César Lucas.

Un par de semanas más tarde de ese encuentro, nuestra visita a Santiago Carrillo en Madrid tenía el fin de cerrar el círculo del reportaje. Madrid fue el escenario de la tragedia de la guerra y allí Lise London y Carrillo habían compartido horas de tragedia, miedo y muerte en noviembre de 1936. La leyenda de las Brigadas Internacionales había empezado unas semanas antes en París, en el otoño de 1936. La sede de los sindicatos de izquierda y de los comités obreros, en el número 8 de la rue Mathurin-Moreau, se convirtió en el banderín de enganche de los soñadores de las Brigadas Internacionales; después tenían que llegar a España y atravesar clandestinamente la frontera a pie. Tras un mínimo entrenamiento en Albacete, se convertirían en el último parapeto de la capital de la República contra los moros, los legionarios y los requetés de Franco. Su objetivo, frenar al fascismo rampante en Europa. Este era su juramento: “Estoy aquí porque soy voluntario, y daré si hace falta hasta la última gota de mi sangre para salvar la libertad en España y la libertad del Mundo”.

En Polonia, Hungría, Rumania, Grecia, Lituania, Bulgaria, Checoslovaquia Austria y Portugal se estaban incubando regímenes dictatoriales. La extrema derecha había mostrado sus colmillos en Francia. En sectores del Partido Republicano estadounidense y el establishment británico se aplaudía a Hitler. Aquellos brigadistas miraban a España. Y miraban más allá. Como escribiría Artur London, esposo de Lise, checo, intelectual, judío, comunista, guapo, elegante, tuberculoso; brigadista, resistente en Francia contra los nazis; deportado al campo de Mauthausen y, en los 50, primero viceministro de Exteriores de Checoslovaquia y después represaliado durante años en las cárceles secretas del estalinismo y amigo del alma de Carrillo desde 1936: “En Madrid, el checo iba a luchar por Praga; el francés, por París; el austriaco, por Viena; el alemán por liberar su país de Hitler y el italiano por expulsar a Mussolini de su país”.


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Carrillo en un acto propagandístico durante la Guerra Civil.


Visitamos a Carrillo en el pisito de clase media donde vivía desde hacía tres décadas (tras hacer escala en 1976 en un apartamento junto al puente de Vallecas), escondido en un barrio discreto de la orilla este del Retiro, a cinco minutos del domicilio de Felipe González cuando era líder de la oposición en la noche de los tiempos. Don Santiago nos recibió a media mañana fresco y perfumado como un dandy y ya con un cigarrillo-rubio-inglés-extralargo entre los dedos de la mano izquierda. Se resentía de la derecha. Era un hombre débil y anciano, con la piel como el cuero y pocos kilos en su magro esqueleto, pero su cabeza y su exquisita educación y atuendo querían indicar lo contrario. Lo mismo que los cinco cigarrillos que consumió en las dos horas largas de conversación. “Tengo un gen que hace que el tabaco no me afecte”, dijo medio en serio medio en broma. Le pregunté si de vez en cuando todavía caía un güisquito; me contestó muy serio: “Cuando viene a verme alguno de mis hijos alguno cae”. Tenía una vez teatral. Gestos de actor. Acostumbrado a dirigirse a auditorios de miles de personas desde que era adolescente. Un seductor. Que en una ocasión confesó que las mujeres habían sido el único punto débil. Su casa, de un aspecto casi centroeuropeo en su minimalismo, estaba tapizada de libros. El estrecho pasillo que conducía hasta su despacho, era aún más angosto por las librerías abarrotadas de volúmenes. El hogar del matrimonio London en París junto a la Plaza de Nation era calcado. 

 

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Carrillo junto a Artur London ( a su derecha) en el Mar Negro en 1956.

Carrillo se sentó en un ángulo de su estudio, con la luz del día a la espalda, enmarcado por viejos libros, junto a una fotografía dedicada del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Fue el único diputado, junto a Suárez y Gutiérrez Mellado, que no se arrojó al suelo ante las balas de los golpistas. Encendió uno de sus aromáticos cigarrillos y empezó con la mirada perdida y una nube de humo cubriendo su gesto un relato sobre aquellos días vibrantes de noviembre de 1936: “Las Brigadas fueron creadas por el Komitern, que era la correa de transmisión de la voluntad de Stalin. Yo creo que tuvieron un papel más político y romántico que militar a lo largo de toda la guerra, aunque en la defensa de Madrid tuvieron una gran importancia. Era gente impregnada de romanticismo revolucionario. En Madrid no había un ejército regular para detener a Franco; teníamos milicias sin cohesión y que no respondían a ningún mando. No había cuadros intermedios. La República se había venido abajo. Los aviones de los rebeldes bombardeaban Madrid. Fueron los primeros bombardeos de la historia sobre población civil. Los fascistas tenían un ejército estructurado y disciplinado con su estado mayor y su logística. La República improvisaba. Y, encima, los milicianos se negaban a militarizarse, les asqueaba todo lo militar, les asqueaba militarizarse. Había que convertir aquel desbarajuste en una organización capaz de ganar la guerra. Solo los comunistas entendimos la situación. La importancia de la disciplina y del mando. Las Brigadas tenían una base comunista y aceptaban la disciplina. Ayudaron a los españoles a comprender que había que crear un ejército regular si queríamos enfrentarnos a Franco, a Hitler y a Mussolini. Llegaron a Madrid en el momento crítico. Eran un ejemplo a seguir. Fueron fuerzas de choque con un espíritu de servicio y de entrega hasta el final, cuando les retiraron en 1938.



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Tres de las identidades falsas de Carrillo al final del franquismo.

Santiago Carrillo se expresaba con seguridad aunque algunas de sus peroratas culminaban con un agonizante hilo de voz. Tres meses antes había estado ingresado por problemas de riego. No cejaba. Se agarraba a la vida con uñas y dientes. A su lado, nos impresionó la presencia discreta e inmediata de su mujer, Carmen Menéndez. Su eterna compañera de viaje. Se conocieron en el exilio en Francia en 1947. Se casaron en 1949. Carmen había abandonado España junto a su familia en 1936. Vivirían la ocupación nazi de Francia. Era hija de catalanes comunistas. Ella también militaba. Tenía 26 años y el 32. Él bromeaba diciendo que fue ella la que “le ligó”. Tendrían tres hijos, Santiago, José y Jorge. Dos matemáticos y un economista. Carmen, en nuestra entrevista con Carrillo de noviembre de 2011, no estaba pero estaba. Delgada, fuerte, atractiva en su vejez, cortés, con una voz decidida y una opinión para casi todo, fue durante 63 años, el andamiaje que soportó al revolucionario profesional y, al mismo tiempo, aguantó y mantuvo económicamente el hogar Carrillo-Menéndez. En una entrevista en EL PAIS en octubre de 1976, recién llegada a Madrid tras cuarenta años de exilio, relataba así a la periodista Rosa Pereda algunos capítulos de su vida:

“Realmente, no ha habido dificultad para vivir con Santiago. Claro, es difícil si partes del principio de que no vives como todo el mundo; la vida de un dirigente con responsabilidad en un partido político como el comunista es un poco irregular, así que hay viajes, las vacaciones son imprevisibles, no se cena todas las noches a las ocho. Pero enseguida se acostumbra una. Yo recuerdo que, cuando uno de mis hijos era pequeño, le encargaron una redacción en la escuela sobre su padre. ‘Mi padre’, escribió, ‘es bueno con nosotros, y trabaja para que podamos vivir y todas esas cosas’. Y luego decía: ‘Pero cuando se va de viaje, vuelve siempre 15 días después de lo previsto’... Piense usted qué pensaría el maestro”.

 

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Delante de la sede del PCE. Esta era la España que se encontraba. Fotografía Ignacio Amestoy.


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Junto a su amigo y cómplice Adolfo Suárez en el Congreso en 1983. Fotografía de Marisa Flórez.

Durante veinte años, los Carrillo en el exilio no fueron los Carrillo, fueron “los Giscard”. Así constaba en los documentos de la familia. Carrillo se llamaba Jacques Giscard y había nacido en París en 1914. Vivían en un chalecito en el número 63 de la avenida Roger Salengro, en Champigny, una ciudad dormitorio a veinte minutos de París, que contaba con un alcalde comunista, donde habían vivido exiliados Pasionaria y Julián Grimau y donde residía el secretario general del Partido Comunista Francés, George Marchais. Carrillo se dedicaba a la revolución (desde mediados de los cincuenta era secretario general del PCE), los chicos a estudiar y Carmen Menéndez, era la fuente de ingresos de la familia con su trabajo como dependienta en una farmacia, donde permanecería hasta su regreso a Madrid en julio de 1976, tras la muerte de Franco. Así relataba Carmen aquellas vicisitudes:
-"El día que nació el mayor de mis hijos, pusieron fuera de la ley al PC español en Francia. Tuvimos que empezar a vivir como una familia francesa, y en la calle teníamos que ser franceses. Entonces nos llamábamos Giscard. Nos pusimos el apellido Giscard en 1950. Di ese nombre en una tintorería y seguimos con él. Es un apellido común en el centro de Francia, en el campo, donde viví los años de la guerra mundial, con mi familia. Así, con el nombre Giscard, vivimos hasta el 68, en que, cuando eligieron al azar una serie de liceos franceses para comprobar el estado civil de los alumnos, descubrieron que el mayor, que iba a pasar el BAC -equivalente al examen de grado español- no existía... Decidimos entonces volver a nuestro nombre, y felizmente, pasó todo sin traumas. Primero vivíamos en un apartamento en el centro de París, no en el chalet de Champigny sur Merne, y las paredes eran finas y se oía todo, así que impusimos el francés, incluso en casa... Fue difícil, pero conseguimos que los chicos comprendieran que en la calle éramos franceses y en casa, españoles. Por otra parte, mis hijos tenían amigos de confianza, y siempre fueron muy responsables. No hubo problemas de seguridad. Han sido muchos años de pensar cada día en la vuelta, dedicados a nuestra tarea diaria: educar a nuestros hijos como españoles, cuando tenía más ventajas ser francés... Hacerles comprender que el hecho de vivir en París era circunstancial, que su futuro, allí o en otra parte, había de estar ligado al de España, al hecho de ser españoles. Efectivamente, ellos podrían haber elegido ser franceses; pero felizmente, han sido conscientes de todo, y aquí estamos, sin ninguna nostalgia por parte de ninguno”.


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Con el Rey y Felipe González, en 2001. Fotografía de Bernardo Pérez.

El matrimonio Giscard hizo bien su trabajo. Santiago, Pepe y Jorge fueron los perfectos cómplices de sus padres en su peculiar vida en el exilio y la clandestinidad. Viviendo con discreción y siempre con un coche de la policía secreta francesa rondando su casa. Con visitas de camaradas de madrugada en la casita de Champigny. Y regalos infantiles de los dirigentes comunistas en el exilio, como Fernando Claudín, “tío Fernando”, que les regalaba peluches. Santiago, hoy matemático y profesor de universidad, vino al mundo un año después de la boda de sus padres. Nació en Belleville, a las afueras de París, el 7 de septiembre de 1950, el mismo día que las autoridades francesas expulsaban a los dirigentes comunistas del país y ponían fuera de la ley al Partido Comunista de España. Y convertía a los Carrillo en apestados. Ese día, sus padres cambiaron de identidad. Los tres hermanos Carrillo tardaron muchos años en saber quién era en realidad su padre. En su casa se hablaba francés y español, pero ignoraban que su padre era un líder comunista en el exilio. Uno de los hombres más odiados por el franquismo. La bestia negra del régimen. Así lo relataba Santiago Carrillo Menéndez: “Recuerdo perfectamente el día que mi padre me contó quién era. Recuerdo aquel día, porque a mi padre le habían elegido secretario general en el VI Congreso del Partido. Estábamos de vacaciones en Crimea, en la Unión Soviética, y después de una comida, mi padre y otro camarada me hicieron un aparte para decirme que yo no me llamaba Jacques Giscard, sino Santiago Carrillo y que mi padre era dirigente del PCE y de ahí la clandestinidad y todo lo demás”.

 

Su segundo hijo, José Carrillo, también matemático y hoy rector de la Universidad Complutense de Madrid, mostraba sus recuerdos en 2011: “Hasta los 11 años, mi padre, oficialmente, era contable de una empresa. Mis dos hermanos y yo no sabíamos cuál era, pero le hacían viajar mucho. Por mi casa pasaban líderes comunistas franceses que eran conocidos, y un año antes abrí un libro en mi casa de Artur London, que estuvo en las Brigadas internacionales y era muy amigo de mi familia, y aparecía una foto de mi padre que ponía en el pie de foto: ‘Santiago Carrillo entonces secretario general de las JSU, ahora del PCE’. Lo cerré y no dije nada a mis padres ni a mis hermanos”.

 

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José Carrilo, su hijo, elegido rector de la Universidad Complutense, 2011. Fotografía de Uly Martín.

Su padre, Santiago Carrillo conservaba ese libro dedicado por su amigo Artur London al final de su vida. Conoció a London a finales de 1936. En aquellos días en que los primeros brigadistas llegaban para combatir en Madrid. Todo el Relato que nos hacía Carrillo de aquellos años lo hacía casi con exactitud histórica, sin sentimentalismos. De esta forma nos contaba la llegada de las Brigadas a Madrid: “Cuando todo se daba por perdido, el 8 de noviembre de 1936 llegaron los brigadistas. Subieron en formación por la calle Atocha y la Gran Vía en dirección a la Casa de Campo. Eran unos miles pero a la gente de Madrid les parecieron millones. Desfilaban por Madrid cantando la Internacional en todos los idiomas y con el puño en alto; y con ese gesto elevaron la moral de los madrileños. No estábamos solos. Ese día se creó la leyenda de ¡No pasarán! Fueron directos a morir a la Casa de Campo. Los brigadistas tuvieron un papel militar no exento de importancia; pero quizá más romántico y político que militar, porque la guerra la hicimos los españoles. En cualquier caso, Franco no entró en Madrid en noviembre de 1936; tardó dos años y medio”.


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Carmen Menéndez se despide de su marido, 2012. Fotografía de Uly Martín.

El historiador británico Paul Preston acaba de publicar una biografía sobre Carrillo titulada El zorro rojo que se pregona como muy dura con la trayectoria vital y política del ex secretario general del PCE: una trayectoria repleta, según el libro, de purgas y traiciones. En una entrevista con la periodista de EL PAIS Tereixa Constela, Preston afirmaba a propósito de Carrillo: “Quedará claro que Carrillo poseía algunas cualidades en abundancia: capacidad de trabajo, ímpetu y aguante, destreza en la oratoria y escritura, inteligencia y astucia. Por desgracia quedará igualmente claro que la honestidad y la lealtad no figuraban entre ellas”. En otro lugar de la entrevista y a colación con los sucesos de Paracuellos, el artículo sobre la biografía de Preston afirmaba: “El episodio que le perseguiría como un fantasma toda su vida, favorecido porque nunca dio una explicación sincera sobre los hechos”. Su conducta como dirigente comunista en el exilio, especialmente hasta la muerte de Stalin, en 1953, no sale tampoco muy bien parada en el ensayo de Preston, algo que se refleja en esta frase del historiador: “Su manera de dirigir siempre fue autoritaria, imponiendo y no explicando”.



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Carrillo en su despacho del PCE en 1978. Fotografía de Joaquín Amestoy.

No le pregunté a Carrillo sobre Paracuellos. No me pareció el momento ni el lugar ni la edad. Es cierto que ese anciano venerable y amable fue durante décadas un tipo duro. Un revolucionario. Acostumbrado a la guerra y las armas. Que tuvo grandes responsabilidades políticas desde joven, en un momento en que el gobierno de la II República se descomponía, con un ejército fascista en las puertas de Madrid y un trágico vacío institucional. Pero yo no podía pedirle cuentas. Carrillo tampoco me las hubiera dado. Fue un duro. Un disciplinado estalinista capaz de renegar políticamente de su padre y que participó activamente en las purgas políticas. Él no negaba su pasado: “Ser comunista era algo más que ser de un partido; era tener fe. Había en nosotros mucho de romanticismo. El comunismo tenía un componente religioso, con sus santos, sus mártires y su Meca, que era Moscú. No nos planteábamos más. No se nos ocurría. Queríamos extender la revolución. Hasta que perdimos la fe y todo se desmoronó”. Cuando le visité, habían pasado 75 años de aquellos episodios. Y, además, tras la muerte del padrecito Stalin, en el lejanísimo 1953, Carrillo había comenzado a cambiar. Vislumbró el horizonte del socialismo democrático y apostó por la reconciliación. Fue uno de los impulsores del eurocomunismo frente al cetro soviético y apostó por la Constitución de 1978, a costa de que su cabeza rodara como líder político en 1985. Su tiempo había pasado

Al final de nuestro encuentro de noviembre de 2011, repasando su biblioteca, extrajo un viejo ejemplar de La Confesión, el amargo testimonio de su amigo Artur London (llevado al cine por Costa-Gavras) donde relataba los cuatro años de prisión y tortura que había sufrido de manos del régimen estalinista checo de cuyo gobierno había formado parte. Fue el único momento en que Carrillo se ablandó aquella mañana de noviembre. “Volví a ver a mis amigos Artur y a Lise en 1956. Artur había sido rehabilitado en Checoslovaquia, pero estaba muy débil por las torturas. El Partido Comunista Búlgaro nos invitó a las dos parejas a un hotel que tenía para miembros del partido en Varna, en el Mar Negro. Para nosotros, que vivíamos muy ajustadamente, fue un paraíso. Nunca habíamos estado en la playa. Íbamos los dos matrimonios con los niños. Eran las primeras vacaciones de nuestra vida y en un país socialista. Por cosas del espionaje soviético, sabían que Artur y yo éramos muy amigos. Y nos pusieron en la misma casa. Fue el mejor verano de nuestra vida. Recuerdo todas esas noches, bajo el cielo, Artur y yo, hablando y fumando hasta el alba. Me contó todo lo que le habían hecho. Todas las torturas. Hasta que consiguieron que confesara que era un traidor al partido. Incluso que LIse le repudiara. Era mentira. Todo era mentira. Aquello me hizo abrir los ojos. Darme cuenta de que nos habían engañado y había que cambiar. Ya no creía en los mitos, ya solo creería en lo que viera”.

Al final de nuestra conversación, a punto de irme, leí la dedicatoria de Artur London a Santiago Carrillo, con pluma, ya muy borrosa, en la primera edición de La Confesión, de 1968: “A Santiago, en recuerdo de aquellas noches estrelladas en que descubrió la verdad del comunismo”.

 

 

Hay 9 Comentarios

Lo que ha hecho el Sr. Preston se llama como minimo cobardia, si tan seguro estaba de sus afirmaciones ¿Por que no publico el libro cuando vivia Carrillo, en lugar de esperar a su muerte para hacerlo?.

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El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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