Visitando a Madame Sarkozy

Por: | 07 de mayo de 2013

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Carla Bruni fotografiada en 2003.

No está bien fusilar los títulos de los reportajes a los compañeros de oficio. Cuando son estrellas, ese hurto aún tiene un pase. La copia puede contener un guiño de respeto y veneración hacia el plagiado. Al menos, eso pensé yo en el verano de 2008, tras entrevistar en su hogar parisiense a Carla Bruni, modelo, cantante y esposa del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy . El artículo, portada de El País Semanal el 20 de julio de ese año, llevaba por título Visitando a Madame Sarkozy. El original, Visitando a Mrs Nabokov, era obra del escritor Martin Amis, que había realizado a finales de los 80 un artículo sobre Vera Slonim, la viuda (compañera, traductora, editora e inspiración) del novelista Vladimir Nabokov, a la que había entrevistado en el Montreux Palace, el hotel suizo estilo belle époque solo para inquilinos muy ricos donde la pareja vivió las dos últimas décadas de su vida.

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Martin Amis se debió quedar enganchado a ese título y no lo arrojó a la papelera. Cinco años después, se fusiló a sí mismo. En 1994 editó un excelente libro de relatos de no ficción bajo ese título (al que añadiría el subtítulo Y otras excursiones), que reunía un montón de buenos artículos que ya había publicado en revistas como The Observer o Vanity Fair. A lo largo de las páginas de esa pequeña joya periodístico-literaria, droga dura para los aficionados al perfil y el reportaje, desfilaban, además de Mrs Nabokov, los Rolling Stones, Polanski, su amigo Salman Rushdie (booker de los booker), Graham Greene, la Convención del Partido Republicano o el fútbol británico de triunfal gira de show business por China (a propósito del cual Amis incluiría una cruel disección de la forma de trabajar de los periodistas deportivos). A primera vista, no existía ninguna relación entre unos artículos y otros del libro de Amis; entre su inmersión en la literatura de primera y el descenso al mundo del cotilleo. Amis, sin embargo, dio una explicación a ese compendio de artículos que le pareció convincente: “El factor que une a todos estos artículos es que están hechos fuera de casa. Para qué quiere más”.


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Mansión parisiense de Carla Bruni. Su verdadero con Nicolas Sarkozy y lugar de nuestra entrevista.

Nuestra entrada en la mansión de madame Sarkozy fue una sorpresa. Una de esas situaciones en que vale la pena ser periodista. En junio de 2008, Carla Bruni preparaba el lanzamiento de su cuatro trabajo discográfico, Comme si de rien n'était. El primero y último que realizaría como inquilina a tiempo parcial del Palacio del Elíseo, la sede de la Presidencia de la República y antigua residencia de Madame Pompadour, la amante de Luis XV. Carla Bruni había conocido a su futuro esposo solo siete meses antes, en noviembre de 2007, durante una cena en casa del inquietante publicitario y relaciones públicas Jacques Séguéla, el hombre que circulaba por París en un Rolls-Royce rosa y había catapultado al socialista François Miterrand a la Presidencia en 1981, limándole los colmillos, enseñándole a caminar como un monarca y enmarcándole en un eslogan que pasaría a la historia del marketing político: “La fuerza tranquila”. Esa primera noche, al parecer, Carla y Nicolas (que había ganado las elecciones seis meses antes y cuyo matrimonio con Cecilia Ciganer estaba en caída libre) se enamoraron. Enseguida comenzaron a vivir juntos. Entre semana, en el hôtel particulier de Carla, en el distrito XVI, junto a Aurelien (el hijo que había tenido la ex modelo en 2001 con el filósofo Raphael Enthoven); el fin de semana, en el Elíseo, junto a los hijos del Presidente, Luis, Jean y Pierre. En diciembre de ese año 2007 se habían dejado ver por primera vez juntos en Egipto. Un par de semanas más tarde se convertirían, oficialmente, en marido y mujer.



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Carla Bruni fotografiada en los años 90.Fue modelo hasta 1998.

Madame Sarkozy estaba comprometidoa por contrato con su compañía discográfica a llevar a cabo una mínima promoción de su nuevo trabajo. No era para ella una misión fácil: se encontraba en una posición incómoda como Primera Dama de la Nación y, al tiempo, cantautora con aires alternativos que cantaba, de forma biográfica, al amor desatado. Ella, ex amante de Trump, Eric Clapton, Mike Jagger o Lapo Elkann, sabía de lo que hablaba cuando cantaba a la pasión. Con nosotros se confesaría enamorada de Sarkozy. Haría muy pocas entrevistas y solo con un puñado de medios muy seleccionados. Cuando se nos ofreció el encuentro, imaginamos que iba a ser la clásica campaña de marketing discográfico con una entrevista de 20 minutos en la suite de un hotel frío y elegante fiscalizada por un par de adustos agentes de prensa que en el minuto 12, justo cuando la conversación comenzara a animarse, profirieran despiadados: “Solo dos preguntas más por favor”. Además, suponíamos que Madame Sarkozy estaría rodeada de escoltas y asesores de comunicación formados en la prestigiosa ENA para que ningún entrevistador le faltara al respeto (ni a monsieur le president) y para que no metiera la pata en asuntos sensibles. La perspectiva no era buena. Pero aceptamos. Más allás de la entrevista, el entorno podía alimentar una buena historia.

 

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Fotografía de Jean Marc Manson (Fundación Adolfo Domínguez). `

La primera parte del periplo parisiense en torno a Madame Sarkozy fue la audición a la que tuvimos que asistir obligatoriamente, a primera hora de la mañana, a puerta cerrada, en un aislado estudio de grabación de la periferia de la capital, en soledad, del nuevo disco de la Primera Dama. Antes de escucharlo había que firmar un documento de confidencialidad sobre el mismo. El disco estaba bien; sesentero, folk, desenfadado, agradable; con letras biográficas, sonidos de guitarra y Carla Bruni susurrando más que cantando. La segunda parte del reportaje sobre la cantante, fijado a primera hora de la tarde, era el encuentro con la “artista”, como se referían a Carla Bruni en la compañía. No nos dijeron donde sería la entrevista. Apenas nos dieron con mucho misterio una dirección del distrito XVI de París: el número 44 de la rue P.G. Uno de esos discretos rincones solo para ricos muy ricos de la capital. En el corazón de Villa Montmorency, un oasis bucólico, cerrado, de poco más de un kilómetro cuadrado, a diez minutos de la Torre Eiffel, donde 50 familias se concentran en mansiones del XVIII y el XIX escondidas entre un parque frondoso e inaccesible. Allí vivieron escritores como Gide, Victor Hugo o Rousseau y, en estos tiempos, Depardieu, algún Rothschild, Silvie Vartan y los supermillonarios Bolloré o Lagardere (íntimos de Sarkozy).

 

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Carla Bruni desfilando para Yves Saint Laurent en los 90.

El número 44 estaba al final de un callejón empedrado y sin salida. A la derecha uno se topaba con muro blanco y una desnuda puerta azul. Detrás, una mansión invisible al público. En realidad, nadie se aventuraba por ese estrecho corredor Propio de Alejandro Dumas. La presencia de dos flics (policías) y la elegancia reposada del lugar, fueron las primeras pistas de que íbamos a realizar la entrevista en el hogar del matrimonio Sarkozy; el domicilio de soltera de Carla Bruni, a la que se calcula una fortuna de 100 millones de euros. Estas fueron las notas telegráficas que tomé en los primeros minutos de la llegada al hogar de los Sarkozy y que aún conservo: 

Máxima discreción. Muro blanco y puerta azul; la zona, perfecta; cerca de Auteuil; como un pueblecito; como Chelsea, tiendecitas artesanales; sin tráfico; gran burgués; restaurantitos; dos flics rapados. Documentación. Walki talkie. Groupe de Sécurité du Président de la République. Los policías se refieren a ella como Madame; un rincón de paz en el corazón de la ciudad. Tobogán inflable del cumpleaños de Aurelien. Parece una granja de Normandía o un chalecito de Vichy. Entramos por la cocina, es la entrada habitual; una casa vivida, normal, madera, electrodomésticos modernos pero sin lujos. El pavimento ajedrezado del pasillo y una escalera decó. Nevera con Perrier, Actimel y alimentos infantiles; Panes diversos; aceite de oliva y pasta; fruta y champagne; a continuación, la librería, a medida, un millar de buenos libros en piel. Carla dice que todos son suyos, no heredados; francés, inglés, italiano; abundan los poetas; Borges, Proust, Maupassant, Joyce, Verlaine, Ibsen, Proust. Memorias de Degaulle en una bella edición; Teresa, la chica, es peruana; le enseña al niño español; Carla la imita: “Mi higuitoapurrate”. 

 

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Mucho mejor que Martis Amis con Mrs Nabokov. Visitando a Madame Sarkozy en su casa. La casa del Presidente de la República Francesa. El hogar de la pareja del momento. Sin escoltas ni asesores. Ni arcos de seguridad. Ni exigencias de confidencialidad. Ni cuestionario previo. Ni preguntas vedadas. Ni el móvil atronando. Solo la cuidadora del niño, un periodista de The New York Times en la cita previa, su chihuahua Tume sobre el sobado sofá, una vieja escultura de un esclavo nubio, Carla Bruni y nosotros. Gran momento periodístico. Lo mejor fue que, durante una hora larga de espera, mientras nuestro colega neoyorquino despachaba con la presidenta cantante, tuve libertad absoluta para moverme por la casa. No había nadie más. El sueño de un periodista cotilla. Paseo por el mínimo jardín; repaso al frigorífico; análisis de la biblioteca; inmersión en el elegante hall decó; apertura del teclado del piano; ojeo a la correspondencia; vistazo a los discos. El primer párrafo del reportaje relataba así esos primeros minutos:

 

La espera transcurre en la cocina de la primera dama mientras su hijo, Aurélien, de siete años, corretea por el jardín entre rosas rociadas de gotas de lluvia de un chaparrón de verano, y Teresa, la niñera peruana, rezonga en castellano: "Mi hijito, apúrate". Carla Bruni, madame Sarkozy, habita en una burbuja en el corazón del exclusivo distrito XVI de París. Un rincón secreto al fondo de un callejón con nombre de cardenal, empedrado y sin salida, donde dos miembros del Grupo de Seguridad del Presidente, jóvenes y rapados, con vaqueros y pistolas al cinto, descienden a la carrera de la furgoneta en la que están apostados en cuanto detectan la presencia de un extraño y le exigen sin ceremonia la documentación. Tras el muro blanco y la puerta añil surge el secreto mejor guardado de la República: el refugio de la pareja presidencial. Un hotelito blanco, vetusto, pequeño y luminoso, que podría estar en la Provenza o Normandía, enmarcado en un pequeño rectángulo de hierba. La entrada natural a la casa atraviesa la cocina. Es el alma de la casa. Allí el silencio es absoluto. Apenas los pájaros. Sobre una mesa, la correspondencia personal del presidente, una armónica abrasada y una caja para cigarros puros decorada con la imagen del Che en esmalte rojo y negro y una vistosa leyenda autógrafa: "Hasta la victoria siempre". Regalo del Comandante Castro.

 

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Nacida en Italia; violinista, guitarrista y pianista; top model de una generación posterior a las Evangelista, Schiffer y Turlington; rica por casa; Rica por su trabajo; ligeramente aristócrata; formada en Suiza y París; juerguista impenitente; Don Juan femenino; la mujer que propició la ruptura de la vieja amistad entre Jagger y Clapton; que se enamoró y fugó con el hijo de su amante; arquitecta en ciernes; cantautora. Y, al final del capítulo, Primera Dama de Francia. Carla Bruni tenía todos los elementos para construir una gran historia. De pronto, terminó la espera; despidió al periodista del Times y nos quedamos solos con ella. Había llegado el momento. Así lo recogí en aquel reportaje de El País Semanal:

Carla Bruni aparece en la cocina por sorpresa. Recibe y despide con un beso y una sonrisa. Las únicas interrupciones durante la entrevista serán las quejas de Aurélien, exigiendo a su madre que le preste atención. Le despacha firme. Abre el frigorífico (abarrotado de yogures, agua Perrier y comida para niños), atrapa una cerveza Coronita y ofrece otra. La apura a morro. Enciende un cigarrillo apoyada sobre la encimera. Conserva el porte etéreo de aquella maniquí que desfiló entre 1988 y finales de los noventa para todos los grandes de la moda. Lleva un pequeño jersey de cashmere gris de manga corta de Dior, un amplio pantalón azul y mocasines de Gucci. La única joya es la mínima alianza de brillantes en el anular izquierdo de unas manos grandes, como sus pies. Es alta y atlética. Con un físico de nadadora con curvas. Tiene una piel blanca y pecosa. Que se pliega en algunos rincones. Ya no es una niña. Pero cuando se desliza ondulante por el pulido mármol ajedrezado del pasillo déco, con la cabeza alta, la mirada perdida y el pitillo entre los dedos, uno tiene la sensación de verla surcando de nuevo las grandes pasarelas del mundo.

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Arriba la pareja Sarkozy en el callejón de su casa. Debajo, en el mismo lugar con Angela Merkel.

La entrevista tuvo tres partes que se fueron entrelazando durante toda la conversación. Una, el nuevo disco y su carrera musical; dos, su biografía (a ratos de forma muy íntima); tres, su vida con Sarkozy. No se negó a contestar ninguna pregunta. Incluso las que eran críticas con su marido. Incluso las que le ridiculizaban como bajito, machote, arribista y demasiado aficionado al lujo. Madame Sarkozy respondía a todas las bolas con la precisión de una pared de frontón. Pero sin molestarse ni tampoco hacer daño. El aquel texto de 2008, a mitad de camino, entre una batería de preguntas y las siguientes, introduje esta reflexión sobre Carla Bruni:

Carla Bruni sopesa sus palabras con una balanza de precisión. Cuenta y no cuenta. Responde a las preguntas comprometidas con frases cortas. Se refiere a Sarkozy como "mi marido", nunca como Nicolas o el presidente. No levanta la voz. No se agita. Es de una calma zen. Juega a la ambigüedad. Como si estuviera relatando la vida de otra persona. Como si la primera dama no fuera ella. Como si todo fuera un juego. Una aventura. El salón donde transcurre la entrevista está abierto al jardín y repleto de discos. Clash, los Stones, Lou Reed, Bob Dylan, Gainsbourg, Brassens, Antony and the Johnsons, Cat Power, Portishead. Y de libros. Borges, Proust, Maupassant, Balzac, Ibsen, Joyce, Proust, Verlaine. Sobre la mesa, entre un revoltijo de papeles, un libro a medio leer del filósofo Ráphaël Enthoven, padre de su hijo. Y el caótico viejo cuaderno azul de colegiala donde escribe sus canciones: "Preferiblemente de noche, sola, aquí y con una cervecita". En una esquina, el viejo piano Steinway de sus padres: él, Alberto Bruni Tedeschi, rico industrial turinés y compositor de óperas; ella, la bailarina y pianista Marisa Borini. Las raíces de su pasión por el arte y, sobre todo, por la música.

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Carla Bruni y la princesa Letizia en la Zarzuela en abril de 2009.

 

En nuestro encuentro, Carla Bruni se describió amorosa y enamorada; votante de izquierdas, libre, moderna, laica, transparente y poco adicta a las convenciones. "Nunca me escondo; no sé cómo se hace". Me preguntó por la princesa Letizia. Abrió (abrimos) otro par de Coronitas; encendió otro par de cigarrillos muy finos y extralight. “Componer de noche con tabaco y unas cervezas siempre es mejor”. Contestó con la habilidad de una alumna de la escuela diplomática a nuestras preguntas y pasadas dos horas largas se despidió con un beso al aire desde la puerta de la cocina. Estaba a punto de llegar el Presidente de viaje. Aurelien tenía que irse a la cama. En el extremo opuesto del callejón, empezaba París de nuevo. Tan cerca y tan lejos del hogar de los Sarkozy.

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Hay 8 Comentarios

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El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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