El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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Keith Haring, el embajador de los malditos, sube a los altares

Por: | 21 de mayo de 2013

Keith Haring por Javier Porto
Keith Haring fotografiado por Javier Porto el 28 de julio de 1984, en el estudio de Mapplethorpe.

“El público tiene derecho al arte. El público es ignorado por la mayor parte de los artistas. El público necesita arte. Y es una responsabilidad para todo aquel que se proclama artista el comprender que el público tiene necesidad de arte y no limitarse a hacer un arte burgués para unos pocos privilegiados ignorando a las masas. El arte es para todo el mundo”. La reflexión es de Keith Haring (1958-1990), el artista que, a través de sus graffiti, pintados compulsivamente con tiza, pintura y pinceles (a los que rompía el mango para convertirlos en prolongaciones de sus dedos) en los pasillos del metro de Nueva York, alcanzó a millones de personas y desde allí extendió su visión a todo el mundo. No fue un pintor político; pero democratizó el arte; hizo de las calles su lienzo. Las cubriría con inmensos murales. De Manhattan, del East Village, de la miseria, el crack y el underground anterior a la era del alcalde Giuliani, saltaría a las doradas galerías de Leo Castelli y Tony Shafrazi, abarrotadas de celebrities, en cuyas paredes industriales se habían colgado obras de los más grandes de postguerra: Cy Twombly, Jackson Pollock, Willem de Kooning, Richard Serra o Francis Bacon. Y, desde allí, Haring despegaría hacia la Documenta de Kassel, Barcelona, Mónaco, Brasil, Chicago, Londres, París, Pisa. A las enormes esculturas de acero y las cerámicas decoradas con sus obsesiones urbano-tribales y su mundo paralelo. A crear un poderoso merchandasing con tiendas propias en torno a su inimitable trabajo. Y, por fin, de allí, a la inmortalidad. Quizá demasiado pronto.

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Primo Levi fotografiado en los años 80.

Algunos grandes relatos de no ficción (no tantos), han desnudado ante el mundo con la colaboración necesaria de sus lectores (a veces no demasiados), las miserias ocultas de la historia contemporánea. Los genocidios, los éxodos, las masacres, las dictaduras. La mayoría de las veces, sus autores no eran periodistas. Eran escritores. O aspiraban a serlo. Normalmente eran jóvenes y no tenían vocación de mártires. Pero en medio de una situación límite, cuando todo estaba en contra; cuando no podían dar un paso más; envueltos en hambre, frío, tristeza, terror y desesperación, se comportaron como reporteros. Esos testigos de la realidad tuvieron la obsesión de contar a las personas las cosas que interesan a las personas. Mostrar la verdad. Con su crudeza. Sin aspavientos ni grandes declaraciones políticas. Con humildad. Pacíficamente. Con las armas del reporterismo; documentándose, recogiendo testimonios; contrastando; describiendo la realidad que les rodeaba; intentando informar y también formar. Pensando en cada lector (uno, individual e irrepetible) como destinatario de sus revelaciones y denuncias. A partir de cada uno de esos destinatarios pretendían construir una cadena que condujera su mensaje a cada rincón del planeta para que la humanidad nunca olvidara lo que nunca hay que olvidar. Querían que tanto sufrimiento e injusticia jamás volviera a ocurrir. Y, para conseguirlo, había que mostrar la realidad. Ese afán daría sentido a su vida. En ese sentido, dos de los dos más grandes denunciadores de la historia han sido Aleksander Solzhenitsyn y Primo Levi. Dos nombres que ya forman parte de la conciencia crítica de la humanidad. Y, además, supieron relatar su calvario de una forma (literaria y periodística) magistral. 

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Visitando a Madame Sarkozy

Por: | 07 de mayo de 2013

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Carla Bruni fotografiada en 2003.

No está bien fusilar los títulos de los reportajes a los compañeros de oficio. Cuando son estrellas, ese hurto aún tiene un pase. La copia puede contener un guiño de respeto y veneración hacia el plagiado. Al menos, eso pensé yo en el verano de 2008, tras entrevistar en su hogar parisiense a Carla Bruni, modelo, cantante y esposa del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy . El artículo, portada de El País Semanal el 20 de julio de ese año, llevaba por título Visitando a Madame Sarkozy. El original, Visitando a Mrs Nabokov, era obra del escritor Martin Amis, que había realizado a finales de los 80 un artículo sobre Vera Slonim, la viuda (compañera, traductora, editora e inspiración) del novelista Vladimir Nabokov, a la que había entrevistado en el Montreux Palace, el hotel suizo estilo belle époque solo para inquilinos muy ricos donde la pareja vivió las dos últimas décadas de su vida.

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El día en que le cortaron la cabeza al periodista Daniel Pearl

Por: | 01 de mayo de 2013

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Las cuatro imágenes de Daniel Pearl enviadas pos sus secuestradores en enero de 2002.

Este 2013, el reportero Daniel Pearl hubiera cumplido 50 años. Y, en estos mismos días, se cumplen diez desde que el filósofo-reportero-bonvivant Bernard-Henri Lévy describió en un extenso relato que mezclaba sabiamente la literatura y el periodismo, el oscuro y terrible camino de Pearl hasta al cadalso a comienzos de 2002, y su sacrificio ritual a manos del integrismo islámico, en un momento en que Estados Unidos (secundado por la OTAN) acababa de invadir militarmente Afganistán, con la Zona Cero de Manhattan aún humeante, y las calles del mundo musulmán convertidas en un extendido y violento clamor diario a favor de Osama Bin Laden y el régimen Talibán y en contra de Occidente. Se estaba desatando la yihad, la guerra santa contra el infiel. Osama aún permanecía oculto en Tora Bora antes de recluirse en Abbottabad. Parece que han pasado mil años. En esos mismos días, Daniel Pearl llegaba a Pakistán, el Estado que había dado soporte teológico, ideológico y educacional al régimen talibán afgano a través de miles de escuelas coránicas financiadas por los Estados del Golfo Pérsico y también por la CIA, dentro de su estrategia de desestabilizar a la URRS en Afganistán en la década de los 80.

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La última jornada de reflexión de Santiago Carrillo

Por: | 14 de abril de 2013

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 Santiago Carrillo en su domicilio el 19 de noviembre de 2011. Fotografía de Sofía Moro.


“A  lo que más se parece la vida de un revolucionario es a la de un delincuente internacional. Ese fue mi papel en los años cuarenta y cincuenta; era un hombre sin sombra; me moví sin parar desde Francia a Japón, Argentina y Brasil; y desde Estados Unidos a México, Argelia, Yugoslavia y Moscú. En París, en 1940, durante la ocupación, me hacía pasar por un chileno de buena familia al que le había sorprendido la II Guerra Mundial. Iba con un abrigo de piel y un gran sombrero. Siempre con distintas identidades y documentación falsa. Éramos comunistas, revolucionarios, agentes del Komitern; era nuestra vida y nuestro trabajo. Y eso estaba por encima de la familia o los amigos. Era nuestra misión. Terminabas acostumbrándote”. Me relataba con su legendaria retranca en su domicilio madrileño Santiago Carrillo, a punto de cumplir 96 años, la mañana del 19 de noviembre de 2011. Aquel sábado frío y soleado era la jornada de reflexión previa a las elecciones generales. Por si fuera poco, era la víspera del 20-N. Hacía 36 años que había muerto el general Franco, el dictador que le proscribió de España durante décadas. “Me robó los mejores años de mi vida”.

 

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La reina del porno y otras andanzas por la industria del sexo

Por: | 07 de abril de 2013

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Sophie Evans avanza hacia el escenario del Bagdad. Fotografía de Caterina Barjau. 

Tina Brown es la gran matriarca y matrioska del periodismo de largo aliento. Si la desprendemos de su corteza de inglesa culta y acomodada, placeada en Oxford, emigrada a Estados Unidos, de una belleza a lo Meryl Streep inevitablemente ataviada de blanco o de negro, biógrafa de Lady Di y amiga de Hillary Clinton, que hoy dirige dos de las más poderosas cabeceras de la información mundial, Newsweek y The daily beast, en la capa previa de su personalidad descubrimos a la treintañera que resucito y reinventó a finales de los 80 la mítica revista Vanity Fair, que había estado congelada (y fundida con Vogue) durante 50 años (aunque pocos lo recuerden ya), por sus lamentables resultados económicos. Tina Brown fichó a Bruce Weber, Mario Testino y Annie Leibovitz y convirtió al Vanity en un eslabón imprescindible de la industria del show business. La Matrioska Tina aún esconde aún más capas. La que viene después va desde 1992 a 1998, cuando se hizo cargo de las tablas de la ley del periodismo de no ficción, el relato corto y del periodismo más brillante del último siglo, The New Yorker. Brown le daría color, actualidad, nuevos formatos narrativos y, algo que había aprendido en Vanity Fair: contar con los mejores fotógrafos que habían estado marginados históricamente de la publicación. El primero de la lista, Richard Avedon. La gran dama del periodismo, territorio de Roth, Updike y Jon Lee Anderson, entraba en la modernidad El tercer asalto en la biografía de la matrioska fue la revista Talk, a comienzos del nuevo milenio. Talk era un taburete con tres patas. Las dos primeras consistían en la sabiduría de Brown adquirida a los mandos de Vanity y el New Yorker o, lo que es lo mismo, un periodismo de cinco estrellas pero profundamente descarado. La tercera pata lo formaban los negocios adosados al nuevo magazine, una editorial y una productora de cine. Todo un paso adelante en el modelo de negocio periodístico. Su estreno, en la Estatua de la Libertad neoyorquina, fue la fiesta más cool del año.

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Steinbeck y Capa al comienzo de su viaje a la URSS, en julio de 1947. 

“Este es mi fotógrafo”, proferían algunos periodistas prepotentes cuando presentaban al entrevistado en cuestión al reportero gráfico que les acompañaba. Había en esa frase un sentido de autoridad, que relegaba a la fotografía periodística, al reporterismo gráfico, a un estatus de arte menor, en comparación con el supuesto brillo de los reporteros escritos, a los que los fotógrafos, con la retranca del oprimido, titularían, en revancha, plumillas o juntapalabras. El fotógrafo era un mandado. En muchas ocasiones, no sabía siquiera qué o a quién iba a fotografiar; apenas le habían avisado un cuarto de hora antes. El fotorreportero saltaba sin pausa de inmortalizar una zanja, a retratar al jefe del Estado y de allí a los toros o el fútbol. Y encima bajo las instrucciones del plumilla de turno (al que en ocasiones no había visto en su vida). Esa era la tónica del reporterismo gráfico hasta finales de los 80. Solo se libraban del desprecio los grandes divos del reporterismo fotográfico (Salgado, Nachtway, McCullin, Griffiths, Hetherington) que iban por libre, se jugaban el pellejo, viajaban continuamente, ganaban mucho dinero y se hinchaban a ligar. Yo pensaba que ese estilo de supremacía del periodista escrito sobre el gráfico había desaparecido. Sin embargo, durante un reportaje el pasado mes de octubre en Rusia, centrado en algunas de las joyas del Kremlin regaladas por la Corte británica a los zares en los siglos XVI y XVII con intención diplomática, tuve la oportunidad de revivir aquellos malos-viejos tiempos observando como la reportera de un gran medio francés fiscalizaba cada paso de la fotógrafa que le acompañaba, dictándole su trabajo con la machaconería de un metrónomo: “Chrystel, fotografía esto; Chrystel; fotografía aquello. Chrystel no te quedes atrás”. Desde el primer segundo, me hice cómplice de la fotógrafa, que, además, era bastante más brillante que su compañera de viaje. En el Café Pushkin, me explicó una noche el motivo de su vasallaje: Su patrona era periodista de plantilla de aquel gran medio parisiense y ella era una simple free lance en tiempos de crisis. Y quería que la siguieran haciendo encargos. Por tanto, a callar.

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Pedro de La Rosa, el piloto que no tenía suerte pero tenía alma

Por: | 24 de marzo de 2013

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Pedro de la Rosa en Valencia en 2012. Fotografía de Alfredo Cáliz.

 Me gustan las historias de perdedores. Me gustan los perdedores. Los que saltan al terreno de juego no para vencer, sino para no quedar los últimos; que otean a distancia los laureles del triunfo pero no se rinden. El perdedor cuenta con una serenidad y grandeza de las que carece el triunfador, inmerso en el compulsivo aparato del éxito, el marketing y la adulación. El último en llegar a la meta tiene que ser un estoico. No se puede derrumbar; tras cada derrota, a tiene que estar pensando en la próxima. Rara vez tiene algo que celebrar más allá de estar en pie. Existe una épica en el perdedor apasionante de describir y habitual en la literatura de no ficción. Desde la caída del mimado arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, destronado por los arquitectos alemanes huidos de Hitler relatada en ¿Quién teme al Bauhaus feroz? de Tom Wolfe, hasta la bajada a los infiernos en directo de Stefan Zweig, Hemingway, Celine o Unamuno y los héroes y heroínas con nombre y apellido de los escritores franceses Frédéric Beigbeder, Emmanuel Carrère, Michel Houellebecq o Bernard-Henri Lévy. El mundo del deporte es una mina de perdedores. Severiano Ballesteros es un modelo perfecto de perdedor tras haber alcanzado la cima. Hoy, sería apasionante sumergirse periodísticamente en el perfil del atleta Oscar Pistorius, como en su día lo fueron otros reyes del deporte caídos como Mohamed Alí, O.J. Simpson, Ben Johnson, Greg Louganis o Marco Pantani.

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 Carme Ruscalleda en el restaurante Sant Pau. Fotografía de Alfredo Cáliz.

Todavía es posible toparse con un chef joven, guapo y mediático, educado en esa nueva cocina española cargada de genialidad y marketing, que sostenga con apabullante naturalidad que las mujeres no han accedido a la punta de la pirámide de la alta cocina porque no han sido capaces de renunciar a su vida familiar para dedicarse en exclusiva a las inmensas exigencias de los fogones. Resumiendo: no son grandes chef porque no se han atrevido. Es una idea bastante extendida entre los cocineros con estrella. Esa misma idea reaccionaria se ha utilizado históricamente para explicar la ausencia de las mujeres de las carreras técnicas. Según esa teoría, tampoco había mujeres informáticas o ingenieras de Caminos o de Telecomunicaciones, porque esas disciplinas no les permitían cumplir con las inmensas exigencias de esas profesiones y, al tiempo, tener una ejemplar vida de familia. Era una coartada perfecta para la discriminación. La realidad era más simple. Para empezar, eran los padres y los profesores los primeros que las desanimaban a emprender ciertos estudios y profesiones (porque no eran propios de chicas). Y, además, desde niñas, no habían tenido ninguna referencia de mujeres que se hubieran dedicado a la ingeniería (o a la cocina o a la aviación); no había ninguna figura pública femenina en esos sectores. No había efecto llamada. Era un mundo de hombres. Y dentro de ese statu quo, raramente se convertían en discípulas predilectas de un gran maestro. Los maestros tenían como discípulos a hombres y si alguna vez acogían bajo su manto a una chica, proliferaban los cotilleos. En el mundo de la alta cocina ese paisaje ha sido la norma. Hombres que transmitían conocimientos a hombres y que promocionaban a hombres. Y, las mujeres, de pasteleras, que parecía que era lo suyo.

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Cuando las 'top' dominaban la tierra. Auge, decadencia y caída

Por: | 10 de marzo de 2013

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                                      Fotografia de Peter Lindbergh. (1990)

 

Time era la biblia. Y la sagrada escritura del periodismo había dedicado su portada del 16 de noviembre de 1991 a las supermodelos. La imagen de su cover era Naomi Campbell. Tenía 21 años. El súbtítulo del reportaje era Beauty and the bucks. Belleza y pasta. En el interior, se describía, con el rigor y maestría legendarios en la mejor revista del mundo (que unas semanas antes había llevado en esa primera página la Guerra del Golfo, la corrupción en la recién fenecida Unión Soviética o la destrucción de la capa de ozono), el complejo fenómeno económico y mediático unido al fenómeno de las top model. Hasta esos días, ignorábamos todo ellas. No tenían nombre. En los ochenta, Lauren Hutton, Iman e Inès de la Fressange habían abierto el camino. Pero esta nueva generación era otra cosa. Un terremoto. Movía millones en publicidad y marketing. Y copaba las páginas de las grandes publicaciones de moda y protagonizaba en incipiente universo de los vídeoclips. Un par de meses antes, Canal + ya había producido un documental en blanco y negro llamado Models, dirigido por el fotógrafo Peter Lindbergh, uno de los primeros que retrataron a las nuevas divas de la moda. Nosotros también queríamos explorar ese planeta. 

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Linda Evangelista fotografiada en 1992 en el Retiro. Fotografía de Chema Conesa.

Se decidió hacer un gran reportaje sobre las top en El País Semanal. Salimos de pesca. Hablamos con los conseguidores. Cebamos el anzuelo. Lanzamos el sedal. Resultado negativo. Imposible entrevistar a Linda Evangelista, Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Christy Turlington, Stephanie Seymour, Karen Mulder o Helena Christensen. Menos aún fotografiarlas. No tenían tiempo. Pedían mucho dinero. Nosotros no pagábamos. Además, Evangelista había lanzado al orbe una frase que se convertiría en el eslogan de aquella generación de modelos que se iba a convertir en un icono de los 90: “No me levanto de la cama por menos de 10.000 dólares”. En ese terreno jugábamos. Aguardamos. 

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