La reina del porno y otras andanzas por la industria del sexo

Por: | 07 de abril de 2013

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Sophie Evans avanza hacia el escenario del Bagdad. Fotografía de Caterina Barjau. 

Tina Brown es la gran matriarca y matrioska del periodismo de largo aliento. Si la desprendemos de su corteza de inglesa culta y acomodada, placeada en Oxford, emigrada a Estados Unidos, de una belleza a lo Meryl Streep inevitablemente ataviada de blanco o de negro, biógrafa de Lady Di y amiga de Hillary Clinton, que hoy dirige dos de las más poderosas cabeceras de la información mundial, Newsweek y The daily beast, en la capa previa de su personalidad descubrimos a la treintañera que resucito y reinventó a finales de los 80 la mítica revista Vanity Fair, que había estado congelada (y fundida con Vogue) durante 50 años (aunque pocos lo recuerden ya), por sus lamentables resultados económicos. Tina Brown fichó a Bruce Weber, Mario Testino y Annie Leibovitz y convirtió al Vanity en un eslabón imprescindible de la industria del show business. La Matrioska Tina aún esconde aún más capas. La que viene después va desde 1992 a 1998, cuando se hizo cargo de las tablas de la ley del periodismo de no ficción, el relato corto y del periodismo más brillante del último siglo, The New Yorker. Brown le daría color, actualidad, nuevos formatos narrativos y, algo que había aprendido en Vanity Fair: contar con los mejores fotógrafos que habían estado marginados históricamente de la publicación. El primero de la lista, Richard Avedon. La gran dama del periodismo, territorio de Roth, Updike y Jon Lee Anderson, entraba en la modernidad El tercer asalto en la biografía de la matrioska fue la revista Talk, a comienzos del nuevo milenio. Talk era un taburete con tres patas. Las dos primeras consistían en la sabiduría de Brown adquirida a los mandos de Vanity y el New Yorker o, lo que es lo mismo, un periodismo de cinco estrellas pero profundamente descarado. La tercera pata lo formaban los negocios adosados al nuevo magazine, una editorial y una productora de cine. Todo un paso adelante en el modelo de negocio periodístico. Su estreno, en la Estatua de la Libertad neoyorquina, fue la fiesta más cool del año.

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Steinbeck y Capa al comienzo de su viaje a la URSS, en julio de 1947. 

“Este es mi fotógrafo”, proferían algunos periodistas prepotentes cuando presentaban al entrevistado en cuestión al reportero gráfico que les acompañaba. Había en esa frase un sentido de autoridad, que relegaba a la fotografía periodística, al reporterismo gráfico, a un estatus de arte menor, en comparación con el supuesto brillo de los reporteros escritos, a los que los fotógrafos, con la retranca del oprimido, titularían, en revancha, plumillas o juntapalabras. El fotógrafo era un mandado. En muchas ocasiones, no sabía siquiera qué o a quién iba a fotografiar; apenas le habían avisado un cuarto de hora antes. El fotorreportero saltaba sin pausa de inmortalizar una zanja, a retratar al jefe del Estado y de allí a los toros o el fútbol. Y encima bajo las instrucciones del plumilla de turno (al que en ocasiones no había visto en su vida). Esa era la tónica del reporterismo gráfico hasta finales de los 80. Solo se libraban del desprecio los grandes divos del reporterismo fotográfico (Salgado, Nachtway, McCullin, Griffiths, Hetherington) que iban por libre, se jugaban el pellejo, viajaban continuamente, ganaban mucho dinero y se hinchaban a ligar. Yo pensaba que ese estilo de supremacía del periodista escrito sobre el gráfico había desaparecido. Sin embargo, durante un reportaje el pasado mes de octubre en Rusia, centrado en algunas de las joyas del Kremlin regaladas por la Corte británica a los zares en los siglos XVI y XVII con intención diplomática, tuve la oportunidad de revivir aquellos malos-viejos tiempos observando como la reportera de un gran medio francés fiscalizaba cada paso de la fotógrafa que le acompañaba, dictándole su trabajo con la machaconería de un metrónomo: “Chrystel, fotografía esto; Chrystel; fotografía aquello. Chrystel no te quedes atrás”. Desde el primer segundo, me hice cómplice de la fotógrafa, que, además, era bastante más brillante que su compañera de viaje. En el Café Pushkin, me explicó una noche el motivo de su vasallaje: Su patrona era periodista de plantilla de aquel gran medio parisiense y ella era una simple free lance en tiempos de crisis. Y quería que la siguieran haciendo encargos. Por tanto, a callar.

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Pedro de La Rosa, el piloto que no tenía suerte pero tenía alma

Por: | 24 de marzo de 2013

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Pedro de la Rosa en Valencia en 2012. Fotografía de Alfredo Cáliz.

 Me gustan las historias de perdedores. Me gustan los perdedores. Los que saltan al terreno de juego no para vencer, sino para no quedar los últimos; que otean a distancia los laureles del triunfo pero no se rinden. El perdedor cuenta con una serenidad y grandeza de las que carece el triunfador, inmerso en el compulsivo aparato del éxito, el marketing y la adulación. El último en llegar a la meta tiene que ser un estoico. No se puede derrumbar; tras cada derrota, a tiene que estar pensando en la próxima. Rara vez tiene algo que celebrar más allá de estar en pie. Existe una épica en el perdedor apasionante de describir y habitual en la literatura de no ficción. Desde la caída del mimado arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, destronado por los arquitectos alemanes huidos de Hitler relatada en ¿Quién teme al Bauhaus feroz? de Tom Wolfe, hasta la bajada a los infiernos en directo de Stefan Zweig, Hemingway, Celine o Unamuno y los héroes y heroínas con nombre y apellido de los escritores franceses Frédéric Beigbeder, Emmanuel Carrère, Michel Houellebecq o Bernard-Henri Lévy. El mundo del deporte es una mina de perdedores. Severiano Ballesteros es un modelo perfecto de perdedor tras haber alcanzado la cima. Hoy, sería apasionante sumergirse periodísticamente en el perfil del atleta Oscar Pistorius, como en su día lo fueron otros reyes del deporte caídos como Mohamed Alí, O.J. Simpson, Ben Johnson, Greg Louganis o Marco Pantani.

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 Carme Ruscalleda en el restaurante Sant Pau. Fotografía de Alfredo Cáliz.

Todavía es posible toparse con un chef joven, guapo y mediático, educado en esa nueva cocina española cargada de genialidad y marketing, que sostenga con apabullante naturalidad que las mujeres no han accedido a la punta de la pirámide de la alta cocina porque no han sido capaces de renunciar a su vida familiar para dedicarse en exclusiva a las inmensas exigencias de los fogones. Resumiendo: no son grandes chef porque no se han atrevido. Es una idea bastante extendida entre los cocineros con estrella. Esa misma idea reaccionaria se ha utilizado históricamente para explicar la ausencia de las mujeres de las carreras técnicas. Según esa teoría, tampoco había mujeres informáticas o ingenieras de Caminos o de Telecomunicaciones, porque esas disciplinas no les permitían cumplir con las inmensas exigencias de esas profesiones y, al tiempo, tener una ejemplar vida de familia. Era una coartada perfecta para la discriminación. La realidad era más simple. Para empezar, eran los padres y los profesores los primeros que las desanimaban a emprender ciertos estudios y profesiones (porque no eran propios de chicas). Y, además, desde niñas, no habían tenido ninguna referencia de mujeres que se hubieran dedicado a la ingeniería (o a la cocina o a la aviación); no había ninguna figura pública femenina en esos sectores. No había efecto llamada. Era un mundo de hombres. Y dentro de ese statu quo, raramente se convertían en discípulas predilectas de un gran maestro. Los maestros tenían como discípulos a hombres y si alguna vez acogían bajo su manto a una chica, proliferaban los cotilleos. En el mundo de la alta cocina ese paisaje ha sido la norma. Hombres que transmitían conocimientos a hombres y que promocionaban a hombres. Y, las mujeres, de pasteleras, que parecía que era lo suyo.

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Cuando las 'top' dominaban la tierra. Auge, decadencia y caída

Por: | 10 de marzo de 2013

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                                      Fotografia de Peter Lindbergh. (1990)

 

Time era la biblia. Y la sagrada escritura del periodismo había dedicado su portada del 16 de noviembre de 1991 a las supermodelos. La imagen de su cover era Naomi Campbell. Tenía 21 años. El súbtítulo del reportaje era Beauty and the bucks. Belleza y pasta. En el interior, se describía, con el rigor y maestría legendarios en la mejor revista del mundo (que unas semanas antes había llevado en esa primera página la Guerra del Golfo, la corrupción en la recién fenecida Unión Soviética o la destrucción de la capa de ozono), el complejo fenómeno económico y mediático unido al fenómeno de las top model. Hasta esos días, ignorábamos todo ellas. No tenían nombre. En los ochenta, Lauren Hutton, Iman e Inès de la Fressange habían abierto el camino. Pero esta nueva generación era otra cosa. Un terremoto. Movía millones en publicidad y marketing. Y copaba las páginas de las grandes publicaciones de moda y protagonizaba en incipiente universo de los vídeoclips. Un par de meses antes, Canal + ya había producido un documental en blanco y negro llamado Models, dirigido por el fotógrafo Peter Lindbergh, uno de los primeros que retrataron a las nuevas divas de la moda. Nosotros también queríamos explorar ese planeta. 

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Linda Evangelista fotografiada en 1992 en el Retiro. Fotografía de Chema Conesa.

Se decidió hacer un gran reportaje sobre las top en El País Semanal. Salimos de pesca. Hablamos con los conseguidores. Cebamos el anzuelo. Lanzamos el sedal. Resultado negativo. Imposible entrevistar a Linda Evangelista, Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Christy Turlington, Stephanie Seymour, Karen Mulder o Helena Christensen. Menos aún fotografiarlas. No tenían tiempo. Pedían mucho dinero. Nosotros no pagábamos. Además, Evangelista había lanzado al orbe una frase que se convertiría en el eslogan de aquella generación de modelos que se iba a convertir en un icono de los 90: “No me levanto de la cama por menos de 10.000 dólares”. En ese terreno jugábamos. Aguardamos. 

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Una visita a Castel Gandolfo, la primera etapa del retiro de Ratzinger

Por: | 28 de febrero de 2013

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Puerta interior de Castel Gandolfo. Fotografía de Alfredo Cáliz

En el momento en que Joseph Ratzinger deje de ser Benedicto XVI, destruyan su anillo, descienda del helicóptero que le conducirá los 20 kilómetros que separan el Vaticano del Lago Albano, atraviese la empinada cuesta que conduce al umbral del viejo palacio de Castel Gandolfo con sus carteles que advierten al incauto visitante, “proprietà  della Santa Sede. Parcheggio Riservato”, cruce la bellísima puerta de madera del siglo XVIII surcada de cerrojos masónicos, salude al joven gendarme vaticano y al viejo conserje, atraviese el patio empedrado, suba a mano derecha en el pequeño ascensor de madera para dos personas construido a comienzos del siglo XX, ascienda al segundo piso y se introduzca en el apartamento papal sobre la plaza del pueblo, tendrá sobre su cabeza uno de los más bellos y curiosos observatorios astronómicos del mundo, la Specola Vaticana, dirigida por los jesuitas. Los astrónomos del Papa.

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Retrato de un golpista: encuentro inesperado con el general Armada

Por: | 24 de febrero de 2013

 

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Treinta y dos años después, el golpe del 23 de febrero de 1981 se mantiene como una delicia periodística. Tiene todos los elementos que provocan y construyen una gran historia. De las que décadas después continúan coleando. Y hace que nuevas generaciones de periodistas vuelvan a la carga. Como uno esos grandes documentales que te encuentras invariablemente en la televisión de los hoteles de Europa o Estados Unidos: el asesinato de JFK; los colaboracionistas en la Francia ocupada por los nazis; la guerra sucia en Italia entre el Partido Comunista y la Democracia Cristiana durante los años de plomo, la represión prosoviética en la Alemania de Este o la ambidiestra Revolución de los claveles, en Portugal, cuyo única víctima fue un soldado que murió en la cama.

El interés del 23-f sigue estando presente. Está cercano en el tiempo; algunos de sus protagonistas viven; es un acontecimiento irrepetible, transcurrió en un escenario teatral (el Congreso de los Diputados); provocó disparos aún visibles en el techo del hemiciclo, pudo provocar muertes inocentes; pudo provocar una guerra civil; el entonces joven Rey fue el héroe que se enfrentó a los golpistas, algunos de los cuales eran sus colaboradores desde niño y, al abortar la intentona, obtuvo su consagración como monarca democrático, un talismán que mantiene hasta hoy. Al golpe le siguió un juicio mediático transmitido en directo. Hubo grandes penas de cárcel; hubo muchos libros; corrió la tinta en los medios escritos (aún no había televisión privada). En el casting del drama (la mayoría de cuyos actores, todos hombres, maduros, de uniforme, armados, cargados de testosterona cuartelera y con aroma en muchos casos a sacristía, se sentían por encima del bien y del mal), había aristócratas, agentes secretos, espadones con apellido compuesto, fascistas de pistolón y franquistas resentidos, que secuestraron a tres centenares de diputados indefensos hasta rozar la tragedia. Y entre los buenos, como estrellas estelares que ya figuran en las páginas de la historia, tres que le echaron mucho valor a esas 14 horas: el joven y desclasado presidente Adolfo Suárez, el viejo vicepresidente militar franquista reconvertido en demócrata, Manuel Gutiérrez Mellado, y el carismático líder comunista, Santiago Carrillo. Y un cuarto, Sabino Fernández Campo, otro militar atípico proviniente del régimen anterior, pero que sirvió de lazarillo al monarca para indicarle por dónde iban los tiros y que no errara en ningún momento en su elección del bando adecuado.

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Dos americanos atípicos: Míster Gore Vidal y míster Abraham Lincoln

Por: | 15 de febrero de 2013

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Vidal al volante de su Tiburón, en Ravello, en 1995. Fotografía de Chema Conesa.

Cuentan que cuando Abraham Lincoln fue asesinado la tarde del 15 de abril en 1865 en el Teatro Ford de Washington DC por un solo disparo en la cabeza de John Wilkes Booth, un actor fracasado y simpatizante de la derrotada causa del Sur, la noticia de su muerte llegó en pocas horas hasta el corazón del continente africano mediante el lenguaje de los tambores y los mensajes transmitidos por correos a pie. Fue un día de luto entre los africanos, a los que Lincoln había librado de la esclavitud a cambio de 600.000 compatriotas muertos, medio millón de heridos y cuatro años de conflicto.

Ese día, empapado en sangre, Lincoln se convirtió en un mito. Como ocurriría un siglo más tarde con JFK en Dallas. Actualmente, Lincoln es considerado con bastante unanimidad por los americanos como el mejor presidente de su historia. Un hombre irrepetible. Hoy, dentro de la fiebre de recuerdo y mitomanía en torno a su inmensa figura política y humana surgida de la película de Steven Spielberg sobre el último año de su vida (que cuenta con 12 nominaciones a los Oscar), muy pocos se han acordado, sin embargo, de Gore Vidal (1925-2012), el inmenso escritor, ensayista, guionista, periodista y activista (con un centenar de obras literarias a la espalda), que publicó en 1984 Lincoln. A novel, una monumental obra de no ficción en la que se combinan magistralmente la documentación histórica, con las mejores herramientas de la literatura moderna y el toque de guindilla del gran periodismo americano de largo aliento propio de Esquire, The New Yorker o Vanity Fair. Todo un manual de estilo, como toda su producción, para un reportero.

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Momentos embarazosos. El milagro de Sor Verónica Berzosa

Por: | 08 de febrero de 2013

 

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En el peor de los escenarios, durante la elaboración de un reportaje, un periodista puede enfrentare a situaciones tensas, intensas, aterradoras, agotadoras, duras, desagradables o lacrimógenas. De todas puede salir con más o menos donosura gracias al escudo protector que le proporciona estar concentrado en conseguir una información honesta, veraz e interesante, que posteriormente elaborará con la ayuda de la documentación y las fuentes, y que al final, ofrecerá a los lectores. El reportero siempre disfruta de la protección psicológica que le ofrece el oficio. Algo parecido les ocurre a los fotógrafos, capaces de congelar las tragedias sin pestañear, agazapados tras el visor de su cámara. Lo que ven no es exactamente la realidad; es apenas un trozo de ella filtrada por su particular mirada y el objetivo de su cámara. Para mí, los peores momentos no son los descritos anteriormente; los peores momentos son los embarazosos: esas situaciones incómodas, absurdas y comprometidas en las que un reportero se mete en un tinglado inesperado intentando llegar más lejos, saber más y ver más. Situaciones atípicas que sin suponer un peligro para su integridad física,le  provocan al periodista una reacción interior que se puede resumir en esta frase: "¡Pero qué pinto yo aquí!" A finales de 2009, iniciamos un reportaje sobre Sor Verónica Berzosa, una monja de 43 años, que había ingresado en un vetusto e imponente monasterio de clausura de las Clarisas en Lerma (Burgos) con solo 18 años.

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Las monjas de Sor Verónica en Lerma en 2009. Fotografía de Alfredo Cáliz

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San Pedro Regalado, su base de operaciones. Fotografía Alfredo Cáliz.

Hacía casi 25 que esa comunidad en la provincia de Burgos no recibía ni una vocación. Se componía de una veintena de religiosas. La  más joven tenía 40 años. Verónica (que en realidad se llamaba Marijose, había abandonado Medicina, tenía un hermano que llegaría a Obispo y sus padres regentaban una zapatillería en Aranda de Duero), le iba a dar en menos de 20 años la vuelta al convento, a su sistema formativo y su régimende vida. Iba a atraer a centenares de chicas jóvenes (en su mayoría pertenecientes a los reaccionarios movimiento neocon de la Iglesia: Opus, kikos, Legionarios, Comunión y Liberación, Schoenstatt, carismáticos, focolares, y la mayoría con estudios universitarios) a sus filas hasta el punto de contar con una lista de espera de un centenar de postulantes dispuestas a dejar todo para abrazar la clausura. Llegados a ese punto y con las novicias durmiendo en los pasillos del convento, Verónica se vio obligada a dividir la comunidad inicial entre el viejo convento de Lerma (fundado en 1604) y otro histórico monasterio que les cedieron los franciscanos en la aislada localidad de La Aguilera, a las afueras de Aranda, el de San Pedro Regalado, del siglo XV.

 

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 El cojin bordado de una de las hermanas. Fotografía de Alfredo Cáliz.

El fenómeno de Sor Verónica no acababa en la simple captación de vocaciones; estaba provocando una onda expansiva en todo el territorio católico nacional. Cada fin de semana, llegaban al bucólico territorio de las Clarisas decenas de autobuses de toda España cargados de jóvenes parroquianos y colegiales para sumergirse en las ceremonias de música y liturgia de las hermanas de Verónica. En cada acto, muchas visitantes entraban en éxtasis y decidían quedarse en el convento por inspiración divina. ¿Cuál era el secreto del boom? Aparentemente, todo el peso del fenómeno confluía en la carismática personalidad y los frágiles hombros de Sor Verónica, a la que en aquel reportaje de noviembre de 2009 describía de esta forma: “Sor Verónica los recibe con un estilo personal en el que se mezclan los ritos más conservadores de la Iglesia con la atractiva mística de las órdenes de clausura y una puesta en escena musical y testimonial alegre y algo infantil, surgida de su brillante mente de coreógrafa. Micrófono en mano, Verónica domina. Parece tímida; no lo es. Surge de un rincón del auditorio bajo una bella luz cenital. Casi camuflada entre las gradas donde se agolpan un centenar de monjas frente a un público incondicional. Levantan los brazos al cielo mientras entonan un intenso canto de amor a Cristo con bongos y guitarras. Sor Verónica acaricia el pelo de sus hermanas. Abraza a los niños. Es sencilla y convincente. Entrañable, profunda y directa. Hace reír y se ríe. Tiene una voz firme y suave. Capacidad de convicción. Cree en lo que dice. Es una mujer de Cristo. Está enamorada de él, repite a cada momento. Es una buena predicadora. Y también una enérgica directora musical. Como demostrará durante la eucaristía al frente del coro. Aquí, en la capilla, ya no hay sonrisas. Las hermanas rezan plegadas en el suelo como los fieles musulmanes hasta fundirse como manchas negras en el pavimento gris”. 
 
El milagro de Sor Verónica tenía su trastienda. La joven y dinámica abadesa había contado además con el imprescindible apoyo del hombre más poderoso de la Iglesia española, el cardenal Rouco (que intentó llevárselas sin éxito a Madrid para rentabilizar el invento de las nuevas clarisas y puso a uno de sus obispos de confianza para controlar a las clarsisas de Lerma y Aranda); del obispo de Burgos, el opusdeísta Gil Hellín; de todos los movimientos neoconservadores españoles sin excepción; de las autoridades romanas, empezando por Franc Rodé, el cardenal prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (el ministerio vaticano que ordena la vida de los religiosos) y del mismo Papa Ratzinger, como antes había hecho Juan Pablo II. Además, Verónica estaba recibiendo millonarios donativos de particulares y de grandes empresas (el Banco Popular, la Fundación Endesa y, sobre todo, el empresario Luis Alberto Salazar-Simpson, pariente de Rodrigo Rato, que invirtió tres millones de euros de su bolsillo en la modernización del viejo monasterio franciscano) para conseguir su objetivo de fundar una nueva orden religiosa que combinara el estilo disciplinado, contemplativo y zen de la clausura, con los nuevos aires escénicos, decorativos y de puesta en escena que dominaba Sor Verónica como una auténtica telepredicadora.
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La comunidad de Sor Verónica con su nuevo uniforme.
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Verónica con su familia. En el centro, su hermano, el obispo Berzosa.

Uno de aquellos fines de semana triunfales llegamos a Aranda de Duero el fotógrafo Alfredo Cáliz y yo. Asistimos primero a una ceremonia semiprivada de ingreso de varias jóvenes en el convento, en la que tras la liturgia, se tumbaban boca abajo en el gélido pavimento de mármol escenificando su muerte a las cosas mundanas. Los asistentes al emotivo acto comenzaban a mirarnos con sospecha. No éramos familiares ni miembros de ningún grupo neocon. Y apenas conocíamos las tonadas religiosas que el resto entonaba con entusiasmo. Alguno nos lanzaba descaradas miradas de curiosidad y reproche. Hubo un insulto entre susurros. Sor Verónica y su mano derecha, la correosa ex abadesa Blanca Mateo, tenían noticias de que dos periodistas andaban haciendo fotos y preguntas entre Lerma y Aranda. Y, lo que aún era peor, éramos de El Pais: el demonio de los diarios nacionales. Tras la misa, el segundo acto de la obra transcurrió en un enorme auditorio circular con aspecto de platillo volante. A un lado se sentaban en gradas dos centenares de monjas; al otro lado, también en gradas, un centenar de familiares, amigos y adictos. Frente a frente. Las monjas cantaban y bailaban. Y el público se derretía.
 
El acto en el platillo volante de Sor Verónica era una fiesta en toda regla.Íntima y religiosa pero parrandera. Nosotros dos éramos los únicos que no habíamos sido invitados. Nos sentamos (inmenso error) en primera fila. Bien a la vista. Nadie nos quitaba ojo. En nuestro tercio abundaban los hábitos religiosos y los atuendos endomingados. Hacía un calor terrible y comenzamos a sudar. Nadie nos quitaba ojo. En la puerta del recinto, un cartel anunciaba: “No se puede fotografiar ni filmar a las monjas”. Una advertencia que repitió con voz potente y mirada inquisitorial desde el púlpito la más fornida de las hermanas, con la vista puesta en los dos periodistas, barbudos y vestidos informalmente, que se habían colado en su comunidad: “El que quiera oír, que oiga, repito: está prohibido hacer fotos”. Miramos al tendido sin darnos por aludidos. Comenzó a correr entre los adeptos un micrófono para que cada invitado relatara en profundo tono testimonial sus experiencias religiosas, peregrinaciones, ejercicios espirituales, retiros y recuerdos de parroquia, colegio o movimiento neocon con las nuevas monjas de Sor Verónica. El micrófono iba pasando de mano en mano y se acercaba cada vez más un poco más a nosotros; nos sentíamos observados, hacía un calor terrible y tragábamos saliva. Estábamos mudos. Le llegó el micrófono a mi compañero; con la rapidez de un tahúr me lo pasó a mí. Carraspeé y sólo se me ocurrió decir: “Hoy es un día muy especial para las familias y es mucho mejor que hablen ellas” y se lo pasé rojo como un tomate al fraile latinoamericano que tenía a mi izquierda. Las miradas de odio se intensificaron. El acto duró un par de horas entre risas, testimonios y canciones. Me sentía mareado. A la salida del recinto soportamos algún empujón, miradas de reproche y alguna mala palabra. Nos dirigimos a las dos responsables de la Orden para solicitar una entrevista formal. Sor Blanca, que representaba el papel de monja mala, nos recibió con gesto de pocos amigos y estas palabras: “El Grupo PRISA; sí, todo el Grupo, no sólo EL PAÍS, hace un daño enorme a la Iglesia. Ustedes la atacan y ridiculizan y yo lo leo todo. Y como la Iglesia es mi madre, no tenemos nada más que hablar. Váyanse de aquí de ahora mismo”. 
 

Detrás de ella, Verónica, bella, frágil y tensa, cumplió su papel de monja buena, de alma caritativa con los dos periodistas descarriados y nos mandó a la calle con cariño. Este párrafo del reportaje reflejaba ese momento: “Cuando por fin preguntamos a sor Verónica sobre las razones de su éxito, mira a los ojos con los suyos verdes nublados por las lágrimas; inclina la cabeza con humildad y coge tu mano entre las suyas descarnadas. ‘No sabéis lo que os queremos y la ternura que me producís, pero esto se ha hecho muy grande, estamos creando algo tenemos 60 o 70 hermanas en formación y no es el momento de hablar, antes tiene que madurar. Estamos haciendo algo grande por amor a Cristo y necesitamos tiempo. Pero aun así os queremos’. Y desaparece arrastrando su hábito, del que pende un sufrido rosario de madera”. Justo un año más tarde, el diciembre de 2010, Sor Verónica veía confirmado el éxito de su obra con la escisión canónica de su comunidad de la orden de las clarisas. Ya no sólo era abadesa de su comunidad; ya era fundadora. Como su admirada beata Teresa de Calcuta. Su nueva comunidad se iba a llamar Iesu communio y su nuevo hábito abandonaba el secular y riguroso luto contemplativo de las clarisas para adoptar un tejido vaquero azul y unas ligeras tocas celeste. Un año más tarde, Benedicto XVI recibía a Sor Verónica Berzosa en la inmensa Aula Pablo VI del Vaticano, el escenario de las grandes ocasiones de la Iglesia. Se abrazaron largamente. Verónica acarició la algodonosa melena del Pontífice. Los presentes les vitorearon. La Iglesia contaba con una nueva santa en ciernes. Que además de salvar almas, era una excelente pastelera.

 

 

 

 

 

El estilo del tesorero. Radiografía estética a los políticos del PP

Por: | 08 de febrero de 2013

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Fotografía de Álvaro García.

Durante la campaña electoral a la Presidencia de Estados Unidos del otoño de 1992, hicimos un interesante (y entonces avanzado) experimento periodístico: comparar el atuendo de los dos grandes candidatos, el republicano y presidente saliente, el patricio de la Costa Este acaudalado con el oro negro árabe y texano, George H. W. Bush, que acababa de ganar la Primera Guerra del Golfo, y el paleto de Little Rock, el gobernador de la rural Arkansas, William J. Clinton, como aspirante por el Partido Demócrata. La cuestión era definir a qué electorado intentaba enganchar y qué posibilidades de triunfo tenía cada uno. Bush apostaba claramente por el oscuro y estricto aire indumentario de los Padres Fundadores, muy estilo Philadelphia, de banquero de la Guerra Fría, apenas animado por algunos complementos de aroma tejano, como las botas de cowboy, los cinturones charros, el sombrero Stetson en el rancho y un gusto inveterado por las armas largas. Su rival, Bill Clinton, con 46 años, vestía como un granjero americano en día de fiesta y era a diario perseguido por su asesor de prensa de turno para que conjuntara la camisa y la corbata. Bill tenía mucha más gracia. Ambos compartían el amor por las botas vaqueras, las mujeres guapas y habían estudiado en la misma factoría de prohombres: Yale. Al margen eran polos opuestos de la sociedad americana. Dos mundos diferentes. Ganó el guapo y desastrado con una frase lapidaria: “Es la economía, estúpido”.

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Fotografía de Álvaro García.

Describiendo un triple salto mortal en el espacio y el tiempo, hoy se podría hacer un análisis estilístico similar del hombre de moda: Luis Bárcenas. El ex tesorero del Partido Popular muestra en cada centímetro de su estilo de vida los ingredientes del arribista de dudoso gusto que nunca ha cogido el lento ascensor social del estado de bienestar, ha preferido subir las escaleras desde Huelva a Zurich de cuatro en cuatro. Para empezar este análisis, ya es sospechoso donde vive el tesorero: en la milla de oro del barrio de Salamanca, el viejo territorio de la superoligarquía madrileña, entre los palacios de los March y los Fierro y junto al viejo templo del desarrollismo franquista, el INI, hoy reconvertido en un ministerio de Asuntos Exteriores que no le gusta a nadie. Ya nadie vive en esa zona de Madrid. Los ricos de siempre se fueron hace tiempo a las afueras y el distrito es hoy pasto de las oficinas de las multinacionales, los fondos de inversión de dudoso pedigrí y los advenedizos (como él) de chequera rápida. Bárcenas vive en el rincón más caro de la capital, con entrada de servicio, escalinata afrancesada y ascensor de caoba y terciopelo; en la vieja calle del General Mola donde nunca se pone el sol y la estatua del marqués de Salamanca le tranquiliza todos los días confirmándole que aquí nada malo le puede pasar. Además, a Bárcenas le viene como anillo al dedo su domicilio para saltar hasta Hermès, Chanel o Armani para darse algún capricho. Su patrimonio inmobiliario se complementa con otras dos viviendas del más puro estilo arribista: la casita en Guadalmina (auténtica pata negra de Marbella; nada que ver con el ático de Ignacio González, en una zona más humilde) y el chalecito de Baqueira, destino obligado de los madrileños con estrella (o, en vías de estarlo), desde que lo puso de moda la élite convergente, luego, el Rey, y más tarde el trío Aznar-Rato-Durán i Lleida. En cuanto a sus gustos automovilísticos, sin tener pistas fehacientes, ahora que se ha quedado sin el Audi A6 de luto del Partido, le adivinamos unos gustos similares a los de su amigo Jesús Sepúlveda: Jaguar y Range Rover; madera y vaca de Hereforshire; ciudad y campo con lujoso acento imperial. Esos vehículo que la ministra Mato nunca vio en el garaje de casa por problemas de vista.

 

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El Rey con el gobierno socialista, en 1982. Fotografía de Marisa Flórez.

Cuentan que cuando los socialistas alcanzaron el poder en 1982, tuvieron que salir corriendo a unos grandes almacenes para hacerse con un traje antes de jurar ante el Rey, porque lo máximo que tenían en su fondo de armario era una chaqueta de pana baqueteada desde el Congreso de Suresnes (1974). El PSOE, tenía, sin embargo, algunas excepciones indumentarias, sobre todo algunos de más sus distinguidos militantes madrileños vestidos a medida como Miguel Boyer, los hermanos Solana y, sobre todo, el que más tarde sería presidente del Senado, José Federico de Carvajal, que aportaba el punto alta sastrería, alfiler de corbata de oro, sortija con escudo, pañuelo de bolsillo y zapatos como espejos. A esa línea se apuntaría con entusiasmo el alcalde de A Coruña, Paco Vázquez, más tarde embajador en la Santa Sede.

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Francisco Vázquez, ex embajador en la Santa Sede. Fotografía de Marcel.li Sáenz

Vázquez es el eslabón indumentario que une a la derecha y la izquierda. Ese estilo de centro izquierda ilustrada y norteña engarza con el sector notarial de la derecha española, al que pertenece Bárcenas. Hay otros muchos sectores estilísticos en el PP, un partido que siempre ha cuidado, desde el colegio, mucho más su presencia física que la izquierda.

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De izquierda a derecha,Bárcenas, Ricardo Costa, Ángel Acebes y Francisco Camps.

Fotografía de Carles Francesc.

Entre las pandillas indumentarias del PP se encontraría en primer lugar (por antigüedad) el sector democristiano: gris de sacristía, formal y poco dado a las alegrías. Con cierto aroma a naftalina. Sus máximos exponentes, Jaime Mayor Oreja, Javier Arenas, Luis de Grandes e Iñigo Méndez de Vigo. A continuación, estaría el sector de los toda la vida, muy unido a la primitiva Alianza Popular, que son los que nacieron ya con traje. Destacan en este grupo, Rajoy, Ruiz Gallardón, Morenés, Arias Cañete y los hermanos Guindos.

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Rodrigo Rato y Cristóbal Montoro en la boda de la hija de Aznar en El Escorial.

Fotografía de Uly Martín.

El tercer grupo es el de la alta sastrería, clásicos pero con un toquecito guay, ideado por la regla y la tiza del sastre valenciano Antonio puebla, limítrofe con el atuendo de los amos del universo de la banca de inversiones (vecinos de Bárcenas); aquí estarían Rato, los Costa, Zaplana, José Manuel Soria, Álvaro Pérez (el Bigotes) y Paco Correa. En sus filas, curiosamente, nunca estuvo Camps (quizá por su animadversión por Zaplana) que se quedó solo con sus modelitos de Forever Young. El cuarto es el sector taurino, trajes ahormados, estrechos y resultones, cuellos mínimos de camisa y zapatos livianos ideales para contemplar la fiesta desde la barrera, aquí quedarían encuadrados Nacho González, Paco Granados y Gómez Ángulo.

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El Bigotes y Martín Marín en la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag.

Fotografía de Uly Martín. 

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 Francisco Correa y su mujer en la boda de El Escorial.

Fotografía de Uly Martín.

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Ignacio González, presidente de la Comunidad de Madrid.

Fotografía de Bernardo Pérez.

El quinto clan es el del barrio de Salamanca, un poquito demodé, siempre largo de mangas y ancho de hombros y complementado con mocasines castellanos y bufandas sin anudar, en el que militan Aznar, Acebes y Trillo. El sexto sería el sector british, al que se apuntan Guillermo Cortázar, Sepúlveda y Nasarre, con chaquetas de tweed, viseras country y zapatos de ante. Al sector informal quedarían adscritos Moragas, Basagoiti  y Agag. Y ya sólo nos queda el estilo Bárcenas: el sector notarial.

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 Jorge Moragas, director del Gabinete del presidente Rajoy.

Fotografía de Luis Sevillano.

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Bárcenas junto al viejo líder popular, Manuel Fraga. 

Fotografía de Álvaro García.

¿Por qué notarial? No hay que olvidar que Bárcenas llegó a las filas de la derecha española en 1982, cuando la formación política conservadora era la albacea del régimen pasado. Mandaba Fraga y compartían su liderazgo algunos viejos santones, notarios o abogados del Estado o registradores, vestidos de gris en tejidos brillantes de alpaca que con Franco eran sinónimo de buena posición. El atuendo perfecto para triunfar en aquella era de la derecha consistía en traje gris a medida de tres botones y amplias solapas y pantalón con vueltas y bien encajado al paquete, el cinturón siempre sobre el bien torneado vientre de escalador de Bárcenas, zapatos negros de hebilla, camisa con iniciales, corbatas con motivos cinegéticos o heráldicos y nudo windsor, pañuelo blanco bien almidonado en el bolsillo, alfiler de corbata y gemelos de oro y llavero con una moneda antigua de plata.

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 Los líderes del partido que conoció Bárcenas: Fraga, De la Mora y López Rodó,

 

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Bárcenas, que llegó a AP con un traje sobado y los zapatos rotos (según relatan en el Partido), enseguida se sumó a esa corriente indumentaria. Era la imperante. El símbolo del poder. La convirtió en su uniforme de trabajo. Ideal para dar sablazos.Para imponer respeto. A medía que subía escalones entre Génova y Suiza, añadiría el Rolex de oro y acero, el cinturón de Hermès, los blazers de botones dorados, los zapatos de borlas en fino cordobán, las trincheras de Burberry’s, el abrigo de estilo Savile row en tejido de espiga, con cuello de terciopelo y bolsillito para el reloj y el portafolios de Loewe. Con esa imagen notarial sube y baja la calle Príncipe de Vergara a diario como un pincel desfilando ante las cámaras como hace también Urdangarín en el barrio de Sarriá en dirección al Monte Calvario. A ambos no se les mueve un cabello de su sitio. Tiene mérito.

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Fotografía deLuis Sevillano.

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Fotografía de Uly Martín.

 

 

El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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