Viajes con famoso incorporado: El caso Carlos Berlanga

Por: | 06 de febrero de 2013

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Carlos Berlanga en 1990 en el baño del hotel innundado. Fotografía: Alfredo G Francés

Hace unos días le pregunté a Alaska si tenía nostalgia de los viejos tiempos; de la movida; de sus 18 años; del Marquee y el Rock-ola. Me contestó con su verbo preciso de catedrática de Filología : “No echo de menos aquellos días, echo de menos a los que se fueron y querría que estuvieran hoy con nosotros: Eduardo Benavente, Sigfrido Martín Begué, Carlitos Berlanga…” Se me encendió la bombilla, Hacía tiempo que no pensaba en Berlanga, nacido en Madrid en 1959, hijo del director de cine Luis García Berlanga; vecino de Somosaguas y amigo de la infancia de Miguel Bosé; un artista completo que componía, pintaba, escribía, tocaba y cantaba, fue compañero de todas las aventuras  hasta comienzos de los 90 de Olvido Gara (Alaska) y autor del cartel de Matador, la quinta película de Almodóvar.  Murió en 2002, a los 42 años. Berlanga era guapo, listo, moderno y, sobre todo, noctívago. Quizá por eso le elegimos en abril de 1990 para hacer el reportaje-piloto de una serie para El País Semanal sobre grandes ciudades recorridas y relatadas por famosos. Le adjudicamos Londres. Suponíamos que este discípulo aventajado del primer punk (americano y británico) dominaría las tripas de la capital británica. Así nos lo confirmó: “La domino. Conocí Londres en 1975, con 16 años, cuando estaba de moda el Glam-rock. Volví el 77 con Nacho Canut cuando el punk estaba en su eclosión. Aquel viaje fue fundamental para todo lo que unos años más tarde terminaría mal llamándose movida madrileña. En 1988 descubrí en esa ciudad también el acid-house que es lo que ahora dirige mi destino”.

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Berlanga junto al puente de la Torre. Fotografía Alfredo G. Francés.

 Tras el experimento Berlanga, la serie se completaría con su amigo Bosé que nos contaría Roma; el torero Víctor Mendes (los toros estaban de moda), Lisboa; el el escritor José Luis de Vilallonga, París; Mariscal, Barcelona; el baloncestista Biriukov, Moscú; la fotógrafa Ouka Lele, Amsterdam; Adolfo Domínguez, Tokio; Ana Torroja, Nueva York y Julio Iglesias, Miami. El plantel era impecable. El invento no era nuevo; era muy socorrido en el negocio del periodismo.

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Cartel de la película 'Matador', de Pedro Almodóvar, creado por Carlos Berlanga.

Se supone que el atractivo del celebrity le proporcionará a la crónica periodística resultante tres valores añadidos: el principal, su cara, su personalidad, su magnetismo como reclamo comercial; el segundo, su firma (palabra de famoso), lo que se supone da credibilidad al conjunto; y el tercero, la puesta a la luz del día de esa misteriosa lista de rincones secretos que solo están al alcance de los famosos y que estos ponen generosamente a nuestro servicio en su crónica. Los viajes con famososiempre  han abundado en el género del reporterismo. Es un lugar común. Y al lector parece ponerle si estos prefieren sábanas de algodón o de hilo, te rojo o verde y vodka o gin. El problema surge cuando el famoso no conoce la ciudad que va a retratar más que el periodista y fotógrafo que le acompañan; no ha elaborado un mínimo plan para la visita, tiene pocas ganas de patear y espera que, al final, sea la redacción del medio que le invita al viaje la que le saque las castañas del fuego. En ese caso, te puedes encontrar en mitad de Trafalgar Square con cara de bobo y sin saber muy bien a qué punto cardinal encaminar tus pasos y con solo 48 horas por delante para desentrañar una gran ciudad. El resultado es que, en muchas ocasiones, las direcciones secretas del famoso terminan siendo las direcciones secretas del reportero de turno, que se las ve y las desea para que toda esa información pillada al vuelo tenga alguna coherencia, cierta dignidad y el supuesto estilo de vida del famoso.

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Una pose muy natural de Berlanga en la city. Fotografía de Alfredo G. Francés.

 En ese sentido, nuestro viaje con Berlanga, el fotógrafo Alfredo García Francés, un amigo de Berlanga (empeñado en que este le regalara un cinturón de Moschimo), Berlanga y un servidor, fue un desastre. Empezó mal en la aduana; siguió peor con una inundación en el baño del hotel; continuó con una pérdida de cabeza en el club Outrage (“House, Popper, psicodelia y rollo gay duro”, definió Berlanga) y concluyó en una bañera de Alka-Seltzer. Perdimos el avión de vuelta. El reportaje quedó bien. Tiré de Time Out (de papel, no existía en la web) para conseguir las direcciones que no habíamos obtenido en Londres. Nunca volví a hacer un viaje con famoso. El modelo parece seguir vigente.

 

 

 

Katharine ya lo dijo. Memorias de la corrupción política

Por: | 01 de febrero de 2013

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Katharine Graham junto a Bob Kennedy en 1968. Fotografía de Associated Press

En abril de 1998, Sol Alameda, burgalesa, elegante, culta y progre, una de las grandes periodistas de la historia de este periódico, entrevistadora de El País Semanal y antes reportera intrépida de la mejor Televisión Española, donde anduvo tras la pista del terrorismo de ETA y el Grapo, las andanzas del Opus y los coletazos del franquismo, entrevistó a uno de los últimos mitos del periodismo mundial, Katharine Graham, propietaria de The Washington Post y la revista Newsweek (que había heredado de su marido, Philip Graham, tras su muerte en 1963); la mujer que animó (junto al director del diario, Ben Bradlee) a dos jóvenes reporteros de su diario, Bob Woodward y Carl Bernstein a no cejar en la investigación del Escándalo Watergate, que iniciaron en 1972 y acabó con la cabeza del presidente Richard Nixon (alias Tricky Dicky, Ricardito el Tramposo) rodando por la avenida Pensilvania. Graham tenía 80 años y acababa de conseguir el Pulitzer por su autobiografía, Historia personal. Sol volvió fascinada. La recuerdo llegando a esta redacción con sus gafas de carey, su anillo decó, sus mocasines de Clergerie y su bolsón de Bottega Veneta, entusiasmada con aquel encuentro, como ocurre siempre que un periodista raza regresa habiendo cortado las orejas y el rabo a mayor gloria de los lectores. Me sorprendió que de la larga conversación con la Dama del Post, Sol destacara obsesivamente la obstinación de Graham por denunciar las oscuras prácticas de la financiación de los dos grandes partidos de su país. En el final de su vida era su gran preocupación. En la entrevista que publicó El País Semanal el 10 de mayo de 1998, Sol hablaba así con Katharine. ¿Les suena a algo en estos días?:

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Katharine Graham en 1998. Fotografía de Luis Magán.

-Cuenta que su marido, que tenía una buena relación con el presidente Johnson, trató de hacer algo por la limpieza de las elecciones, cuyo dinero procedía entonces, dice usted, de tres fuentes: de la delincuencia, de los grupos de interés y de los que esperaban obtener un cargo. ¿Sigue siendo igual que entonces?

-Mi marido tuvo gran interés en cambiar esa situación, que era un gran problema en nuestro país. Sigue siéndolo. Es más, hoy es peor que entonces. Quiero decir que la corrupción, el uso de dinero ilegítimo, entonces no era nada comparado con lo que es hoy. Y se debe a que el coste de las campañas está más allá de la razón. Es muy difícil lograr que el Congreso se mueva, no quieren cambiar la situación, porque es muy difícil movilizar unas sumas tan grandes de dinero y al mismo tiempo cumplir la ley.

-¿Supone eso que los presidentes en su país son en parte elegidos por el dinero de la delincuencia?

-No es solo dinero de la delincuencia, también de los grupos de presión. Todo es impropio. Mi marido preveía lo que iba a suceder y trató de movilizar al Congreso, sin éxito. Los que están en el cargo, no quieren que nada cambie.

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Graham junto a Woodward y Bernstein, el editor Simons y Ben Bradlee en 1973.

No se qué hubiera dado por espiar a través de la cerradura del apartamento de Miss Graham, la conversación entre aquellas dos damas del periodismo. La patricia de la Costa Este, sofisticada, rica y liberal, socia fundadora de aquel sueño de Camelot de los hermanos Kennedy y la periodista castellana dura como el pedernal. Graham moriría tres años más tarde. Sol nos dejó en 2009. Eran dos grandes.

 

 

 

Oscars I. A la caza de Osama

Por: | 30 de enero de 2013

Confieso que hace unos días me moví nervioso en mi butaca contemplando 'La noche más oscura', de Kathryn Bigelow, a medida que la CIA iba ciñendo su largo y poderoso dogal sobre el cuello de Osama Bin Laden en la apartada ciudad pakistaní de Abbottabad. Cuatro años antes yo había permanecido varios días junto al fotógrafo Alfredo Cáliz, en ese lugar remoto mientras trabajaba en dos reportajes para El País Semanal: uno sobre los terribles terremotos que se habían sucedido en la frontera con Cachemira, y otro sobre las madrazas; las escuelas coránicas que desde mediados de los 70 habían instruido a los jóvenes yihadistas y talibanes en la religión más rigorista y la guerra santa en Afganistán y Pakistán. Durante 72 horas, estuve a escasos diez minutos del hombre más buscado de la historia del crimen. No le olfatee. Nadie lo hizo. Abbottabad era el refugio perfecto para el fugitivo, como analicé el 3 de mayo de 2011, tras hacerse público su ejecución legal por los SEAL en la operación que retrata Bigelow en su película. 

JEQUE GHAZI

Pero en periodismo, los resultados a toro pasado no sirven, sería demasiado fácil. Los servicios de inteligencia tardaron diez años en conseguirlo. En aquel mismo viaje, sí conseguimos contactar y entrevistar a uno de los grandes aliados de Osama en Pakistán, el jeque Abdul Rashid Ghazi, pieza clave junto a su familia de Al Qaeda en aquel país. Abdul Rashid dirigía junto a su hermano, Abdul Aziz, la Mezquita Roja, en el centro de Islamabad, en la que varios miles de hombres y mujeres se educaban en el odio a occidente. Cuando la visitamos, la mezquita era un laberinto fortificado rodeado de barbudos yihadistas armados con AK-47. El jeque era un hombre culto y  educado, con una barba del tamaño de un puño, como manda la tradición, turbante negro de Muyahidín y aire de intelectual, que manejaba un buen inglés y estaba fogueado en la guerra contra los soviéticos en Afganistán. A través de nosotros lanzó un reto a Occidente sin perder la sonrisa y sorbiendo un buen te sentado sobre su alfombra. “Tenemos miles de jóvenes dispuestos a morir. ¡Dios está de nuestro lado!”, concluyó. Seis meses más tarde, el ejército pakistaní del dictador Pervez Musharraf, asaltaba el complejo militar de los hermanos Ghazi a sangre y fuego. Nuestro interlocutor caía bajos las balas junto a 300 de sus seguidores. El mismo destino correría su socio, Osama, cuatro años más tarde. Al Qaeda era un poco más débil.

 

En la imagen, el jeque Abdul Rashid Ghazi. Fotografía de Alfredo Cáliz

 

El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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