El salto del ángel

En condiciones de igualdad

Por: | 27 de febrero de 2012

Miki leal igualdad
La igualdad sigue siendo una tarea urgente y necesaria. Proclamada y reclamada, ha de continuar proponiéndose como un desafío. Iguales por definición, de hecho la desigualdad se impone sobre nuestras invocaciones y se nutre de múltiples raíces, no pocas veces de discriminación o de elitismo.

Es improcedente e injusto desprendernos de valores de referencia, como si se tratara de viejas y románticas ensoñaciones, perder la memoria de la vida y del significado que habita y late en la propia palabra “igualdad” y en las acciones de tantos hombres y mujeres para lograrla. Lo menos aceptable es que ese olvido no es resultado ni siquiera de una reescritura de los valores que comporta, sino de su renuncia o desconsideración.

Podría pensarse que el enemigo de la igualdad es la diferencia. Pero más bien la diferencia se contrapone a la identidad. Lo que contraviene la igualdad no es estrictamente la diferencia, sino la desigualdad. Y la hay, y mucha, y dura, y brutal. E inaceptable.

Si apelamos a “la diferencia en la libertad”, en palabras de Hegel, ello no supone que ha de corresponder en mayor o menor medida a cada uno según quien sea, sino que la libertad se resiste a ser la mera aplicación de los moldes preestablecidos, de los significados presupuestos, de los esquemas rígidos, de las formas de vida ya clausuradas. Cada cual ha de labrar su propia existencia y desarrollar su libertad. Ahí es donde reivindicamos la legítima rareza y la singularidad. Derecho a la diferencia, por supuesto, pero sin diferencia de derechos.

Se trata de que no esté determinada nuestra vida, y por ello, frente al destino considerado como cláusula compuesta por una sola oración, incluso lo que ya está escrito queda aún por ser leído Es preciso desear (desiderare), esto es, literalmente ser capaz de desprenderse de lo que, a decir de algunos, parece ya proponerse fijado por los astros (sidera). Y a veces a los astros los tenemos demasiado cerca. El deseo es voluntad de desvinculación de lo ya dado y cerrado. La libertad interioriza la necesidad, pero no para resignarnos, sino para recrearnos.

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Es cierto que en muchas ocasiones es cuestión de ampliar el ámbito de lo que ya está definido, para replantearlo, para transformarlo. No faltan quienes, una y otra vez,  invocan con un presupuesto “realismo” que no hay nada que hacer, que la vida es como es. Pero también nos encontramos con quienes abren el espacio de lo posible con su pensamiento y con su acción, con su palabra. Cabe distinguir, por tanto, entre quienes creen que ya todo está así, porque es así, “cosas de la vida”, y quienes consideran que no ha de ser necesariamente de este modo. Frente a la igualdad tomada como un hecho ya consumado, “es lo que es, hay la que hay”, se trata de reivindicar la igualdad como un principio por desarrollar.

Ahora bien, la igualdad no es un simple horizonte. Además, fundamentalmente, como base de los derechos humanos, nos constituye e instituye nuestra libertad. No es, sin más, una meta, es una condición para vivir y caminar. Y aún, en demasiados ámbitos, con frecuencia inasumible, no hay igualdad. Es suficiente con contemplar en cada caso nuestro entorno particular. Pero, más aún, es imprescindible no limitarse a él. No podemos desvincularnos de la necesaria labor colectiva, ni de lo que significa, ni de su alcance universal.

En medio de tantos e importantes debates sobre los resultados, no hemos de ignorar lo que significa partir de condiciones similares para que el mérito y la capacidad puedan valorarse en su justa medida. La igualdad de oportunidades, de género, de trato, ante la ley, social, de razas… preserva el sentido mismo de la igualdad como aequalitas, es decir como decisiva acción para que quepa hablar de lo que es justo. Y sigue siendo, también y no poco en nuestras sociedades de bienestar, un gran desafío. La necesidad de políticas y modelos inclusivos, la incorporación de las diferencias, la atención a la discapacidad, muestran bien descarnadamente lo que resta por hacer. Las diferencias sociales, económicas o ideológicas no han de ser una razón determinante y definitiva.

Pero, a la par, la igualdad, en su imprescindible vinculación con la libertad, no significa que simplemente todo se reduce a nuestra dedicación, a nuestro esfuerzo, a nuestro acierto, por supuesto tan necesarios, sino que con frecuencia las condiciones de partida no son justas ni iguales. Y hemos de trabajar para procurarlas. Proclamar abstractamente la libertad sin vincularla a la igualdad de oportunidades es tanto como reducirlo todo al tesón, tan importante como desesperante si no hay condiciones de igualdad.

(Imágenes: Miki Leal. En proyecto La nueva música, con José Miguel Pereñiguez. Programa en El huésped imprevisible. Y Lápices de colores en el blog de Inda).

Hay 11 Comentarios

La igualdad de género que es una de las que cita la entrada, es un producto ideológico que, a pesar de hablar de igualdad, solo atiende a una de los términos de la ecuación, de tal modo que por el lado masculino nada habría que igualar: ni brecha de género en la educación, ni custodia compartida en relación con los hijos, ni tan siquiera igualdad jurídica entre hombres y mujeres. Como se dice en términos coloquiales es más igual para unas que para otros.

Y que luego digan que no hay ideologías... La igualdad, entendida como meta y camino, sin diferenciar meta de camino, curiosamente esa igualdad, nos hace diferentes en nuestra posición política.

Si quieres saber cuál es la ideología de alguien, pregúntale por la igualdad que reclama para sí y la que ofrece a los demás.

Creo...

Realmente, la desigualdad no es mala. Somos desiguales por naturaleza: hombres, mujeres, rubios, morenos, más listos, menos listos... lo verdaderamente execrable es que por nuestra condición no optemos a las mismas oportunidades. Es lo que se conoce en el lenguaje de la promoción de la salud como "equidad" frente a la falta de equidad o ´"inequidad" (vocablo no aceptado por la Real Academia de la Lengua española, que corresponde a la traducción literal de la palabra inglesa inequity).
Lo indeseable es esa "inequidad", es decir, la desigualdad (inequality) con un añadido de dimensión ética de injusticia.
yo, sean cuales sean mis circunstancias, tengo derecho a las mismas oportunidades en salud, en trabajo, en educación, que cualquier otro. Y el Estado ha de velar porque eso sea así. ¿Cómo? Mediante políticas públicas que lo garanticen. Recomiendo la lectura del libro "los determinantes sociales de la salud. los hechos probados". OMS, 2003. Editado por el Ministerio de Sanidad y Consumo.
Felicitaciones por el blog.
Un salud

Respuesta al comentario del Sr. "Camelo":

Sobre el aumento de mujeres asesinadas por hombres: hay hombres que no asesinan si la mujer está en casa aguantando lo que él quiera hacerles, pero descargan contra ellas toda su idea de "lo que debe ser" cuando sienten que pierden el control sobre su pareja.

Por otro lado, si considera que se pueden producir situaciones injustas con la ley actual, ¿qué se le ocurre que podemos hacer para evitar que los hombres inocentes sean calumniados injustamente y las mujeres maltratadas puedan denunciar su situación sin que ello les suponga la muerte? Como mujer no me interesa que se produzcan ninguna de estas dos situaciones, así que si puede usted aportar alguna idea o propuesta se lo agradecería. Un saludo,

CCalle

Dado que las circunstancias del nacimiento son muy diversas y esas circunstancias a menudo suponen diferencias apreciables en la capacidad para desarrollar libremente la existencia , en buena lógica, el estado debería actuar para evitar esa limitación de origen. La libertad es un concepto no sólo político sino vital. Significa poseer los instrumentos básicos para ejecer la propia voluntad en el entorno en que se vive. Quien pertenece a un familia privilegida, por ejemplo, tendrá una educación que le capacita para elegir con mayor amplitud y discernimiento, con mayor libertad en suma, sobre las alternativas que se le presentan; quien dispone de recursos suficientes puede recibir atención médica en unas mejores condiciones y estar así en disposición de ampliar sus expectativas frente a quien carece de esa ventaja, etc... En cada uno de estos casos, la libertad individual se acrecienta cuando el estado actúa para obtener de unos las fuentes de financiación que posibiliten la ampliación de la libertad individual de otros; ello significa, claro, que los primeros pierden algo y los segundos pueden ganar lo mismo o más. Suena a socialdemocracia pero es que también se trata de un dilema liberal que no puede ser resuelto por la simple apelación a los principios maximalistas del "laissez faire".
Es también el dilema, de larga data, entre igualdad de origen y de destino. Si las circunstancias de nuestra existencia y los fundamentos genéticos de nuestra personalidad nos diferencian, una igualdad final resulta no sólo irrealizable sino incluso socialmente peligrosa. Si cualquier preminencia por motivos de mérito o de talento quedase subsumida en una mediocridad estatalizada, habría un aliciente limitado para el deseo de una mejora individual. A la postre, ello sería fatal para el futuro de la propia sociedad, despojada así del incentivo que propicia el progreso desde la suma de una multitud de voluntades emprendedoras, como hemos podido comprobar y aún comprobamos en los países en que se han desarrollado experimentos colectivistas.
Como inevitable resultado de ese fracaso de las economías planificadas, la izquierda y la derecha han convergido en todo el mundo. La derecha ha comprendido la necesidad de que la sociedad sea equilibrada mediante cierto grado de intervención y la izquierda ha constatado que sólo el mercado asegura la creación de riqueza de acuerdo con las necesidades de la sociedad. La distinción neta entre ambas banderías políticas se encuentra en otros componentes de la vida pública. Para la izquierda, la sociedad ha de ser tutelada en sus comportamientos y hábitos colectivos de manera que los individuos se acerquen a un esquema predeterminado tenido como "bueno"; la derecha descree de tales iniciativas y deja a los individuos que dirijan su vida de acuerdo con los albures que les depare su existencia particular. De nuevo, el viejo debate entre una igualdad restrictiva y una libertad creativa.

Qué facilidad tienen esos que se enganchan al tren de un saltito y sin billete para argumentar sobre la igualdad de sexos... El mal llamado feminismo está de moda, y el tirón reclama momios por acá y por allá. Así que los saltarines aprovechan y... al tren, que es gratis y, además, deja dinerito fresco!
Hacia el año 90, el número de mujeres muertas por hombres era de alrededor de cinco anuales; ahora es de 70. Extraño aumento. Pero párese el lector a pensar en la Ley de Divorcio (Exprés) y Violencia de Género, y observará que el salto hacia la muerte ya no es tan extraño.
La de Divorcio Exprés posibilita todas las ventajas a la mujer, porque ésta se queda con todo: bienes tangibles -casa, muebles, etc.- y afectivos -hijos-. La de Violencia de Género, ejecuta al hombre. "Señora, señorita, si su marido la maltrata psicológica -basta que la llame "fea"- o físicamente, llame al 016, que nosotras, el Instituto de la Mujer, la ayudaremos y daremos buena cuenta del malvado." Y ellas, las canallas -se las puede llamar de otro modo?-, piensan: "Pues me quito de enmedio a este tío, que ya no me gusta, en manos que canta el gallo." Y zas!, llama al telefonico y las del otro lado se encargan de que la policía se lleve al "malvado", que se queda sin nada de manera automática, se le va la cabeza y asesina a la mentirosa.
Esa que he contado es la realidad. Y lo es porque a las mal llamadas "feministas" les interesa que así sea. De manera que, mientras haya mujeres muertas por hombres, su puesto en la élite política está asegurado. Digo que esa es la realidad. Pero la igualdad ya es otra cosa. Para entenderla, lean a Gabilondo o la demagógica verborrea de quienes saltan con facilidad al tren cargado con la mercacía de la falacia. O, mejor, a las chicas del género y génera, que diría Reverte.

Nadie puede preestablecer un molde de igualdad ni de libertad.La libertad nunca está dada.Se "dan" libertades, pero nadie compra su libertad como se va a la farmacia a por pastillas Juanolas.Ni te la puede recetar el médico.Se parte de la igualdad, pero esta no es para todos por igual ni en su fin ni a la hora de llegada ni en la meta, si es que podemos llamar meta a los afanes humanos.Sería más conveniente tomar el deseo (desiderare) tal como lo expone Gabilondo, y así "Cabe distinguir, por tanto, entre quienes creen que ya todo está así, porque es así, “cosas de la vida”, y quienes consideran que no ha de ser necesariamente de este modo." Aunque hay que decir que tampoco conviene olvidar que es de ese modo como se está dando. Tal como lo conciben los últimos que cuentan en esta frase de Gabilondo, siempre enriquecedores y problemáticos, si ven la cosa de otro modo es porque también lo desean de otro modo.Ahora bien, no cabe desear cualquier cosa."Modo" se distingue de molde, de lo establecido, de lo que cupiera darse por deseado o de lo que tiene que ser, de la ley, siempre problemática y no siempre justa ni exacta ( tan poco dada actualmente en España al espíritu o a lo que Aristóteles llama derecho natural, ético). Por otra parte, es habitual concebir que sólo la desigualdad viene de parte del poderoso, del que más tiene( se entiende que dinero), pero esto es una falacia de la que "quiere" sacar partido cualquier irresponsable.No es verdad que el poderoso cree y fomente siempre la desigualdad.Que sí.Pero en verdad quien crea la desigualdad es la "desconsideración" y ésta, qué duda cabe, está encarnada o al alcance ( aunque por diferentes medios y oportunidades) tanto débil como del poderoso.Con ello no me olvido de que en la práctica la desproporción sea más ventajosa y caiga del lado del más poderoso en comparación con la que pueda desplegar el débil...Pero no es lo fundamental de la desigualdad, del problema o del abuso desigual.Por eso también conviene distinguir entre quien se toma la desigualdad como un licor sin destilar, venido de los astros,sea quien sea el astro, un solete o una minúscula estrellita, y de aquel que prefiere destilar ese licor y ver qué sabor tiene o de dónde procede y no tener el gañote siempre listo para que todo lo indigerible se haga sin la requerida digestión.Esto último es lo que se llama tener un problema ético.O político.Y por eso "la hay".Es muy difícil erradicar la desigualdad.Pero ello no quiere decir que debamos cruzarnos de brazos ante ella.

Solo una pregunta. Entre tanta retórica sobre la igualdad ¿qué le parece al autor del blog y a los comentaristas como está regulada la custodia de los hijos en caso de separación, en nuestro ordenamiento jurídico?

El camino hacia la igualdad es largo y está lleno de obstáculos. Además en medio de esta crisis y los ajustes económicos... Son muchos los retos que enfrentan las mujeres, en España y en los países del Sur, en todo el mundo. Los derechos económicos de las mujeres siguen siendo vulnerados; y los ajustes presupuestarios afectan de forma directa a las mujeres poniendo en peligro los logros obtenidos en materia de igualdad.

Desgraciadamente, completamente de acuerdo con Wenceslao. Todos los grandes movimientos (feminismo, humanismo, comunismo, etc.) promueven la igualdad de oportunidades dentro de sus ámbitos (sociales, económicos, justicia, ec.). Pero desgraciadamente la realidad es que seguimos actuando como animales y según un modelo de selección darwiniana. Cuando se propone que aumentemos la competetividad de nuestra economía, no estamos diciendo nada más que seamos más fuertes para ganar a los más débiles: es la ley del más fuerte. Esto es el capitalismo.

Nuestra cultura nos propone desde siempre el concepto claro de igualdad.
La religión enaltece la dignidad de la persona y señala la igualdad de todos ante Dios.
Crecemos creídos de que esos principios se sostienen en la sociedad por todos los estamentos, como la piedra fundamental de nuestra cultura.
Pero cuando nos hacemos mayores de edad descubrimos, que la igualdad es solo una declaración de intenciones, un barniz superficial para quedar bien.
La mujer no ha sido nunca igual en derechos al varón en ninguna sociedad ya sea avanzada o atrasada. Hoy son muchas las voces que lo demuestran.
Los niños son explotados con descaro en muchas sociedades actualmente.
Los débiles y los pobres sufren un trato social diferente a los que tienen medios sobrados.
Igual que ocurrió siempre.
Lo reconocemos y lo asumimos como una realidad incuestionable en todas partes.
Las declaraciones de buenas intenciones que recogen los discursos de entidades, entes y jerarquías son solo eso, declaración de buenas intenciones.
La realidad es solo una. El ser humano sigue siendo un animal que se disputa la supremacía del liderazgo a base de dar leña al de abajo.
Y lo crudo de la realidad, es que eso funciona así en todas las escalas sociales en todas las sociedades conocidas.
O sea que de homo sapiens solo tenemos el nombre.
Y de verdades universales solo conocemos el enunciado que nunca aplicamos por lo que pueda pasar.
La igualdad no puede ser y además es imposible.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.