Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

El salto del ángel

El afán de escribir

Por: | 07 de mayo de 2012

Remix CC de Mike Licht sobre el Vermeer...Vivimos en la escritura, entre escritura. Algo nos empuja a escribir. Para empezar, que no todo va bien. Ni siquiera casi todo. Sentimos la necesidad de crear y de concretar nuevas formas y posibilidades de vida. Y de decirlo y hacerlo expresamente por escrito. De mil maneras persistimos en ello o huimos de dejar constancia en documento alguno. O firmamos, o ratificamos, o nos adherimos o nos desmarcamos. No hace falta ser escritor ni considerarse tal para proceder una y otra vez a escribir. Podría disiparse la cuestión subrayando que necesitamos expresarnos, dejar dicho lo que pensamos, explicarnos, justificarnos, hacer valer nuestras razones. Precisamos a veces transmitir lo que nos inquieta, incomoda, provoca o alienta, pero aún eso resultaría insuficiente para responder al afán que nos impulsa. Otras, transcribir lo que pensamos, y no pocas escribirlo para ver si somos capaces de llegar a pensarlo y a sostenerlo, o al menos a entenderlo.

Hay razones de más envergadura que no siempre resultan eficaces, por ejemplo la de quienes consideran que escribimos para espantar la muerte. Tampoco es imprescindible pasar a la historia y, sobre todo, no hay prisa. La necesidad de producir una huella, una marca, es más que la de dejar testimonio, pero son compatibles. Nuestra propia identidad colectiva se afirma y confirma asimismo por un conjunto de textos. Y la difusión de las leyes comporta su promulgación.

Escribimos, nos escribimos, como modo de cuidarnos y de cultivarnos, de ensayarnos y de ofrecernos. Es lo que Foucault denomina “la escritura de sí”, que viene a ser todo un proceso de constitución de uno mismo. Nos desenvolvemos en entornos de inscripción. Nos vamos configurando entre notas, consideraciones, reflexiones, comentarios, anotaciones, recados, avisos, ensayos, estudios y tantos otros textos que de una u otra manera han requerido y requieren una acción de escritura. Y que forman parte de lo que somos y deseamos. Y en esa vorágine se desenvuelven nuestros afectos, nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestras convicciones y nuestros conceptos. Proseguimos escribiendo porque ninguna palabra o frase recoge de modo definitivo aquello que no se reduce a lo que ya sabemos ni a nuestro modo de saberlo. También nuestras dudas y nuestras necesidades nos alientan, nos desafían y nos impulsan como inserciones inscritas. Y como signos de escritura sostienen nuestra decisión de buscar crear una y otra vez condiciones expresas y con incidencia para que la palabra justa tenga materialidad.

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Explicaciones sin comprensión

Por: | 04 de mayo de 2012

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Necesitamos explicación: que nos expliquen  y explicarnos. A veces, puede resultar cansino y pesado, pero de lo contrario nos malentendemos con demasiada frecuencia. Queremos que nos informen, que nos aclaren, que nos comenten, que nos concreten,  que nos motiven, que nos argumenten, que nos ofrezcan datos,  cuadros, informes… eso sí, concisos, breves, directos, claros, trasparentes, contundentes y, por supuesto, verdaderos, verídicos y verificables. Y no está mal que lo precisemos y lo deseemos. Por otra parte, convendría que fueran sencillos y amenos, con un lenguaje adecuado, sincero, sin erudiciones ni aspavientos.

No sería lo más conveniente que nos situáramos en una mera actitud pasiva, esperando que se deposite, como en un recipiente, como en un buzón, la debida explicación. Tampoco es infrecuente que consideremos que “se nos debe” y no suele ser inhabitual, ni siquiera en las relaciones más personales, que lleguemos a considerar que quien tiene que explicarse es el otro. Necesitamos esa satisfacción para no vernos agraviados, quizá por un malentendido, aunque no siempre.

De lo dicho puede deducirse que, siendo como es necesaria, la explicación no es fácil para nadie, y menos cuando resulta imprescindible. Conviene de todas formas no empeorar la situación regenerando y reactivando aquello que se pretende aclarar o responder. El espacio público está poblado de explicaciones, en su caso con su debida rectificación, que abren nuevas y mayores polémicas. O matizaciones que complican lo dicho. O adjetivaciones que incomodan más que alivian.  O tonos que alejan más que acercan. No basta ni prepararlo ni presentarse con total sinceridad. Ambos pasos, de nuevo convenientes, pueden acabar siendo problemáticos. No por ello han de dejar de darse pero, puestos a explicarse, conviene no caer en la ingenuidad de que es suficiente la buena voluntad. Entre otras razones, porque la explicación es un acto singular de comunicación y no un discurso más.

Nos satisfacen quienes se explican, explican, y nos explican, y lo hacen considerándonos capaces y dispuestos, y se dirigen a lo mejor de nosotros mismos, convocándolo y concitando nuestra voluntad. Lo interesante es que, de hacerse bien, podría permitirnos comprender y no simplemente asentir o aplaudir, sino procurarnos condiciones de forzarnos un criterio propio. La explicación no debería tener como único objetivo, como prioridad, la adhesión.

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Armoniosamente

Por: | 02 de mayo de 2012

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No faltan quienes se preocupan si comprueban que están de acuerdo con alguien. Sospechan del otro y si hace falta de ellos mismos. También es cierto que según el caso puede ser más inquietante. Pero algunos consideran que es imposible coincidir. Hay en la coincidencia algo de casual, pero a veces llamamos casual a lo que simplemente es improbable. Puede ser accidental, aunque no necesariamente, pero eso no le resta ni importancia ni alcance. Es más, podría obedecer a una decisión y ello no es menor. A una decisión con todas sus consecuencias. La causa no sería entonces simplemente casual. Malos tiempos para armonías. Es cuando suelen ser más imprescindibles.

Podría incluso ocurrir que existiera una armonía de los contrarios, cosa que no extrañaría mucho a Heráclito, lo que no impediría que esos mismos contrarios se resistieran a armonizar, pero precisamente en esa resistencia consistiría también la fuerza que produciría semejante armonía. Mayor incluso que su voluntad de resistirse. Pero dado que no es imprescindible estar de acuerdo ni siquiera con Heráclito, ni con la lectura hegeliana de la tensión entre el arco y la lira que el griego reclama, habremos de atender qué se nos ofrece cuando hablamos de armonía.

Que algo sea casual como coincidente no significa que no ocurra a la vez, a la par, al mismo tiempo. Así sucede en lo que llamamos accidental. No hemos de olvidar que un acorde precisamente se sostiene en un conjunto de sonidos que proceden de forma simultánea. No se trata, por tanto, de que dejen de sonar para que todo resulte, sino de que sintonicen para que el acorde se produzca de modo agradable. No es que hayan de desistir de su ser o de su sonido, ni de precipitar una cadencia en la que reposar. Hay equilibrio, no claudicación, entre las partes y, no hemos de olvidarlo, ello requiere tener en consideración al conjunto. El acuerdo no es una huída.

No es cuestión de estar de acuerdo sin más con algo ya sucedido, o con lo que podría llegar a ocurrir en un futuro. La armonía requiere otra exigencia. Podemos tratar de anticipar el porvenir precisamente mediante un acuerdo, que siempre es una acción e intervención, no un mero dejar o dejarse. Es la armonía del propio acuerdo la que establece un tiempo común.

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El País

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