El salto del ángel

Acumular

Por: | 27 de noviembre de 2012

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En realidad, no es mucho lo que necesitamos, pero por lo visto lo necesitamos mucho. Del todo. Nos resulta imprescindible. Sorprende que, sin embargo, nos empeñemos en perseguir reunir lo que no nos hace falta. Al menos, eso parecería. Algo nos induce a una cierta compulsiva acumulación, como si tuviéramos incapacidad para el desprendimiento, como si nos sintiéramos arropados y encontráramos seguridad rodeados de lo que tal vez ni precisemos ni utilicemos.

Trabajamos por lograr lo que pretendemos. Pero en ocasiones es como si el interés se desdibujara al conseguirlo, como si lo que buscáramos fuera simplemente alcanzarlo y, una vez en nuestras manos, su destino podría ser el de quedar abandonado, arrinconado. Y, de nuevo, vuelta a empezar. Entonces, el consumir se reduce a adquirir y la utilidad se limita a ser algo meramente ocasional. Se trataría de poseer. Incluso a veces con poco sentido y no demasiada satisfacción. La acumulación alcanzaría el nivel de un cierto amontonamiento. Ni siquiera sería coleccionismo, sino mero acopio.

Así, en la sensación de tener, uno sentiría tenerse a sí mismo. Y la cantidad y la variedad significarían supuestamente la diversidad de nuestras posibilidades. Ello sin embargo no nos liberaría de ciertas rutinas y monotonías de la vida, ni de la sujeción a lo que creemos sujetar. De este modo la acumulación defraudaría ciertas expectativas, aunque a su vez nos ofrecería el alivio y el amparo de alguna certidumbre. Enclaustrados en esa proliferación, quedaríamos encerrados entre piezas que serían una vitrina del tiempo deshabitado.

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De vez en cuando, liberarnos de lo acumulado nos produce la impresión de una cierta purificación, como si sintiéramos el alivio de una pesadumbre y lográramos una nueva ligereza. Asimismo experimentamos la pérdida de cuanto parece irse y despedirse, en una suerte de anticipo que preludia lo más definitivo. Consideramos que la operación de limpieza ha ido más lejos y ha alcanzado a aspectos de uno mismo, en una suerte de premonitorio reparto de las vestiduras. No sólo parece haberse liberado espacio. La percepción de que se ha abierto otro tiempo se acompaña de la convicción de que con lo que ya no acumulamos quedamos en manos de la memoria, mientras que ciertos recuerdos quedan mezclados, borrados, difuminados. Ni siquiera lo acumulado tenía el rostro de objetos singulares y concretos. Era su conjunción la que parecía protegernos. Y ahora brota una nueva y quizá fecunda indefensión.

Nos interesaba más la posesión que lo poseído. Nos afianza guardar, a pesar quizá de la convicción de que jamás precisaremos de tanto. Pero insistimos en retener más que en distribuir. No es la simple avaricia del afán de protección, no pocas veces es simple afán, desmedido afán sin objeto. Acumular ni prolonga la vida, ni la mejora, pero parecería supuestamente arropar alguna indigencia. Hay muchas formas de ser Diógenes y no pocas sin dejar de ser ordenado o limpio, dado que la desmedida acumulación confirma que efectivamente se trata de algo que contraviene la salud. Y de nuevo cabe buscar y preguntarse no ya por el ser humano, sino más concretamente por lo que de ello resta en cada uno de nosotros.

Lo inquietante es que esta acumulación, ese almacenamiento, ni siquiera se efectúa para garantizar alguna provisión, sino como una forma de depósito que en definitiva es una reducción de algo al silencio y al olvido, que es donde la aglomeración es indiferenciada. En esta apatía, la proliferación de pertenencias las somete a la herrumbre de la desconsideración. Aferrados a ellas, acabamos curiosamente siendo sus rehenes, sujetos sujetados a la acumulación.

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Pensamos entonces que tal vez lo más sensato es la sustitución permanente, el cambio constante de objetos, de modelos, de formas, para preservar nuestra presunta luminosidad, pero así tal vez se oscurece la lucidez. El cuidado no se entrega a esta modalidad supuestamente sofisticada de acumulación, consistente en el remplazo continuo, en la desafección reiterada, en el inicio una y otra vez. En tal caso se produce un tumulto de despedidas. Pero la cuidadosa elección, la que discierne y se despoja a la par, no la que discrimina sin más, es capaz de preferir, de seleccionar, y sabe no hacer de la vida puro gesto acumulativo, ni siquiera de experiencias, a las que, precisamente por su pluralidad y su diversidad, preserva en su carácter único.

El afán posesivo de la acumulación tiene una arrogante concepción del saber. La sabiduría tampoco es mero acopio de conocimientos. Aumentar o incrementar no es siempre lo mismo que crecer. No todo es cantidad ni se reduce a los resultados, y menos aún a la cuenta de resultados. Acumular por encima de cualquier otro objetivo es una forma de acaparar con la voluntad de tener, no pocas veces sin llegar a tenerse o de sostenerse mínimamente. Hay en ello algo de prevención y algo también de previsión. Y no poco de temor. Como si así deseáramos anclarnos a la existencia abrigados por lo acumulado. Sin embargo, tal vez sean otros quienes se verán en la necesidad de despedirse de esa recopilación que silenciosa pero inexorablemente vamos realizando. Los hogares vienen a ser armarios del tiempo. El inocente deseo de retenerlo suele corresponderse no pocas veces con la no menos ingenua voluntad de acaparar para dominar. Y no sólo la vida. También a los demás. Más que a uno mismo.

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Imágenes: Acumulaciones de Arman (Armand Pierre Fernández).

Hay 13 Comentarios

... o la acumulación de reflexiones. Dar cuartelillo al cerebro se puede convertir en una compulsión. Tratas de entender la esencia del presente y cuando te quieres dar cuenta te quedas enredada en ella como en una tela de araña, de una araña que es el presente. Y el presente también está en la materia. De hecho, sin materia no habría presente. Me gusta una frase de V. Ferrer: "La acción es una oración sin palabras". Sencillita.

Qué es perceptivo entonces, la acumulación de encuentros http://es.scribd.com/doc/114780523/El-Sentido-de-La-Existencia

Me veo reflejado en el artículo por mi bibliofilia y melomanía y, en menor medida, la acumulación de vinos, dvds y camisas. Pero, al contrario que la persona sobre la que comenta witness, yo me inclino por los chollos: libros y discos a buen precio. De música clásica tengo fácilmente más de 2200 CDs, mientras que los LPs del garaje no creo que lleguen a los 400 (includos los de rock). Es un gran placer tomar un libro de la estantería, soplarlo para quitarle el polvo, abrirlo, olerlo, leerlo y recordar las circunstancias y la época de su adquisición (no siempre, claro). Sentarme o recostarme en el sillón a leer algo que tengo desde los años 80 o 90 es la leche, sobre todo si es bueno, que lo suele ser. No compro cosas tipo Coelho, Follet y demás bestsellers, y si entra algo así en casa es porque lo está leyendo alguna de mis hijas. Siempre digo: Si tiene que llegar Dostoyevski, tranquilos que ya llegará.

Conozco a una persona que almacena en las estanterías de su casa varios miles (quizá un par de decenas) de discos CDs y un número indeterminado de LPs. Empezó su colección de joven y, a lo largo de los años, la adquisición de novedades se fue convirtiendo para él casi en una obsesión de manera que no poco de su presupuesto familiar ha acabado en las cajas registradoras de las tiendas especializadas. Hay en esas estanterías que llenan pasillos y habitaciones toda clase de música pero predomina abrumadoramente la llamada -a falta de mejor nombre- música clásica y especialmente la ópera. Muchas veces me he preguntado qué sentido tendría ese exceso. Es dudoso que, en lo que le queda de vida, esta persona pueda siquiera volver a escuchar la mayoría de sus atesoradas referencias discográficas.
Nunca una sesión de escucha es la misma; el estado anímico cambia, la experiencia personal acumulada depara nuevos matices y así cualquier grabación permite descubrir nuevos aspectos de la realidad sonora. Sin embargo, llega un punto en el que la multiplicidad se vuelve abrumadora y ya no importa tanto la interpretación diferida -que no otra cosa viene a ser una grabación- a la que se atiende en la soledad de la sala de estar como la comparación entre objetos sonoros adquiridos en el mercado. El arte se vuelve objeto (disco recién editado, novedad que pocos tienen) e importa sobre todo su posesión. Dudo siquiera que este melómano (porque manía y no filia parece ser su condición) haya podido escuchar cuanto posee como dudo que muchos que disponen de extensas bibliotecas hayan podido leer todos los libros que han comprado ( comentario que sorprende, por cierto, al bibliómano petulante y suele colocar en su cara una sonrisa sarcástica).
Se trata de un caso complejo de relación entre el yo y las cosas porque la realidad material acumula el peso de una doble gravitación de sentido. Por un lado, la naturaleza artística del objeto se asienta en lo que Benjamin llamaba "aura"; por otro, el producto manufacturado conlleva lo que podríamos llamar "atractivo". Pero, de alguna forma, el primer componente pierde parte de su dimensión y es el segundo el que genera una retroalimentación que transforma el deseo de asimilación estética en simple consumo. A partir de ese estadío, la transformación del instante "sublime" en presunción de coleccionista ocurre con toda naturalidad.
El concepto de autonomía de Benjamin, que estaba asociado al de lejanía por efecto del misterio y del ritual (ese vínculo típicamente romántico entre lo nouménico y el sentimiento que acompaña al arte) se convierte así en inaccesibilidad por efecto del precio y en valor social por efecto de la novedad. El misterio pasa a ser lujo y el pret a porter a mimetizar la obra de arte - sin serlo, claro- de manera tal que el objeto en el mercado acaba por inducir estados de ánimo similares a los del coleccionista refinado de antaño, un punto aristos y dos puntos snob.

Lo que acumulamos suele ser lo menos útil porque lo útil no lo acumulamos: lo usamos. También acumulamos objetos que dotamos de alma: ¿quién sería capaz de deshacerse de un objeto que hemos recibido por tradición familiar, que hemos visto en casa de nuestra abuela o de nuestros padres?. De estos últimos no es fácil desprenderse, pero sí de los primeros. Lo único que hace falta para ello es tiempo, tiempo para constatar que nos equivocamos al adquirirlo, que lo compramos por aburrimiento, por compulsión o porque el vendedor era muy bueno. Parece que más que desprendernos de ellos, lo que nos cuesta es aceptar que nos equivocamos.

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Yo creo que todos somos un poquito Diógenes...Desprendernos de muchas cosas, aunque no sirvan para nada, nos cuesta...
http://mariasagrariogomezsanchez.blogspot.com.es/

Consumiendo y acumulando hemos llegado hasta aquí, creo que esta insostenible necesidad del capitalismo es la causa de todos nuestros males. Acumulamos cosas que no podemos usar, guardar o consumir
Gracias por hablar de estas "cosas"

muy interesante la verdad!! saludos

El acopio solo puede ser síntoma de inseguridad.

Se concibe el aprendizaje como una acumulación de informaciones, cuantas más mejor, que van ensamblándose con las anteriores. Pero así no puede surgir nada distinto de lo conocido, solo se refuerza o se retoca lo que ya se tiene. El verdadero aprendizaje supone una transformación. Para que afloren nuevas formas de hacer y de pensar, es preciso destruir y construir continuamente. Se necesita estar dispuesto a desprenderse de lo que no sirve aunque no estemos totalmente seguros de lo nuevo. Se requiere quedarse con la mente en blanco o con el culo al aire, convivir con situaciones precarias y con vacíos; porque unas y otros son necesarios para crear.
http://www.otraspoliticas.com/educacion/desaprender

Fecunda indefensión, qué bien recogido.
Siempre me he preguntado yo también por qué le llaman síndrome de Diógenes, si nada más desprendido de esa acumulación obligatoria que la actitud del cínico al aire libre. Como les suelo decir a mis alumnos, punkies, okupas, etc son nuestra versión contemporánea de aquellos cínicos mediterráneos con tantos problemas con cualquier tipo de autoridad...
Por cierto, no soy muy de imágenes, mi inteligencia visual y espacial son nulas desde los test del colegio o repetidos suspensos en plástica, ni siquiera distingo bien entre muchos colores, algo que suele hacer reír a mis alumnos: pero aquí las fotos acompañan siempre muy bien: Qué mejor elogio que se dé cuenta incluso alguien de mi estilo...

No es prescindible acumular lo que nos hace falta. El acopio de sentirse divertida en la posibilidad diversificadora del trabajp de toda una historia, no merece ni amparo ni expectativas para un tiempo deshabitado.
Y no me gusta escuchar las palabras, las palabras que salen de ... que dicen las cosas que siendo, que siendo se hacen venir.
Y no me gusta tocar con las manos y siento sentirlo así pero todas ellas nos dicen... nos dicen lo arrogante concepción del saber.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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