El salto del ángel

El riesgo de mirar

Por: | 11 de diciembre de 2012

Victor rodriguez 18
Bien sabemos que mirar es más que ver. Y que un buen ver contempla la mirada del otro. No es que ver sea ser mirado, es que nos vemos en el mirar ajeno. Verse mirando es más que ser mirado, es sentirse otro para alguien. Semejante relación entre la mirada y la alteridad no hace sino confirmar, no sólo que cada cual ve o mira a su modo sino que, puestos a caracterizarnos, consistimos en una forma de mirar, somos mirada. De hecho, no hay mayor desconsideración para con los demás que ni mirarlos, ni verlos.

El elitismo de la mirada acaba por lograrlo. No ver al otro garantiza la tranquilidad de no verse afectado por lo que le sucede. Una suerte de inexistencia para la mirada alivia cualquier incertidumbre: “Lo siento, no le había visto”. De ello no se deduce que la cosa hubiera mejorado en caso de notarlo, simplemente reduce la mirada a un asunto de modales. Pero lo desconcertante no es la nuestra para con los demás, lo inquietante es la suya, su mirada. No ya sólo la mirada del otro, sino la constatación del otro como mirada, hasta el punto de no poder desvincularla de su palabra.  Encontrarse con ella es en definitiva hacer la experiencia de dar con su rostro: palabra y mirada.

No faltan quienes necesitan no dar con ese rostro para poder comportarse con la indiferencia que permite la eficacia de la desconsideración. La clave es no toparse con la mirada de alguien. Y de hallarse en semejante tesitura, se trataría de que no fuera en una situación simétrica en la que se corriera el riesgo de un cara a cara. La altivez sería entonces una atalaya, en la que la elevación de la postura permitiría una condescendiente forma de mirar: de arriba abajo. Y ya tendría el carácter de un consejo, de una recriminación, de una advertencia, cuando no de una amenaza. Eso sí, “por su bien”. Ponerse en el lugar del otro sería mucho rebajarse y ceder, salvo momentáneamente, para procurar formas de conmiseración más paternalistas que fraternales, más maternales que maternas.

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La alteración que supone dar con la mirada de alguien disloca algunas supuestas contundencias y firmezas. Aprender que el otro también desea, sueña, imagina, ama y sufre es decisivo para que uno pueda verlo de verdad. La experiencia del sentir ajeno es la clave de nuestro efectivo sentir. Y esta experiencia sólo se produce en el concreto encuentro con el otro. Ni es una constatación intelectual, ni es una deducción, ni es una conclusión lógica producto de una demostración. Sólo el otro, el otro sin tapujos, nos hace comprender hasta que punto su alteridad es radical, es otro absolutamente otro, que tiene no sólo su propia vida, sino su insustituible vivir.

La permanente clasificación, cuantificación y ordenación de los demás, su reducción a lo que puede sopesarse y medirse, no pocas veces ignora su peculiar singularidad. Por eso, no basta saber de ellos, ni hacer juicios sobre sus necesidades, sobre sus preferencias, y, ante todo, sobre lo que les conviene. Lo determinante es estar cerca, lo suficiente para sentir la proximidad del calor de su mirada, su ansiedad o su entrega, la demanda y la donación que se nos ofrecen. De ahí que a veces nos situemos a la distancia adecuada para ver sin ser mirados, sin tener que encontrarnos con la mirada del otro. Nos gusta ver, fisgar, incluso escudriñar, pero a condición de no ser penetrados por la irrupción de la singularidad irreductible del otro. Podemos hablar de él, tomar decisiones que le afecten, buscar lo que le es más adecuado, eso sí, siempre y cuando no nos alcance la palabra que destella en su mirada. De este modo lo vemos sin escuchar lo que su mirar nos dice. Y podemos compadecernos durante un momento, emocionarnos, pero no nos quedaremos insomnes con su rostro, ni necesitaremos ninguna transformación. Bastará con vernos afectados, pero no se precisará ni nuestra acogida, ni nuestra hospitalidad.

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En definitiva, se tratará de que esta concreta singularidad de alguien no nos llegue, de que no nos alcance la incomodidad que nos disloca, de que no se produzca su venida, de que su palabra se quede en un mero hablar, pero no nos diga. Vivimos de una u otra forma en el olvido del otro. Y no simplemente porque nos reduzcamos a nosotros mismos, sino porque efectivamente se trata de una reducción. No es sólo la pérdida del otro, es, nuestro propio extravío. Sin su palabra, la nuestra es pura prédica vacía. Sin su decir, poco tenemos nosotros que comunicar, salvo indicaciones y consignas.

En ocasiones, casi inesperadamente, cuando menos propicio parecería, cuando bastante tenemos con lo nuestro, se produce un desplazamiento que cuestiona nuestros anclajes y tambalea nuestras certezas. El rostro de alguien nos afecta hasta el punto de hacer tiritar nuestro saber y de reclamar otra sabiduría. Ni sabemos muy bien qué hacer, salvo recibir cordialmente lo que adviene, a quien se aproxima. Tal vez, sin expresamente decidirlo, nos encontramos a la distancia pertinente. Y entonces sólo cabe disponerse a la hospitalaria acogida. Aunque siempre es posible tratar de “reconocernos” en el otro, utilizándolo para mayor gloria de nuestra posición satisfecha. Si entonces lo necesitamos es porque gracias a él, y dado que somos otros para nosotros mismos, ello nos permite saborearnos como quienes enseñoreamos nuestra existencia. “Nos viene bien” para afirmarnos. Pero el otro, ese otro que no nos permite tamaño dominio, que se presenta como irreconocible para el afán de posesión y de seguridad de nosotros como sujetos, pone a prueba y en cuestión lo que ya parecíamos ser.

Por ello es tan deliciosamente inquietante y peligroso, y necesario, vérselas con el rostro del otro, dar con su mirada, dejarse decir por su palabra y sentirse afectado por su singular existencia. Y no pocas veces, el pensamiento, la decisión, la voluntad, la ejecución se han nutrido de un olvido nada lateral: el olvido del rostro del otro.

(Imágenes: Pinturas de Víctor Rodríguez)

 

 

 

Hay 19 Comentarios

Witness, no estais solos. Lo que pasa es que estais demasiado juntos. Si os viniérais al Polo seríais más hospitalarios y más educados y más generosos con los extranjeros. Y viviríais en una casita de hielo y no tendríais frío ni os importaría el dinero.

A mí no me gusta MIRAR la navidad.

“La mirada del otro” y la mirada nuestra. Con nuestra mirada “nos vemos en el mirar ajeno” y se produce la “constatación del otro como mirada”. No somos distintos, ni creo que nos hagamos distintos por la influencia de la mirada del otro, pero a veces puede pesar tanto que anule nuestra verdadera forma de ser. Hay que pensar que al otro puede pasarle lo mismo con la nuestra. Es importante lograr el equilibrio que permita poder estar y seguir siendo con los otros y viceversa.
“Rostro: palabra y mirada”. Yo me atrevería a decir que la palabra no es del rostro, aunque en ocasiones nos fijemos en un rostro por el poder de su palabra. Sale del cuerpo por la boca y entra en el cuerpo por el oído, pero también entra en el cuerpo por la vista y ha salido del cuerpo por la mano (o por otros vehículos, no todas las personas escriben con la mano). Más bien creo que la palabra es del aire y podríamos decir: palabra y mirada, palabra y voz. Escribir es también intentar apresar las palabras, sujetarlas, como si se nos fueran a perder, a olvidar. Y la voz, de alguna manera, completa también un rostro.
“Cara a cara” es la mejor forma de entenderse, incluso sin palabras y, en ocasiones, mejor sin ellas. Pero es muy difícil. No me gusta “mirar: de arriba abajo” ni tampoco que lo hagan conmigo, ni siquiera de abajo arriba. Me gusta mirar a la cara, si puedo, y si no puedo, desenfocar la vista para ver el conjunto, como en un cuadro impresionista.

El arte es la creatividad de lo instantaneo y su despliegue como lo creado y ajustado de una mirada.

El ser humano está siempre solo pero la Humanidad,¿podría ser el otro?. ¿Cómo transitar esa distancia entre lo propio y lo semejante? Probablemente la forma más llevadera sea ese abandono del ego que damos en llamar amor. Amado, el otro pasa a ser yo y la relación comunidad, con una cualidad esperanzada que se convierte en invitación a ver más allá de ese otro para dar luego en otro, y otro... Mirada múltiple que busca renovar un sentimiento, al menos, en la parva medida de la ilusión. Los otros caben entonces en el pathos personal y crece el deseo de vivir con y en los otros; parece cósmico destino la alteridad y natural comportamiento el altruismo. La Humanidad no es sólo un rostro y una mirada inmediata sino las diversas miradas que, hasta de lejos, nos miran. Y el amor crece y la filantropía se expande y cabe entonces pensar que nada humano ni nadie nos es ajeno (el unamuniano "nullum hominem a me alienum puto"). Dios no hace falta porque los otros nos miran y la soledad radical de los instantes fronterizos, de los momentos en que contemplamos cómo se avecina la hora postrera, no nos empuja al ansia de la trascendencia porque la Humanidad nos depara un confín tangible pero infinito.
Y entonces...un insulto a la cara, una traición inconcebible, una amenaza irracional, una humillación en público, una vileza premeditada, una herida corporal... corta el hilo del mirar y la Humanidad vuelve a ser lo que era antes: el otro que nos niega, nos castiga, nos encierra en la soledad de la conciencia sorprendida de que el otro amado no sea la Humanidad sino únicamente quien comparte nuestro refugio interior y, a veces, ni eso. La soledad llama entonces con más clara voz; en la soledad, nos encontramos con una mirada propia que no creíamos tan honda; en la soledad, miramos y nos vemos como toda la Humanidad, descubrimos cómo lo peor de los otros no es distinto de lo peor de cada cuál y la razón acaba por comprender hasta qué punto la biografía de cada uno acumula, por un albur de circunstancias asociadas al presente, una ingente variedad de transparencias, de distinta convexidad, a través de las cuales todos nos miramos mutuamente , día a día, con turbia distorsión.
Sí, vemos entonces al otro, desde este lado del cristal, no como realmente es sino como Humanidad miope; alguien sin rostro que podría no reparar en nosotros como acaso nosotros reparamos en él; alguien que podría arrebatarnos, con la mirada, la vida.

-No me mires que miran que nos miramos y verán en tus ojos que nos amamos!

- No me mires, no me mires,
no me mires, no me mires, dejalo ya,
que hoy no me he puesto maquillaje...

Muchos conceptos filtran la intensidad lingüística con la que articulamos una mirada científica, lógica e incluso analógica. Las funciones vivenciales de la opinión se extienden hasta el infinito. De este modo el estado del sujeto y sus afecciones interiores dan paso a otro estado.
-La percepción de afecciones supuestamente comunes sobre objetos que percibimos.
- La afección supuestamente común a varios sujetos que la experimentan y que aprenden con nosotros esta cualidad.
De ellos se perfila una opinión lingüística articulada con un propósito. Estacionar un orden de opinión que alcance el equilibrio desarticulado entre belleza y bien, y bien y belleza.
No hay unificación sin la presión que amortigua su legislada precisión. La belleza de la opinión se digiere cuando uno entra en contacto directo con la opinión que o bien descalifica la actuación o desestabiliza el lenguaje. Ambas desestabilizan el objetivo por el que se crearon para obtener un hilo conductor que las recomponga. A pesar de que no tenemos memoria para reconocer tal alcance alcanzaríamos su belleza en el bien que procuraron. Su opinión no alcanza el rango de belleza. Sin embargo el bien de ella procura la estabilidad.
Extraer percepción de las funciones vivenciales también se substrae del entorno en el que son concebidas (…) aunque no se este dispuesto a hacer acto de presencia en el entorno siempre aparece alguien que te jode la opinión y así no hay manera de sustraer o alcanzar una opinión. Si un discurso analítico que encuentre sensibilidad para estructurar.
Como decía falta memoria y se articula cuando la belleza deja de componer qué es el bien.
El propósito de equilibrio obedece al lenguaje procurado para su encuentro en el que contraer y arriesgar. Ellos marcan los derroteros… No es una irracionalidad es un encuentro con aquello que no tiene nombre, ni propiedad, ni casa ni nadieeeee que lo mantenga ¿Entonces qué cojones es el encuentro del equilibrio?

Cuando miramos vemos miradas curiosas que sorprenden. Ya no por su actitud pedulante a recrear un trasfondo cuestionable siempre con mirada a un recordar. Al ajustar o colocar la vision reaparece la mirada recobrada. Igual que cuando se deja de ver a un caracol durante unos momentos y volvemos a mirarlo, y esta en el mismo sitio. Bueno sí, aunque lo único que ha variado a sido la baba de caracol, muy recomendada como ingrediente para las cremas de cara. Aunque de lo que hablamos es de una mirada curiosa que en su trasfondo cuestiona siempre una mirada.

Hay un parte del anterior escrito que me ha quedado desatendido y algo borroso.Perdonen.Esta es su corrección: "Es una mirada que denuncia y espera de una u otra manera la aprobación no sabemos a cuenta de quién, porque viene de alguien y no de la propia, de uno mismo, por estrecha que esta sea, sino de parte de quien nos cree conocer ( no digamos ya la de muchos cómplices, porque hay la mirada cómplice que cae al fondo) cuya aceptación no sé hasta que punto cabe rectificar sobre la nuestra, mirada que, aunque no estén, es de quienes quedan, como digo, más al fondo.Cabe preguntar quiénes son esos.

Digamos que la mirada es ciega ( oxímoron) y más que bien nos es una carga y no pocas veces una desconsideración inversa a la que presenta hoy Gabilondo. También una traición sobre todo para uno mismo.Quiero decir para la mirada de uno.Más que virtudes ese mirar desconsiderado( al que yo doy nota) de tal o cual manera( no es cuestión de darle forma), conlleva una intención declarada como buena.Pero no se puede esperar que sea declarada como tal.Es una mirada que denuncia y espera de una u otra manera la aprobación no sabemos a cuenta de quién, porque viene de alguien, propia, de uno, sino de quien nos cree conocer ( no digamos ya la de muchos cómplices, porque hay la mirada cómplice que cae al fondo) cuya aceptación viene por parte de que los otros, que, aunque no estén, quedan, como digo, más al fondo cabe preguntar quiénes son. Eso es lo que hay que mirar.Nos queda la mirada del impaciente y otras veces nos parece miradas un regalo benefactor que no pasa de ser mera grosería; hay el mirar de embeleso, sí, y del bobo, y de la boba, y un mirar de reproche, de mirada infantil, de animal ( no confundir con la mirada de mi perro), miradas que matan, hay en el mirar algo que no comprende ni quiere y ese otro mirar del cansino, del pelma, esta del aburrido o la del tonto de capirote, cuando no un mirar feo del que mira directamente a los ojos como si ello quisiera desmontare o trasparentar el alma o se fuera por ello más sincero( ¿es éste pues el mirar que hay que tener en cuenta?).No nos olvidaremos del mirar del labriego o gañán y un mirar de zarpa que atiende sólo que a defectos, o las gracias de un mirar de envidia que envidia el simple mirar muchas veces deficiente que es el propio( del que mira al mirado) y un mirar hipócrita, o mirar deforme,enfermo, acordado, simple, bizco, sesgado, velado, ufano, aprovechado, ruin, celoso, tramposo, miedica, alejado, cercano, miope, doloso, mohíno o asqueroso, pero mirar, lo que se dice mirar, hay que mirarlo bien porque puede que sea todo menos inocente y que si tenemos en desconsideración, no es precisamente por gusto...Porque hay en esa mirada acostumbrada que acompaña a todo mirar algo de lo que Nietzsche dio en llamar "mal de ojo".

Mirar, implica ver, y ver implica sacar conclusiones.
Cuando opinamos sobre lo que vemos, a veces no siempre se está de acuerdo sobre lo que hay.
Porque normalmente se ve pereza.
Cuando no pasotismos ante la necesidad de tomar decisiones y dar soluciones.
Acordes con los principios que decimos tener.
Pero la realidad nos desengaña.
Se observa un estar quietos mientras dura la función, que no se note que estamos.
No hacer, no figurar, no toser, no estornudar.
No hacer ruido.
No dar soluciones que implican responsabilidad y compromiso.
Hacer bulto, pero sin compromiso.
Cuando se mira de cerca, a veces se ve demasiado.
Y es entonces cuando viene el desengaño, porque nada es lo que parecía ser.
Y peor aun, nada es lo que debiera ser.
Ni tal como nos contaron que sería.

En ese mirar se juega el problema político de la amistad. Agamben con Aristóteles. Y aún mejor Derrida con Nietzsche. Los que asumen la responsabilidad de mirar así suelen resultarnos espantapájaros. Forman parte de una singular comunidad de los que tienen comunidad, lejos de los que pacen en la verde felicidad-prado del rebaño.
Gracias, una vez más, por el amistoso artículo.

La mirada del arte traspasa la vertiente terrenal que imagina el arte de pensar en la belleza y en el bien.

El riesgo de mirar es la curiosidad que tiene el hombre para crear arte.

Mirar algo que es real como si fuera verdadero seria lineal pero es imperceptible

Cómo se va a mirar hacia delante si no miramos atrás. Todo tiende su riesgo en la multiplicidad aunque ambas vertientes suministran un antes y un después. Quizás el presente tenga su identidad en el ayer y el futuro mañana. Abría que ver cómo se consolida la mirada sin riesgo de verlo borroso.

Existe mucho más que aquello de lo que somos capaces de percibir conscientemente y esto que existe nos influye y provoca otro tipo de pensamiento, que no es dual, no es ético, que está al margen de la razón pero que no se debería llamar irracional.

Es un pensamiento instantáneo, una respuesta inmediata a todo aquello que nos llega. Hay quienes sospechan que, además de los sentidos convencionales, tenemos sensores desconocidos que detectan aquellas variables ocultas que definen lo complejo. Es una hipótesis sugerente que, de ser cierta, explicaría muchas cosas. Sea o no sea así, lo cierto es que nuestros sentidos no se están usando como debiera.

Por decirlo de alguna manera, nuestros sentidos están obstruidos o contaminados por la memoria, de forma que seleccionamos una mínima parte de lo que reciben y nos inventamos el resto; es decir, vemos lo que esperamos ver y no lo que realmente está ante nuestros ojos, y lo mismo sucede con el oído y los demás sentidos. No prestamos la suficiente atención para distinguir los matices o para reconocer algo que no hemos visto u oído nunca, pero la atención se puede trabajar y, solamente con esto, la percepción de lo que nos rodea ya sería más amplia.

http://www.otraspoliticas.com/educacion/educar-para-la-belleza

La mirada del otro ratifica nuestra existencia, y también la de nuestros actos. Y esto abre la puerta a una pregunta macabra: ante el pelotón de fusilamiento, ¿se tapan los ojos del reo para ahorrarle la visión de la muerte que llega, o para evitar que a los verdugos se les clave para siempre la mirada de miedo o de rabia o de condena de quien va a recibir sus balas? ¿Esa venda en los ojos, es piedad hacia quien va a morir o hacia quien va a matar?

Con el rostro y con el cuerpo, que no solo somos cabeza. Tenemos un cuerpo dispuesto a entregar y recibir sensaciones.

Carla
www.lasbolaschinas.com

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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