El salto del ángel

Fuerza inesperada

Por: | 08 de enero de 2013

  Jose maria pinto cruzando-entre-edificios-
Cuando parecemos no poder más, con frecuencia somos aún capaces de mucho. No se trata de poner permanentemente a prueba nuestra resistencia, ni de forzar al límite, en cada caso, nuestra capacidad. No ignoramos que hay quienes desarrollan actividades que exigen comportamientos extremos. Sólo les deseamos que no lo sean siempre, y menos en todos los aspectos de su vida. Lo que sí es cierto es que, puestos en esa tesitura, sin necesidad de buscarla explícitamente, es llamativo hasta qué punto en ocasiones desplegamos una firmeza, una entereza y una decisión que ni siquiera creíamos poseer. Algunos lo hacen casi constantemente. Pero en general no pocas veces nos vemos conminados a estar por encima de nuestras propias posibilidades. E incluso por encima de nosotros mismos. O al menos de lo que venimos haciendo y permitiéndonos con frecuencia. Conviene, por tanto, no desconsiderar las fuerzas, ni las propias, ni las ajenas. Que en determinados momentos nos sintamos sin ellas para afrontar la situación, que flaqueemos, que incluso no podamos,  no significa que en coyunturas extraordinariamente difíciles y complejas no encontremos razones y motivos que nos ofrezcan una energía, una vitalidad y una contundencia de una intensidad irreconocible, una fuerza casi inexplicable. Y que no siempre nos alcanza desde donde la esperamos.

Es evidente que semejante fuerza no es mera fortaleza física. Sin duda, no es indiferente tenerla para afrontar determinadas situaciones, pero no basta cuando son efectivamente complejas. Tampoco las fuerzas brotan única y exclusivamente de uno mismo. No pocas veces nos vienen de los otros, de su afecto, de su aliento, de su compañía, de su confianza y de su fe en nosotros, por encima incluso de cuanto somos capaces de exigirnos. Las fuerzas no surgen simplemente de un núcleo interior que procura energía y potencia nuestra actividad. Nos llegan, nos alcanzan, nos sostienen, del mismo modo que uno bien sabe que no es suficiente el propio aire para respirar. Pero muy singularmente se nutren de las buenas razones, de los argumentos no siempre tan explicitados, de las motivaciones que nos movilizan y nos impiden claudicar y entregarnos sin más a las dificultades. Por ello, en ocasiones, la carencia de alicientes, de atractivos, de estímulos se conduce como una verdadera corporalidad, y esa ausencia de vitalidad se incorpora en nuestra existencia y dificulta la circulación de la sangre hasta los últimos rincones de nuestro vivir. Nos paraliza.

JOSE MARIA PINTO REY Esperando

De eso no se deduce que las fuerzas sean una simple conclusión que responda a una serie de premisas lógicas, o a un discurso bien elaborado y compuesto, como si se tratara de persuadir a alguien de que ni es para tanto, ni lo que le pasa tiene necesariamente que ser definitivo… y, además, hay otros asuntos más importantes, más inexorables, decimos, nos decimos. Considerar que es suficiente con “poner las cosas en su sitio” es ignorar que un discurso incontestable se caracteriza, precisamente, por carecer de una adecuada respuesta. Las razones crecen en la conversación, se nutren de la contestación, fructifican en el contraste, en el diálogo, en la crítica y en la controversia y, aunque no se reducen a ellos, no son la moraleja de ningún decir sentencioso. Ni las fuerzas nacen de una perorata. Bien señala Deleuze, por ejemplo, que “una buena clase se parece más a un concierto que a un sermón”.

Nada más ridículo, por tanto, que limitarse a hacer llamamientos a la fortaleza de ánimo, sin más argumentos, como si ésta brotara de una mera decisión. Ni el entusiasmo, tan necesario muchas veces, ni la ilusión, tan importante, son simples actos de adhesión. Aunque las razones puedan ser contagiosas, si en efecto no se vertebran sobre buenos motivos, las fuerzas no se desplazan con el simple propalar o propagar  imperiosos de su necesidad. A veces, sencillamente se carece de fuerzas y todos necesitamos, en mayor o menor grado y en no pocas ocasiones, ayuda para lograrlas. No reconocerlo es tan insensato como estimar que basta cualquier tipo de apoyo, de cualquier manera, a cualquier precio.

No tener fuerzas es menos problemático que considerar que basta proponérselo para encontrarlas. La determinación es tan clave como insuficiente y así como hay quienes nos ofrecen permanentemente razones y afectos que nutren nuestra fuerza, no faltan quienes parecen empeñados en que ratifiquemos que la situación es inevitable, que la coyuntura es un ejemplo de fatalidad y que, puestos a tener fuerzas, se trata de que las tengamos para aceptar paciente y resignadamente lo que nos corresponde afrontar. Les gusta nuestra fuerza para asentir, para ceder y conceder. Entonces, llaman fuerzas a la simple admisión y subscripción de cuanto ocurre, sin más.

José  Pinto Cruzandolacalle
Sin embargo, cabe erguirse sobre lo que sucede, o mejor sobre el relato que lo muestra tan implacable como inevitable, e incluso en situaciones verdaderamente adversas abrir posibilidades en el corazón de lo supuestamente inexorable. Y puestos a desafiar, desafiar incluso a los acontecimientos. No tanto como para no asumir lo que en ellos se nos ofrece, cuanto como para no rendirnos a la debilidad del relato en el que, no pocas veces interesadamente, se nos entregan. Las fuerzas necesarias para escucharlo no han de ser la imposición sobre las fuerzas para responder y corresponder con un decir, con una acción, y con una vitalidad que son imprescindibles. Incluso cuando no parece haber más fuerzas, a veces emerge conjuntamente una firme voluntad bien argumentada, compartida, que nos acompaña para afrontar, en la cordialidad de los buenos motivos, complejas situaciones. En ocasiones, parece haber poco que hacer. Y aún cuando algo es de verdad inevitable, las necesitamos. En esas coyunturas límite también las fuerzas, supuestamente de flaqueza, muestran inusitadamente otras fortalezas. Y entonces no es fácil ni siquiera seguir hablando. Aún en tales circunstancias las precisamos.

En todo caso, no deja de ser sintomática la ligereza con la que convocamos a otros a un gran esfuerzo personal, a sobreponerse, a sobrellevar, a soportar, a hacerse cargo. Y más llamativo resulta que se haga desde posiciones cómodas, o desde la tranquilidad de no verse en semejantes situaciones. Tal vez el privilegio de poder permitirse reclamarlo es ya un indicativo de no encontrarse en tamaña coyuntura. Y quizá quepa hacerlo, sin arrogancia, sin exigencia. Sin embargo, resulta deslumbrante la fuerza de quienes no ceden ante lo que se les presenta y más allá de lo exigible encuentran energía y motivos para cuestionar, para proseguir, para vivir. No siempre las fuerzas ni llegan ni brotan de donde las esperamos.

José María Pinto Grupocaminando
(Imágenes: Pinturas de José María Pinto Rey, Cruzando entre edificios; Esperando; Cruzando la calle;  y Grupo caminando)

Hay 15 Comentarios

Que sorpresa me he llevado (agradable), de encontrar por internet mis cuadros acompañando a este artículo. No se cómo ha llegado a mi obra, pero le agradezco la difusión de estas imágenes pues a menudo el quehacer del pintor es un trabajo de muchas soledades y solo cuando colgamos los cuadros en una exposición recibimos la contestación del público y la compensacion a un largo y callado trabajo. Despues de ella volvemos nuevamente a la soledad del estudio y parece que todo ha sido un sueño, que nada ha pasado, y que es necesario volver a comenzar, volver a enfrentarse con el cuadro, volver a mirarse como si fuera en un espejo y poner en marcha de nuevo todas las estrategias pictóricas, como si fuera una batalla, pensar bien cada movimiento para culminar una vez más una nueva obra y allí enredada entre multitud de trazos y manchas dejar algo de nuestra alma. Así de quimérico es mi trabajo diario. Por eso saber que al otro lado del ordenador mis obras siguen su camino, me reconforta y ademas acompañando un texto de gran calidad más aun.
Gracias y un saludo

Alguien propicio o cercano a los leones de la dos que se emite a las 17 h. puede argumentar que fuerza inesperada atrae esos bichos tan feos. Derivar, derivar de una grandeza no es que deriven y tampoco de la precariedad. Aunque parece una figura muy querida por el pais de animalandia, parecen sacados de si mismos del pantano tirandose de la cabellera. Y es que estos animales siempre estan salvandose por los pelos. " Ésta es la azarosa televisión". !Valla mierda!

Quizás la vida sea también eso: poder cuando no se puede más. Somos herederos del Ave Fénix hasta la muerte, cuando de verdad ya no se puede más. Dependemos tanto de los otros como de nosotros mismos, en mayor o menor proporción, según el momento y las circunstancias. Y es cierto que las fuerzas nos llegan de los afectos, pero también del hecho de sentirnos útiles, de comprobar que nuestro esfuerzo sirve para algo, material o espiritualmente.
Estoy de acuerdo en que el aire no es suficiente para respirar, pero la calidad del aire es muy importante para las fuerzas, tanto en sentido literal como metafórico. Yo he vuelto a usar la mascarilla.
Saludos y Feliz Año Nuevo.

Estoy de acuerdo con Leichegu. Por cierto, hemos vencido.

Recuerdo un buen maestro de educación física que nos obligaba a seguir corriendo cuando parecíamos desfondados, siempre busco a esa maestría en cada una de las acciones que procuro emprender.... hoy sigo teniendo referentes que cada día me ayudan a hacer con ilusión las tareas, no renuncio a encontrarles, sé que existen y nos ayudan a crecer. Hay quien me aporta confianza para entender que es bueno para mi ponerme pequeñas metas cotidianas... Las fuerzas y razones nos vienen de los otros pero salen de nosotros, juntos podemos más. Verbalizar colectivamente los proyectos nos hace sabernos capaces de transformar las cosas y soñar que el fututo será mucho mejor de lo que hemos podido imaginar. Siempre hay alguien que con maestría que nos lleva a superarnos haciéndolo con él, con ella. Feliz año lleno de "FUERZA INESPERADA"

Las palabras de nuestro anfitrión me traen a la memoria un soneto de Garcilaso:
"Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería".
La capacidad para sobreponerse a la adversidad combina la entereza mental con el equilibrio emocional. Por mucho que la primera pueda hallar vías de salida a las situaciones más difíciles o el segundo ofrezca apoyos estables al afán de superación, la carencia de una combinación óptima entre ambos componentes de la personalidad depara o bien esfuerzos baldíos, o bien motivos para el desaliento. Cuando ambos elementos encuentran un mínimo suficiente, pueden interaccionar potenciándose mutuamente: las ideas plausibles fomentan la confianza y ésta suministra la entereza para refinar aquellas hasta dar a la acción un impulso victorioso o, al menos, fecundo.
Sin embargo, como pone de manifiesto la conmovedora confesión del poeta, hay personas en las cuales "las más veces" no hay esa reserva anímica que propicia cierta seguridad para enfrentar un albur contrario. Es necesario conocerse a uno mismo en una buena medida para darse cuenta de lo transitorio de tales rémoras afectivas. De los demás debería venir el consejo para una adecuada contemplación interior pero, al mismo tiempo, para no plantearse retos que excedieran las propias competencias.
Sí, todos poseemos reservas ocultas de entereza y, acaso, aptitudes no bien aquilatadas en su justa dimensión pero la cuestión es que, en la mayoría de las ocasiones, la realidad no concede una tregua para poner en juego en un momento concreto esos recursos escondidos. El abandono, la pereza, la autoindulgencia o incluso el halago contraproducente e injustificado de los demás pueden inducir a la persona a una falsa seguridad, a un exceso de confianza en unas reservas, acaso mínimas, de fortaleza. Por eso no hay mejor consejo que la adquisición de un correcto saber sobre el propio yo, desprovisto de la ganga inútil de la ilusión y reforzado por la lóriga de la completa sinceridad. El autoengaño convierte a las propias fuerzas en trampas para que la realidad atrape y zarandee al desprevenido.

Cuando aceptamos una fuerza inesperada en nuestra vida o cuando se miden y se desmiden las fuerzas resignadas a establecer una actitud de la comprensión la paciencia se resigna a establecer, qué se ha de hacer. ¿Debe resignarse pacientemente o enfrentarse con determinación? Y si hace o no hace una cosa u otra, qué hacer. No saber cuál fue la causa que la origino o no saber su fuerza requiere enfrentarse al principio de incertidumbre de alguna o algunas aceptaciones inesperadas.

Adquirir fuerzas en tiempos difíciles que devienen de circunstancias precarias como el poco trabajo que existe en España es difícil solventarlo con dignidad. Se pueden integrar otros aires cuando se afronta una realidad abierta a la competitividad y conjunta que dota quienes no tienen respuestas para su posición en el mundo laboral. Admitir positividad rechazando lo viejo como un instrumento devaluado y que como problema resolverán las próximas generaciones, no nos vale. Esto es un trabajo de todos y cada uno de los formantes de este país, principalmente. Hay que adoptar medidas dolorosas como dice Rajoy, pero quién trajo la crisis, señores.
Pero que sepan que otros dan para que se acojan dignas situaciones solidaridad para con un oficio que no debe de cesar por culpa de la inestabilidad de algunos políticos. El manifiesto de los manifestantes en las calles cumple el apoyo de reivindicaciones a todos los que quieran tener o entrar en un trabajo digno con un sueldo para comer. Ese es el empeño de todos los manifestantes de sacar adelante a sus familias, con fuerza y vigor.

Todo adquiere una fuerza inesperada cuando se desarrollan brotes verdes desde lo más profundo. La innovación del sentimiento desde la razón no sugiere un sueño renovador que albergue inquietud por estabilizar una creación sino que la razón empuja a desmantelar opciones que embargan un instinto renovador que aprende a cuestionar el quit de la razón.
Advenir sugerencias, opiniones y cuestiones procuran resumir qué encierra el pensar. Una y otra vez se revisa sugerir lo dado sin ampliar sentido alguno. Ahora todo se aúna en un conjunto de pensar capaz de atrapar un sentimiento interior de la razón para pasar a discernir cuestiones de innovadora fuerza que adquiera un razonamiento equilibrado.

Una entrada con mucha fuerza..
La épica de echar el resto, porque nunca como entonces se valora la naturaleza heroica del esfuerzo de vivir.
Un fuerte abrazo, siempre deslumbrado a la lumbre del calor humanista del blog...

Por cierto, feliz año nuevo...

"Las razones crecen en la conversación, se nutren de la contestación, fructifican en el contraste". El contraste, el intercambio es fecundo, lo fecundo es producto del amor. Lo virgen, lo que está aún inmaduro, en preparación, no es todavía fecundo. Sin embargo, ¿qué es lo puro? ¿lo que no se ha mezclado o lo que no ve la maldad a su alrededor porque no la concibe, no la alberga, porque en todas las opciones ve lo bueno antes que lo malo? ¿es la pureza una mujer vertiendo agua en un estanque, aportando algo nuevo, mezclando? ¿es la pureza renovación: desestancar, airear, transformar? Quizás necesitamos encontrar las fuerzas en una pureza inesperada, pensando algo distinto a lo que veníamos pensando hasta ahora, haciendo algo distinto. Fecundando algo nuevo. Pero sin renunciar a reir (río: corriente de agua dulce que desemboca en el mar).

En un país acostumbrado a la novela picaresca, la épica resulta sospechosa, y tras cada arenga adivinamos la comodidad de una poltrona, la charlatanería de un vendedor de crecepelos, la cobardía de un Capitán Araña.
Por eso, aquí las fuerzas heroicas que permiten a las personas seguir pudiendo incluso cuando ya no pueden más, salen de rincones pequeños, cotidianos: del café en el bar, del partido comentado con amigos, del beso de buenas noches, de la madre, del hijo, de esa obstinada inercia con la que uno se acostumbra al dolor de huesos y a los números rojos y al canalla nuestro de cada día, y se sigue levantando, como Lázaro, y andando. Sin arengas ni épica. A pelo.

Un soplo más, decía el poeta.
Saludos y gracias.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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