El salto del ángel

Decir poético

Por: | 15 de febrero de 2013

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Resulta desalentador encontrarse en el lenguaje con el imperio de cierto descuido revestido de franqueza. En todo caso, la sensibilidad y la sensualidad no son incompatibles ni con la inteligencia ni con la verdad. Conviene recordar, y más aún en las dificultades del tiempo presente, que hay muchos modos de decir. Para Aristóteles, tantos como modos de ser. Y ya se sabe que “el ser se dice de muchas maneras”. Precisamente por eso, para algunos podría ser llamativo que se venga a desplegar la posibilidad de decir poéticamente. Como si hacerlo fuera un modo de no atender lo que hay. Quizá sea otro modo de ver. Y no sólo. Decir poéticamente no es un simple modo de decir, es un modo del decir, de todo buen decir, de todo bien decir. Incluso podríamos desplegarlo sobre cuanto cabe decirse. Y hasta acerca de lo indecible.

Para determinados amigos de afrontar directamente las situaciones, todo decir ya parece una demora, una desatención, una desconsideración. Se trataría de ir a los asuntos sin mediación. Entonces, en no pocas ocasiones no es que no se sabría qué hacer con el decir, sino que se ignoraría qué decir del hacer. “No es cosa de decir”, se dicen. Con ello se buscaría preservar la quiebra y la fractura entre el decir y el hacer, que tan decisivas resultan para incrementar las vicisitudes y las penurias del presente.

El decir poético es potencia o, más exactamente, se ocupa de lo potencial. Hasta el punto de que su pérdida es una pérdida de capacidad, de posibilidad, de energía para crear y para comunicar. Y la poesía la ha de tener. Pero el decir poético ni es patrimonio ni es exclusivo de la poesía. Como poetizar no es sólo componer versos o poemas y más bien tiene que ver con toda una experiencia y una alteración del lenguaje que lo recrean, tal vez estos complejos momentos precisan una tarea, que es a su vez social y política, de decir de otro modo. No sólo los tiempos se gastan, también sus palabras, esto es, las nuestras.

Chema  madoz 11Buscamos no simplemente qué decir, sino qué cabe decirse, qué es aquello que merece ser dicho, que necesitamos que se diga, y no sólo qué nos apetece o nos conviene. Cuando coincidimos en que no encontramos quién lo haga, no nos preguntamos sin más por qué persona. Ahí no se agota el asunto, también consideramos qué organismo, qué institución o qué colectivo. Pero no se limita a ser una cuestión de más, ni de alguien más. Se trata de algo diferente. Parecemos carecer del espacio adecuado, pertinente y reconocible, en el que ha de abrirse paso ese decir. Y ni es un territorio, ni es un terreno. A veces faltan los ámbitos propicios en los que se diga con alcance y responsabilidad la palabra. Ya no basta con labrarlos, se hace preciso procurarlos. El verdadero quién es el de un modo de respuesta que transforme y transfigure, no que deforme, cuanto hay. Eso sí que es decir. De lo contrario, todo, incluso la algarabía, es un modo de callar.

En ocasiones, la mirada es poética. Y no se agota en lo que se ve, ni se nos agota al describirlo con todo lujo de detalles. Es poética porque hace emerger y brotar, hace surgir, mediante el trastorno de lo inmediatamente evidente. Produce una dislocación que es una reubicación de cuanto hay y de cuanto ocurre, en un lugar no siempre previamente existente. Y no es que sea simple suposición, es que lo hace suceder. Este arte, artesano y artífice, no se conforma con ver y con producir artefactos. En este sentido, la buena política habría de ser poética. Semejante poiesis teje y vertebra polis. De ahí que quepan gestos bien poéticos y, a la par, bien políticos.

Sin esta vertiente poética, todo es ralo, monótono, y aburrido: da igual. Incluso las novedades. “Con novedad” o “sin novedad” son dos vertientes del mismo acuartelamiento. Pasan en principio tantas cosas que no parece suceder nada. Pero sí ocurren. Y en ocasiones horras de pensamiento, carentes de palabra. Y una soledad aún más intensa inunda su desamparo. No es que todo se pueble de silencio, es que se despliegan unas y otras voces, algunas ostentosas, aunque se echa en falta la palabra que dice y hace. Eso exige más que hablar.

Chema madoz 2Tal vez, sin embargo, hay modos de crear que no son un simple y necesario producir y que conforman y configuran mundos efectivos. Se trata de un quehacer, de una labor, de un trabajo que ofrece otras realidades y que provoca un verdadero desplazamiento de la mirada y de la cuestión. Problematizar es reconocer hasta qué punto en ocasiones está la mirada velada, aunque no bastará un ojo ávido y avizor hipnotizado ante lo que ve. Problematizar exige reivindicar un cierto tacto y una determinada escucha, oír a través de lo que se dice, incluso de lo que decimos. Cuando Foucault al respecto se refiere al “trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo”, se pregunta: “¿No consistirá más bien, en vez de, en legitimar lo que ya se sabe, en comenzar a saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera?

Pero quizás tamaña tarea exige trastornar el propio pensar hasta lograr que se diga atrevidamente, del mismo modo que precisamos abrir las palabras que consideramos más nuestras, en cierto modo quebrarlas y dejarlas respirar para que no suenen a lo ya siempre dicho, a lo que conviene decir, a lo que se espera que digamos. Y acartonadas y acorchadas, supuestamente concretas y realistas, no nos dicen nada. Se precisa otra poética, que no se limite a ponerse al servicio de quienes se apropian de las palabras.

Producir la sorpresa de lo que nos es tan cercano que ni siquiera lo sentimos exige liberar, no ya la emoción y los sentimientos, sino ante todo propiciar otra lógica, quizá con Deleuze, la lógica del sentido, la lógica de la sensación, y vincular el ver y el tocar en el decir. Hasta hacerlo como la palabra en su constitución poética siempre procura.

Chema madoz 7Nos preguntarnos con Hölderlin, “¿para qué poetas en tiempos de penuria?”. También a fin de atender arriesgadamente a lo que hay que decir. Resulta pertinente planteárnoslo, dado que apunta a la necesidad de incidir en la libertad de dar sentido. Y de hacerlo con un decir adecuado. Más singularmente, cuando situamos los desafíos a la altura de nuestras propias palabras, y no al contrario, los descuidos no se reducen al abandono de la necesaria corrección. La pérdida de la dimensión poética del decir hace del lenguaje algo ramplón, y lo que es más inquietante, impotente para promover, impulsar y recrear lo que hay. No es cuestión de perder la sencillez de la palabra. Al contrario, se trata de que la palabra sencillamente se diga. Y eso comporta toda una tarea de creación.

Por ello, no hemos de desconsiderar el alcance público de la labor tantas veces discreta de quienes configuran otras realidades, mediante un trabajo capaz de nuevas dimensiones y posibilidades. Es su arte. Sin duda, la ciencia procura asimismo esos espacios. Y a su vez la adecuada creación, incluso silenciosa, es un arte de la palabra. No sólo vela por ella, la revive y la reactiva, generando no pocas veces realidades inusitadas, inauditas.

Es preciso comportarse con todo el alcance de las más ambiciosas perspectivas, pero siempre en el horizonte que el decir poético aporta, el de la constatación de que lo que tiene alcance es precisamente porque es consciente de su finitud, al amparo de alguna forma de ser mortal. Quien ha hecho semejante experiencia se cuida de ignorar la fuerza poética de la palabra. Y sencillamente habla de otro modo. Y dice diferente.

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(Imágenes: Composición y fotografía, Chema Madoz)

 

Hay 30 Comentarios

Dadme una palabra y moveré el mundo.

Chema Madoz es el moderno autor de un bestiario de objetos.

“La buena política habría de ser poética”, efectivamente, somos muchos los que estamos siempre buscando ese decir en la política porque no encontramos otro modo de resolver el conflicto de intereses de una sociedad que no sea con una acción de largo alcance. Efectivamente el decir debe ser un decir transformador. Hay mucha palabrería y poca acción, a veces me temo que estamos metidos en el laberinto de las palabras de la “opinología” y que falta compromiso para el cambio mediante proyectos, programas, compromisos públicos de personas de palabra el impulso para el cambio y la acción. Preciosas imágenes, poéticas también

Hermosísimas fotos! @AnneeCe

Las personas tenemos necesidades de decir, por lo que sentimos.
Si tenemos frió, hambre, estamos contentos, tristes, sentimos afecto, o tenemos miedo.
La ilusión si se comparte llena más.
El aprendizaje si se comparte beneficia a más gente.
Somos una familia, padres, hermanos, hijos y amigos.
Hablar es fundamental para crecer y sobrevivir.
Parece que las personas tenemos necesidades físicas y espirituales por nuestra condición de racionales.
Es posible que los animales también necesiten cubrir las mismas necesidades que nosotros, pero lo muestran de diferente forma.
Se comunican diferente a nosotros.
Que sienten, es seguro.
La convivencia nos permite la evolución, y la comunicación la perfecciona.
Si no habláramos seríamos menos de lo que somos ahora, eso es seguro.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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