El salto del ángel

Aunque no lo lleguemos a ver

Por: | 26 de noviembre de 2013

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Es atractivo esperar algo de alguien y desde luego nada más desolador que no esperar ya nada de nadie. Desolador para uno mismo y, desde luego, para los demás. En todo caso, según parece, cualquier gesto que pudiera calificarse de optimista requiere más  explicaciones que el afamado pesimismo. No es esta ahora nuestra cuestión, pero hemos de tenerla en cuenta, dado que esperar mucho o poco no se deja reducir a esos parámetros que más bien tanto dependen de lo que se espere, o de lo que nos espera. La reiterada constatación de que “esto es lo que hay” presume de realismo, pero no se limita a dar cuenta de la situación, sino en gran medida de nuestra situación o de nuestra percepción. Sin duda, tienen que ver, pero no se dejan reducir la una a la otra.

Encontrarse con quien no espera nada habría de reactivar nuestro afecto, pero antes su actitud constata las dificultades para el suyo propio. En última instancia, dar por agotado el conocimiento –“no, si yo a ti ya te conozco”- es la antesala de la imposibilidad de proseguir. Querer es siempre esperar del otro, lo cual no significa que suponga esperar siempre. Y uno de los frutos de quien es desposeído, hasta la máxima desposesión, casi un despojamiento, es que se reduzcan sus posibilidades de soñar y de desear, y se paralice su acción, identificándola con una mera suma de actividades, en ocasiones caóticas.

Hay sin embargo un esperar que espera no simplemente más allá de lo esperable, sino incluso del tiempo de su espera. El tiempo, como el amor, no solo es un pudiente, también es, como se menciona en Shakespeare y en Platón, un mendigo. No es mera opulencia, también es pobreza. Su necesidad no encuentra asiento ni aposento en la sala de espera. La generosidad de quienes esperan sin hacerlo únicamente para ellos garantiza que otros se encuentren en su día en la tesitura de si esperar o no, algo o nada, mucho o poco. Esperar y contribuir a que llegue a suceder lo que nunca veremos es una forma de pervivirnos no tanto como seres singulares cuanto como seres humanos. Ya no es solo ser para otro, es ser por ellos, por ellas. Atender al presente es garantizar el porvenir, pero desconsiderar lo que no alcanzaremos a ver es irresponsable e insolidario, también para con el propio presente.

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No faltan quienes parecen ya haber agotado no simplemente su paciencia, sino su tiempo de espera. Y ello no siempre es el preludio de otro comienzo, sino la constatación de que persiste algo que se parece ya a un lugar sin perspectivas, una suerte de final, como un confín en el que sus posibilidades ya están definidas y limitadas, y en el que habrán de desarrollar toda su existencia. Y en eso están y en eso les tenemos. Como suele decirse, no solo se desenvuelven en contextos vulnerables sino explícitamente “vulnerabilizados”. Son las condiciones y factores de exclusión o discriminación los que hacen que muchas personas y grupos de personas vivan en esta situación de vulnerabilidad que afecta a sus derechos humanos. Así parecen mantenidos a buen recaudo.

La acción que se nos requiere es expresamente crear otras condiciones, en las que quepa no aguardar sin más, sino esperar. Y no tanto ni siempre ni solo para encontrar la gratificante recompensa del fruto de lo bien hecho. No es suficiente con decir que no lo veremos. Aunque sea así, o precisamente por ello, nuestra espera ha de sobreponerse a la de quien no espera, incluso a lo que en nosotros haya de eso. No podemos ni debemos permitirnos otra posición. Y no por paternal o maternal actitud, corta de miras, sino por fraternal implicación, por solidaridad, por humanidad, e incluso por vergüenza.

La espera que no sabe esperar es la que permanentemente está aguardando a que pase, a que llegue el final o el comienzo de algo, sin capacidad de demorarse, obsesionada en que se inicie por fin siquiera otra cosa. Es como si se aspirara a no tener que esperar más, a que ocurriera inmediatamente lo que se presume y se desea. Pero esa falta de auténtica espera o es parálisis o es el vestíbulo del nunca acabar.

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Sin embargo, no tener por definitivo, ni siquiera a uno mismo, es tomarse en serio. Tal es la condición para la apertura al otro, la capacidad de verse afectado y la posibilidad de ser diferente y, por qué no, mejor.

Tal consideración permite proseguir más allá del limitado horizonte de expectativas de la propia vida, no tanto para sobrevivirse cuanto para hacer viable cualquier pervivir de lo vivido. Esta generosidad para con el porvenir es una condición indispensable de la experiencia de participación, como un formar parte.

Ya no es cuestión simplemente de precisar esperar, a fin de garantizarse un buen futuro, sino de ofrecer asimismo alguna posibilidad de presente a quienes no conoceremos, a quienes a nuestro modo apreciamos sin tener más que ver con ellos que esta mutua pertenencia.

Semejante espera contra toda esperanza inmediata es lo más inmediato de la esperanza, que es un modo de afecto que trasciende nuestra propia situación. Semejante condición constituye la dimensión socio-política de la existencia, la que no reduce la polis al ámbito en el que ya estamos y vivimos.

Los tiempos complejos tienden a precipitar el futuro en la ansiedad del presente. Y entonces no tenemos ni presente ni futuro. No faltan en tal caso discursos con buena apariencia de sensatez y de realismo que estiman que la mejor manera de labrar porvenir es entregarse al ahora. Puede aceptarse, siempre que el presente no sea ralo, corto de miras y de generosidad, empeñado en agotarse en sí mismo. Y mientras lo dilucidamos, muchos, en la soledad de la necesidad, sienten la desigualdad hasta para soñar y vislumbrar otros horizontes.

Querer también a quienes nunca veremos es una forma de esperar de sí algo más que la proliferación de actividades para procurarnos un buen final, nuestro final. De ser así, en cierto modo ya estaría anticipado. Por eso, a quienes no se les ofrece ni presenta la posibilidad de esperar se les envejece y con este envejecimiento a su modo envejece la humanidad, que precisamente se caracteriza por saber posponer sin postergar, incluso más allá del propio vivir, el sentido y el alcance de sus tareas.

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(Imágenes: Pinturas y obra gráfica de Cristina Moneo, Fuerza matriz; Eclosión; Sin título; y Grabado 2)

Hay 13 Comentarios

Su artículo, Sr. Gabilondo, me ha hecho recordar a la obra de teatro 'Esperando a Godot', por lo de la espera inútil; también a ese refrán (cruel como muchos refranes) 'El que espera desespera'. Y es que, quizá, el mayor error del hombre es la esperanza.

Su artículo, Sr. Gabilondo, me ha hecho recordar a la obra de teatro 'Esperando a Godot', por lo de la espera inútil; también a ese refrán (cruel como muchos refranes) 'El que espera desespera'. Y es que, quizá, el mayor error del hombre es la esperanza.

Estimo el acuerdo de Gabilondo, de que para atender el presente hay que garantizar el porvenir. Al presente hay que preguntarle si está de acuerdo en articular cualquier función para prevalecer en el futuro.
Hay muchas cosas que no nos llegan porque los frutos que se recogen así en el presente quizás nunca se alcancen en el futuro. A lo mejor debería de atenderse al instante porque al esperar alguna cuestión debe de sembrarse para un futuro. Alcanzar alguna cosa y poder ser testigos es llegar a ver alguna cuestión sobre algún asunto.
Deliberar las cosas para alcanzarlas alguna vez implica algún crecimiento, propuesta o semilla de la ocupación de una mediatez del presente. Pues son algunas cosas contradictorias y otras no tanto por la parte humana que tendrá la oportunidad de adquirir seguro que en algún consenso. El consejo de dar luz verde a un acuerdo que no llegara a verse trae algo de desazón porque quizás lo contienen otros a quienes también ni siquiera llegaremos a ver. Y no poder alcanzar a veces algunas cuestiones nos lleva a resignar hacia lo más conveniente. Aquello no sería productivo, da margen de error o no se puede calificar como aceptable. Cabría reflexionar quizás la posibilidad de desarrollar otras cuestiones para llegar a ver alguna cuestión, no fuera que se confundiera o se alejara demasiado del propósito.
Se debe seguir uno preguntando si un presente merece el esfuerzo de vivirse así para garantizar un porvenir más tranquilo que llegaría a alcanzar o no las cosas que queremos ver cumplidas.

Marta e Verônica, mesmo que não encontrem, que não cheguem nunca, como é bom alguém querer que você chegue!

http://www.youtube.com/watch?v=82aj1Bg8FpA

Girando y girando el circulo se amplia,
el halcón no puede oír al halconero;
se disgrega todo; se disipa el centro;
se abre sobre el mundo la anarquía. (William Butler Yeats)


Nuestra esperanza debe estar siempre puesta en aquello que creemos que podremos vivir, siendo no la esperanza sino la desesperación lo que lleva a los hombres a entregar su vida por un futuro del que no serán participes.


¿Cuándo nada se puede esperar que esperar, el momento de revelarse o la llegada de la anarquía?

La vida es una eterna espera: esperar a tus amigos, a tu familia, a tus clientes, esperar por todo, no sabiendo si llegarán o no.

Lo más excitante es esperar, lo más frustrante es no encontrar...

El número y carácter innecesario y fantástico de las necesidades físicas, morales, estéticas e intelectuales del ser humano no puede explicarse a partir de la mera supervivencia.
Pero sin analizar en profundidad la naturaleza histórica de nuestra especie será difícil comprender cómo hemos llegado hasta aquí, y más aún, entender la función que ha desempeñado la idea del progreso en nuestra evolución.
http://www.otraspoliticas.com/politica/un-repaso-a-la-idea-de-progreso

El ser humano, evolucionando en el tiempo a costa de sufrir las consecuencias de sus actos, ha aprendido ha buscar el consenso, por encima del golpe y de los encontronazos.
O la imposición.
Descubriendo con los años, que sumar es más rentable si se cuenta con los otros, en vez usurparles los derechos y restarles de lo suyo.
Los iguales percibimos los malos usos, y la doble intención aunque se endulce con finuras, que al final lo que cuenta es el resultado final en nuestras carnes.
Y de ahí el resabio.
O la retranca, cuando no se ve claro el fin ni el objeto de los favores inesperados, de quienes antes nos pasaron de largo sin mirar ni saludarnos.
La percepción es el dictado de la experiencia que nos aconseja dar un paso atrás, cuando alguien nos empuja con alabanzas.
Entonces cuidado.
Desde nuestra realidad de hoy y de ayer.
Solidaridad, opulencia, esperanza, pobreza, riqueza, y engaño en un totum revolutum.
Sintetizado en nuestra memoria.
Ante las sonrisas y los halagos.
No siempre honestos.
Casi nunca.
Para seguir avanzando con prudencia, y paso a paso.

Nadie me espera en ninguna parte y sigo esperando que alguien me espere en alguna parte
Perdon por estar hoy sentencioso
Es rico el que no desea
Es feliz el que no espera, esperar siempre tiene algo de incertidumbre y ella no te deja ser feliz, sin esperanza no se puede vivir entonces no se puede ser feliz absolutamente o solo lo son los inconscientes que viven sin futuro y sin esperar nada de nadie y su presente es un transcurrir que no vivir en plenitud, por eso es feliz el que no espera y rico el que no desea
Jose Luis Espargebra Meco desde Buenos Aires

http://nelygarcia.wordpress.com Nada puede anhelar quien nada espera pero, también podemos asegurar que, no queremos esperar y sin embargo, esperamos siempre.

En esta entrada de hoy suenan la apertura, la generosidad y la consideración, y por ello lo político. Y me gusta leer en ella las palabra "vergüenza" y "desigualdad".
Sin saber del todo porqué, me vinieron a la cabeza los artistas del "Proyecto Juárez"...
Saludos y buen día

Si algo, según entiendo, degenera completamente la esencia humana es no esperar nada de nadie. Además, cada vez es más habitual verlo, mucho empeizan por no esperar nada, por ejemplo, de su lugar de trabajo, donde acuden de forma pasiva a cumplir horas y cobrar el sueldo a final de mes. Nunca me puedo explicar cómo alguien puede vivir en ese estado parásito, porque para mí, estar en estado pasivo es morir en vida.
http://goo.gl/FTzYaD

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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