El salto del ángel

Enemistades

Por: | 24 de enero de 2014

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Se sospecha de la amistad, pero en principio cuesta más cuestionar una enemistad. Parecería que esta tiene más crédito de autenticidad y de verdad. Suele decirse que también hay que procurar elegir a los enemigos. Tampoco es improbable que sean ellos quienes le eligen a uno. En cualquier caso, es llamativa la facilidad con que algunos generan enemigos, o así los consideran, y no tanto por la animadversión que provocan sino por la que ellos mismos sienten.

Algunos necesitan poco para procurarse enemigos. Otro tanto les ocurre para decir que son amigos. Pronto se presentan como tales, y eso no siempre obedece a su natural bonhomía, sino a su concepción fatua, trivial o interesada de las relaciones. En cualquier caso, en general, no deja de ser agradable desear ser amigo o que otros deseen serlo de uno. Ello no evita la sorpresa por la celeridad de la declaración de amistad.

Hay quienes en principio son amigos. Otros, sin embargo, ya de entrada son enemigos. Y no como resultado displicente de alguna indiferencia, sino como simple expresión de diferencia. Si los demás no son similares, incluso idénticos, cabe decir que llevan en su diversidad el germen de una distancia, ya que, como muestran, solo pueden ser amigos de quienes piensan y son como ellos. Llevado hasta cierto punto, con este planteamiento encuentran dificultades incluso para ser amigos de sí mismos.

Pero la enemistad no es una simple sensación, ni un mero sentimiento, algo que va y viene en el juego de las consabidas rupturas y reconciliaciones, aproximaciones y distancias. Kant señala en una nota de La paz perpetua que la enemistad es una verdadera ruptura del pacto social. Es su quebranto. Podríamos decir entonces que no asumir las propias tareas y responsabilidades, tratar de imponer los propios criterios, creerse en posesión de la verdad, no contribuir a generar espacios de posibilidades compartidas, oponerse a una tarea conjunta, tales serían las vías de una enemistad que en última instancia sería indignidad. Ser enemigo no es solo estar contra alguien, es asimismo el trabajo insistente por ignorarlo. Para serlo, no es precisa una declaración de enemistad.

 Jeff Christensen 10

No faltan quienes consideran que generar enemistad es sencillamente cuestionar la opinión ajena. No solo todo contrincante sería enemigo, basta con que fuera otro u otra. La indignación se sostendría en su mera existencia. Incómodos porque alguien desee, busque o persiga, esto resultaría suficiente para combatirlo. Toda la estrategia iría encaminada a lograr su reducción, su asimilación y, más o menos explícitamente, su rendición. La prevención y la precaución funcionarían permanentemente como temor. La confianza sería ingenuo descuido. Siempre a la defensiva ante cualquier presunto o posible invasor de la voluntad propia, su vida consistiría, siquiera preventivamente, en un constante combate contra los demás. Vencer y derrotar serían la máxima expresión de eficacia y de realismo.

Mientras tanto, no cesarían de aconsejar, de hacer ostentación de cautela y de suspicacia. Y lo que en principio podría presentarse como sensata caución no haría sino minar la viabilidad de cualquier trabajo o decisión compartidos. De este modo, pronto no tardaríamos en dudar de nosotros mismos. Y, en cierta medida, de eso se trataría. No sería la consecuencia, sino la causa. La desconfianza hostil hacia los otros no vendría sino a confirmar la inseguridad propia.

Incapacitados para crecer conjuntamente, desde la impotencia o falta de disponibilidad para hacerlo, hay quienes aconsejan no fiarse. A las consabidas precauciones de Maquiavelo sobre el peligro de confiar en los demás, salvo en caso de amistad contrastada, las notas de Napoleón a su Príncipe apostillan: “ni siquiera en ese caso”. Lo contrario, por lo visto, sería ingenuidad.

Invitados gentilmente a tantos cuidados, la experiencia parecería esgrimirse como argumento para no simplemente evitar los riesgos, sino para hacérselos correr a los otros. Todo tipo de trampas y de artimañas generadas para apaciguar la virginal inocencia buscarían preparar para las dificultades de la vida mediante un único procedimiento. Hay que derrotar al resto porque, desengañémonos, son nuestros enemigos. Quieren lo mismo, quieren lo nuestro.

La competitividad no sería entonces la razonable contienda de valores y de competencias, a fin de lograr lo mejor de sí y obtener buenos resultados. Se trataría de entronizarlos y de lograrlos a cualquier precio. Contra los demás, sobre los demás. Sin cooperación, las víctimas no serían sino enemigos derrotados. Era cosa de ellos o nosotros. Nada de distraerse eludiendo los obstáculos, lo importante consistía en considerar quiénes podrían llegar a serlo y eliminarlos. Ni siquiera la conclusión de semejante guerra supondría el fin de la contienda. Habría de velarse por la irrupción de cualquier indicio de alteridad irreductible, es decir, de atender pormenorizadamente los modos en que el enemigo aún pervive. Y vigilar y eliminar cualquier atisbo de su existencia.

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Efectivamente, hay enemistades. Y enemigos. Y caben, por lo menos, dos maneras de hacerlos crecer: o no tenerlos en cuenta, u obsesionarse con ellos. Y lo son, no porque piensen diferente, sino porque actúan contra lo que uno mismo considera decisivo. Y hasta contra lo que alguien puede ser o llegar a ser. Pero eso no justifica elevar a la categoría de tales a aquellos con quienes no coincidimos o tenemos cualquier disensión. Hemos de ser exigentes incluso para considerar a alguien enemigo y para algunos resulta singularmente difícil tener a alguien como tal. No se trata de eludir la lucha en que consiste vivir, ni de evitar la necesidad de esgrimir argumentos, ni de hacer valer las razones, ni dejar de defender determinadas convicciones o posiciones. La proclamación de la enemistad universal se parece demasiado al cántico abstracto de una amistad preestablecida. Sin embargo, mientras este se mira con displicencia, y hasta con conmiseración, se encuentra razonable dar por contrastado que somos enemigos.

De proceder así, la cuestión no se reduce a la mera clasificación de los demás y de su actitud, sino que comporta toda una concepción de las relaciones humanas y sociales. La gestión y la legislación darían buena cuenta de ello. No bastaría la prevención. Ni siquiera la sanción. Un cierto aire de amenaza, a veces bien explícita, se equipararía con la que cada quien habría de sentir ante la presencia de los otros. En un clima general de desconfianza, todo proceso colectivo no pasaría de ser una sucesión de estados de ánimo, cada vez, entonces, más decisivos.

A la proliferación de enemistades le correspondería un sinfín de hostilidades. La paranoia de suponerse cercado aconseja mal las decisiones. La vida no sería sino un pasillo de intrigas y las relaciones humanas conspiraciones palaciegas. Cada institución, cada hogar, cada persona nos veríamos afectados por esta visión. Nada de confiar, nada de concordar, nada de conversar. En su lugar, la palabra justa habría de comportarse como un ángel exterminador. Pero conviene no precipitarse. Ni para declarar amistad, ni para presuponer enemistad, que así consideradas no pasan de ser coartadas para evitar la efectiva relación. Y entregados a ella ya no valen los estereotipos.

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(Imágenes: Pinturas de Jeff Christensen. Just Business, 2006; Intention, 2008; The Hunt, 2011; Desperate Times, 2008)

 

Hay 15 Comentarios

“EN LA VIDA, UN AMIGO ES MUCHO; DOS, MUCHÍSIMO, Y TRES, CASI IMPOSIBLE.”
—Henry Brooks Adams.---
http://m.wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/2000885

CASI todo el mundo desea tener buenos amigos. Poder contarle nuestras experiencias a una persona allegada enriquece la vida. Pero ¿cómo se consiguen amigos de verdad? Hace casi dos mil años, Jesús enseñó que el éxito en las relaciones humanas se funda en el amor altruista. Dijo: “Así como quieren que los hombres les hagan a ustedes, háganles de igual manera a ellos” (Lucas 6:31). Esta norma, llamada generalmente la Regla de Oro, muestra que para disfrutar de buenas amistades, uno tiene que ser generoso y desinteresado. Dicho simple y llanamente: para tener amigos, primero hay que ser amigo. ¿Cómo se logra esto? Una entrañable amistad no nace de la noche a la mañana. Después de todo, un amigo es mucho más que un conocido: es alguien a quien uno se apega emocionalmente; de ahí que desarrollar y afianzar vínculos estrechos requiera esfuerzos. La amistad a menudo exige anteponer el bienestar del amigo a la conveniencia propia. Los amigos no solo comparten las alegrías, sino también las desilusiones y las tristezas. Demostramos que nuestra amistad es sincera cuando damos apoyo emocional y práctico al que lo necesita. Proverbios 17:17 afirma: “Un compañero verdadero ama en todo tiempo, y es un hermano nacido para cuando hay angustia”. De hecho, los lazos de amistad pueden ser incluso más fuertes que los lazos familiares. Según Proverbios 18:24, “existen compañeros dispuestos a hacerse pedazos, pero existe un amigo más apegado que un hermano”. -----
http://m.wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/102004880

Una enesmitad: tristeza. :,(

Hay que ver que gusto da escucharos hablar por estos lares. Un saludo

De acuerdo y garcias profesor. Comodo no contar con ningun enemigo conocido o almenos no tenerlos en cuenta como tales, conveniente tener los amigos justos, osea los autenticos aunque sean pocos o casi ninguno.

Meco, el pueblo más alejado del mar de la Península Ibérica. También fue santuario de delincuentes. Es que, como me crie al lado y no tiene mérito, te lo cuento por si quieres saber de tu apellido, no por hacer de pedante. Tienes toda la razón. Lo de la biblia no lo sé seguro porque no me la sé, pero lo del puente de plata sí, y lo demás. Y si no tienes razón, a mi me lo parece.

La enemistad es una forma de relación , ninguna relación seria la indiferencia, la no diferencia no nos importa lo que es o lo que le pase al otro y tanto los amigos como los enemigos nos son necesarios para nuestra propia afirmación. Dice la Biblia quien encuentra un amigo encuentra un tesoro y la sabiduría popular nos enseña, enemigo que huy puente de plata Los enemigos nos hacen estar atentos pues nos señalan nuestros defectos y fallos que los amigos callan o disimulan por amistad, por eso alguien ha dicho, deseo tener muchos amigos pero al menos un enemigo
Jose Luis Espargebra Meco desde Buenos Aires

Las enemistades son innecesarias para una comprensión de los fundamentos esenciales. Envolverse en la dinámica de varios aspectos fundamentales del ser humano no está reñido con el entorno. El movimiento no cesa de emerger de las inquietudes de la vida. A veces se tiende a mediar pero eso se dejara para otros entornos. La responsabilidad de albergar amistad implica tener creencias filosóficas, preferencias ideológicas que sin duda pueden pensar a la hora de formular una opinión.

Muchas gracias, profesor.
Y dicen por ahí que para qué sirve la Metafísica...
Enhorabuena por su lucidez, concisión y veracidad.

Las diferencias complementan la amistad: personas con visiones diferentes, pueden ser amigas por alguna similitud esencial como, la honestidad, o la bondad, entre otras.
La enemistad a veces surge, cuando personas de una misma profesión, agreden a colegas verbalmente por diferentes causas, la principal la envidia.
La persona atacada puede optar por la indiferencia si el agravio no es grave, o defenderse si lo es.
En situaciones normales la convivencia requiere, ir saltando los posibles obstáculos en un baile rítmico.

A diferencia del amor, que es un sentimiento egoísta y muy interesado, pues el que ama desea obtener siempre del ser amado placer sexual, la amistad, la verdadera amistad es un extraño sentimiento, desinteresado, basado únicamente en sensaciones que hacen que nos guste compartir nuestro tiempo con esa o esas personas llamadas amigos. Dichas sensaciones, inexplicables, incrementan de forma infundada la confianza, dando lugar a actitudes irracionales como la resumida en “Confió en el, somos amigos”. Confiar en los amigos, como en el ser amado, es humano, pero peligroso. Ni amistad ni amor se pueden medir y ello provoca que a veces surjan falsas amistades y falsos amores. Amistades interesadas o generadas por hábiles enemigos, que no buscaban en dicha relación nada bueno, sino dañar de alguna forma a la otra persona, estudiando su comportamiento, aislándola o causándoles problemas.


En las relaciones personales humanas se pueden distinguir tres niveles: El de amistad, el de indiferencia y el de enemistad. Identificarlo, saber qué grado de relación personal debemos de mantener con cada persona no siempre está claro ni es fácil. Lo único claro es que vivir con enemigos, o entre enemigos, algo a lo que a veces el ser humano se ve obligado siempre es peligroso, conflictivo, y una fuente de numerosos y graves problemas.
Como ocurre con la amistad, en la enemistad también hay diferentes grados, Y así surgen enemigos futbolísticos, enemigos políticos, enemigos militarmente hablando, etc.


En mi opinión si la amistad no está clara, o es imposible por razones ajenas a los sentimientos personales, es mejor moverse en el mundo de la indiferencia que vivir una falsa amistad que dé lugar a una dolorosa enemistad.
Con nosotros, contra nosotros o en el mundo de la indiferencia, en el de la neutralidad.


No temer a que se incremente el número de enemigos no creo que sea una muestra debilidad e inseguridad sino una actitud sincera, realista, deseosa de las cosas queden claras, propia de aquellos cuya fortaleza propia o de sus amigos les lleva a no temer que cada día el número de enemigos sea mayor.

Pegando un vistazo a nuestro alrededor en nuestro mundo mineral, vegetal y animal, vemos la lucha por sobrevivir, y por sobresalir, por ser el macho dominante.
O la especie.
En la naturaleza de la que formamos parte, la vida es una competición en donde todo vale para llegar los primeros y perpetuarnos en posteriores seres.
Iguales a nosotros.
Los más fuertes llegan casi siempre, y también llegan los mejores adaptados al medio, o los más resistentes.
Los más listos y las más listas.
Nuestro enemigo oponente lo llevamos escondido dentro de nosotros, es nuestra natural forma de ser.
Es la fuerza de la gravedad, es la luz del sol, los átomos de los que estamos hechos.
Es la frondosidad de la selva, es la reproducción natural, es la vida que brota.
Es la repoblación de toda la nada, hecha pensamiento, deducción y cultura.
De los mejores, los seres más inteligentes, los mas sanos y sanas, el soporte del pensamiento.
Para la inteligencia y la cordura, el mejor soporte.
Y por eso estamos donde estamos, aquí y ahora nosotros.
Las personas.
Pensantes, desde la razón, que es otra competición de codazos y zancadillas.
Igual que se inventaron las medicinas, para evitar las pandemias y evitar el riesgo dañino, se inventaron las leyes en la sociedad.
Para evitar el abuso de los enemigos, en esa escala de valores, las leyes nos protegen de nosotros mismos, de nuestros excesos de celo.
Por llegar antes, por encima y los primeros o las primeras a los mejores puestos.
Nuestro enemigo es solo el riesgo.
De devorarnos.
Ciegos por no distinguir lo malo de lo bueno, atropellados por la ambición de raza, de especie, de dominio.
Dominantes, pero enteros, no cojos ni tuertos ni mancos.
O peor aun es cero de cero.
Tan débiles por el enfrentamiento, que inanes y a merced de la intemperie, no podamos ni huir de los elementos.
Ni de nosotros mismos.
Devorados por la velocidad de llegar antes que los demás.
Nos quedamos en el intento, ante el acoso de nuestros enemigos.
Nosotros mismos.

La ley permite apartar a un juez del conocimiento de un asunto cuanto tenga "amistad íntima o enemistad manifiesta" con alguna de las partes o con sus Abogados. Siempre me he preguntado el sentido de estas expresiones, pues para que tenga lugar la recusación del juez, la amistad ha de ser "íntima" y la enemistad "manifiesta". Seguramente, calificar de íntima a una amistad requiere un grado de conocimiento de la relación que une a dos personas muy grande como para esgrimirla ante un tribunal y exigir que la enemistad sea "manifiesta" excluiría aquella otra que es más perniciosa aún: la que no es manifiesta.

¡Exquisita reflexión, prof. Gabilondo!

Totalmente de acuerdo, profesor.


Y es más: cuando entendemos al otro como reducción, asimilación y rendición y que las palabras justas se comportan como ángeles exterminadores entonces hay que hacérselo mirar.


Es tiempo de acudir al especialista para que nos ayude a sacudirnos tal percepción tabú-tribal y mito-totémica con la que percibimos lo real y lo realizado. Una percepción que, a su vez, puede degenerar a escenarios vitales peores. Una percepción que puede degenerar y degenera no a simple comportamiento social amanerado que pueda solucionar el psicoanálisis conductual de Skinner; ni a aquel trasrosque existencial descrito por Binswanger que pueda ser mitigado por la psiquiatría noológica de Frankl, sino en enfermedad bio-químico-neurológica que ya no puede diagnosticar ni curar los gorjeos del mismísimo dios Uno en el que anhela trasmutarse tal enfermo.

A veces los que crees tus amigos, son tus peores enemigos http://xurl.es/9ik46

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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