El salto del ángel

Nos reunimos

Por: | 21 de enero de 2014

Sentados_a_la_mesa_en_Can_Masdeu

Cuando nos reunimos no es necesariamente para hablar. Pero siempre, incluso en silencio, de una u otra manera nos decimos. Nos vemos impulsados a encontrarnos, tanto que casi precisamos contarnos una historia hasta cuando decidimos no hacerlo. Y no faltan excelentes discursos que preconizan formas de aislamiento. Sin embargo, insistimos en agruparnos. Se diría que lo necesitamos. Para encontrar fuerzas y razones. Y que celebramos poder hacerlo.

De una u otra manera, pensar es reunir. No se trata de acumular ideas. Si el logos es reunión y recolección no lo es por limitarse a devolvernos a una unión ya establecida que hubiera de conservarse. La reunificación une con un nuevo vínculo, el de una mutua pertenencia. Una cierta memoria, que no es mero recuerdo de lo sucedido, nos convoca. Es una pertenencia, no siempre a algo pasado, sino no pocas veces a algo por venir. No nos reunimos simplemente para añorar lo ya ocurrido, o para proclamar lo unidos que ya estamos o estábamos, sino para entrelazarnos tal vez inauditamente. Y no solo unos con otros.

Puede ser que busquemos compartir algo que poseemos, que ya vivimos, pero asimismo quizá que perseguimos, que deseamos. En ocasiones nos congrega un mismo afán, una voluntad, o un afecto, una suerte de finalidad sin fin. Podría ser una amistad. Pero no ya ni siempre la que nos dirige de unos a otros, sino la que nos impulsa a buscar juntos, a caminar en la dirección de algo otro. Y ello hace de la reunión una polis y un eros. Y merece festejarse. No es preciso mucho más, ni es necesario establecer en todo caso los resultados obtenidos. Verdaderamente nos hemos reunido.

Scale  Justin Lane. Yoga en el Times Square

No siempre se hace necesario efectuar un relato de los lazos ni enumerar las razones, ni levantar acta de lo sucedido. Los vínculos suponen en rigor más un encuentro que una coincidencia. Es el que personalmente cada quien establece consigo. Reunirse supone aquello que para los grecolatinos era una suerte de concentración en sí mismo. Desmembrados, desarticulados, extraviados, lo cual no significa precisamente entregados a ningún afuera, perdidos en múltiples peripecias, parecería necesaria una cierta recomposición. El buen encuentro con otros supone un determinado reencuentro consigo, aunque no pocas veces es tal la dispersión en la que uno está que ello impide cualquier relación.

Incluso la más intensa de las difuminaciones constituye nuevos vínculos. No necesariamente que atan, sino que ligan, que entrelazan. El imperio de la subjetividad ha de vérselas con otras formas de subjetivación, con otros modos de constituirse como sujeto. No siempre se trata de enseñorear o de aplacar las diferencias. La reunión en que uno consiste vertebra sin necesariamente someter la pluralidad de voces en que consistimos.

Si hemos de coordinarnos, empezando por cada quien, por cada uno, y lograr lo que para Heráclito son capaces de hacer el arco y la lira, tanto como el arco y la flecha, hemos de comprender que no se trata de una armonía que eluda un efectiva lucha, un auténtico combate donde las divergencias han de mostrarse en todo su esplendor. Solo entonces cabría una autentica convergencia.

La conjunción no es la simple adición. La potenciación emerge del reconocimiento mutuo, no de la claudicación de cada voz propia. Lo común del objetivo reside precisamente en la compenetración que brota de un mismo oír. Aquello que nos hace decir es lo que nos impulsa a una búsqueda compartida. Pero no solo del resultado. Los pasos, sean o no convencionales, no han de ser indiferentes a esa armonía por procurar. Si el logos es reunión, no lo es tanto para limitarse a proceder a la recolección de convergencias y de divergencias, cuanto para hacerlas jugar entre sí, no desde un exterior de lo que ellas son, sino desde el reconocimiento de lo que juntas tienen que ver y hacer ver. Ahora bien, en esa confrontación brota otro sonido.

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No parece fácil sustraerse a una cierta soledad. La reunión no ha de ser necesariamente una suerte de disolución de la singularidad o la incorporación a un espacio de indiferencia y de irresponsabilidad. Precisamente esa soledad potencia la singularidad, que no es un obstáculo sino una condición de una efectiva reunión. Elegimos encontrarnos. Coincidir no es entonces identificarse apáticamente con los demás en una amorfa aglomeración de individualidades. La decisión y la voluntad, hasta el compromiso, considerado asimismo en su caso como impugnación, sostienen formas de reunión con miras a otros modos de decir y de decirse.

No es solo cosa de expresarse, es también de hacer valer esas fuerzas y razones. La reunión adopta entonces la forma de una palabra compartida, que busca ser ajustada, es decir movilizada por un impulso, que puede ser el del ethos de la polis. Y no simple manifestación de una libertad, sino conjunta búsqueda y creación de espacios donde generarla y vivirla.

Por ello, la reunión ha de crear condiciones de posibilidad para la palabra, para ensanchar los límites de lo decible, para dejar hablar. Y este no es un simple gesto de permisividad ni de condescendencia, es todo un trabajo de logos. Más aún es cuestión de propiciar otro decir, el del afecto que considera la amistad no simplemente como la necesaria celebración, sino como la mutua implicación, la participación en una tarea conjunta.

Hay múltiple maneras de reunirnos. No siempre ello exige una instalación en un lugar físicamente establecido. La prosecución de ciertos objetivos compartidos también adopta la forma de la polémica, del debate, de la disensión, incluso hasta el punto de reconsiderar esos mismos objetivos y determinadas estrategias para lograrlos. Pero esa hostilidad es asimismo una confrontación sobre la que cabe generar otros ámbitos, no menos contundentes, ni eficaces, ni justos, de vertebración y de hospitalidad.

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(Imágenes: Fotografías. Brian Russell Krueger, Sentados a la mesa en Can Masdeu, enero de 2009; Justin Lane, Yoga en el Times Square, junio de 2013; Franz Neumayr, Orquesta joven de Venezuela en el festival de Salzburgo, en la Felstenreitschule, julio de 2013; Osman Orsall, Manifestantes en la plaza Taksim, en Estambul, junio de 2013)

Hay 8 Comentarios

Nos reunimos por la tendencia gregaria que los hombres no hemos perdido de cuando eramos rebaños deambulando por el planeta tierra en busca de mejores climas y tierras para vivir
Si uno no se reune consigo mismo no podremos reunirnos con los demas, si acaso juntarnos que es diferente
Nos juntamos en un espectaculo publico , una manifestacion etc, nos reunimos con familiares, amigos y con otros con fines comunes
Jose Luis Espaegebra Meco desde Buenos Aires

Me gusta eso de reunirnos pero…


…aunque, de una u otra manera –y como bien insinúa, profesor–, pensar es reunir, pero no es sólo tal abarcar, o abarcarse, o abarcarnos. También es escindirnos, abrirnos, escaparnos.


Y ahí es donde me pregunto por la etimología de la palabra unión. Me pregunto si es una simbiosis o una puntada o un galimatías grecolatino. Esto es, me pregunto si es un-ión, un-ἰών (según la Wikipedia), un-“yendo”, un-dirigirse. Me pregunto si, aparte de la cohesión de los hombres también hay co-eso-ión, si existe el yendo-hacia-dentro-conjuntamente de los hombres. O si existe la unanión, o un-ana-ión, esto es, el “yendo”-profundo-hacia-abajo del uno das-man-ico. O incluso si se produce entre nosotros la uncatayón –que no es ningún término azteca, claro sino más bien un-cat[a]-ión–, es decir el dirigirse-hacia-arriba etéreamente y en desarraigo...


Aunque quizá reunión sea, egóticamente, el-[único]-dirigirse-[común-]hacia-sí-mismo-atravesando-algo-otro. O, alternativamente, tal vez unión es un-[aedes-]ôn, esto es, la ontoficación o construcción del templo del ente-uno. O quizá sea non&on, a saber, esa especie de concentración en sí mismo negadora, denunciada por Deleuze, en forma de cascarismo cebollero. O incluso me pregunto si la reunificación (o re-un-edifica-acción) es un volver una y otra vez a edificar la acción desde/hacia lo uno; o si es accionar, una vez tras otra, el edificar de lo uno; o si es la re-acción que construye al uno como otro, no sé si para alcanzar verazmente la diferencia o si, meramente, para provocar la desigualdad…


Puede ser que, como usted dice, con tal trajinar, el de reunirnos, busquemos compartir algo que poseemos. O algo que nos traspasa y nos espolea. O que nos incita. O que nos activa como habitantes a ser-estando (o a estar-siendo) con otros. O como existentes a estar-habitando desde/hacia otros. O como presencias a habitar-siendo (o a ser-habitados) a través de/atravesando la existencia y habitabilidad de tales otros. En fin…


Tal enhebrar, a su vez, me ha llevado a preguntarme por la naturaleza del crear los espacios para la palabra que dice y que piensa el logos como reunión, como el-ir-yendo hacia “lo uno que es ese todo (tal vez completándose como sí-mismo)”. Esto es, me pregunto por el concebir el logos como pensar propio de lo universo que, a su vez, es todo. De la misma manera me pregunto si esos espacios para la palabra son también, queramos ser conscientes de ello o no, los de la palabra que gime y que barrunta el logos como “lo dual (o lo diverso [o lo disperso]) que es todo (lo incomplet{ad}o)”. Esto es, el logos como los sentires (tal vez los zubirianos [los de “Inteligencia sintiente”]) de lo diverso que es toda todidad.


O tal vez –y jugando con la cardinalidad numérica, aunque sin ya saber qué puede significar lo triverso –, tales espacios son los de la palabra que exclama y hace hervir el logos como “lo múltiple que es todo”. Esto es, el logos no como unidad única y hermética del pensamiento vuelto sobre sí mismo desde sí mismo; ni, ni siquiera, como multiplicidad única del pensar vuelta hacia sí misma desde los sentires; ni como unicidad múltiple dirigiéndose desde tal conjunción de sentires hacia una diáspora de pensares, sino como multiplicidad múltiple que, precisamente –y como bien sugiere, profesor–, re-co-lecta la inconmensurabilidad del logos por medio de pensares (foto 2), decires (foto 3), sentires, imaginares, placeres (foto 1), haceres, sufrires (foto 4) y demás etcetérares del hombre como configurador del mundo. Vamos que en el-decir-lo-mismo-de-lo-uno –o de “lo 1”, o de lo uno como hombre, o, incluso, y más específicamente, de lo uno humano incompleto escindido, al menos, en dos– andan incrustados los otros decires propios de “lo n-1”.


Y ya. Me despido esperando haber resultado ameno y divertido. Ésa era la intención al menos.


Saludos cordiales.

¿Qué es una reunión?
La reunión no es una ciudad. La ciudad es una base material, una morfología, un dato presente e inmediato, algo que está ahí. La reunión es otra cosa: una forma específica de organizar y pensar el tiempo en general que no requiere por fuerza constituirse como elemento tangible, puesto que podría existir y existe como mera potencialidad para actos y confluencias realizados o virtuales. La reunión es la obra de la gente, en vez de imposición como sistema a esa gente. Un punto ciego que escapa de la fiscalización de poderes qué no saben qué es ni de qué está hecho. A pesar de los ataques que recibe por parte de quienes viven obsesionados con su desactivación, las reuniones persisten e incluso se intensifican, puesto que se nutre de lo mismo que no deja de alterarlo.
Sin poder impedirlo, en su seno la simultaneidad de los encuentros persisten y ganan en complejidad, constituyendo y reconstruyendo centros, multiplicarse e intensificándose entre contradicciones.

Como nos da a conocer el Nuevo Testamento en toda reunión lo más importante es siempre saber si hay alguien, persona o grupo, que ejerce el papel de Judas, identificarlo y eliminarlo a tiempo.

Por desgracia, hemos perdido la costumbre de reunirnos sin condiciones, especialmente en el entorno familair. Ahora se prodigan pocas las reuniones donde podía participar cualquiera y decir lo que quisiera. Hoy día estamos todos parapetados detrás de un interés personal extrema que borra cualquier atisbo de solidaridad o compromisos familiares.
http://goo.gl/rTL0wH

El buen clima acoge las buenas cosechas y la abundancia de la tierra acarrea gente que busca prosperar a la sombra de la bonanza.
Lo contrario, la aridez del clima reduce las gentes y las aglomeraciones, como en los desiertos helados, o en los arenales secos.
Pero cuando el juntarse es en exceso, entonces hay que mirar con cuidado, porque algo está pasando, o es bueno o es malo.
Mucha gente junta preocupa.
Las personas no somos muy dados a compartir espacios y menos a compartir bondades.
La algarabía no es sinónimo de consenso.
Y las masas marcando el paso sin opinión individual, tampoco es el mejor horizonte, a la luz de la historia reciente de gentes calladas y tristes.
Se escucha una ópera en silencio, se está en la playa juntos, pero no revueltos.
Se está en familia.
En una boda, en un bautizo, o en un entierro departiendo, pero cada cual desde su sitio, sin mezclarse.
Y por libre albedrío, opinando y ejerciendo de personas, estando por libre.
Nos reunimos para consensuar desde la confrontación de opiniones, si hay un respeto por los demás, entonces nos oímos y nos escuchamos.
Entonces desde el respeto, somos civilizados nos sostiene solo la coherencia de ser personas.
Sin otros atavíos ni ataderos, que la simple afinidad, que el estar de acuerdo.
Sumándonos por decisión propia.

Somos animales sociables y aunque amemos la soledad, necesitamos complementarla con la comunicación.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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