El salto del ángel

El aburrimiento de lo sorprendente

Por: | 14 de noviembre de 2014

Sowing Seeds VII- - grande

Podríamos pasarnos la vida esperando a que nos acontezca algo interesante, sorprendente, novedoso. No está claro que siempre lo deseemos de verdad. Sí lo está el que no es frecuente que suceda. Cada momento buscamos con avidez algo diferente, algo distinto, que nos saque de la situación en que nos sentimos inmersos, y que tantas veces es de simple rutina. Estamos permanentemente atentos a lo que se dice y comenta, a lo que ocurre, con la confianza de que venga a incidir en lo que somos y vivimos. Nos cuesta hallar una cierta y apacible serenidad. Encontramos que tal sensación no sería sino una forma de resignación y nos hacemos creer que se trata de compromiso, de la voluntad de mejorar, cuando no pocas veces la alerta responde en no menor parte a que estamos aburridos, somos aburridos. Ello no impide que nos encontremos atareados.

Quizá nos alivie saber que no nos ocurre solo a nosotros, pero precisamente eso puede llegar a ser fuente de una mayor preocupación. Incluso cabría pensar que, en un mundo con tantas necesidades y urgencias, aburrirse sería una frivolidad. Y desde luego, quienes se ven inmersos en la tarea y acuciados por variados problemas no se permiten el lujo de ni siquiera considerarlo.

Este aburrimiento no es simplemente un estado psicológico, o de ánimo, con los consabidos resultados de una cierta tristeza. Afecta mucho más radicalmente a nuestra vida, hasta el punto de anclarnos en el actual estado de cosas y su permanente repetición. El puro durar de lo igual, de lo que da igual, de lo que nos es igual no impide que confiemos en que algo sorprendente ilumine, siquiera fugazmente, el desierto de lo que permanece idéntico a sí mismo.

Entonces llegaríamos tal vez a culpar a los hechos, no solo de no resolvernos, sino de no entretenernos. Deseamos la sorpresa permanente y nos lamentamos de que no se produzcan acontecimientos cuya primordial finalidad consistiría en hacernos más llevadero no solo el actual estado de cosas, sino fundamentalmente la monotonía de nuestra propia existencia. En el colmo de la necesidad, ansiaríamos que algo sucediera, aunque no fuera precisamente bueno. Bastaría que no resultara directamente malo para nosotros. Solo el rayo de su irrupción ya supondrá un cierto alivio. Y en todo caso, el afán de novedades sería superior a lo que nos costaría olvidarlas. Mientras tanto, el placer que nos provocarían ya habría otorgado sus dulces efectos. Por un momento, siquiera por un instante, algo se habría producido.

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Unas respuestas serían depuestas por otras. Necesitaríamos un intermedio, un lapsus, para venir nuevamente a precisarlas. Solo así preservarían su carácter sorpresivo, sorprendente. Un tanto inesperadas, como lo que puede provocar un cierto temor o liberar un determinado humor. También en esto es importante la dosificación, incluso la mesura en la donación de la sorpresa. Ello nos permitiría añorarla, perseguirla, buscarla, con la esperanza, atenuada con el tiempo y la experiencia, de que no ya esa sorpresa, sino lo sorprendente mismo, se instalaría en nuestras vidas, prácticamente como un estado. Sin embargo, tal vez eso mitigaría sus efectos, ocupando incluso el espacio del aburrimiento, que entonces pasaría a ser un sorprendente aburrimiento, un aburrimiento sorprendente: el aburrimiento sorprendente. Pero aburrimiento.

Hay en todo aburrimiento no poca injusticia. Bastaría fijarnos para constatar lo impropio de anclarnos en él. Ahora bien, no siempre es producto de una decisión directa, aunque podría serlo como resultado de no buscar afrontarlo. Pronto culpabilizaríamos de esa situación a cuanto nos rodea, e incluso pediríamos explicaciones. En cualquier caso, el propio aburrimiento no acostumbra por sí mismo a ser motor de una transformación. Es preciso incidir en él, considerar su desatino y afrontarlo con convicción y con acción. Para abordarlo no basta un simple ánimo de fuga, se requiere determinación y la fuerza del pensamiento. No es la precipitación en un indiscriminado conjunto de actividades, como si ellas fueran capaces de cicatrizar sin más esa herida radical, cuya hemorragia más evidente consistiría en no esperar demasiado ni siquiera de lo sorprendente.

No por ser una sociedad aburrida deja de tener graves problemas, como si esto fuera resultado de una apacible serenidad o causa de ella. Ni siquiera por tenerlos deja de serlo. La cuestión es otra. La pérdida de sentido y de la capacidad de otorgarlo propicia espacios cada vez más extensos de indiferencia y de apatía, con apariencia de enorme preocupación. Eso sería suficiente para tranquilizar el tedio y, así, un aire compungido, no pocas veces resignado, confirmaría esa preocupación como forma saneada de aburrimiento y, más exactamente, de mansedumbre y de conformismo.

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El aburrido más aguarda que espera, más convive con lo que le gustaría que se enfrenta con la verdad de su deseo. Y mientras tanto se nutre y se sustenta con noticias y sorpresas que le permiten presuponer que algo le ocurre, y ocurre en cuanto le es sustantivamente plano y tibio, quizá mediocre, aunque no necesariamente. En ocasiones alcanza a lo que parecería, y quizá lo es, bien interesante.

Una sociedad aburrida resulta inquietante. Y lo es no porque nada sucede, sino porque lo que ocurre propone o produce modificaciones que en numerosas ocasiones se limitan a confirmar el implacable poder del sopor de eso que sucede.

Los desaforados esfuerzos por conceder protagonismo a ciertas cuestiones o entronizar algunos asuntos no consiguen atenuar la sensación de que la vida es otra cosa, o podría o debería serlo, de que el tiempo se diluye en peripecias que la secan y clausuran.

La permanente voluntad de entender habría de incluir la posibilidad de que nos hagamos cargo de que por mucho que algo empiece ya a ser aburrido, no por ello se inicia el aburrimiento, aunque resulte novedosa la causa. De ahí podría deducirse alguna resistencia a dejarse seducir por lo supuestamente sorprendente. Su permanente invocación e irrupción lo hace uniforme y adormecedor. Unas sorpresas se neutralizan y se acallan con otras. El asunto, según parece, es que su fulgor se limite a iluminar esporádicamente. Y así el hastío nos hace espectadores, eso sí, tan sorprendidos como aburridos, de lo igual.

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(Imágenes: Pinturas de Mel Rea. Sowing Seeds VII, ink, acrylic, powdered graphite, 2014; Giberny IV, ink, acrylic, powdered graphite, 2014; Sowing Seeds IX, ink, acrylic, powdered graphite, 2014; y Simple Moment X, Mixed Media on paper)



Hay 7 Comentarios

Hay muchas personas a los que no le gusta el riesgo (hablo de riesgo, no de peligro). Si eligiéramos siempre lo seguro, si prefiriéramos de antemano la posibilidad del aburrimiento o si nos mostráramos constantemente timoratos ante cualquier inminente manifestación del propio desagrado, estaríamos condenándonos a la inmovilidad cuando no al adocenamiento.

Solemos combatir el vacío de las horas de ocio con el hobby habitual o con la expresión empática de un instante ya experimentado. Está bien retornar a lo conocido que nos produce placer porque necesitamos esa descarga de moléculas gratificantes, de dopamina y de endorfinas en dosis explosivas, para sostenernos en la existencia pero, al igual que ocurre en la convivencia en sociedad, "non cogitat qui non experitur", los fenómenos culturales -o más ampliamente, sociológicos- requieren también del pensamiento propiciado por la audacia; los momentos gratificantes no se agotan en el estremecimiento de la columna vertebral que a veces nos llega sin saber por qué (por cierto, que hace tiempo que un servidor no siente ese a modo de escalofrío en la nuca que aparece en los instantes de intensa emoción musical). Hay que conocer lo que nos rodea para cambiar con ese tiempo que todavía es nuestro o, al menos, para obtener nuevas oportunidades de futuro placer retrospectivo. De otro modo, viviríamos siempre de un pasado cada día más remoto, asumiendo la rutina como una suerte de parque de atracciones infantil, al que no se espera comprender o ni tan siquiera redescubrir. Por eso, de vez en cuando, conviene ensayar la la posibilidad de la decepción aun con la conciencia de que vamos predispuestos al desagrado.

Pero para ello, claro, hay que tomar las cosas con cierta distancia. Por ejemplo, esa tendencia a identificarse con los personajes o los sucesos de cualquier obra de arte, desenfoca el hecho fundamental de que estamos ante una ficción y que, por tanto, lo que nos toca valorar es la calidad de la mentira, no nuestra propia satisfacción íntima- en sus connotaciones psicológicas biográficamente referencidas- con lo, al cabo, inmaterial. La diversión es menos una circunstancia que una actitud. Decía Chesterton que "divertido es lo contrario de aburrido no de serio" y me parece perfectamente atinada esa aparente boutade. La diversión tiene que ver con la conciencia del tiempo no con la euforia emocional. Ciertamente, en estados de alegría desbordada, no existe la percepción de que el presente pueda transitar hacia momentos menos saturados de endorfinas pero esa inconsciencia es difícilmente repetible porque, muy a menudo, depende de factores que escapan a nuestro control. En ausencia de esa descarga de quimiotransmisores, ¿dónde está la diversión?, podrían preguntar algunos. Probablemente, en el hecho de alejamos de la percepción de que el tiempo se acumula como un rimero informe en un lugar inaccesible, de que conseguimos evitar que los instantes se nos escapen entre el denso e indistinto follaje temporal, de que no hemos vivido en vano el minuto concreto que ahora pasa.

No, estoy de acuerdo con el comentario de José Luis, en esta vida se suceden continuamente las sorpresas, buenas y malas, y si uno se aburre es porque vive poco. ¿Cómo te vas a acostumbrar a la sorpresa permanente? ya no sería sorpresa.

Se podria decir que de tantas novedades que hay ya no hay novedad que nos sorprenda, , quizas la sorpresa sea que no hay nada sorprendente, estamos como acostumbrandanos a lal sorpresa permanente, en ese caso lo sorprendente seria que no hay nada sorprendente y de ahi el aburrimiento de una sociedad a la que ya nada le sorprende por muy novedoso e inesperado que pueda parecer, porque como alguien afirma cuando alguien piensa en algo que para todos es imposible ya hay alguien que lo esta pesando o y realizando
Jose Luis Espargebra Meco desde Buenos Aires

Que divertido artículo.


El aburrimiento es ante todo un estado de ánimo de la persona provocado por las circunstancias que vive. Las personas somos unas diferentes de otras, cada persona tiene su personalidad. A diferentes individuos mismas circunstancias les afectaran de forma distinta, dependiendo de la personalidad que tengan, determinadas circunstancias causan aburrimiento en unas personas pero no en otras. Hay personas que independientemente de las circunstancias, por muy duras y adversas que estas sean, nunca caen en el aburrimiento, siempre encuentran entretenimiento, diversión en algo, aunque ello sea simple, por el contrario hay otras personas que teniéndolo todo siempre se sienten aburridas.


Hacer algo nuevo es sin duda una buena forma y rápida de salir del aburrimiento. Lo nuevo es siempre diferente, y por lo tanto excitante y divertido, pero si simplemente es nuevo su efecto también puede ser efímero, y por tanto no ser un buen remedio para combatir el aburrimiento. En mi opinión la mejor forma de superar el aburrimiento es haciendo aquello que más nos llena, que más nos divierte, que más nos ha llenado y divertido en el pasado, aunque ello signifique únicamente repetirse. Por ejemplo, hay grandes películas, divertidos chistes, etc., con los que uno se ríe, se divierte, una, y otra, y otra vez.


El aburrimiento es principalmente un estado de ánimo, dependiente de las circunstancias, que no hay que confundir con ser aburrido, un rasgo de la personalidad. Estar aburrido no es contagioso, por el contrario ser aburrido si suele ser contagioso. La principal característica de las personas aburridas es que son capaces de transmitir aburrimiento sin ellas estar aburridas. Las personas aburridas suelen transmitir aburrimiento a aquel u aquellos en cuya compañía se encuentran. Las personas aburridas además de transmitir aburrimiento, a veces mientras ellas se divierten, suelen convertirse en un obstáculo para superar una situación de aburrimiento.


Me ha impactado tanto este artículo que hoy voy a hacer algo diferente para superar el aburrimiento, en vez de la cerveza de siempre, tomare guinnes.

Desgarradora entrada, profesor!!

Quién pudiera cargarse de autoridad para apoyarle sin miedo ni reserva!!

Quién pudiera sentirse semilla de tal querer decir que hace!!

En fin...

Quisiera beber el agua
de todos los manantiales,
saciando toda mi sed,
convirtiéndome en nayáde.
Conocer todos los vientos,
surcar todos los caminos,
suprimiendo mi ignorancia
por neotérica del tiempo.
Novar toda mi ansiedad
por armonía callada
y sentir la integridad
aunque ya no quede nada.
Quisiera ver en la noche,
no anhelar un nuevo día,
empaparme en el derroche
de bienestar y alegría.
Y si siendo no sé nada
solo me queda soñar.
N. G.

Aburrimiento, cansancio y hastío, mucha intoxicación y también vejez.
Repitiendo de forma monótona los mismos pasos y letanías sin sentido ni comprensión cada día, en un ritual vano y hueco, totalmente carente de fe y de horizontes.
Sin referencias ni luces, ni fuera de nosotros ni dentro.
Como fruta arrancada a medio madurar.
Caducados como las flores marchitas, que esperan caerse de la rama de un momento a otro ante los primeros soplos del viento crepuscular.
Para desaparecer enterradas entre el polvo como si nunca hubieran existido, y marchar sin pagar la deuda por haber llegado a florecer un día y ser los medios útiles de los que nacerán otros frutos y otras vidas.
Una derrota completa de la idea de la existencia y de la vida, que es grano o semilla primero y después todo un cúmulo de experiencias y obras hechas.
Así desde el principio de los tiempos, para adentro y para afuera de cada una de las personas.
Millones de veces repetidos en cada una de las criaturas que existieron, existen o existirán de todo tipo.
Repitiendo como un eco bajo el latido de la vida, el fundamento focalizado en nuestro interior, en nuestra mente, en nuestro deseo de caminar.
De cada una de las células que nos forman.
Desde la nada, hasta más allá del horizonte, pero no de un salto, sino poco a poco.
Semilla que se ha de pudrir para que de su interior broten otras vidas multiplicadas por cientos con todas sus opciones de elección y oportunidad.
Nos llega el aburrimiento porque solo limpiamos el polvo de las tapas de los libros, y si llegamos a leerlos solo nos fijamos en la gramática y no en lo que quieren decir las letras puestas unas detrás de las otras por el autor.
Que sentado bajo el sol, alcanzó sin mover un músculo a atisbar lo que hay más allá del horizonte de nuestra simple apariencia terrenal.
Sin aburrirse lo más mínimo.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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