Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

El salto del ángel

Con frialdad

Por: | 16 de diciembre de 2014

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Es llamativo el prestigio que tiene la frialdad. Parecería incluso que fuera garantía de objetividad. A su vez supondría un factor decisivo de la buena profesionalidad. Nada de emocionarse y cuidado con la cálida influencia de los sentimientos. Lo importante sería mantenerlos al margen, muy singularmente si hubiera de adoptarse alguna decisión. Pronto accedemos al extremo de incluir en tamaño planteamiento cuanto tenga que ver con los demás. Nada de dejarse influir. Ni en el mejor de las situaciones, con excepción de ciertos ámbitos muy próximos, en los que también, en todo caso, convendría no conmoverse.

Y a partir de ello, ya todo se tiñe del dominio de semejante flema. Se pretendería que hasta la serenidad fuera una muestra inequívoca de este poder conservante del hielo. La apatía se presentaría como ecuanimidad; la indiferencia, como carencia de intereses espurios; la indolencia, como equilibrio. Convendría entonces mostrarse insensible a cualquier atisbo de afecto que no esté absolutamente controlado o de sentimiento que pudiera inducir a entenderse como debilidad. Y de eso se trataría, de considerar que la firmeza incluye esta despreocupación, la de no perderse en las consecuencias que lo que hacemos pudiera tener en las vidas ajenas.

Pero la insensibilidad también hace su trabajo. Y muy especialmente en uno mismo. La parálisis de la frialdad alcanza muy singularmente a quien pretende hacer de ella un factor que llegue hasta los rincones propios más inaccesibles. La dosificación acaba convirtiendo todo en gesto vacío, en postura, en pose, en ademán, y el afecto pasa a ser afectación. Y ya todo es mueca, retoque fotográfico del alma.

 

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Inexplicablemente bien

Por: | 12 de diciembre de 2014

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El hecho de que haya quienes estén explicablemente mal no elude que nos encontremos con quienes están inexplicablemente bien.  Ni que existan quienes con buenas razones se hallan estupendamente. Pero hay una desconcertante relación entre determinadas situaciones y la consecuencias de cómo nos sentimos.

Quienes necesitan permanente reconocimiento nunca acaban de encontrar el suficiente. Siempre se sienten agraviados, desconsiderados, maltratados. Quienes ansían poseer jamás se hallan suficientemente satisfechos. Quienes no se soportan a sí mismos son difíciles para los demás. Quienes se piensan superiores comprueban una y otra vez con estupefacción que no acaban de admirarse sus cualidades. Quienes no saben lo que quieren no tardan en encontrar culpables para su desconcierto. Basten estas consideraciones para apuntar que conviene no precipitarse en la conexión de las consecuencias con causas inequívocas.

Hay sin embargo quienes son muy exigentes incluso para estar mal. No les basta cualquier contratiempo o indisposición, o que algo no les resulte agradable, o les sea tedioso, o precise de su total dedicación, para sentirse desdichados. Es más, no requieren demasiado para encontrarse bien. Y no solo por la constatación de que podrían estar peor, sino por una cierta disposición, que viene a ser prácticamente una forma de vida, que les hace apreciar lo que esta les ofrece, muchas veces gracias a su entrega, y les permite saber disfrutarlo. Para ello no es preciso en todo caso contrastar otras situaciones, aunque hay quienes deberían hacerlo, siquiera mínimamente, antes de reclamar ostentosamente conmiseración para con su suerte.

Ciertamente no faltan quienes se hallan en circunstancias difíciles, incluso límite, pero no siempre coinciden con quienes más esgrimen su desamparo. Tienen razón y derecho para reivindicar mejores condiciones, para hacer valer su disconformidad, su exasperación y para mostrar que no pocas veces sus penurias tienen que ver con el acomodo excesivo de quienes solicitan su paciencia. Incluso en tales casos, hay quienes sin resignación ni claudicación, son capaces de hallar ciertas vías que, más allá de la supervivencia, les permiten, tal vez inexplicablemente, mostrar la ridiculez de la insatisfacción de quienes no tienen cuanto persiguen, porque, entre otras razones, desconocen precisamente qué es lo que desean.

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De cerca

Por: | 09 de diciembre de 2014

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Pisa el terreno, pero no ve el país. Así caracteriza Hegel la brillante labor de Descartes. Y sus limitaciones. Al celebrar de este su consideración del pensamiento como verdadero espacio del pensar, sin embargo, señala que aún solo lo concibe como un entendimiento abstracto separado y enfrentado a un contenido concreto. Eso no impide que lo estime “un héroe del pensamiento” que reconstruye la filosofía sobre cimientos olvidados que permiten que sea propia e independiente. “Aquí ya podemos sentirnos en nuestra casa y gritar, al fin, como el navegante después de una larga y azarosa travesía por turbulentos mares: ¡tierra!” Pero, queda la duda de hasta qué punto semejante y necesaria proximidad no nos impide reconocer con alguna perspectiva y con la necesaria distancia, las que se precisan para ver mejor lo que ocurre. Es tan interesante estar vinculados como conocer, y prevenir, lo que significa el ahogamiento o el enterramiento por exceso de inmersión. Y es fundamental no olvidar la relación de este modo primario de cercanía con la imposibilidad de ver.

No siempre solemos comprender lo que significa saber esperar, ni tratar de encontrar esa distancia adecuada para ver. Acuciados por las urgencias y apremiados a la par por nuestras prioridades, parecemos actuar al dictado de un conjunto indiscriminado de impresiones y de sensaciones, quizá de emociones, que en su acumulación provocan la tensión necesaria para impulsarnos. Y una vez cumplida la acción, tampoco disponemos ni de la paciencia, ni del tiempo, ni de la energía para analizar lo sucedido. Tal vez solo su impacto. Y a otra cosa. Así, de aquí para allá, el pensamiento se confunde con la gestión, y esta con la agenda.

Únicamente con una perspectiva adecuada, con un determinado enfoque, no limitándonos a formar parte del vaivén de una cadena de ingredientes, de productos, de elementos, que se identifican con nuestras tareas, podríamos, en el mejor de los casos, afrontar lo que nos ocurre sin vernos avasallados por los acontecimientos. Estar cerca no es un quehacer indiscriminado que se limita a situarse acríticamente en lo que sucede. Y menos aún confundirlo con el avasallamiento de una permanente presencia. No es fácil dar con la mesura, que es sentido de la medida, y que impide que algo se oculte por exceso de aparición. Siempre el pensamiento requiere demora y análisis, para vertebrar y discernir, para relacionar, que son el único modo de ver con lucidez.

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¡Preparados, listos, ya!

Por: | 05 de diciembre de 2014

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Desde la convicción de que es decisivo ser alguien singular y capaz de vivir con dignidad, lo que exige formarse y cuidarse, tener posibilidades para hacerlo y responder adecuadamente a ellas, no deja de ser curioso, y un tanto descorazonador, que en no pocas ocasiones esto parezca considerarse secundario. Tendemos a darlo por supuesto, que es una forma, más o menos rudimentaria, de desatenderlo. Mientras tanto, de modo implacable, hay quienes tratan, en el mejor de los casos, de proponer modos de proceder empeñados en reproducir lo existente. Incluso de consolidar aquellos aspectos menos encaminados a propiciar tamaño desarrollo personal, reduciéndolo todo a ejercitarse en un determinado y mecánico comportamiento.

Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores?” Cuando Jacob von Gunten considera, en la novela de Robert Walser, que en ese Instituto se educa adecuadamente para llegar a ser un buen siervo, todo parece predispuesto para consolidar la tarea de copiar, una y otra vez, lo ya dicho y propuesto. Y ello con la finalidad, no tanto de adocenar, cuanto de ser un individuo precisamente mediante una cierta pérdida de sí. Ello procura otro encuentro. A través de la repetición de prácticamente un curso único que se recita hasta venir a constituir un verdadero mundo interior. Y para devenir con él alguien especialmente dócil. Y en cierta medida, un desaparecido. Para ser así el mejor empleado, que cumple con orgullo su labor de servir.

Nos educan obligándonos a conocer punto por punto la naturaleza de nuestra propia alma y de nuestro propio cuerpo. Nos dan a entender claramente que la coacción y las privaciones ya son formativas por sí solas, y que en un ejercicio simplísimo y en cierto modo necio hay más beneficios y conocimientos verdaderos que en el aprendizaje de una larga serie de conceptos y acepciones.” En este sentido, semejante formación no deja de tener su utilidad. No falta contenido, todo es orden y reglamento. Eso sí, ya la forma enseña sumisión y prepara ajustadamente de acuerdo con el objetivo propuesto.

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Un cansancio elocuente

Por: | 02 de diciembre de 2014

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Descansar es tan necesario como complejo. Y no siempre supone detenerse. No está claro que lo favorezca el carecer de toda ocupación. Se hace preciso descansar de lo que no es capaz de ser ni siquiera monotonía, ni nunca acaba por ser lo habitual. Descansar, no solo del ajetreo, sino en ocasiones de su ausencia. Descansar de los mismos asuntos, de las mismas controversias, de las mismas indecisiones. Descansar de los mismos rostros, de palabras idénticas o distintas, pero similares. Descansar de urgencias tan inminentes y durante tanto tiempo que pierden sus perfiles. Descansar no solo de lo que nos impide dormir, sino de lo que nos adormece. Y de lo que nos lleva a dormitar en una somnolencia sin respuesta. Descansar de tantos días de chaparrón en los que apenas llueve. Descansar de quienes nunca titubean, ni dudan, ni lo necesitan, pues se mantienen firmes en la inacción. Descansar no precisamente del esfuerzo, sino, en demasiados momentos, de la falta de lugares y de motivos para realizarlo.

Un aire cansino envuelve tamaña repetición. No es exactamente la consecuencia de una acción intensa y constante, sino de una proliferación de actividades, quizá con algún sentido, aunque fatigantes en su centelleo. Y a veces no coincide el descansar con el interrumpir. Cierta paralización puede resultar bien onerosa. Sin embargo, no lo es menos el reiterado discurso de los asuntos en un único registro que insistentemente recita socialmente lo que habría de interesarnos. Concretamente por ello, deja de ser interesante.

En ocasiones, solo el desplazamiento supone algún reposo. Y no es ni tan fácil, ni tan frecuente. No es un mero cambio de lugar, ni necesariamente de ocupación, sino de perspectiva, de mirada, de horizonte. La repetición de la escena termina por sujetarnos en la parálisis ante lo que vemos. Ello no impide que una y otra vez nos sintamos conminados a tomar posición, eso sí, en el mismo asiento. Entonces, la postura no pasa de ser prácticamente una acomodación.

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Para extraños, nosotros

Por: | 28 de noviembre de 2014

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Hay quienes todo lo encuentran extraño. Ciertamente no faltan razones para sorprenderse, pero tampoco deja de ser llamativa la facilidad con que hallan algo incomprensible. Para algunos, lo es prácticamente todo. No es aconsejable que tildemos de natural cuanto ocurre, pero también merece considerarse la tendencia vigente a ir de sobresalto en sobresalto. Nos desconcierta, pero a veces parecería que se necesita para sobrellevar la monotonía en que afincamos nuestros días.

No es cuestión de perder el interés o la curiosidad, la posibilidad de que las cosas sean de otro modo y nosotros otros. Ahora bien, la apertura, la atención, el cuidado, frente a la indiferencia o a la apatía, no significan pretender una permanente emoción, ni una fascinación por lo insólito. Si es preciso, se otorga a cuanto viene a ser simplemente novedoso el título de algo excepcional.

Pronto el fogonazo inicial se desprende de la emoción que conlleva y la fascinación se mueve en la búsqueda de nuevas impresiones. Solo queda el desplazamiento, pero no hay verdadera alteración. Requerimos una sensación constante de exaltación, incluso de euforia, aunque sea de un estado de ánimo no siempre positivo, sin la cual todo resultaría falto de alicientes. Sin embargo, ello provoca una búsqueda ansiosa de requerimientos y de acicates que produciría la impresión de que basta que sea infrecuente para ser interesante.

Los expertos en dosificaciones no tardarían en encontrar la medida adecuada para cada caso, para cada situación. El señuelo bien utilizado, la adecuada combinación de lo inesperado, lo peregrino y lo inaudito nos alumbrarían y nos sustentarían en la constatación de que nunca lo inusual es irrelevante. No siempre para que nos entretenga, sino para que cada quien sostenga la necesidad de que algo nos permita pensar que, a la vista de lo extraño, somos singulares por ajenos y “normales” por asentados en lo habitual.

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Ni un paso

Por: | 25 de noviembre de 2014

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La vorágine de lo que ocurre es tal que apenas somos capaces de analizarlo y de reflexionar. Pronto nos vemos conminados a tratar de asumir con serenidad, incluso lo que no hemos podido aún comprender. Sin embargo, mientras parecemos empeñados en que no se nos escape detalle alguno, solícitos de lo que se dice y se hace, es difícil sustraerse a una cierta impresión de que tanta atención nos tiene distraídos. El encuentro con quienes parecen menos pendientes con cada circunstancia, y resultan menos disipados y más centrados en lo que importa, nos lleva a considerar lo que puede llegar a significar la cada vez más contagiosa agitada quietud. Correteamos de aquí para allá, de esto a lo otro, de uno a otro suceso, lo que finalmente no hace sino confirmar el sentido concreto de nuestra parálisis.

Tanto ajetreo apenas nos daría para coleccionar un cúmulo de opiniones, y su reiteración ofrecería la impresión de componer un pensamiento propio, y quizás incluso una posición. Ya casi bastaría nutrirla, ratificarla, procurar que ninguna nueva experiencia la pusiera en evidencia. Y, en su caso, cualquier sinsentido ajeno corroboraría la veracidad de nuestro asentamiento. No pasaríamos de ser un depósito de opiniones, aireadas con novedades y afincadas con su mera repetición,

En última instancia, precisaríamos de vez en cuando amalgamar y adornar esa acumulación con el lazo de algún contraste. A ser posible, de nuevo, de opiniones, de aseveraciones, de puntos de vista, de actitudes, de cotas y de lomas. Ahora bien, lo efectuaríamos por el procedimiento de eludir una auténtica conversación en la que ponerlos en juego, en la que ponernos en acción. Nada de tratar atisbar lo que en realidad cabría pensar, reducidos a la simple ostentación de un denominador, que serviría precisamente para eso, para denominarnos. Casi bastaría con discutir, o con debatir, si es preciso airadamente y, eso sí, sin demasiadas consecuencias, salvo la de quedar más o menos bien, y sin otros cuestionamientos, excepción hecha, si fuera preciso, de mejorar las estrategias para lograrlo. Todo menos verse en la incómoda necesidad de pensar, no sea que implique otro hacer o hacer algo distinto o, simplemente, hacer.

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No es tan fácil cuestionarse

Por: | 21 de noviembre de 2014

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Interrogarse no es simplemente hacerse preguntas. Menos aún, limitarse a plantearlas. Considerar que uno es crítico o profundo porque todo lo acompaña de signos de interrogación es confundir interpelar con cuestionar. Hay quienes encuentran que todo es fácil, en especial lo que han de hacer los demás. Necesitan que sea así para asegurarse y confirmarse.

Sin duda hay asuntos que podrían resolverse pronto, y de otra manera, pero no todo reside en su mera solución, ni siempre ofrecemos, ni tenemos, la fuerza de su disolución. Ni siquiera nuestras acciones los dilucidan con frecuencia. Podría no bastar nuestra elección para evitarnos la permanente deliberación y decisión. En muchas ocasiones, ni la constatación zanja la cuestión. Por eso sorprenden quienes pretenden despedir asuntos un tanto precipitadamente con la simple invocación al poder de la propia determinación.

Se dirá que si interrogarse es ponerse en cuestión y no limitarse a hacer preguntas, no queda claro cuáles pueden ser las ventajas o las consecuencias de tamaña osadía. Ya es suficiente la verificación de que no todo sale bien, ni todo nos sale bien. Sin embargo, cuestionarse no es replegarse, sino vivir en un permanente movimiento de plegarse, sin rendirse, y de desplegarse, sin imponerse.

Parecemos preferir mantenernos aferrados a la contundencia de lo que, sin duda, sucede, a los hechos que estimamos incontestables, a lo que indiscutiblemente ya somos, sin afrontar lo que eso puede llegar a significar. Y más aún, hasta qué punto tal contundencia precisa de una relación bien concreta con los demás, incluso para que eso pueda considerarse de ese modo. Por ello interrogar es interrogarse e interrogarse es interrogarnos. Únicamente así podremos comprender lo que se requiere para que los hechos sean tales y lo que sucede ocurra efectivamente.

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La buena vida y la vida bella

Por: | 18 de noviembre de 2014

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Hay momentos que prácticamente son épocas. Y en ocasiones los tiempos, sus dificultades y su complejidad, atraviesan los instantes de cada día, reclamando respuestas no tanto de largo alcance como inmediatas. No cabe posponer el desafío. Y es concreto y personal. En tal caso, no parece suficiente ampararse ni en otros ni en los productos de temporada, como si fuera un asunto simplemente estacional. Cabe mirar a uno y otro lado, buscar causas, analizar situaciones, describir coyunturas, explicar y retratar lo que sucede, lo que nos afecta, lo que nos perturba, pero finalmente, tras el recorrido, no es fácil eludir el vérselas, de una u otra manera, con uno mismo. No necesariamente tanto como para tratar de constatar que se puede, como Descartes propone en El discurso del método, hallar en sí mismo y en la lectura de libro del mundo, sin necesidad de otro tipo de presuposiciones, aquello que realmente importa.

No es cuestión simplemente de limitarnos a distinguir entre la buena vida y la vida buena. Y menos aún de considerar que con contraponerlas todo está dicho. Más importa no vincular la vida buena con la mala vida y buscar, más bien, de enlazarla con la vida bella. De no ser así, pareceríamos encontrarnos en la encrucijada de tener que elegir, en el extremo, entre la dicha y la bondad, o entre el bien y el exclusivo beneficio propio o, si se prefiere, entre lo que está bien y lo que nos viene bien. En tal caso, la buena vida vendría a ser patrimonio de quienes no se andan con tantos miramientos con eso del bien, mientras que estos habrían de renunciar a ella, dejando expedito el camino a quienes encuentran que esa vida es la realmente bella.

La insistencia en la necesidad de ser bello por la forma de vivir, de ser artesano y artífice de la belleza de la propia vida, nos impide despachar con precipitación lo que en esa consideración de la belleza merece pensarse. Incorporar la forma de vida en el asunto implica no reducirlo a una mera cuestión interior o individual. La belleza muestra así lo que tiene de relación, de relación incorporada hasta venir a ser constitutiva. Que un encuentro o una acción puedan ser bellos no es una mera caracterización plástica, o que Teeteto lo sea para Sócrates, tampoco. Es un modo de ser y de hacer, un modo de decirse.

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El aburrimiento de lo sorprendente

Por: | 14 de noviembre de 2014

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Podríamos pasarnos la vida esperando a que nos acontezca algo interesante, sorprendente, novedoso. No está claro que siempre lo deseemos de verdad. Sí lo está el que no es frecuente que suceda. Cada momento buscamos con avidez algo diferente, algo distinto, que nos saque de la situación en que nos sentimos inmersos, y que tantas veces es de simple rutina. Estamos permanentemente atentos a lo que se dice y comenta, a lo que ocurre, con la confianza de que venga a incidir en lo que somos y vivimos. Nos cuesta hallar una cierta y apacible serenidad. Encontramos que tal sensación no sería sino una forma de resignación y nos hacemos creer que se trata de compromiso, de la voluntad de mejorar, cuando no pocas veces la alerta responde en no menor parte a que estamos aburridos, somos aburridos. Ello no impide que nos encontremos atareados.

Quizá nos alivie saber que no nos ocurre solo a nosotros, pero precisamente eso puede llegar a ser fuente de una mayor preocupación. Incluso cabría pensar que, en un mundo con tantas necesidades y urgencias, aburrirse sería una frivolidad. Y desde luego, quienes se ven inmersos en la tarea y acuciados por variados problemas no se permiten el lujo de ni siquiera considerarlo.

Este aburrimiento no es simplemente un estado psicológico, o de ánimo, con los consabidos resultados de una cierta tristeza. Afecta mucho más radicalmente a nuestra vida, hasta el punto de anclarnos en el actual estado de cosas y su permanente repetición. El puro durar de lo igual, de lo que da igual, de lo que nos es igual no impide que confiemos en que algo sorprendente ilumine, siquiera fugazmente, el desierto de lo que permanece idéntico a sí mismo.

Entonces llegaríamos tal vez a culpar a los hechos, no solo de no resolvernos, sino de no entretenernos. Deseamos la sorpresa permanente y nos lamentamos de que no se produzcan acontecimientos cuya primordial finalidad consistiría en hacernos más llevadero no solo el actual estado de cosas, sino fundamentalmente la monotonía de nuestra propia existencia. En el colmo de la necesidad, ansiaríamos que algo sucediera, aunque no fuera precisamente bueno. Bastaría que no resultara directamente malo para nosotros. Solo el rayo de su irrupción ya supondrá un cierto alivio. Y en todo caso, el afán de novedades sería superior a lo que nos costaría olvidarlas. Mientras tanto, el placer que nos provocarían ya habría otorgado sus dulces efectos. Por un momento, siquiera por un instante, algo se habría producido.

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El País

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