Francisco Peregil

El día en que paseé por San Telmo con Robert Walser

Por: | 11 de abril de 2013



He visto en Buenos Aires obras alucinantes. Un día me pasé con la boca abierta once horas seguidas en el Colón entre las walkirias de El Anillo de los Nibelungos, lo cual viene a dejar en una liga de tercera aquello de las naves ardiendo más allá de Orión. Otra noche pude ver a la diva Norma Aleandro ofreciendo una clase magistral, cuando interpretó a María Callas en el teatro Maipú. Dijo, por ejemplo, que en el teatro cada detalle es importante, hasta el polvo que levantan la suela de los zapatos, y que la entrada de un artista en escena, el preciso instante en que aparece, es vital. Contemplé a mujeres bailando entre libros que flotaban en la biblioteca donde trabajó Borges. He visto actores de una grandeza imponente actuando en teatros alternativos, lo cual es como disfrutar de Messi, Ronaldo y un primo de ellos jugando al fútbol en un parque. He visto muchas obras y alguna vez, incluso, una de ellas empezó a su hora. Pero pocas experiencias tan exquisitas podré contar a mis tataranietos como la del paseo que di un sábado en el barrio de San Telmo con el mismísimo Robert Walser.

Decía Walser que la puntualidad es una obra de arte y que ya sabemos lo excepcionales que son las obras de arte. Por eso el director de El Paseo, el catalán Marc Caellas, citó a los espectadores a las doce en punto, en la puerta de la antigua Biblioteca Nacional, donde en su día trabajó un tal Jorge Luis Borges. Memoricen ese nombre -Marc Caellas- y procuren seguirle adonde vaya.

La función comienza de forma casi imperceptible. Al fondo de la calle México un hombre de traje negro, paraguas y sombrero se detiene ante varios albañiles con el puño izquierdo apoyado en su cadera. Observa, inclina un poco la cabeza y continúa su camino como lo haría el mismo Walser (1878-1956), el escritor suizo al que Kafka le debía todo. Walser avanza entre el ruido, la suciedad y la belleza de San Telmo.

La obra se llama El Paseo de Robert Walser y está basada en la novela El Paseo del amigo Walser. La tradujo Carlos Fortea, como bien se encarga de reseñar el propio traductor en los comentarios de esta soleada esquina digital. Lo que viene a continuación es el intento tal vez absurdo de describir algo tan nimio como grandioso. Walser se detiene en un bar y le tira los tejos a una mujer. A cualquiera que alguna vez se sienta tentado de hacer lo mismo le vendría bien memorizar el siguiente párrafo.

Tiene usted un rostro tan bello, un aspecto tan agraciado, encantador y, tengo que añadir, interesante, muestra una tan hermosa, noble y buena figura, mira tan directa y clara y tranquilamente, a mí y al mundo entero, que me era imposible forzarme a pasar ante usted sin arriesgarme a decirle algo gentil y halagador, lo que ojalá no me tome a mal, aunque he de temer que merezco castigo y desaprobación por mi ligereza. Cuando la vi, se me ocurrió al instante la idea de que tenía que haber sido actriz.

 

Hay que observar la reacción de ella, la de los clientes en el bar, que en cada función serán distintos y reaccionarán de distinta manera. Seguimos con Walser, que se detiene junto a un anciano. El traje, el bastón, el lento caminar de Walser invita a los porteños al diálogo. Un mecánico lo invita a ver por dentro su taller y allí le enseña un coche de 1927 -de la ápoca de Walser, por cierto-. Seguimos detrás de él. Se detiene ante una panadería, un comercio más, de los que rompen el paisaje tan refinado de San Telmo. Walser blande el paraguas:

 

Bastante desanimado, por Dios, puede quedarse un hombre recto en vista de tan bárbaras muestras doradas, que imprimen al paisaje en el que nos encontramos un sello de interés, avaricia, mísero y desnudo embrutecimiento del espíritu. ¿Necesita en verdad un sencillo y honrado panadero presentarse de modo tan grandilocuente, brillar y relampaguear al sol con su torpe anuncio de oro y plata, como un príncipe o una dudosa dama coqueta? ¡Que hornee y amase su pan con honor y razonable modestia! En qué clase de mundo de engaño empezamos o hemos empezado ya a vivir cuando el municipio, la vecindad y la opinión pública no sólo tolera, sino que al parecer  desdichadamente incluso ensalza aquello que ofende a todo buen sentido, a todo sentido de la razón y del agrado, a todo sentido de la belleza y de la probidad, aquello que se jacta de manera enfermiza, que se otorga un ridículo prestigio de barrio bajo, aquello que a cien y más metros de distancia grita al buen y honrado aire: «Soy esto y lo otro. Tengo tanto y cuanto dinero, y puedo permitirme llamar desagradablemente la atención. Sin duda soy un bruto y un majadero y un tipo sin gusto, con mi fea pompa; pero nadie me puede impedir ser bruto y majadero».

 

Antes o después se detiene frente a una casa enrejada con un pequeño patio donde se ve el tronco cortado de un árbol.

 

Este alto y majestuoso árbol  que tan maravillosamente protege y embellece la casa, que la envuelve en tan grave y jovial familiaridad y ambiente hogareño, este árbol, digo, es una deidad, es sagrado…

 

Pasan dos mujeres en ese momento junto a Walser con sus carros de compra. Y una de ellas le dice:

 

-Cubría toda la calle, pero le entraban en la casa. Está bien la ecología pero…

 

Y Walser continúa:

 

-Deberíamos expulsar de la comunidad a semejante cretino.

-¡Buaaah!

-A Siberia o a Tierra del Fuego.

-¿Es que te vas a postular?

-Y habrá que dar mil latigazos al insensible y desalmado propietario que se atreva a hacer desaparecer toda esta magia celestial y dorada de verdes hojas para calmar su sed de dinero, lo más bajo y vil que hay en la Tierra.

 

Seguimos paseando con Walser. El va lento, pero la vida de Buenos Aires sigue a su ritmo.

Siempre miro sombrío a las ruedas, al conjunto, y nunca a los ocupantes, a los que desprecio, en modo alguno de forma personal, sino por puro principio; porque no comprendo ni comprenderé nunca que pueda ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos que muestra nuestra hermosa Tierra, como si uno se hubiera vuelto loco y tuviera que correr para no desesperarse miserablemente. De hecho, amo el reposo y todo lo que reposa. Amo el ahorro y la moderación y soy contrario en el nombre de Dios en lo más hondo de mi ser a toda prisa y atosigamiento.

 

Todo eso está muy bien en Suiza, pero a me dio por hacerle una foto a Walser caminando a lo lejos y un coche estuvo a punto de atropellarme. Y un vecino aprovechó para decirme de forma amigable y sonriente una frase bien frecuente en Argentina:

 -Acá le pasan a uno por encima. ¿En su país también es así?

 

Después, un basurero se queja ante Walser de que la gente cada día tira la basura más temprano, a las ocho de la mañana. Y suelta otra de las grandes frases argentinas:

 -Así nos va a todos.

 

Walser se detiene con un kioskero que ocupa con sus revistas casi toda la acera:

-¿Qué? ¿Colonizando la vereda?

-Bueno, cristobalizándola.

 

El escritor repara en una casa pequeña:

 

Recuerda en su visible dulzura y humildad a una bella hoja infantil de un libro ilustrado, a una dulce ilustración, tan rara y encantadora se muestra. Alrededor de la casita, el mundo parece enteramente bueno y bello. Estoy enamorado hasta las cejas de esta hermosísima casita, y con gusto entraría en ella para anidar y alojarme allí y vivir para siempre en la casita encantada y joya y sentirme bien; pero por desgracia precisamente las más bellas viviendas suelen estar ocupadas, y al que busca una vivienda adecuada a un gusto exigente le va mal, porque lo que está vacío y se puede tener es a menudo atroz y suscita espanto.

 

Entra después en un bazar precioso, lo recorre sin decir una palabra y los espectadores seguimos detrás de él. Se oye a una mujer a lo lejos cantando bésame, bésame mucho. Walser se detiene ante ella y no vamos a contar más. Entramos en una librería preciosa que huele a canela, seguimos hacia una oficina bancaria donde Walser nos suelta un discurso. Justo cuando entra una joven, Walser se vuelve un poco hacia ella y descerraja la frase que toca en ese instante:

 

¿Qué hombre honesto no ha estado alguna vez desvalido en su vida?

 

Nos apremia porque nos espera la señora Aebi en su casa para ofrecernos una copa de vino. Y no tiene precio eso de entrar en una casa de San Telmo, y que desde el segundo piso una mujer llame a Walser por su nombre y le diga que pasemos. Entrar en la casa, sentarse en un sofá, compartir un aperitivo mientras la obra continúa. Y no saber exactamente cuándo acaba. La señora Aebi y Walser discuten. Salen, se van. Al rato, vuelve ella y dice:

Aquí es cuando el público aplaude.

 

Una obra imponente. La señora Aebi es la actriz Sara Valero. Y Robert Walser es el actor, poeta, fotógrafo y periodista (también de origen suizo, por cierto) Esteban Feune de Colombi. Nos cuentan que una vez, mientras Walser despotricaba frente a la casa del árbol, llegó el dueño de la casa y se encaró con Walser. Uno de los espectadores lo calmó, le dijo que se trataba de una obra de teatro. Y al llegar a la casa de la señora Aebi el resto del público lo felicitó porque creyeron que se trataba de otro actor. Es como estar en el camerino con los artistas.Un paseo inolvidable.

Si ven por ahí al catalán Mar Caellas junto un tipo con sombrero y paraguas, síganlos, adáptense al lento caminar de ellos. Llegarán mucho más lejos que donde ardieron las naves de Orión.

 

Hay 4 Comentarios

Estimado amigo: Es una estupenda noticia saber a través de usted que la obra El paseo de Walser, que tuve el gusto de traducir en 1996, está siendo representada en Buenos Aires. Me sería mucho más grato aún que, al igual que figuran en el artículo numerosos párrafos de mi traducción, figurase también la referencia a la autoría de la misma. Un cordial saludo

interesante

Es quizás uno de los mejores libros que hemos analizado en nuestro programa de radio http://lamilanabonita.com/2012/10/28/el-paseo-de-robert-wasler/

Gran artículo

¡Qué maravilla! Dan ganas de cruzar el charco sólo por esto. ¡Gracias por esta crónica!

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Sobre el autor

es el corresponsal para Sudamérica de El PAÍS. Está radicado en Argentina y su área de trabajo incluye Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Uruguay, y Paraguay.

Eskup

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal