El barullo del poder

Por: | 28 de agosto de 2007

En pocos días tengo que volver a una novela que todavía no he podido terminar de leer. La otra vez me referí a La mancha humana (Alfaguara), de Philip Roth, para contar de las emociones que desencadenan en el protagonista las viejas canciones de su juventud. Esta vez viene a cuento por su arranque. Por las fatídicas palabras que el profesor Coleman Silk pronuncia en una clase al pasar lista. Llevan ya un tiempo con las lecciones, pero siempre hay dos plaza vacías. “¿Conoce alguien a estos alumnos?”, pregunta. “¿Tienen consistencia humana o se han hecho negro humo?”. ¡Se armó! Uno de los muchachos que jamás había asistido a clase acusó al profesor de racismo: era negro. Poco después, Silk fue apartado del cargo. Es la furia que tiene por esa flagrante injusticia la que lo lleva a irrumpir en la casa del narrador de La mancha humana. Y la novela empieza.

Silk, un hombre de más de setenta años, se ve obligado así a dejar la profesión a la que había dado toda su vida. Por unas cuantas palabras. Cuando fue decano introdujo grandes reformas y convirtió una universidad “anticuada, apartada y soñolienta” en un centro ágil lleno de profesores jóvenes y ambiciosos y con nuevos planes de estudios. Y se ganó muchos adversarios. Y dijo “negro humo” y cuantos lo apoyaban le volvieron su espalda y sus enemigos ganaron la partida.

Cuento esto para proporcionar algunos datos sobre el funcionamiento del poder. Sus barullos, la tierra pantanosa en la que se asienta, su inclemencia. Ayer Rosa Regàs dimitió como directora de la Biblioteca Nacional por unas palabras de César Antonio Molina, el Ministro de Cultura. No tiene sentido aquí adelantar un juicio y pronunciar una condena sobre uno o sobre otra. Sólo revelar que vuelven a primer plano los elementos ruidosos del poder: el “negro humo”, y el barullo que se desencadena después. Además, está el poder, pero están los que lo ejercen. Y ya se sabe que cuando se trata de seres humanos cuentan los celos y las ambiciones, la vanidad y la soberbia, la pasión y la desidia, la flojera y la capacidad de trabajo. Y más y más.

Son muchos los elementos de los que convendría ocuparse una vez se disipe el bullicio. ¿Fueron ésas las palabras del ministro y con ellas quiso decir lo que interpretó la directora, que "no había hecho nada" durante su gestión? ¿Qué lugar ocupa la Biblioteca en las prioridades del nuevo responsable si es cierto que la primera vez que trató con Regàs fue hace una semana? ¿Cuáles son los desafíos relevantes de una institución como la Biblioteca Nacional? ¿Es la digitalización una de ellas? ¿Tiene sentido abrirla a la sociedad o debe permanecer como un centro dedicado a los especialistas? ¿Es más importante un programa cultural, para promocionar el centro, o uno técnico, para hacerlo profesionalmente más competitivo? ¿Qué lugar tienen los políticos allí, son indispensables algunas marcas ideológicas para dirigir una institución de estas características?

¿Tiene fondos suficientes para cumplir sus objetivos? ¿Tienen derecho sus responsables a incorporar nuevos profesionales en detrimento de los funcionarios que trabajan allí desde hace tiempo? Si eso ocurriera, ¿es legítimo que estos últimos se defiendan y se rebelen? ¿Es un lugar seguro? ¿Es pura mala suerte que desaparezcan unos mapas o negligencia? ¿Tienen fundamento los arrebatos de algunos medios? ¿Tiene algún peso la opinión del Patronato de la Biblioteca o es una pura figura ornamental? Y etcétera, etcétera.

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Siento discrepar con Venecia, porque es una ciudad que me encanta, sobre todo como postal. No podemos “excluir la política” cuando de lo que se trata es de enjuiciar la labor de un responsable público. El cargo de director o directora de la Biblioteca Nacional es de libre designación; creo que posee, además, el rango o categoría de Secretario de Estado y es un empleo bastante bien pagado que conlleva una larga lista de privilegios. Quien acepta el cargo lo hace, desde luego, libremente. Me parece, por tanto, que las cuestiones que plantea José Andrés Rojo sobre la actuación de la directoria dimisionaria son muy pertinentes. Yo, por desgracia, carezco de las respuestas. Pero me temo que tampoco las encontraré en el periódico (ni siquiera en éste, que es para mí la referencia), porque una mezcla de desidia, convención, intereses y servilismos hacen que la política cultural quede excluida del análisis político o económico (¿qué tendrá que ver el vil metal con las leyes del espíritu?). Y hablando de leyes, después de los jueces, el colectivo que posee mayor patente de corso en España es el de los mandarines de la cultura. Y, claro, muchos se frotan las manos y con el pecho henchido de buenas intenciones y la miel de hermosas palabras en los labios, se llenan la cartera a costa del contribuyente, que debe rendirse a sus pies, levantar las manos y afirmar: ¡Oh, la cultura!

Hoy no es un día muy propicio para comentar según que cosas. Máxime cuando se acaban de leer ciertos comentarios con respecto a la muerte de un escritor.La política debería quedar excluida en ciertas situaciones.
Con respecto al tema que plantea hoy ,sólo cabe decir que los celos , la ambicion la envidia, la vanidad , la soberbia y demás "cualidades" de la condición humana, desencadenan más de un barullo capaz de "hundir" a una persona que se ha dedicado, (con mayor o menor acierto)a ejercer una función para la que estaba más que cualificada.
Y si hay algo más que decir, faltan las ganas.

Como todos los despidos, renuncias y demandas laborales de la administración pública, es menester evaluar el resultado de las acciones llevadas a cabo por Rosa Regás al frente de la Biblioteca. Estoy seguro de que son muchas y muy rentables para el bien de la sociedad. Ese es el legado que mejor se corresponde con ella y el mayor reto al que se enfrentará su sucesor.

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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