Negro de trufa

Por: | 30 de agosto de 2007

El 27 de julio de 1890 Vincent van Gogh se disparó un tiro de revólver en el pecho detrás del Château de Léry, en Auvers-sur-Oise, el pequeño pueblo al que había llegado poco más de dos meses antes. Cómo tendría que estar, qué fuerzas lo agitaban, cuánto dolor lo agarrotaría para que ni siquiera en su extremado gesto fuera certero. La agonía fue terrible y, por fin, murió en la madrugada del día 29. El Museo Thyssen muestra ahora una selección de obras de esa última temporada. Van Gogh estuvo setenta días en Auvers-sur-Oise y pintó setenta cuadros y treinta dibujos. Conmueve esa urgencia por trabajar, esa dedicación salvaje y llena de tensión, esa explosión de vida cuando los cuervos de la muerte alzaban ya el vuelo para llevárselo del mundo.

Van_gogh_cuervos_sobre_los_campos_dEn la exposición del Thyssen no está el cuadro Cuervos sobre los campos de trigo, que pintó en Auvers el 10 de julio. Ahí está anunciado el crepúsculo inminente y el final. “Ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, habría sabido encontrar, para pintar sus cuadros, ese negro de trufa, ese negro de comilona fastuosa y al mismo tiempo como excremencial de las alas de los cuervos sorprendidos por el resplandor del crepúsculo”, escribió Antonin Artaud en su libro sobre el artista. “Van Gogh soltó sus cuervos como si fuesen los microbios negros de su bazo de suicida”..., “…hasta entonces nadie como él había convertido la tierra en ese trapo sucio, calado de vino y de sangre empapado”. Y describió el cielo con estas palabras: “La insólita franja tenebrosa del vacío que se eleva tras el relámpago”.

Las casas de aquel pequeño pueblo, un campo de amapolas, otro de trigo, las barcas al lado de la orilla en el río, las figuras en el bosque, el jardín de Daubigny, el imponente Paisaje al atardecer. Ahí en el Thyssen, la dulce y tranquila calma del lugar idílico en el que se refugió Van Gogh por indicación de su hermano parece secretamente sacudida en su interior por el desorden de la naturaleza (por las negras trufas que palpitan en sus entrañas). Y entonces es inevitable pensar en Artaud cuando reclamaba un teatro que pusiera todo patas arriba: “Propongo pues un teatro donde violentas imágenes físicas quebranten e hipnoticen la sensibilidad del espectador, arrastrado por el teatro como por un torbellino de fuerzas superiores”. Y es que en Van Gogh está ese torbellino, esas manchas de color que llenan sus cuadros y que son en realidad palpitaciones, arañazos de vida.

Hay 7 Comentarios

Las flores del mal

Menuda peli, menuda mirada la de la protagonista a su hija. Era una mirada caníbal, de esas de "estoy deglutiendo tu alma, que me resarce de todas mis carencias". Y así estoy yo. Rodeada de miradas caníbales, que tratan de deglutirme. Sin tener claro donde piso. Intento controlar lo que los demás desean, pero no tengo ni idea de que es lo que buscan cuando me abrazan, cuando me llaman, cuando me besan, cuando me penetran. Hay algo oculto que los demás tratan de encontrar y masticar, que yo no veo.
Es curioso que la adelfa, la flor protagonista, con la que ella envenena a su pareja, dejando las flores en leche (todo muy simbólico) la noche anterior, crezca salvaje por toda la península ibérica. Es una planta de barrancos, de medianas de carretera. De esas feas que molestan, interrumpen la visión y se llenan de polvo. Siempre están allí donde miras, como la gente inocua, que no te aporta nada y que se cuela en tu vida a diario. Y en la peli, aparece amenazante, con sus flores rosa fucsia y las hojas duras y alargadas como estiletes, segregando su veneno, altiva, mojada en leche (insisto en el simbolismo).
"Quiero alguien que me haga la vida fácil". Eso fue lo que me dijo mi exnovio cuando quiso dejarme hace un año. Digo quiso, porque al final tuve que dejarle yo. Lo que digo, ¡panda de inocuos seres vivos que se pasean por el mundo deseando la paz mundial!. Que terrible destino el mío el tener que desear ser como ellos, al menos dos o tres veces por semana. Pero yo prefiero las guerras. No las de matarse unos a otros. Las guerras de los hombres contra su destino, desafiantes ante la irremediable muerte, sanguinarios contra la mediocridad de sus actos cotidianos. Quiero que cada día esté lleno de sufrimientos y felicidades, que no se me olviden las hojas del calendario, y que todos esos caníbales, que fundamentalmente lo que quieren es penetrarme, para que andarse con rodeos, me expliquen que se esconde en mi vagina. Os doy mi cuerpo lleno de huesos a cambio de un poco de odio o amor sincero. Pero luego lo invade todo la nada, que se queda en mi cama tejiendo sueños de avispas negras que se alimentan de mi carne abrasada.
Y después solo está Van Gogh, y sus flores, y sus verdes escondidos detrás de sus casas azules, como si el azul fuese el color de la tristeza. Yo viví entre la niebla, pero solo yo era capaz de verla, y todo se transformó entonces en belleza. Y allí huí pero ellos me encontraron, y como caníbales se alimentaron de ella.
Lo llaman suicidio egoísta, al que uno comete contra si mismo cuando no es capaz de soportar su agonía (el altruista busca el bien común, como los kamikaces, menuda sociedad la nuestra). A Van Gogh lo matamos, y luego lo embalsamamos en un museo, y después nos comimos sus cuadros. Pero su belleza se escapa, y a veces cuando el azul cobalto se mezcla con el verde en tu retina, te hiere el alma y ves la niebla.

Van Gogh siempre es inquietante, pero la exposición del Thyssen me dejó mal sabor de boca. Si lo miras desde el punto de vista agónico te llenas de indulgencia pero los cuadros allí expuestos estaban más muertos que vivos.
Después de hacer filigranas para poder contemplarlos con algo de perspectiva tras una muralla de gente, la tienda al final del recorrido me hizo comprender que lo importante no es la angustia del pintor y la visión del visitante, lo importante es pasar por caja.

Gracias por continuar con tu blog. Yo estuve en la exposición y me pareció genial. Ojalá y pudieras realizar una entrada sobre la exposición contigua: la de ESTES. Te lo agradecería. Saludos, y continua escribiéndonos.

José Andrés
Gracias por tu blog.
Supongo que Vincent necesitaba litio en vez de absenta para aplacar su dolor; pero probablemente el carácter visionario de su obra hubiera desaparecido.Esos errores sinápticos de las neuronas eran sus cuervos negros, y sus musas blancas .Mira a Tim Burton o Coppola, con el metal ligero en su mesilla de noche son ahora más planos, creo.
Saludos a tu santa, de Félix de "Zenobia"
Un abrazo.

Mario Arturo
jamás te fíes de las apariencias porque a veces engañan, es el diálogo de la obra donde está la realidad. Si posees un poco de sensibilidad podrás leerlo.
Te escribo una cita que he escuchado desde mi infancia:
“Caras vemos corazones no sabemos”.

Y me lleva a Bécquer :
"Alguna vez la encuentro por el mundo
y pasa junto a mí:
y pasa sonriéndose y yo digo
¿Cómo puede reír?

Luego asoma a mi labio otra sonrisa
máscara del dolor.
y entonces pienso: -Acaso ella se ríe,
como me río yo".

Estimado José Andrés
usted habla de Vincent Van-Gogh y no puedo evitar recordar la frase de uno de mis catedráticos: “No le creas Mario Arturo, eso de que no tenía dinero es un mito, mira la cantidad de pasta que utilizaba”. Y recuerdo que la voz y el rostro reflejaba rabia mientras me lo decía.

Esta deducción pudiera parecer lógica si se analiza fríamente y a la ligera. Pero al pintor holandés su hermano era quien le compraba los materiales para que pudiera crear la obra que realizó en poco más de 5 años de vida, para trabajarla a su antojo y dejarnos así un legado original de estilo y técnica.

Pregunto 2 cosas:
1)¿no vender un solo cuadro y vivir de algún dinero ajeno supone ser solvente?
2)¿Sabe alguien qué lo habrá llevado a la determinación de quitarse la vida?

Un saludo

Señor Rojo:
He regresado de mis vacaciones y compruebo que ud. sigue con su blog, lo cual me ha alegrado mucho: me gusta leerle.
Le mando un cordial saludo.

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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