La cara chupada y los ojos hundidos

Por: | 11 de septiembre de 2007

La historia que cuenta La carretera (Mondadori), de Cormac McCarthy, es bastante sencilla: ha ocurrido una especie de holocausto nuclear y un hombre y su hijo intentan sobrevivir. No hay mucho más. Caminan hacia el sur buscando el mar, creen que acaso allí podrán encontrar algo distinto, compañía, algún horizonte. Empujan el carrito de un supermercado. Allí llevan cuanto tienen. Unos plásticos para cubrirse de la lluvia, mantas para sortear el frío, unas pocas provisiones. Caminan, buscan la manera de alimentarse, están alertas para que no los maten, duermen. “El chico estaba muy flaco”, observa el padre. “La cara chupada y los ojos hundidos. Una extraña belleza”.

Esa extraña belleza, la del chico y la de esta novela, tan dura, tan desnuda, tan terrible y dolorosa. Arc2258954 Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) ganó con el ella el Pulitzer de este año y desde su publicación ha sido un best seller literario. El despojamiento, tan característico de su escritura, es aquí aún mayor. Un día los relojes se pararon poco después de la una. “Un largo tijeretazo de claridad y luego una serie de pequeñas sacudidas”, “un fulgor rosado en la luna de la ventana”. Y el mundo de alguna manera se acabó. El padre tiene pocas cosas que contarle al niño porque casi todo lo que aprendió a nombrar ya no existe. Y siguen caminando.

La brutal violencia que estallaba en No es país para viejos, la novela anterior de McCarthy, se convierte aquí en la sorda violencia de la supervivencia. No hay nada más que ruinas. Un paisaje baldío. La amenaza permanente de todos los demás, que matarán por algo de comer (aunque vayan a comer carne humana). “Casi toda la ciudad estaba quemada. No había señales de vida. Coches en la calle con una costra de ceniza y polvo. Rastros fósiles en el fango reseco. Un cadáver en un portal, tieso como el cuero”, escribe McCarthy en alguna parte del libro. En otra: “El blando talco negro barría las calles cual tinta de calamar desparramándose por un lecho marino y el frío se pegaba al suelo y oscurecía temprano…”. Y el padre y el hijo siguen caminando.

Qué obstinación más inútil. Ahí, abrazados uno junto al otro para protegerse del frío. Al final todo se reduce a que están los buenos y a que están los malos, como en tantas otras novelas de McCarthy. Y dónde parece meterse esta vez el escritor estadounidense es en lo que hay detrás de ese ciego afán de seguir cuando todo ha terminado. Pese al dolor, al frío, a la desesperanza ante el puro vacío, la muerte que todo lo anega, la ceniza. Hacia el sur. Para mantener el fuego (¿qué fuego?). Seguir siempre. Cuando se ha perdido ya la inocencia, y ha llegado la enfermedad, y la crueldad y la humillación. ¡Qué extraña belleza!

Hay 3 Comentarios

No parece que hoy sea mal día para traer a colación la extraordinaria novela de C. McCarthy, esa épica intimista del apocalipsis que, como decía alguien hace poco, ahora no recuerdo, a uno le deja con la tenaza de las lágrimas tensada en el cuello. Un día habría que comparar esta forma de conmemorar las cosas con el modo por el que opta DeLillo en su «Hombre que cae», «Hombre del salto», «Hombre del precipicio», «Salto al vacío» o como se quiera titular en castellano «Falling Man».
Sí, señor, señor Rojo. Así se hace.

No parece que hoy sea mal día para traer a colación la extraordinaria novela de C. McCarthy, esa épica intimista del apocalipsis que, como decía alguien hace poco, ahora no recuerdo, a uno le deja con la tenaza de las lágrimas tensada en el cuello. Un día habría que comparar esta forma de conmemorar las cosas con el modo por el que opta DeLillo en su «Hombre que cae», «Hombre del salto», «Hombre del precipicio», «Salto al vacío» o como se quiera titular en castellano «Falling Man».
Sí, señor, señor Rojo. Así se hace.

No parece que hoy sea mal día para traer a colación la extraordinaria novela de C. McCarthy, esa épica intimista del apocalipsis que, como decía alguien hace poco, ahora no recuerdo, a uno le deja con la tenaza de las lágrimas tensada en el cuello. Un día habría que comparar esta forma de conmemorar las cosas con el modo por el que opta DeLillo en su «Hombre que cae», «Hombre del salto», «Hombre del precipicio», «Salto al vacío» o como se quiera titular en castellano «Falling Man».
Sí, señor, señor Rojo. Así se hace.

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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