Un soplo de espanto

Por: | 18 de septiembre de 2007

Lo que ocurre en las más de mil páginas de Vida y destino es que las grandes calamidades que marcan el siglo XX dejan de ser lejanas abstracciones para encarnarse en las peripecias de sus personajes. Están ahí, pueden tocarse, hay un diagnóstico preciso de las heridas, y uno puede detenerse en cada estación del largo itinerario que recorren el dolor, la miseria, la humillación y la muerte. Y también asistir a cuanto hacen un puñado de hombres para escapar de sus garras. La novela del periodista y escritor ruso Vasili Grossman se ha presentado esta mañana en Madrid en la sede de la editorial que la ha publicado, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Se trata de una nueva traducción, la ha hecho Marta Rebón. Conviene pues celebrar el acontecimiento, a pesar del soplo de espanto que a uno lo sacude cuando recorre sus páginas.

Vasili Grossman nació en Berdíchev en 1905. En esa ciudad vivía su madre cuando los alemanes 05126062 invadieron Rusia y pusieron en marcha la maquinaria implacable del horror. En Un escritor en guerra (Crítica), el historiador británico Antony Beevor, y Luba Vinagradova, reconstruyen las peripecias del escritor y periodista cuando acompañó al Ejército Rojo entre 1941 y 1945. Lo hicieron a partir de sus cuadernos, que permanecían inéditos, y de artículos, cartas, novelas y otros materiales. Allí se lee que cuando se produjo la invasión alemana, Grossman vivía en un pequeño apartamento en Moscú, y que cuando percibió la magnitud del peligro ya era demasiado tarde para regresar a su lugar de origen y ocuparse de  su madre.

Hay una larga carta de despedida en Vida y destino. “Los alemanes irrumpieron en la ciudad el 7 de julio”, escribe una mujer ya anciana a su hijo. Enseguida le explica que aquella misma mañana le habían recordado “lo que había logrado olvidar durante los años de régimen soviético: que yo era judía”. Ahí empieza el tormento. No tardan en producirse las primeras humillaciones. Y la mujer comprende enseguida lo que significa no poder hacer absolutamente nada.

Las menudencias, esos pequeños insultos y vejaciones, y el desprecio súbito que invade a la mayoría de los habitantes de Berdíchev contra los judíos, con los que antes habían convivido sin problemas, es uno de los datos (y no el menor) para entender cómo las tropas de Hitler lo ensuciaron todo. Ahí también, en la Rusia por la que avanzaban como una apisonadora. No tardaron en crear un gueto en Berdíchev, donde fueron recluyendo a los judíos, y después llegaba "el soplo de espanto”, que avisaba a las víctimas que su hora había llegado.

“¿Sabes, Vitenka, lo que sentí al hallarme detrás de las alambradas?”, le escribe la madre a su hijo al llegar al gueto judío. “Esperaba sentir terror. Pero, figúratelo, en realidad me sentí aliviada dentro de aquel redil para ganado. No pienses que es porque tengo alma de esclava. No, no. Me sentía así porque todo el mundo a mi alrededor compartía mi destino”. El destino atroz de la muerte. Ese destino que compartieron tantos durante la Segunda Guerra Mundial y que, entre otros horrores, Grossman refleja con una maestría que pone los pelos de punta en su impresionante novela.

Hay 1 Comentarios

"¿Sabes Vitenka lo que sentí al hallarme detrás de las alambradas?"..
Le he leido con atención y esta frase se ha quedado retenida ahí , no sé si en la cabeza o en el corazón.
Creo que primero fue sentimiento y después pensamiento.
El sentimiento me pide silencio,,el pensamiento clamor , grito.
El sentimiento se hace hermano del que expresa esa madre a su hijo al llegar al gueto judío.Para llegar a sentir esa hermandad sólo es necesario pertenecer a cualquier colectivo considerado "diferente" en la sociedad de nuestros días.
Estoy pensando en ese ser humano que por una u otra causa se ve apartado del resto de sus iguales y confinado a rediles para "diferentes".
Estos son los guetos del Siglo XXI. Existen en la realidad.No son páginas de una Historia contada, ni recuerdos almacenados en la memoria de cualquier personaje de novela . No. Están ahí .En nuestras ciudades, en sus calles , en la gente que ha tenido la suerte de nacer "no diferente"y que construye cercas con el desprecio, con actitudes intransigentes,con la discriminación, con la limosna de una comprensión basada en la lástima autocomplaciente.
Los "diferentes" no sienten terror trás esas alambradas que le señalan ,y que le condenan a vivir como esclavo de unas señas de identidad que no son las de los mortales normales.
Los "diferentes" experimentan el alivio del que habla esa madre cuando estan entre los suyos. Y lo sienten así, porque los seres humanos que comparten "destino" son los más HUMANOS de los seres.Compartir destino une. Y esa unión es la más fuerte y sincera que puede existir, porque sus ataduras están basadas en el amor, la igualdad y la comprensión.

Hoy he dudado mucho Sr. Rojo. Esto no tiene nada que ver con la Segunda Guerra Mundial, ni con judios, ni con libros públicados. Esto es puro sentimiento, y para comprenderlo sólo hay que pertenecer a uno de esos colectivos.


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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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