El pistolero anarquista

Por: | 01 de noviembre de 2007

“En los meses de agosto hasta noviembre de aquel 1936, con nuestra patrulla realizamos detenciones violentas y matamos a personas por su poca simpatía por la revolución”, escribe José S. en su diario. Mataban y confiscaban bienes. Llegaban con el camión, “todos armados”, y les decían a los burgueses que no estaban “de historias” y que si intentaban resistir se pondrían todos nerviosos y sacarían las pistolas y acabarían rápido. No valían las protestas. La patrulla anarquista registraba la casa y avisaba a los dueños que ahora era suya, “y tenían que abandonarla”. Así ocurrieron las cosas en Barcelona durante los primeros meses de la guerra. Los anarquistas, después de participar los primeros días del golpe de Estado en desbaratar las maniobras de los militares insurgentes, se habían dedicado a hacer la revolución.

Hace poco se ha traducido al castellano Diario de un pistolero anarquista (Destino), de Miquel Mir, y ahí se ha incluido ese excepcional hallazgo: el diario (no es exactamente un diario: más bien habría que hablar de una suerte de relato autobiográfico que resume una vida) de José S., un pistolero anarquista de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), a la que se había incorporado en los años veinte y a la que sirvió con su patrulla para hacer el trabajo sucio. No se anda por las nubes cuando recuerda aquellos días. Es la historia de un tipo que recibe órdenes y que está convencido de estar en el lado correcto, el de la revolución. De vez en cuando se refiere a sus superiores y dice que “formaban un grupo violento y sin escrúpulos”.

Los trabajitos se hacían siempre de noche, “de forma clandestina”. “Nos desplazábamos en las casas donde había que hacer el registro nos llevábamos al sospechoso al camión y cuando estábamos en un descampado en las afueras de Barcelona, les metíamos un tiro y los dejábamos en las cunetas de las carreteras o caminos”.

Todas estas cosas se sabían, pero lo que impresiona es el tono del relato. A José S. lo obligaron en enero de 1914 a embarcarse e ir a luchar a Marruecos, con los curas bendiciendo la expedición. Desde allí vino ya con el odio puesto a los militares. Trabajó en un taller mecánico, participó en huelgas, se hizo anarquista para defender mejor sus reivindicaciones contra los patronos (y contra los pistoleros de los patronos). Poco después del golpe de Franco, le tocó ocuparse de la parte financiera: “Las órdenes eran entrar en las iglesias y conventos y saquear las piezas de oro de plata o de más valor que nos servirían para venderlas y comprar armas para la causa revolucionaria”. José S. no tiene ningún problema en contar que, a partir de un momento, parte de las piezas robadas las guardaban (junto a sus cómplices más próximos) en su taller para prevenir el futuro. De eso vivió cuando terminó la guerra.

Ayer se aprobó la Ley de Memoria Histórica. El otro día la Iglesia beatificó a 498 víctimas de los excesos que se produjeron en la retaguardia republicana en los primeros meses de la Guerra Civil. El testimonio de José S. importa para saber la verdad.

Hay 1 Comentarios

La SINRAZÓN de las guerras, de todas las guerras.
Los fanatismos políticos de todos los colores. Los fanatismos religiosos y los ateos.
Todos hacen del hombre un ser animalizado, y que me disculpen los animales por decir esto.
Un abuelo mío fue echado vivo a la mar fea, en La Laja, junto a otros muchos. Aquí en Gran Canaria. Sobre ellos: cal viva. No se podrán encontrar sus restos para enterrarlos dignamente.
Su delito, el de mi abuelo, unas diferencias de pareceres sobre la propiedad de un terreno agrícola. Nada de política, nada de ideología. Solamente un rencor de alguien fue suficiente para acusarle de lo que no era.
A otros muchos les pasó, unas rencillas personales y los desalmados aprovecharon la locura de la guerra para vengarse.
Así de vil y así de cruel. ¡ Qué tristeza la especie humana !

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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