La imborrable presencia de Juan Rulfo

Por: | 25 de noviembre de 2007

El 8 de enero de 1986, en París, el escritor mexicano Fernando del Paso consultó las agencias para preparar el noticiario de la noche que presentaba en una radio destinada al público hispánico. Le tocó informar de la muerte de Juan Rulfo. Ayer explicó en Guadalajara que lo hizo llorando sin llorar. Es decir, que el mundo se le vino abajo pero que supo mantener el tipo. Juan Rulfo no era para él sólo un gran escritor sino también uno de sus mejores amigos. Lo había conocido gracias a una beca de ayuda a la creación literaria. Eran cinco los agraciados, y se reunían una vez a la semana con Rulfo y Arreola (y otros) que les iban comentando los textos que escribían. Fue para él un maestro, en el sentido más literal del término.

Maestro y amigo. Cuando el encuentro terminaba, Rulfo y Del Paso (en la foto, de Guillermo Arias, está con Gabriel García Márquez) continuaban la charla en el Café del Del_paso_y_garca_mrquez Sanatorio Galinde, ahí en la avenida de Insurgentes. Hablaban de literatura y de la vida entera. Rulfo no fue nunca para él un tipo “ni tímido ni hosco” sino “abierto, sencillo, cálido”. Liquidaban una inmensa cantidad de cafés y cigarrillos, y ahí se pasaban cuatro, cinco, seis horas. La vida y la literatura dan para mucho.

El caso es que ayer, en la ceremonia de inauguración de la Feria, Fernando del Paso se empeñó en seguir hablando del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo durante el discurso en el que agradecía el Premio FIL de Literatura. Lo tuvieron que bautizar así cuando la familia del autor de Pedro Páramo se mostró indignada por unas declaraciones que hizo Tomás Segovia cuando, hace un par de años, recibió el galardón. Segovia comentó entonces que Rulfo había nacido con un don especial, y la familia entendió que lo llamaba ignorante.

Uno de los relatos de El llano en llamas, el que se titula Nos han dado la tierra, empieza así: “Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”.

Es volver a Juan Rulfo y verse sacudido por un escalofrío. ¡Qué disparate tener que llamarlo Premio FIL cuando el sentido profundo del galardón era acordarse de la grandeza de ese escritor que, lo decía Fernando del Paso ayer, “escribió sólo dos libros flacos, como él, pero inabarcables”.

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Me ha aparecido tu actualización, preciosa y muy emotiva; un bellísimo homenaje en sí misma.

Por favor, quien me quiera ayudar -y ayudarse- que visite este en lace: http://www.libertaddigital.tv/ldtv.php/foro/viewthread/3973/
Saludos!!

Gracias por hablar de la
FIL....aquì, a poquitas cuadras..ademàs las visitas obligadas a los stands, las conferencias, etc....¿quien se va a perder esas noches de musica colombiana? Un saludo.

Gracias por hablar de la
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Muy bien, Rojo; yo estuve allí; qué humor tienen esos amigos, Del Paso y Rulfo, los dos sabían que descorrer la solemnidad se hace mejor en silencio.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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