El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

En el laboratorio

Por: | 08 de noviembre de 2007

Bajo al laboratorio, igual ahí encuentro la manera de tomar la palabra y contar con decencia lo que nos está pasando. Pero, ¿nos está pasando algo? ¿Hay alguien ahí? Toc, toc: ¿ruedan las cosas? ¿No hay una mecánica perversa que repite el mismo argumento una y otra vez, que celebra y aplaude un público cautivo? ¿No nos habremos ido de la realidad sin darnos cuenta y habitamos en otra esfera? Leo a Ricardo Piglia: “La novela moderna es una novela carcelaria. Narra el fin de la experiencia. Y cuando no hay experiencias el relato avanza hacia la perfección paranoica. El vacío se cubre con el tejido persecutorio de las conexiones perfectas, le mot juste”. Si ya no hay experiencias, ¿qué hay entonces?

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El entendimiento contra la sinrazón

Por: | 07 de noviembre de 2007

En primer término y derrumbados en el suelo, con la sangre y la languidez de la muerte, algunas de las víctimas que ya han sido fusiladas. En el lugar central del cuadro, el militar José María Torrijos tiene cogidos de la mano al anciano Francisco Fernández Golfín, que había sido ministro de Guerra y a quien un religioso venda los ojos, y a Flores Calderón, que durante el periodo liberal fue presidente de las Cortes de Sevilla. Se los van a cepillar. Las tropas están detrás. A la izquierda, en la fila de los que van morir, los más humildes: guerrilleros y marineros. Dos se abrazan: un gesto más de los muchos que con tanta finura supo expresar Antonio Gisbert Pérez en su Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1888), que ahora brilla en la exposición con que el Prado ha inaugurado su ampliación.

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Un rostro al miedo

Por: | 06 de noviembre de 2007

Hay un cuadro de 1952 que se llama Celebración y otro, de 1953, que se llama Mujer perro. En Cuando teníamos una casa de campo, que pintó en 1962, hay figuras irreconocibles, un tanto picassianas, con los espacios como rotos y desplazados, como si lo que hubiera hecho la artista es cortar de aquí y pegar allí. Vamos entrando poco a poco en el mundo de Paula Rego (Lisboa, 1935), pero todavía estamos en el umbral. En 1960, por ejemplo, tituló una pieza Salazar vomitando la patria. Le estaba metiendo el dedo al ojo del dictador, pero todavía no era la Paula Rego que habría de hacer de la perturbación la llave para entrar a su reino.

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Una sociedad sin disfraces

Por: | 05 de noviembre de 2007

A Azaña le afectaron profundamente las matanzas que se produjeron en la retaguardia republicana durante los primeros meses de guerra. El 22 de agosto de 1936, un grupo de incontrolados tomó la cárcel Modelo de Madrid, se llevó a unos cuantos presos que había allí y los liquidó. Uno de los que fueron asesinados fue Melquíades Álvarez, que había formado en 1912 el Partido Reformista, en el que militó Azaña. El anarquista Felipe Sandoval, un tipo turbio y sanguinario, fue uno de los cabecillas del asalto a la prisión madrileña. Carlos García Alix ha estrenado en la Seminci de Valladolid un documental, El honor de las injurias, centrado en este dantesco personaje. Para comprender los momentos iniciales de la contienda hay que reparar en ese detalle, que Azaña (como presidente de la República) y Sandoval (como matón revolucionario) estaban en el mismo lado.

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El pistolero anarquista

Por: | 01 de noviembre de 2007

“En los meses de agosto hasta noviembre de aquel 1936, con nuestra patrulla realizamos detenciones violentas y matamos a personas por su poca simpatía por la revolución”, escribe José S. en su diario. Mataban y confiscaban bienes. Llegaban con el camión, “todos armados”, y les decían a los burgueses que no estaban “de historias” y que si intentaban resistir se pondrían todos nerviosos y sacarían las pistolas y acabarían rápido. No valían las protestas. La patrulla anarquista registraba la casa y avisaba a los dueños que ahora era suya, “y tenían que abandonarla”. Así ocurrieron las cosas en Barcelona durante los primeros meses de la guerra. Los anarquistas, después de participar los primeros días del golpe de Estado en desbaratar las maniobras de los militares insurgentes, se habían dedicado a hacer la revolución.

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El País

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