Una sociedad sin disfraces

Por: | 05 de noviembre de 2007

A Azaña le afectaron profundamente las matanzas que se produjeron en la retaguardia republicana durante los primeros meses de guerra. El 22 de agosto de 1936, un grupo de incontrolados tomó la cárcel Modelo de Madrid, se llevó a unos cuantos presos que había allí y los liquidó. Uno de los que fueron asesinados fue Melquíades Álvarez, que había formado en 1912 el Partido Reformista, en el que militó Azaña. El anarquista Felipe Sandoval, un tipo turbio y sanguinario, fue uno de los cabecillas del asalto a la prisión madrileña. Carlos García Alix ha estrenado en la Seminci de Valladolid un documental, El honor de las injurias, centrado en este dantesco personaje. Para comprender los momentos iniciales de la contienda hay que reparar en ese detalle, que Azaña (como presidente de la República) y Sandoval (como matón revolucionario) estaban en el mismo lado.

El hombre de letras y el criminal que se ampara en una organización sindical. Cuando se produjo el golpe Azaa_en_valencia de los militares insurgentes, Azaña (en la imagen, dando un discurso en Valencia) intentó tomar las riendas de la situación y encargó a Martínez Barrio que formara gobierno. Ahí surgieron las dificultades, ahí se vio que los rebeldes habían partido la República en dos. Las centrales sindicales estaban demasiado insatisfechas con los políticos burgueses que, así lo entendían, habían gobernado con demasiada timidez. Así que el PSOE, cuyas bases se escoraban en aquellos momentos de crisis cada vez más hacia la llamada de la revolución, se negó a participar de la iniciativa de Martínez Barrio, que terminó por fracasar. Giral fue entonces el encargado de tirar del carro.

Los rebeldes no consiguieron tomar el poder, pero con la ayuda alemana trasladaron las tropas africanas a la península y empezaron su avance incontenible (y brutal) hacia Madrid. En septiembre, Largo Caballero sustituyó a Giral como jefe de Gobierno. Azaña no se entendió con el líder socialista y fue desapareciendo poco a poco de escena. Terminó lejos, recluido en Montserrat. Al iniciarse 1937, recuperó un tanto la iniciativa, siempre ya en segundo plano.

El 18 de julio de 1938, tras dos años de guerra, Azaña tomó la palabra en el Ayuntamiento de Barcelona e hizo un largo discurso, el último de los suyos. Hoy se ha presentado en Madrid la versión del mismo en CD (y mañana, la nueva edición de sus obras completas). “Paz, piedad y perdón”, decía allí para terminar.  Poco antes había hablado de que la guerra había acabado con todos los disfraces. Estaría pensando, quién sabe, en las barbaridades que hizo Sandoval, o en las que hicieron tantos como él. Asesinatos injustificables, ajustes de cuentas, pillaje. La guerra había desnudado a los españoles, les había quitado la máscara. Por eso Azaña pedía paz, piedad y perdón, porque una sociedad sin disfraz no puede sostenerse ya, está definitivamente astillada y destruida, y nada bueno puede construirse con  rabia, rencor y resentimiento. 

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Gracias. Siempre lo había vivido como 2 bandos y punto, pero claro, había de todo en todos lados. Paz, piedad y perdón. Me encanta

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Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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