El ornitorrinco con alas

Por: | 30 de septiembre de 2008

“1 poeta es necesariamente un ornitorrinco con alas”, escribió. Y también: “La lluvia tarda en cortarse las venas”. Le pusieron el nombre de José Alfredo Zendejas Pineda cuando nació, pero en cuanto supo que iba a dedicarse a la poesía se lo cambió. Entendía que había un único José Alfredo (Jiménez), ese tipo que ha sabido ponerle música a los arrebatos amorosos más radicales: así que quiso que lo llamaran Mario Santiago. Luego colocó detrás Papasquiaro para hacerle un homenaje al pueblo donde había nacido uno de sus héroes, José Revueltas, el revolucionario mexicano al que fueron echando de todas partes por su carácter crítico y del que se dice que fue inspirador del movimiento estudiantil que en 1968 estalló en la plaza de Tlatelolco. En 1974 fundó la revista Zarazo, donde germinó el movimiento infrarrealista que en 1976 irrumpió como un vendaval  en la poesía mexicana. Mario Santiago Papasquiaro es el que lee libros bajo la ducha en la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Es Ulises Lima. Esa fuerza de la naturaleza que recorría andando la ciudad de México y que se fue a Israel porque estaba loco por una mujer.

Hace ya unos meses que apareció en Fondo de Cultura Económica Jeta de Santo, una antología poética Mario_santiago_papasquiaro_y_robe_3 que incluye algunos de los poemas que hizo entre 1974 y 1997. Sólo algunos: Mario Santiago Papasquiaro era torrencial y escribió miles y miles de versos. Cuando en 1992 publicó los 59 poemas que reunió en su libro Aullido de cisne confesó que aquello era sólo la décima parte de lo que había “garabateado” desde 1973 (en la imagen es, arriba, el segundo desde la izquierda, y Bolaño, el cuarto).

Era excesivo en todos los órdenes. Basta recorrer las páginas de Los detectives salvajes para atravesar la médula de un hombre que convirtió las palabras en una forma de vida y que hizo de la poesía su manera de respirar. Juan Villoro contó en el perfil que escribió sobre Papasquiaro cuando murió atropellado a los 44 años que cuando le decía que sus poemas le parecían “una mamufada”, le respondía “Eres un pendejo”. Y añade: “Cuando me gustaban, me los arrebata furioso: ‘Eres todavía más pendejo”.

La brutal corriente de alguno de sus poemas, como su larguísimo Consejos de 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger, te arrastra y te golpea contra las piedras de la vida. “La Poesía es psilocibina ardiente”, dijo una vez, y es verdad que sus versos te colocan con feroces latigazos de pura psicodelia. “Me largo de este verso igual que vine // Desnudo: fulgurante: icárico: atroz // Igual arderé nirvánico o terrestre // Al este o al oeste / adánico mearé”, puso al empezar uno de sus poemas. Y otro lo terminó así: “Amanezco garabato / anochezco grito // Mi música es opiácea // Mi cascada de 1 fulgor punzocortante”. Mario Santiago Papasquiaro, uno de los detectives salvajes, un poeta inmenso, un exceso de la naturaleza que se fue demasiado rápido. Desde aquí te saludo y corro a buscar esa flecha que, como dijiste, Rodolfo Hinostroza disparó como nadie: “la poesía es el sonido que hace una pluma al caer en el fondo del Cañón del Colorado”.

Hay 4 Comentarios


En efecto, "La lluvia tarda en cortarse las venas". La sencillez y la imagen brutal, al mismo tiempo rápida y pausada. La impresión de la permanencia de la lluvia, la tardanza, la muerte lenta al desangrarnos, pero la rotundidad de "cortarse", una palabra dura como el gesto que sugiere, mientras "venas" queda en un tono apagado, de resignación, como sabiendo su función sintáctica secundaria y eso fuera idéntico a su insignificancia, a no atreverse a levantar la voz. El asesinato no es una de las bellas artes: es el suicidio. Los suicidios literarios, el tren de Anna -el viejo imaginado mientras la locomotora la embiste-; la inmensa crueldad del malévolpo Flaubert, con Emma comiendo a puñados el arsénico ante los ojos del dependiente enamorado. Los suicidios que nos alertan en quienes hemos conocido: irse al mar con unas pastillas de más, para darse valor o para adormecer el miedo, y procurarnos a nosotros la impresión tenue del agua propicia y asesina, cuando quizás hubo resistencia, agonía en un espacio ingrávido, sin vida a la que agarrarse. Recordar a quien se decidió, porque podía, por el disparo en la frente, deseando que el espectáculo de su encuentro tomara la forma de su rencor en la carne desorientada; o quien se fue de casa de sus padres para que nadie interrumpiera su sueño y las pastillas tuvieran el tiempo en sus manos con forma de abismo; o atreverse a la distancia del suelo desde el puente, a la inmundicia de los gestos torpes, el aire sin límites y la tierra endurecida. Estáis ahí siempre, sin que pueda recordaros más que en ese instante, Emilio, Jorge, Roger, Leo...¿Hasta ese punto todo pudo con vosotros, hasta ese punto os fallamos de uno en uno?

"La lluvia tarda en cortarse las venas "
Atrapada me he en esas siete palabras .
Y bulle y vuelve , adelantando la blanca sonrisa ,
avanzando lentamente , olvidando ,
curando con amor las residuales heridas.
Pues no importan ni el calendario ni los días
sino saber que cuando la lluvia se corte las venas
sabremos donde se acaba el tunel
y a qué hora comienza la VIDA.

¿ Qué quiere que le diga?
La tonalidad aguda del grillo se vuelve ritmo ciego cuando no se quiere mirar hacia la otra orilla.
Podría haber buscado a Papasquiaro en Google y haber confeccionado el comentario ese que al editor le pedía , pero eso sería engañar tanto a la noche como al día.
Desconozco todo sobre este "ornitorrinco con alas"gt y creo que para poder decir palabra, minímo haber leido algo de su psicodelia

Gracias por recuperar a Ulises Lima, digo a Mario Santiago Papasquiaro. Habiendo leído Los detectives..., admirado a Bolaño gracias a usted, es un placer que nos acerque a este autor, a este poeta.

Editor,

por muy quemado que este y aunque se hallan hecho en esta publicacion obituarias y articulos comentando en la perdida de Paul Newman, agradeceria y apreciaria mucho un comenatrio o resenha sobre este grandisimo hombre.

Un saludo

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Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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