La vida disoluta

Por: | 11 de septiembre de 2008

Todo el rato van de un lado a otro, toman copas, bailotean, fuman, quieren montar una pieza de teatro,  se van de excursión en hermosos coches que circulan a grandes velocidades. Llegan hasta las colinas, se detienen, ahí abajo en el valle está Turín. La guerra ha terminado hace poco y hay lugares donde se conservan huellas de la destrucción. Clelia ha vuelto en enero a su ciudad natal desde Roma, va a pasar una temporada, debe ocuparse de montar una tienda. Llega al hotel. Un baño y un cigarrillo. “A mí me parecía que jamás me había relajado un momento”, piensa. Pide un té. No se lo traen y se impacienta. Así que abre un poco la puerta y descubre que hay lío. De una habitación próxima dos batas blancas sacan una camilla donde está tendida una muchacha. Esto es Pavese (acabo ya con el escritor italiano) y es Entre mujeres (Lumen; traducción de Esther Benítez) y se publicó en 1949.

Un año más tarde el que salió en una camilla de la habitación del Hotel Roma de Turín fue el propio Cesare_pavese_iii Pavese. Se había quitado la vida después de salir de su casa y decirle a su hermana, con la que vivía, que se iba de viaje. Hizo unas cuantas llamadas, alguna desafortunada, y se tumbó y se cepilló un montón de somníferos. Lo mismo que había hecho Rosetta, la chica del hotel en el que se alojaba Clelia. Pero ella sobrevivió.

Clelia había salido de Turín con Guido hace ya muchos años, loca de amor, dispuesta a darlo todo, llena de vida e ilusiones. Se torcieron las cosas, pero supo salir adelante. Ahora tiene más de treinta años, un buen trabajo, se la respeta. De algún modo ha triunfado. Trabajando duramente. “Usted odia el placer de los otros”, le dice un amigo. No, no ha sabido relajarse nunca. Le cuesta desconectar.

La vida da vueltas, y Clelia conoce a Rosetta, la suicida que no terminó de rematar. Las cosas en esta novela pasan sobre todo entre mujeres –Clelia, Rosetta, Momina, Nene, Mariella…-, y muchas de ellas tienen mucho dinero. Los hombres sólo forman parte del decorado. Está la vida disoluta, y la presencia cercana de la muerte, y el regreso a casa y la impresión profunda de haber fracasado (“me preguntaba si merecía la pena afanarse por llegar a donde había llegado, y no ser ya nada”). Son tristes y tienen la náusea, dice alguien en algún momento. Esta es la atmósfera: “el asco de vivir, de todo y de todos, del tiempo que se escapa tan pronto y sin embargo no pasa nunca”. Lo dice una chica, luego enciende un cigarrillo y toca el claxon.

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Recuerdo la imagen de una página manuscrita de Pavese. Era casi ilegible, por la promiscuidad ávida que se establecía entre las líneas del texto original y las correcciones del autor. La sencillez es un resultado del inmenso trabajo, deponiendo las armas de adjetivos, aposiciones, repentinas metáforas a las que cuesta resistirse, que dotan al texto de obesidad, más que de corpulencia. Hay que estar muy seguro de uno mismo para firmar estas rendiciones condicionales ante la literatura, porque todo el mundo sabe que cuesta más borrar lo escrito que escribir sobre un papel en blanco. Imaginé los borradores que habían ido acumulándose sobre el poema que prefiero de "Lavorare stanca", "Dopo", y el desaliento se hizo carne y habitó en mis costumbres...

Fleam of the present.

Sometimes, when
memories and
beautiful pleasures
determine a dream,
I hear the sunset,
a timid intention
and the sound
of a care near
the song of my
shoulder: you give
me the answer,
the sun and
the blackbird.

Francesco Sinibaldi

Compré en Roma un libro de poesía de Pavese que luego apenas leí.
Nunca había oido hablar de él (estamos en 1991), ni sé por qué se me antojó comprar, precisamente, aquel libro.
Y ahora que lo he perdido se me aparece por todas partes... :-) (son aquellas pequeñas cosas...)

Qué extraña relación hay entre la buena escritura y el suicidio!

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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