En otro mundo

Por: | 04 de febrero de 2009

En su Ravel (Anagrama, Traducción de Javier Albiñana), Jean Echenoz describe así al compositor francés cuando, en San Juan de Luz, acaba de prepararse para ir a darse un chapuzón en la playa. "Vestido con una bata amarillo dorado sobre un traje de baño negro con tirantes y tocado con un gorro de baño escarlata, se entretiene un momento al piano, tocando una y otra vez con un dedo una frase sobre el teclado". Está con un amigo, le pregunta si no le parece que hay "algo insistente" en ese motivo que ha estado repitiendo obsesivamente en el teclado. Luego se van, Maurice Ravel nada un rato y sale del agua para tumbarse en la arena. Vuelve a pensar en aquella frase. "Estaría bien hacer algo con ella. Por ejemplo podría repetirla varias veces pero sin desarrollarla, tan sólo haciendo subir el tono a la orquesta, y graduarla lo mejor posible mientras pudiera". Es el origen de su célebre Bolero.

Trabaja alrededor de un mes en "esa cosa sin esperanza y de la que nada cabe esperar", y por fin la Maurice_ravel_au_piano_1912 termina. "En última instancia, es algo que se destruye, una partitura sin música, una fábrica orquestal sin objeto, un suicidio cuya única arma es la ampliación de sonido", apunta Echenoz. Ravel (en la imagen, en su casa de Montfort-l’Amaury) no espera gran cosa de la pieza, piensa que nadie la programara, quizá sirva para ser bailada. Mientras se ocupaba de su composición, visitó con frecuencia esos lugares que tanto le gustan: los paisajes industriales. "Un día pasa con su hermano por la fábrica del Vésinet y le dice: Ves, ésa es la fábrica del Bolero".

El libro tiene poco más de cien páginas. Se inicia cuando Ravel se prepara para iniciar una gira por Jean_echenoz Norteamérica a finales de 1927 y termina, diez años después, cuando muere. Jean Echenoz (la foto es de Daniel Mordzinski) sigue al compositor con una complicidad cargada de ternura y lo trata con afecto, y va contando, con minuciosidad, los trajes que se pone y sus maneras tan particulares de tratar con los que le rodean. Sabe, además, deslizarse a ese rincón donde concibe sus composiciones y, por eso, hay mucho de la música del propio Ravel en la música de la prosa de Echenoz, tan amiga de dar vueltas y vueltas y de encontrar curiosos paralelismos y sorprendentes chasquidos de humor. Tan fresca, tan limpia, tan ágil, tan leve.

Es el mundo de un compositor que ha triunfado y es también la historia de su vertiginoso deterioro. Un día, interpretando una sonatina, se salta el minueto. Algo ha dejado de funcionar. Todavía tendrá tiempo de componer algunas de sus piezas más brillantes. Como el Concierto para la mano izquierda, que le encargó Paul Wittgenstein (el hermano mayor de Ludwig, el filósofo), y que se empeñó en escribir al mismo tiempo que su Concierto para piano en Sol mayor. Lo que se escucha en su Adagio assai es una música que está ya del otro lado de las cosas, más allá de los paisajes que recorría Ravel cuando ya le quedaba poco, en otro mundo.

Hay 1 Comentarios

esta muy interesante el tema gracias por publicar este tipo de informacion.
http://respuesta-rapida.net

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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