El reclamo de la banalidad

Por: | 19 de mayo de 2009

Lo que desde el principio se subraya en la exposición que el Grand Palais de París dedica a Andy Warhol es la afirmación del artista de que, hiciera lo que hiciera (un bote de sopa Campbell’s, una botella de Coca Cola, la cara de Marilyn Monroe), siempre estaba haciendo retratos. Y es justo ése el hilo conductor de la muestra: exhibir la multitud de formas en que se acercó al rostro humano (y al animal: ahí está su célebre cabeza de vaca con la que empapeló una galería) y lo llevó a sus obras. Las cosas que hizo el artista pop (El gran mundo de Andy Warhol se llama la exposición) son cosas ya familiares para todos, y verlas ahí reunidas, más que sorprender, confirman la cercanía de unos procedimientos que están ya incrustados en nuestra manera de ver la vida.

Tiene interés la magnitud del desafío, son 150 los retratos reunidos, y resulta gratificante acercarse al laboratorio del artista, a su manera de trabajar y a sus afanes. Se impuso la máxima de que convenía que los retratados salieran favorecidos e hizo cuanto estuvo en su mano por ocultar cualquiera de sus defectos. Los modelos llegaban, eran cuidadosamente maquillados, Warhol disparaba entonces una ristra de polaroids, a partir de las cuales trabajaba esas serigrafías que inmortalizaban a unos personajes que debían cumplir rigurosamente alguno de estos dos requisitos: ser ricos o famosos. Ahí están sus obras sobre Jackie Kennedy, Mao, Mick Jagger, Man Ray, Valentino, Basquiat, Carolina Grimaldi, Giorgio Armani, la princesa Diana o Elvis Presley, entre otras muchas.

Andy warhol ethel Skull

 El coqueteo con el gran mundo de la aristocracia del dinero y el glamour es uno de los elementos centrales de la exposición (seguramente Ethel Scull, 36 veces es una de las mejores piezas: no en vano el rostro repetido de la rica galerista neoyorkina sirve de reclamo de la muestra). Warhol no ocultó nunca que siempre quiso ser un artista comercial y tampoco maquilló su adoración por Hollywood. La fascinación por las estrellas y la complicidad con las más variadas estrategias para acceder a grandes públicos (la publicidad, las revistas, el cine) forman parte de su particular manera de hacer las cosas. Por eso resultan llamativos algunos de sus experimentos menos complacientes con el mercado. Uno de ellos fue apadrinar la aventura musical de The Velvet Underground, un grupo que no hizo ninguna concesión a la facilidad, y otro, esas películas en las que se demoraba eternamente en un mismo plano. Ninguno de estos dos aspectos tiene relevancia en la muestra del Grand Palais. Sí está una de sus ocurrencias, y es de lo mejor: los Screen Tests muestran durante cuatro minutos el rostro de diversos personajes (Dennis Hopper, John Ashberry, John Giorno, Nico, Edie Sedwick…) grabados en un plano fijo. Hay frialdad, angustia, seriedad, buenas maneras e, incluso, una contagiosa coquetería entre los distintos matices que atrapa la cámara.

No hay quien se resista a la ligereza de Warhol cuando se descubre alguna de sus piezas en, por ejemplo, una antología de arte contemporáneo. No es pretencioso y tiene sentido del humor, y está la fuerza de sus colores rotundos y su gusto por la repetición de motivos. No ocurre lo mismo en la muestra del Grand Palais (ha habido otras formas de acercarse al artista). Tanto Warhol termina por atragantar. O ni siquiera: sólo aburre. E incomoda, quizá, su afán permanente de hacer la pelota a sus ricos y famosos.

Hay 2 Comentarios

No solo hizo retratos de ricos y famosos , de los primeros que fueron retratados fueron travestis,son de la misma epoca que los retratos deMick Jagger

Si lo banal se toma en vano se banaliza; e igual que nos cuesta captar lo profundo del mundo cuántico, y nos desasosiega no comprenderlo, nos hastía la repetición de lo insustancial percibido una y otra vez. Luego: no tomarás lo banal en vano ni santificarás lo vacuo.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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