El lugar del pudor

Por: | 29 de julio de 2009

En su ensayo Ante el dolor de los demás (Alfaguara, traducción de Aurelio Major), Susan Sontag escribe que vivimos en un mundo de imágenes pero que, a la hora de recordar, "la fotografía cala más hondo". Dice también que "la fotografía es como una cita, una máxima o un proverbio". Apunto estas reflexiones porque la escritora estadounidense es una presencia abrumadora en la exposición Vida de una fotógrafa 1990-2005, que se exhibe en Madrid dentro del programa de PHotoEspaña. Se ha reunido ahí la selección de imágenes que hizo la propia Annie Leibovitz para resumir su trayectoria. Fue la compañera de Susan Sontag y fotografió su historia común, incluida la parte más dolorosa. En 1998 le diagnosticaron a la escritora un cáncer. La manera de llevar la enfermedad, su batalla: todo eso está en el trabajo de Annie Leibovitz. Sontag exploró en Ante el dolor de los demás la relación entre la fotografía y la guerra. Leibovitz (y también ella) nos colocan en este caso ante su propio dolor.

Es muy complicado intentar trasladar las emociones contrapuestas que genera la exposición de Annie Leibovitz, En gran formato están ahí las imágenes que la han hecho célebre y que, incluso en España, forman ya parte de la banda sonora de una época. Realizadas con una extrema perfección técnica, la mayoría son retratos de personajes famosos. Y han sido portada de las publicaciones con más glamour. No dicen gran cosa. Tienen la banalidad de lo previsible, una voluntad de provocación un tanto ingenua (el embarazo de Demi Moore) o procuran trasladar algún símbolo secreto (ahí está Bob Wilson posando con una inmensa bombilla encendida: ¿será la inspiración?). Seguro que Leibovitz quiso tratar de la belleza cuando fotografió a Leonardo DiCaprio con un cisne, o del poder cuando colocó a Colin Powell con su uniforme y sus medallas en un rotundo primer plano. Todo, por así decirlo, muy de andar por casa. Trivial.

En pequeño formato (casi siempre), y habitualmente en blanco y negro, están las imágenes que hizo Leibovitz de su familia (y de Susan Sontag). Cuando uno pasa del retrato del personaje público a las fotos de papá y de mamá y de la amada algo cambia bruscamente. Es cuando tiene razón Sontag cuando dice que la fotografía, a la hora de recordar, "cala más hondo". Hacemos y guardamos y coleccionamos imágenes porque conservan lo que pasó. Lo salvan de la tarea inclemente y parsimoniosa del tiempo, que todo lo masacra, y conservan las huellas de la propia intimidad, las cosas de nuestras vidas.

Susan sontag en casa

¿Qué pasa entonces cuando la intimidad, eso que se quiere conservar para los más próximos, se exhibe en público? Susan Sontag cubriéndose en la bañera el lugar del pecho que le acaban de quitar; Susan Sontag en el hospital Monte Sinaí; Susan Sontag tirada en la cama de un hotel; Susan Sontag, en Petra, en Londres, en Venecia, en Sarajevo...; las conchas y las piedras y los manuscritos de Susan Sontag; Susan Sontag, en el ataúd. "La designación de un infierno nada nos dice, desde luego, sobre cómo sacar a la gente de ese infierno, cómo mitigar sus llamas", escribió en Ante el dolor de los demás. "Con todo, parece un bien en sí mismo reconocer, haber ampliado nuestra noción de cuanto sufrimiento a causa de la perversidad humana hay en un mundo compartido con los demás". Estaba refiriéndose a la guerra. ¿Vale lo mismo, entonces, cuando se trata de la enfermedad?

Hay 2 Comentarios

La intimidad, el pudor, la privacidad en definitiva, están en regresión. Conozco hoteles en los que el baño, integrado en la habitación doble, es imposible de aislar a la vista del otro. Empieza a no ser privado ni la expulsión de las excretas ( como en las letrinas de la antigua mili).Gente dispar cuenta sin reparo sus experiencias amatorias en programas de telebasura. Todo es transparente menos los flujos de capital y las cuentas secretas en paraísos fiscales. Se vota a un cliente de prostitutas caras (Berlusconi) y Aznar nos enseña sus músculos relucientes. El cuerpo da más prestigio que las ideas. Y más votos. Se envidia al que obtiene éxito (y dinero) al precio que sea. La corrupción no es vista como un mal, se admira a los corruptos ( sobre todo si no son pillados “in fraganti”). Más de un treinta por ciento de los empresarios no ve mal el soborno ( siempre que sea discreto, privado, íntimo, que no se conozca…). Vivimos en la paradoja de que lo íntimo no importa que sea público y lo que debiera de conocerse se oculta. Nos interesa más saber con quien sale el rico o el famoso de turno que lo que paga a Hacienda (lo que oculta).
De lo íntimo, de lo privado, de las vidas ocultas siempre se ha hecho buena literatura, arte en general. No trato de hacer alabanza de la ocultación, del puritanismo. Berlanga no diferencia erotismo y pornografía pero se distingue entre sus películas y las que interpreta Nacho Vidal. El hijo de Susan Sontag, David Rieff,no ha vacilado en entrar en los diarios de su madre pero ha escrito sobre ella ( Un mar de muerte) un libro honrado, un homenaje decente y emocionante. No sé, sin embargo, si Leivovitz, mostrando fotos de Susan muerta homenajea a su pareja o da carnaza al espectador ( un espectador que, por supuesto, ella no ha contribuido a conformar así).
Si Malcom Lowry viviese hoy en cualquiera de nuestras ciudades sería acompañado hasta las puertas de los garitos que frecuentaba por numerosos paparazzis; esperarían allí a que saliese para retratarle borracho. Se perderían ellos y, claro está el público ávido de ver esas fotos, lo que era realmente interesante: la sordidez del garito en sí, los espacios donde el hombre puede perderse hasta fronteras inimaginables. En aras de un pudor, éste si, falso.

Mr. Red, creo que ya estás preparado para unas clasecitas de YouTube. ;)

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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