Ceremonia de la confusión

Por: | 30 de septiembre de 2009

Hay un tipo en chándal, pantalones cortos y chaqueta, y con calzado deportivo que aparece entre el público poco antes de iniciarse la función. Es el teatro Valle Inclán, Madrid, Centro Dramático Nacional. En unos minutos va a empezar el Don Carlos, de Friedrich von Schiller, que ha dirigido Calixto Bieito. El tipo se pone a cantar una canción de los Beatles, desafinando, y tiene la rara cualidad de hacerse enseguida insoportable: por sus gestos, sus movimientos, su estilo, su voz. Se piensa entonces que seguramente se trata de un aperitivo inocuo. Pero no es así: ese tipo (Rubén Ochandiano) es el que hace en la función de Don Carlos. El personaje que construye es blando, sin relieves, llorón, y al que muchas veces ni siquiera se le entiende.

No han pasado muchos minutos y ya se ha bajado los calzones para dejar su miembro al aire. Delante suyo, el personaje de Isabel de Valois exhibe sus pechos desnudos. El director no debe haber creído demasiado en las palabras de Schiller y por eso los ha invitado a mostrar de ese modo que se deben de gustar. No pasa mucho tiempo y hay un pasodoble y que algún actor hace el ademán de torear. Conviene advertir otro detalle: los chicos visten con ropas de este tiempo y las chicas están enfundadas en trajes de época: no se sabe bien por qué. Otra cosa: cuando algunos actores están tratando de sus pasiones en el proscenio, en la parte de atrás los demás se dedican a hacer gestos: tampoco se sabe por qué. La pieza se desarrolla en un invernadero y, de pronto, surgen no se sabe de donde ni porqué un chico y una chica manchados de tierra. Tanto asunto intrascendente entretiene, pero de los conflictos de la obra no se tiene noticia alguna. La empanada mental del que puso en escena semejante engendro es monumental: ni siquiera en las piezas colegiales se consume tanta osadía en propuestas que nada significan.

Don carlos 

El Don Carlos de Schiller sigue teniendo un inmenso interés. De lo que ahí se trata, tal como analiza Rüdiger Safranski en su biografía del escritor alemán (Tusquets, 2006; traducción de Raúl Gabás), es de los abismos a los que puede conducir la moral revolucionaria. La gran tensión en la obra no es la que se produce entre el príncipe y Felipe II, pues a Don Carlos le falta dar el paso para romper con los lazos que lo atan a su desesperada pasión por la reina Isabel de Valois (y le falta por tanto autonomía política). Así que el choque, brutal y radical, es el que se produce entre el rey y el marqués de Poza. Uno representa el viejo orden; el otro, la libertad. El absolutismo frente a la revolución. En la imponente escena en que dialogan abiertamente y sin máscara alguna (y que en este montaje salva la impresionante interpretación que Carlos Hipólito hace de Felipe II: la otra actriz que cumple es Ángels Bassas como princesa de Éboli; y punto), Poza le dice al rey: “El hombre es más de lo que vos creéis”. Y Felipe II le contesta que ya pensará de otra forma cuando de verdad conozca la condición humana. Más adelante, el propio marqués pone por delante su afán por liberar Flandés a la fidelidad a su amigo Don Carlos: “El amor a la humanidad se traga el amor al individuo…”, escribe Safranski. Tres años antes de que estallara la Revolución francesa, Schiller anunciaba ya los excesos que vinieron después.

Una historia humana trágica, la de amar a la mujer del propio padre, con un trasfondo político apasionante. Hace falta decirlo, porque quien vaya a ver el Don Carlos que ha montado Calixto Bieito no se enterará de nada. Todo lo que ocurre sobre el escenario es un marasmo sin sentido, sin columna vertebral, sin garra. Ya al final, la reina Isabel envuelve el torso del príncipe Carlos con unas vendas, y va disponiendo los explosivos. ¿Qué quiere decir el director con la imagen? ¿Qué la causa del infante sólo es viable a través de su sacrificio (y el de los que se cargue en el camino) como terrorista suicida? Si así fuera, resulta inquietante indagar en las lecturas que podrían hacerse a partir de ahí sobre nuestro tiempo. ¿La causa de la libertad pasa por la destrucción de los demás? ¿Ha querido contar eso? ¿O se trata simplemente, y es lo más previsible, de una solemne gilipollez? Eso es: doblemente gilipollez por su excesiva solemnidad.

Hay 7 Comentarios

J.A. Rojo....te sigo hace mucho tiempo y creo que la palabra gilipollez de la frase final no te honra. Los insultos no son argumentos.

Estimado Odón,
siento mucho el calambre. Espero que no vuelva a pasar.
rojo

Lo mejor de la puesta en escena, Carlos Hipólito comiendo un yogurt. Creo que en este pequeño acto Bieito nos transmite la esencia de su interpretación rompedora de la obra de Schiller.

No he leído jamás una sola buena crítica a una obra montada por Calixto Bieito. Tampoco he visto ninguno de sus montajes. Eso sí, me parece sospechosa tanta unanimidad. Aunque no dudo que el montaje no sea acertado. Eso tampoco.

Un nuevo traje del emperador; el mundo del arte está plagado.
Pero, ¡cuidado! Estuve a punto de no leer el texto completo, sufrí un calambre:

delante.
1. Adverbio de lugar que significa ‘en la parte anterior’, ‘enfrente’ o ‘en presencia de alguien’. Se usa normalmente seguido de un complemento con de que expresa el término de referencia: «Delante del espejo, me pregunto si ella tuvo que mentir tanto como yo» (Marsillach Aniversario [Esp. 1992]); «No digas malas palabras delante de una dama» (VLlosa Tía [Perú 1977]). Cuando el complemento con de está explícito, en el habla coloquial o popular americana se emplea indebidamente el adverbio adelante en lugar de delante (→ adelante, 3).

2. Por su condición de adverbio, no se considera correcto su uso con posesivos: delante mío, delante suyo, etc. (debe decirse delante de mí, delante de él, etc.). En el habla popular de la zona andina (el Perú, Bolivia y el Ecuador) se usa con posesivos antepuestos, en construcciones precedidas de la preposición en (más raramente por): Riñó al niño en mi delante. Se recomienda evitar esta construcción en el habla esmerada.


[Diccionario panhispánico de dudas ©2005
Real Academia Española © Todos los derechos reservados]

Hacen falta críticas de teatro así, ajenas a la publicidad rosana-torresista. Enhorabuena por la independencia y el criterio.

¡Bravo!
Por la crítica. Por no tener miedo y escribir sobre teatro

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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