Las razones de la sinrazón

Por: | 14 de enero de 2010

"Sé que mi Giulio es mi Giulio", dijo alrededor de septiembre de 1927 la señora Canella. "Desde que lo vi no he dudado nunca ni jamás lo haré. Menos aún ahora que he vivido en intimidad con él, mi marido. Me lo dice mi cuerpo, pero sobre todo su ser moral e intelectual. No desistiré y pienso luchar hasta ganar". Este comentario lo recupera Leonardo Sciascia en El teatro de la memoria (Tusquets; traducción de Juan Manuel Salmerón), en uno de los pasadizos que reconstruye del laberíntico caso que mantuvo en vilo a Italia durante años. En marzo de 1926 un pordiosero fue detenido en el cementerio de Turín cuando intentaba escapar tras robar un jarrón de bronce. No sabía quién era, sólo llevaba un papel encima fechado en Estambul en 1924 que no revelaba nada de su identidad y se comportó en comisaría de manera violenta: “trató de tirarse por las escaleras, empezó a darse coscorrones contra la pared”. Así que lo internaron en el manicomio de Collegno y, poco después, se publicó en el dominical del Corriere della Sera su foto con un anuncio: “¿Quién lo conoce?” Decían de él que hablaba perfectamente italiano. "Es persona culta y distinguida, de unos cuarenta y cinco años". Ahí empezó el embrollo.

Muchos encontraron que aquel hombre se parecía mucho al profesor Giulio Canella, dado por desaparecido el 25 de diciembre de 1916 durante una de las tantas batallas de la Gran Guerra, concretamente en la de Nitzopole, cerca de Monastir, Macedonia. Su hermano fue a visitarlo a Collegno, pero no lo reconoció. Sí lo hicieron otros amigos, así que el 9 de marzo fue la propia señora Canella la que se acercó al manicomio. Se vistió con las prendas que llevaba en 1916. Vio de lejos al que podía ser su marido, se cruzaron, no pasó gran cosa. El tipo dijo que no se acordaba, pero que había sentido una emoción que "no sabría explicar". De pronto irrumpió la mujer. Exclamó "¡Giulio, Giulio mío!" y se arrojó en sus brazos.

Los Canella eran una familia poderosa y con mucho dinero, así que el tipo salió del manicomio y se fue con su señora a Desenzano de Garda, donde habían estado de viaje de novios, y allí se afanó por recuperar la memoria. Poco tiempo después alguien avisó a la policía que aquel huésped de Collegno era el tipógrafo turinés Mario Martino Bruneri, hijo de Carlo, casado con Rosa Negro. El embrollo se complicó. Pronto empezarían los juicios. La señora Canella peleó fuerte, cada vez más convencida de haber recuperado a su hombre; la policía y la magistratura, en cambio, fueron aportando un colosal repertorio de pruebas (entre ellas, las de las huellas dactilares) que confirmaban que el amnésico era efectivamente Bruneri, sobre el que pesaban, por cierto, tres órdenes de busca y captura por robo y estafa. El fallo definitivo, tras múltiples vistas, se produjo el 17 de diciembre de 1931: el tipo desmemoriado era Bruneri.

Leonardo sciascia 2 ricardo gutierrez
Sciascia (la foto es de Ricardo Gutiérrez) recorre todos los meandros del caso sin descuidar ni uno solo de los detalles y arma así una historia apasionante que tiene que ver con el poder y las leyes, con la fe y el cinismo, con la pasión recuperada por la señora Canella y su afán de permanecer en la ceguera, con las miles de razones que inventa la sinrazón. Antes de se produjera el fallo definitivo, Pirandello estrenó una obra (Como tú me quieres), en la que se inclinaba por la obstinación de la mujer. Luego Greta Garbo la encarnó en una película de 1932. Poco después de la vista oral que en noviembre de 1928 sentenció ya que el desmemoriado era Canella, la señora Canella tuvo una niña. Su padre, que vivía en Brasil, se puso hecho una furia (eran ricos y conservadores, católicos de pura cepa). El falso yerno le mandó una carta para disculparse, en la que le escribió: “¿Podían nuestros corazones ponerse límites? Cuando las aguas bajan en espantable riada, ¿quién puede detenerlas?”. Lo dicho: no hay una línea de desperdicio en El teatro de la memoria.

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La razón, inevitablemente, lleva a la sinrazón. Y es que es muy poco razonable el ser razonable.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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