Un palacio en el callejón miserable

Por: | 19 de enero de 2010

Cuando Vladimir Nabokov se ocupa de Nikolái Gógol en su Curso de literatura rusa (Ediciones B, 1997; traducción de María Luisa Balseiro) cuenta que las flores de Italia "le infundían un deseo ardiente de transformarse en nariz: de carecer de cuanto fueran ojos, brazos, piernas, y no ser nada más que una nariz enorme, 'con los agujeros del tamaño de dos buenos cubos, para poder inhalar todos los posibles perfumes de la primavera". Poco antes se había referido a la importancia de Roma en la vida del escritor. Vivió allí entre 1938 y 1942 y fue donde produjo dos de sus obras maestras indiscutibles: El abrigo y el primer volumen de Almas muertas. Escribió también un relato titulado como la propia ciudad, Roma (Minúscula, 2001; traducción de Selma Ancira), donde pone en escena a un príncipe que, tras años viviendo fuera, es sólo a su regreso cuando descubre el fulminante magnetismo de la llamada ciudad eterna. Nabokov decía de Gógol que si "se proponía escribir con la letra redondilla de la tradición literaria y tratar ideas racionales de un modo lógico perdía todo vestigio de talento", pero que cuando "realmente se dejaba ir y haraganeaba feliz al borde de su abismo particular, se convertía en el artista más grande que ha dado Rusia hasta este momento". Nikolai gogol

Roma tiene algo de las maneras desgreñadas del autor de Almas muertas, esa novela que se sostiene sobre la disparatada tarea de ir recorriendo Rusia con la única obsesión de comprar fiambres. El relato empieza ocupándose de una hermosa mujer, Annunziata de Albano, sobre la que vuelca los elogios más descomunales ("Intenta mirar un relámpago en el instante mismo en que irrumpe como un torrente de resplandor por entre las nubes negras como el carbón", así empieza la pieza, y está refiriéndose a sus ojos). A las tres páginas, aquel bellezón ha desaparecido y no volverá hasta casi el final, y sólo por un instante. Tan raro resulta el efecto que muchos pensaron que Gógol no llegó nunca a terminar el cuento.

Es la historia de un príncipe venido a menos que, después de estudiar inicialmente en Lucca y de trasladarse a vivir cuatro años a París, vuelve a Roma y se instala en el magnífico palacio de su familia, "cubierto de frescos de Guercino y los Carracci". En el relato hay algo que tiene que ver con las profundas convicciones religiosas de Gógol y con su afán de practicar el bien a través de la literatura. Por eso, seguramente, el príncipe encuentra que Roma, que "desde un principio dio vida en su seno al destino de Europa introduciendo la cruz en los oscuros bosques europeos", ha de ser el único lugar que sostenga la batalla futura contra los excesos de la razón. De su pueblo, de la fuerza e integridad de sus gentes, escribe: "Era como si, a propósito, la Ilustración europea no lo hubiera rozado ni le hubiera colocado en el pecho sus frías mejoras".

Sí, ese punto está en la Roma de Gógol, pero lo está a la manera en que aparece Annunziata de Albano: de refilón. Porque lo que verdaderamente parece inquietarlo y espolearlo y sacarlo como un poseso a la calle es la voluntad de atrapar qué es eso que tiene Roma que no la obliga a rendirse al puro artificio y al culto a la novedad que París, en aquellos tiempos, habían puesto de moda. "Le gustaba que todo se fusionara prodigiosamente, le gustaban los indicios de una capital populosa y al mismo tiempo desierta", escribe de las impresiones de su protagonista. Ese príncipe que celebra la mezcla de lo clásico y lo moderno y, sobre todo, la naturalidad con que en medio de un miserable callejón emerja la magnificencia austera y sombría de cualquiera de sus palacios. Esa Roma sigue ahí.

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Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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