Lo peor está aquí

Por: | 18 de mayo de 2010

Lo que hace Marcos Giralt Torrente en su último libro es coger la relación con su padre y empezar a quitarle una cáscara tras otra para ir al centro y probar el fruto. Tiempo de vida (Anagrama) se convierte así en un incómodo viaje a través de un  territorio minado donde todo explotar en cualquier momento. Pero es también un recorrido por un pantano lleno de lodo, donde a ratos se tiene la impresión no tanto de avanzar o retroceder sino de hundirse. Cáscara tras cáscara tras cáscara, volver a contarse la relación con el padre para situarse de nuevo en el mundo, para hacer la paz con las propias entrañas, para cerrar un ciclo --quién sabe para qué-- significa chapotear en el charco familiar, ese lugar del que siempre se está huyendo y al que se regresa una y otra vez. Es curioso que cada tanto tiempo el narrador se repita y repita que el padre no cumplió con el pacto. ¿El pacto de ocuparse del hijo, de conducirlo por la vida, de comprarle chucherías, de servirle de ejemplo y referente moral, de darle un buen cocacho? Cáscara tras cáscara. Nada está escrito, en realidad, pero en el mundo familiar uno se conduce siempre con reproches. La culpa es del otro.

Marcos giralt torrente gorka lejarcegi
Tiempo de vida va directamente al grano. Un escritor, que acumula un montón de "hondos desencuentros" con su padre, toma la palabra para contar la última temporada en la que vive con él, una vez que le han diagnosticado una enfermedad incurable. La muerte empieza a husmear por los alrededores, las cosas cambian drásticamente. Poco después de que al padre le descubrieran un quiste, el narrador apunta. "Aunque no nos lo decimos, sabemos que lo peor está aquí".

De lo que trata el libro es precisamente de eso, de lo peor. Desde el principio está lleno de fechas, como si agarrarse a los datos biográficos garantizara un paisaje fijo donde poder colocar las emociones y evitar, a corto plazo, las sacudidas más letales de la catástrofe. ¿Por qué contar esa historia, por qué ir quitando una cáscara tras otra? "El rencor, el resentimiento, me asaltan constantemente", escribe el narrador. "¿De qué lo acuso? De todo". Se da por supuesto que en el ámbito minúsculo de la familia los papeles se han repartido y que a cada cual le corresponde cumplir con su guión. Y el hijo va anunciando cómo a cada rato el padre se aparta de sus obligaciones, y los afectos se resienten, y la obsesión por las carencias marca su derrotero. El padre pinta, el hijo escribe. Un día en que este último no avanza en un proyecto, el otro le responde: "Escribe sobre un padre muy malo y un hijo que sufre mucho".

Vueltas y vueltas, cáscara tras cáscara. Cuando se atreve probar el fruto, sigue sabiendo amargo. Dos desconocidos que se acechan, dos próximos que se buscan el flanco débil para morderlo y hacer el mayor daño. Y un día llega la enfermedad, llega lo peor y se instala ahí, en medio de todo eso. Marcos Giralt Torrente (la foto es de Gorka Lejarcegi) ha tenido la enorme valentía de escribir está historia y eso que sabía que cuando se manipula la dinamita todo puede terminar estallando. Pero tuvo que atreverse, y lo ha hecho con hondura y un elegante pudor. "Saber en qué punto nos atascamos, eso dije al principio que quería", confiesa. Por eso habla de un pintor que prueba y prueba y prueba en sus lienzos y de un escritor que va arañando con su escritura ese punto donde las cosas se van al carajo. "Nos atascamos por pensar que la vida era infinita. En ese error de cálculo se originan los mayores tropiezos", escribe Marcos Giralt Torrente que, cuando se entera de lo que ocurre con su padre, toma una decisión drástica: "No me quedo en la periferia, lo acompaño en el mismo centro del dolor". Y por eso consigue penetrar en el corazón del tiempo que nos abruma y nos mata. "Nos atascamos porque él no supo crecer y yo tampoco".  

Hay 5 Comentarios

Sin duda, se trata de un libro valiente y honesto. Me gusta la idea de la cáscara, del adentrarse o hundirse poco a poco. El propio autor me subrayaba el otro día que, lo fundamental, a lo que se agarra para no convertir el texto en prosa exhibicionista, es la estructura narrativa. Yo creo que lo consigue.

Alguien que dice que no va a leer un libro siquiera antes de hojearlo es mejor casi que no lo lea. Gracias a Dios (Maria Magdalena dixit) yo soy como Fernando Savater: tengo un buen estómago.

A los de arriba, les recomiendo las memorias de Ana Rosa Quintana, pasarán unos momentos inolvidables y tendrán con qué llenar las tardes de café.

Al contrario que otros comentarios, creo que la relación padre-hijo plantea cuestiones de autoridad y de confrontación, de cuya resolución dependen una serie de valores que pueden trasladarse a todos los ámbitos de la vida en sociedad.
Solamente con el título del artículo interpreto esta invitación como inaplazable.
Gracias por esta recomendación.

No creo que lo lea. El género elegíaco no deja de ser un género más cuando no se sabe qué escribir. Esos libros recurrentes -Madre, Padre, Hijo- a lo Richard Ford o tantos otros antes que él, pues me aburren. Será porque el tema familiar, a no ser tratado en tono comedia, resulta cansino. Bueno, está lo que alimenta lo cansino: el cotilleo, si la nueva novia es brasileira o peruana. El nuevo piso. Pero, ¿de qué viven los protagonistas? Ah...la herencia.

Sinceramente no es un libro que me de ganas de leer, y eso que soy una gran lectora

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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