El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Arenas movedizas

Por: | 03 de mayo de 2010

En su última película, Shutter Island, a Martin Scorsese se le va a ratos la mano. Hay un momento en que el héroe baja por unos acantilados imposibles para llegar a orillas del mar y luego, cuando ha de volver a subir la pendiente, salen por todas partes unas asquerosas ratas que le complican el camino de regreso. O, también, cuando entra en una fortaleza y va recorriendo un laberinto de escaleras y luego se pelea con un tipo y todo ocurre en una atmósfera de pesadilla rara, de alucinación. Es verdad que la materia que está tratando puede conducirle a esos excesos (hay muchos más), pero son tan disparatados y artificiales que producen tedio. Es como si no estuviera convencido de sus recursos o como si se viera obligado a satisfacer las expectativas más primarias. Puesto que me he metido en una historia de alto voltaje, parece decirse, voy a subirlo cuanto pueda. Pero esos supuestos subidones, ese exceso de barroquismo innecesario, ese gusto por subrayar y subrayar y subrayar lo tenebroso acaso sobren en una película, por otro lado, de una exquisita factura, con un despliegue gozoso del talento de los actores y que gravita sobre un episodio inquietante, que por sí solo (y sin tantas bagatelas) puede ponerte de los nervios.

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Dos agentes federales (en la imagen, Mark Ruffalo y Leonardo DiCaprio, en un momento de la película) viajan en una lancha hacia una isla de la bahía de Boston donde está instalado un complejo psiquiátrico-penitenciario en el que se recluye a los asesinos psicópatas más peligrosos. La llegada al lugar y el simple recorrido por el paisaje humano que allí reside ya pone los pelos de punta. Los agentes van con un cometido: ocuparse de la búsqueda de una peligrosa prisionera que ha desaparecido hace unos días. El anuncio de un huracán amenaza la inquietante fortaleza. Puede que no haya oportunidad de volver a casa en unas semanas. La cosa se va poniendo por momentos cada vez más fea.

Desde muy pronto hay una conexión del héroe con su pasado, y en ese pasado salen los nazis. Recurrir a los malos malísimos en una historia siempre asegura el morbo necesario y, más aún, cuando ésta se desarrolla en una institución psiquiátrica, el ámbito idóneo para explorar las posibilidades de manipular la mente humana. Shutter Island, basada en la novela de Dennis Lehane, trata de cambios de identidad, y explora un territorio ambiguo, ese espacio fronterizo donde se mezclan realidad y ficción. Hay momentos en que no se sabe bien si se habita un sueño o si la película cuenta lo que de verdad sucede en aquel remoto y desangelado paraje. Es difícil saber quién es finalmente el héroe, ese agente Teddy Daniels magistralmente interpretado por Leonardo DiCaprio. Si es un buen tipo o, más bien, un asesino.

¿Qué ocurre exactamente ahí, en Shutter Island? El héroe sale del centro psiquiátrico y baja por unos acantilados y luego, cuando va a subir, empiezan a salir de todas partes unas ratas asquerosas. Hay momentos en que todo adquiere un punto delirante, y Scorsese se inclina con frecuencia por el manierismo: la cosa gótica, la terrorífica situación, la influencia de los malos malísimos. Y todo eso despista un poco. Habitar la realidad o plegarse a la ficción, caerse un poco del lado de la locura. Hay situaciones extremas, claro, y en esa isla han metido los casos más desesperados. Sin embargo, lo inquietante de la trama es que lo que cuenta forma parte de la vida de todos. Hay ratos en que los nombres que se habían puesto a las cosas y a las situaciones ya no sirven. La posición que se tenía con respecto a los otros se altera. Las coordenadas cambian. Aquello que parecía real de pronto se desvanece. Y empieza la pesadilla.

El País

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