Hacia el estallido

Por: | 29 de septiembre de 2010

¿Qué ha ocurrido para que, de pronto, todo se reduzca a una violenta explosión de luz? ¿Qué fue lo que llevó a Joseph Mallord William Turner a ir despojando de sus obras cuanto hubiera de anecdótico para que los trazos y los colores lo fueran dominando todo? Sus mayores logros los hizo cuando pintaba paisajes. Poco a poco, las olas de sus mares se fueron agitando más y más y, de pronto, como si él mismo hubiera sido absorbido por un furibundo maelstrom, ya sólo pintó un grito, un gesto, un estallido. Lo mismo le pasó con los atardeceres: dejó que la luz fue lo fuera deglutiendo todo hasta que sólo quedara su afán de desparramarse en el cuadro. Este punto extremo al que llegó Turner está presente en unos cuantos cuadros de la exposición que le dedica el Prado, pero lo que hay ahí sobre todo no es tanto el final del trayecto sino el camino que recorrió. Sus maestros y los desafíos con sus contemporáneos, las influencias que fue incorporando, su gusto por copiar a quienes admiraba, su pasión por la competencia. Dos detalles sintetizan bien la personalidad de Turner: su rápida incorporación a la academia y su gusto por viajar. De un lado, las normas y los hábitos de la vieja institución. De otro, el gusto por lo desconocido, la voluntad de abrirse al mundo.

Turner Snow Storm-Steam-Boat off a Habrbour's Mouth 1842 
La exposición del Prado tiene la medida apropiada para estar a la altura de su legítima ambición: la de ilustrar cómo se va cocinando un gran artista (en la imagen: Tormenta de nieve, 1842, de Turner). Lo curioso, y fascinante, es descubrir que lo haga copiando y compitiendo. Copiando de mala manera, sin pudor, por la mera disciplina de entender desde dentro qué llevó a sus predecesores a elegir esta fórmula o aquélla. Rembrandt, por ejemplo, concentró la luz de su cuadro sobre la huida a Egipto en el fuego que encienden los padres de Jesús durante un descanso, y Turner ensaya el mismo efecto en una de sus piezas. Con Claudio de Lorena, a quien admiró de manera incondicional, los parecidos comienzan siendo escandalosos: los mismos árboles situados en los márgenes del lienzo, el mismo puente y el mismo número de figuras que, vaya, visten atuendos de colores semejantes. Pero luego ya se va viendo cómo el discípulo va tomando distancias: y la sobria contención de los cielos de su maestro en el Puerto con el embarque de Santa Ursula dejan de serlo en su obra El declive del imperio cartaginés, donde la luz empieza a adquirir una inquietante turbulencia. Turner va afirmando, poco a poco, su querencia por el desgarro de los románticos, por sus excesos, aunque siga trabajando en los marcos clásicos que ha heredado de sus mayores. Hasta que, de manera sutil, de pronto ya es otro y es dueño de cada uno de los registros de su lenguaje. "Sí, la atmósfera es mi estilo", dijo por entonces.

 595px-Joseph_Mallord_William_Turner_083Turner entró en contacto con la Royal Academy desde muy pronto, con catorce años (en la imagen, un autorretrato de Turner). Con quince, ya exhibió una acuarela en una de las exposiciones colectivas de verano. No tardó en pintar óleos, pero lo que importa sobre todo es esa estrecha relación que lo ligó durante toda la vida a la institución. En la muestra del Prado puede verse cómo, una y otra vez, fue sometiendo sus obras a los críticos que frecuentaban la Academia. Era ahí donde Turner comprobaba hasta qué punto había imitado con destreza a los grandes. Pero lo que también favorecía al artista era el clima de competencia que allí se generaba. Se ocupó de copiar a sus maestros, y al mismo tiempo compitió con fervor con sus contemporáneos: con  Clarkson Stanfield, con Philip James de Loutherbourg, con  Thomas Girtin, con John Constable.

Frente a ellos, siempre forzó al máximo el espectáculo. La obra de Turner tiene una querencia por el lado enigmático y salvaje de la naturaleza, pero como pintor era amigo de los efectos especiales. Sus mejores piezas son seguramente aquellas donde su afán por impactar queda barrido por la propia naturaleza que vuelca en el lienzo. Es ahí donde se produce el estallido: el puro color, la materia, el gesto. Cuando Turner abandona las enseñanzas que ha ido incorporando con dedicación y disciplina y se atreve a ser él mismo.

Hay 1 Comentarios

Me ha encantado la forma en la que se ha presentado la exposición.
Es cierto que la pintura de Turner, en su estilo propio, resulta inconfundible. Y de que sus maestros fueron de lo mejor en su género.
Si, romanticismo en su punto álgido. Totalmente dramático.
Y tan moderno, en el reconocimiento.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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