Máquinas que incrementan la dicha

Por: | 01 de octubre de 2010

Este libro trata de un cuadro inexistente que ocupa un lugar privilegiado en el Louvre. Lo pintó François-Elin Corentin, un artista del que no se tienen noticias. Con Los Once (Anagrama; traducción de María Teresa Gallego Urrutia), Pierre Michon (Cards, Francia, 1945) ganó el Gran Premio de la Academia Francesa. Trata de una época aciaga, la del Terror, pero la aborda de manera oblicua, distante, y por eso los ríos de sangre fluyen a lo lejos, y no se escuchan los alaridos, ni los llantos. Ni el ruido de la guillotina. El asunto, en realidad, es otro: la relación del arte con el poder. Y qué mejor motivo para ocuparse de ese tema que poner en escena el encargo que se le hace a un joven pintor que vive en el París de la Revolución para que inmortalice a los miembros del Comité que gobierna desde la sombra y que se alimenta de la muerte de toneladas de ciudadanos. Ahí están, pues, los once: Billaud-Varennes, Carnot, los dos Prieur, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint Just y Saint-Andrè. Juntos colaboraron para limpiar Francia de cualquier sospechoso de coquetear con la reacción. Hicieron su trabajo sin que les temblara el pulso, amparados en una causa incuestionable, el futuro les pertenecía. El narrador advierte desde muy pronto que todos ellos, salvo uno, tuvieron que ver con la literatura: como autores de óperas, de dramas y de comedias, como poetas épicos o líricos, como narradores, acaso como simples y esforzados amanuenses de cartas y tratados y elogios y discursos.

Pierrec michon daniel mordzinski 
Cuenta Michon (la foto es de Daniel Mordzinski) que François Corentin, el padre del artista, se había dedicado también a las letras unos años antes. Formaba parte, comenta, de ese nuevo grupo de literatos que consideraba que "el escritor valía para algo", que no era un tipo superfluo que se dedica a entretener a los ricos y poderosos sino que podía servirse de su inteligencia y sensibilidad y de sus conocimientos y habilidades para cambiar las cosas: "un multiplicador del hombre", escribe Michon, "un poder de crecimiento del hombre, igual que las retortas lo son del oro y los alambiques del vino; una máquina poderosa para incrementar la dicha de los hombres".

Casi todos los miembros de aquel Comité de Salvación Pública, al que la asamblea se plegó por completo entre septiembre de 1793 y la primavera de 1974, habían sido pues, alguna vez, "máquinas poderosas para incrementar la dicha de los hombres" antes que simples máquinas de matar. Primera reflexión: quienes se alimentan y producen discursos que contribuyen a mejorar la suerte de las criaturas humanas pueden también liquidarlas si no se ajustan al programa establecido. El Comité procedió siempre con eficacia, y no tuvo el menor escrúpulo en terminar con cuantos consideró enemigos de la Revolución. Las grandes palabras justifican las mayores abominaciones. Curioso es que quienes las escriben sean los mismos que luego se enfangan al convertir su mensaje en la verdad revelada que ha de cumplirse.

Michon procede contando la vida del artista. Y eso le permite levantar acta de la gente de aquellos tiempos: los abuelos, los padres, los hijos. Las viejas opresiones, el afán de cambiarlo todo, la obediencia a los dictámenes de la Historia. La excusa se la sirvió Jules Michelet en las doce páginas que dedica a una obra que retrataba a los miembros del Comité en el capítulo III del decimosexto libro de la Historia de la Revolución Francesa. Hay distintos momentos esenciales: por ejemplo, cuando el artista Corentin recibe el encargo de su antiguo amigo, Collot, convertido ya en uno de los once. En el Terror, observa Michon, la política se ha convertido en teatro. Ya no hay opiniones distintas, sólo funciona la maquinaria que acaba con cualquier disidencia. Pero lo hace como poder fantasma. Segunda reflexión: lo que al artista le toca hacer es hacer visible ese poder. "Un cuadro que concediera existencia oficial a ese Comité que teóricamente no existía, pero al que, por el mero hecho de salir en una pintura, considerarían que era lo que era: un ejecutivo radicado en el abominable lugar del tirano, un tirano de once cabezas, que existía y reinaba efectivamente, que exhibía incluso la representación de su reinado como hacen los tiranos…", escribe Michon. El galope desorbitado de la Historia ha acabado con los viejas ilusiones del pueblo que hizo la revolución.

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Mis disculpas por utilizar este espacio de libertad para denunciar las sucias maniobras de los administradores de los foros de El País. La censura existe. He probado, por ejemplo, a partir el mensaje en dos, por si era muy largo (la única explicación porque es correctísimo y está dentro de la cuestión del foro), y no ha salido publicado, en un empecinamiento de los administradores más digno de un fascista, que quiere mantenella y no enmedalla, que de servidores públicos, en tanto tienen encomendada una gestión para mí sagrada. Si, para vergüenza de la libertad de expresión, aun así no me lo han publicado, la censura es arbitraria y un hecho consumado, pese a quien pese y digan lo que digan en El País la defensora del lector, los foreros bien intencionados y el hijo secreto del Capitán Trueno. Y si no me dejan escribir en libertad (este es mi último intento) estoy de más en este foro. Mi paciencia tiene un límite. Censores, su desvergüenza, también.

Auspicio de amor.

Al final de
una larga caminata
siento un suspiro,
el canto del
sol y la triste
poesía que llama
el eterno de un
sueño dichoso.

Francesco Sinibaldi

Me gustaría poner el acento en la cuestión o asunto al que llamamos conciencia. La conciencia no es naturalemente individual sino que es también colectiva. A la hora de actuar, el individuo no lo hace a partir o en relación a si mismo. Con esto quiero decir que también la conciencia se hereda. El hecho de que se establezca cierta disociación en el porcentaje adquirido entre conocimiento y conciencia nos deshumaniza a efectos. Es por lo tanto, un fracaso. Solemos relacionar el fracaso o el desastre con la palabra involución.
Michon nos dice: - recoged vuestra parte de conciencia, la que habéis borrado, y volved al mundo, a la vida.
Yo le quiero porque no atenta contra la ciencia, la evidencia ni contra el hombre.
¿Qué opinais, vosotros?

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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