El tren

Por: | 02 de enero de 2012

Chucu, chucu, el tren. Arranca con la muerte de Franco y llega a su término en el momento en que asesinan a John Lennon en Nueva York. Eso sí, a Lennon hay que contarlo como algo propio (y lo es, los Beatles son universales) porque lo que se hace en este viaje es recuperar una parte de la historia reciente de España. El tratamiento ya queda claro desde la primera escena: un tipo recibe una carta con el membrete de El Pardo en la que le comunican que el propio Franco lo eligió para que fuera uno de los portadores de su féretro el día en que tuviera que ser enterrado. Ese día ha llegado. El hombre al que se le ha encomendado tan delicada misión tiene, sin embargo, un problema: hizo un trabajo para el dictador que nunca le han pagado. Así que discute con su mujer, ¿ir o no ir? Y va, no tiene más remedio el pobre, pero no tarda en recordarles a algunos relevantes empleados de El Pardo la vieja deuda pendiente, y se arma. ¡Vaya si se arma! Alfredo Sanzol es el responsable del texto y el director del montaje. La obra se llama En la luna, puede verse en el teatro de La Abadía de Madrid hasta el 8 de enero y tiene algo de viajar en un tren. Quizá por la precisión del ritmo con que los seis actores ejecutan su cometido. Quizá por la manera que tiene de deslizarse por las situaciones que recompone, y que van sucediéndose como las estaciones de un largo recorrido. Quizá, también, por su estilo, que tiene mucho de artesanal, como lo tenían aquellos vagones de lujo que eran el mayor motivo de orgullo del que fuera en su día el nuevo gran medio de locomoción. En la obra hay ese antiguo cuidado por las palabras, ese gusto por el acabado y ese afán por el trabajo en equipo y la complicidad. Mucho humor, las justas dosis de poesía y la invitación a volver atrás, que nunca está de más para saber de dónde venimos.

En la luna lucia quintana
Los actores no cambian mucho de vestuario desde la primera a la última escena, ya sean adultos o niños o ancianos (en la imagen, de Ros Ribas, Lucía Quintana en un momento de la obra). Van aún vestidos de riguroso franquismo, si es que se puede decir así: trajes y faldas y abrigos (y moños) para formar parte del más gris anonimato, sin gracia alguna, con ese aire tristón propio de aquellos días. También la escenografía apunta al clima lóbrego de la dictadura: un espacio desnudo que parece un monolítico bloque de cemento. Solo asoma, en el cielo, la silueta de la tierra. Al fin y al cabo estamos en la luna, en un remoto lugar en el que acaso no regían las mismas pautas que gobiernan el mundo en que vivimos. Eso fue, por lo menos, lo que les pasó a quienes padecieron la larga dictadura de Franco, que nunca pudieron acceder a las libertades de las que disponían sus vecinos porque fueron encerrados en un patio de cuartel bajo la atenta mirada de militares y sacerdotes. Y eso es lo que recoge esta obra, pues siguió pesando sobre lo que ocurrió después, cuando España se fue abriendo al exterior. La distancia llena de sarcasmo e ironía con la que vuelve Sanzol sobre aquellos frenéticos momentos de cambio podría en algún caso volverse en su contra: cuando el artificio del humor desvía un tanto la atención e impide ver las tremendas dificultades que lastraron el desafío de dejar atrás el horror de la dictadura.

Unos policías visitan al testigo de un atraco para sugerirle un pequeño cambio en su testimonio. Un hombre decide vender el coche de bebé en que lo paseaban de pequeño. Una niña pretende que su amigo observe lo que ella está viendo a través de un telescopio y que no resulta muy ejemplar para sus respectivos progenitores. Tres hermanos descubren la cuneta en la que fueron enterrados sus padres después de ser asesinados. Una madre les ofrece a sus hijas una pistola para que se protejan de sus compañeros que las pueden considerar unas pelanduscas (y propasarse con ellas) por asistir a una manifestación contra el franquismo…

Una detrás de otra van sucediéndose unas situaciones que casi siempre tienen lugar en el mundo estrecho de los lazos familiares (los hermanos que no se hablan, la joven que se entera que su novio ha sido antes cura, la mujer que escribe relatos eróticos que su marido lee escondido) pero que recogen la miseria moral heredada de la dictadura. En la luna está construida con el puntilloso rigor que pone un carpintero al hacer sus muebles, y los actores (con un Juan Codina en estado de máxima inspiración) ejecutan con primor la galería de personajes que les toca representar. El tren marcha infatigable y no ahorra detalle alguno: así éramos, así pensábamos, así nos tocó salir del largo túnel del franquismo.

Hay 4 Comentarios

Quería agregar que soy argentina, que voy a cumplir 50 años, que estoy orgullosa de un país en que se ha llevado al banquillo de los acusados, se ha condenado, se ha encarcelado en carcel común a los genocidas. Esto lamentablemente no ha sucedido en España por lo cual me parece que esa frase del final, " así nos tocó salir del largo túnel del franquismo.", no es cierta porque Me parece que como en España no se han hecho juicios por la guerra civil, no han salido AUN, TODAVÍA, del largo y oscuro túnel del franquismo. Aún se yergue alta la figura del TODO PODEROSO MUERTO, PERO QUE NO HA SIDO BAJADO DE SU PEDESTAL!!!!

Jose Andrés me encanta tu blog. Tus notas son pequeñas, de pocos párrafos, con un gran contenido que llena el alma. Me gusta la propuesta de todos los días tratar un tema. Un pena que esta obra yo no la pueda ver. No la pueda gozar. Pero al menos la he podido recrear con tu hermosa crítica. Daría mucho por estar sentada en una butaca del teatro La Abadia de Madrid. Me sacaría un pasaje, atravesaría el Océano Atlantico mañana mismo, para llegar el domingo, y sentarme a saborear un dulce y esta magnifica obra. Lástima que no tengo el dinero para poder llegar. Me basta con que lo hayas contado. Gracias.

O "El que no inventa, no vive"
(Ana María Matute, Premio Cervantes 2011)

Me alegra que hayas dedicado este post al Teatro, pero me asombra el hecho de que hayas evitado la crítica. Siempre necesaria para poder comprender.
Comentas "El tren marcha infatigable y no ahorra detalle alguno: así éramos, así pensábamos, así nos tocó salir del largo túnel del franquismo". Pero el hecho es que el tren se detiene en una generación. E incluso en un género.
¿Cómo comprender un hoy que se detiene hace más de 40 años?¿Cómo explicar a los que están cumpliendo la década la salida de un túnel de miseria moral?¿Acaso la moral predominante no es miserable?
El culto al cuerpo, la aberración sexual latente durante décadas, el cainismo, la falta de seguridad, la indiferencia, la hipocresía o la violencia, son producto o consecuencia de la dictadura?
La excusa, la referencia, no me parece buena. Ya no por perdida, sino por irreverente y trasnochada. Dificulta la oportunidad de interpretar cada velo, cada invención dramatizada. Para conmover hay que arriesgarse.
Creo que tan perverso puede ser el censurador cuando existe como el que lo inventa cuando no lo hay.

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Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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