Un nómada en un rincón de Suiza

Por: | 01 de marzo de 2012

"Soy nómada", escribió Hermann Hesse. Soy "un hombre que busca y que no custodia", "el puro caminante". En 1916, el escritor tuvo una grave crisis y acudió al doctor Josef B. Lang, un discípulo de Carl Gustav Jung, referente del psicoanálisis. El 3 de marzo de ese año había muerto el padre de Hesse, su hijo Martin estaba enfermo, los problemas mentales de su mujer eran cada vez más alarmantes y, además, estaba sufriendo una campaña periodística que buscaba denigrarlo por su coraje a la hora de denunciar la terrible guerra que desangraba entonces al mundo. Lo llamaron traidor y desertor. Para salir de aquel agujero, a Hermann Hesse le recetaron que pintara. Unos años más tarde, en 1919, decidió separarse de su mujer, ya recuperada de sus dolencias, y tras dejar a sus tres hijos colocados en las casas de distintos amigos partió hacia el sur. Fue entonces cuando se instaló en Montagnola, una pequeña villa cerca de Lugano, en el cantón del Tesino, Suiza. Alquiló cuatro habitaciones en una suerte de palacete, la Casa Camuzzi, y salió a pasear. "Durante los días calientes daba caminatas por los pueblos y bosques de castaños, me sentaba en mi sillita plegable e intentaba captar con acuarelas algo de la magia circundante", escribió más tarde refiriéndose a aquellos días, en los que, también tiempo después, se describió de esta manera: "Ahora era un pequeño literato quemado, un forastero harapiento un poco sospechoso, que se alimentaba de leche, arroz y macarrones, que usaba sus trajes hasta que se deshilachaban, y que en otoño llevaba del bosque su cena de castañas a casa... Como si hubiera despertado de una pesadilla, una pesadilla que hubiera durado años, respiraba la libertad, el aire, el sol, la soledad, el trabajo". Con una meticulosa edición de Ana Carvajal se acaba de rescatar un delicioso libro que resume aquella temporada en la que Hermann Hesse procuraba salir de aquel peculiar infierno. Se titula El caminante (Caro Raggio Editor), y reúne trece acuarelas, trece textos en prosa y trece poemas del autor de El lobo estepario. El pasado martes se presentó en la sede de Zavala Civitas, que ha impulsado la publicación de estos pequeños relámpagos que dan cuenta de un paisaje, el de la vertiente sur de los Alpes, pero también de una manera de ver el mundo, la de quien sostiene en esas páginas: "Di que sí a todo, no evites nada, no te mientas a ti mismo".

Hermann hesse

Una casa de campo, un paso de montaña, una aldea, unos cuantos árboles. Los motivos de los que se ocupa Hesse (en la imagen, en Montagnola) en estas viñetas no tienen mucho misterio y sus acuarelas son las de un aficionado. Detrás de cuanto escribe, sin embargo, se atisban los terremotos internos que procuraba conjurar utilizando los pínceles. Se pone por ejemplo a pintar un puente, y lo que emerge entonces es el conflicto que acababa de darle un golpe de muerte a la vieja Europa. "No había allí ni una sola piedra que yo no amara", apunta a propósito de lo que está dibujando, y se acuerda: "Pero todo esto no era nada y mi amor por los matorrales mojados y rendidos era sentimental y la realidad era otra cosa, se llamaba guerra y trompeteaba por la boca de los generales, y yo tenía que correr…".

Habla de lo que significa aprender a mirar, transmite su entusiasmo por la belleza de aquellos paisajes, recuerda que en una casa de párroco fue feliz de niño, escribe sobre la piedad y las canciones que compusieron Wolff y Schoek con versos de Eichendorff, apunta un sueño. De pronto lo sacuden sus demonios personales y señala que tiene miedo a "quedar cercado por lo inalterable", que teme la melancolía y el hastío. Y entonces se afirma contra las sombras que lo acechan: "No se puede ser un vagabundo y un artista y, al mismo tiempo, un ciudadano sólido, equilibrado y sano. ¡Si quieres escuchar los murmullos, aguanta también los aullidos!".

Y, ya casi al final, una confesión, que su vida carece de centro: "Flota palpitante entre numerosos polos de atracción y sus opuestos. De un lado la añoranza de una patria interna, del otro la ansiedad por estar en el camino". Esas escisiones, sin embargo, esa tensión que nunca se resuelve, el mundo que parece vagar siempre a la deriva, ¿no es, en el fondo, cosa de todos los mortales? Hermann Hesse convirtió esas contradicciones en la fuente de su literatura. Su capacidad de conectar con tantos y tantos lectores confirma que la herida que se abre entre el refugio doméstico y la llamada de lo desconocido es cosa de todos. O, bueno, de casi todos.

Hay 7 Comentarios

Excelentes comentarios los de Lectora entusiasta y Ángel

En primer lugar, gracias por el espacio. Muerte, represión y saqueo. Sin estas tres palabras, el concepto de mega minería no podría existir. Van de la mano al igual que van de la mano el gobierno nacional y las mineras extranjeras, encargadas de llevarse los minerales y las divisas, dejando contaminación, destrucción y migajas. El conflicto generado en torno a la minería metalífera a gran escala desenmascara las políticas reales del kirchnerismo y la burguesía nacional, que solo buscan poner en bandeja los recursos naturales y estirar lo máximo posible el discurso de un progresismo emancipador, que no resiste ningún contraste con la realidad. Gracias a los levantamientos populares, los cuestionamientos hacia esta actividad extractiva y destructora han echado raíces en amplios sectores de la sociedad. Hoy, los pueblos de Famatina, Belén, Andalgala, Tinogasta, Chilecito, entre otros, son los faros a seguir en una lucha por la emancipación. Pese a que muchos intenten enfriar el conflicto con vientos malvinenses, el repudio a la minería a cielo abierto truena más fuerte que las explosiones que mutilan la Cordillera de los Andes. LEER INVESTIGACION COMPLETA: http://elruidoenelhormiguero.blogspot.com/2012/02/miserias-cielo-abierto.html

O, bueno, de casi todos

Más bien.

Me uno a lo dicho en su comentario por MARGA. Son las palabras justas que yo quería decir. Ángel

Disculpa que lo ponga aquí, pero quiero que se avergüence antes de borrarlo. Denuncio que en este periódico hay un censor fascista que mutila la verdad. Este es el mensaje censurado: Argentina, en un acto sublime de grandeza, ya nos acogió, nos dio fonda y afecto y calor, cuando el sapo iscariote y ladrón (León Felipe) ensangrentó España, llenando las paredes de los cementerios de agujeros homicidas, las cunetas y las fosas de cadáveres. Hoy nos vuelve a dar una lección impagable, reconociendo al ilustre magistrado, señor Garzón, como una persona honesta y brillante, que ha luchado porque salgan a la luz los injusticiados frente al paredón, los del tiro en la nuca, los españoles desaparecidos, arrancados de sus familias y asesinados. Argentina sabe de esas heridas, de esas ausencias y ha venido a ponernos la lámpara picassiana frente a los ojos. Bienvenida sea. El censor parece que no está de acuerdo con estos. ¿Si hay una palabra ofensiva, censúralo? ¡Ten, al menos, la dignidad de saber soportar la verdad!

Preciosa reseña literaria, es una buena invitación a buscar el libro.

Muchas gracias por esta recomendación tan bien contada, como todo lo que sale de su pluma. Un regalo que viene como el agua al sediento; Hesse es verdad y compromiso; humildad. Su creación literaria está siempre en relación directa con su propia evolución que él mismo denominaba “series de crisis y nuevos comienzos”.Vamos, la vida misma... Conexión total! Gracias de nuevo.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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