Desamparados

Por: | 25 de abril de 2013

Es una obra antigua y conocida, pero sigue estando tan viva que vuelve a merecer la pena acudir a verla. El Centro Dramático Nacional ha estrenado hace unos días Esperando a Godot, de Samuel Beckett, en la versión que hizo en su día Ana María Moix. La ha dirigido Alfredo Sanzol y la interpretan actores tan llenos de recursos como Juan Antonio Lumbreras o Pablo Vázquez, entre otros. La vieja historia se desarrolla en ese escenario que Beckett definió así con su habitual laconismo: "Camino en el campo, con árbol". Ahí tienen lugar las peripecias de sus criaturas, que no son gran cosa: afanarse por una china en el zapato, comer una zanahoria, pasar el rato. Desde el primer instante, los diálogos circulan velozmente, a veces como si los actores jugaran una partida de tenis: pim-pam, pim-pam, pim-pam. Hablan de sus minúsculas complicaciones, pero tocan también asuntos de calado. Nadie mejor que Beckett para diagnosticar la miserable condición humana al mismo tiempo que convoca una carcajada. ¡Sus criaturas!: todas ellas —se llamen Molloy o Malone, Mercier o Camier, Watt, Vladimir o Estragon— son impecables siempre a la hora de expresarse, en el momento de verbalizar las complicaciones que van encontrando, y al mismo tiempo están desamparadas. En Esperando a Godot confluyen dos viejos amigos que llevan tiempo juntos y que, de tanto en tanto, se siguen preguntando si no deberían separarse, y otros dos, que se relacionan reproduciendo la vieja dialéctica del amo y el esclavo. Ahí los tienen: están en el camino (con árbol) y conversan. ¿Son vagabundos que no tienen donde caerse muertos? ¿O una especie de payasos que despliegan su ingenio camuflados en medio de la nada? 

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Es una obra antigua y conocida, pero resulta que hay quienes todavía no la han visto. Y hacen mal. Beckett está metido en todos los libros de texto y le dieron el Premio Nobel y tiene la fama asegurada por haber dinamitado convenciones y lenguajes, pero es que su obra mantiene la frescura porque supo poner la risa en el centro de la mirada con la que barruntamos la muerte y el fracaso. Y lo mejor de Beckett siguen siendo sus palabras, una detrás de otra. Dice Vladimir: "Es cierto que si pesamos el pro y el contra, quedándonos de brazos cruzados, honramos igualmente nuestra condición. El tigre se precipita en ayuda de sus congéneres sin pensarlo. O bien se esconde en lo más profundo de la selva. Pero el problema no es éste. Qué hacemos aquí, éste es el problema a plantearnos. Tenemos la suerte de saberlo. Sí, en medio de esta confusión, una sola cosa está clara: estamos esperando a Godot".

No se puede tener mayor elegancia para dar noticia de la catástrofe (la larga espera y la nada). Beckett adoraba a Buster Keaton y nunca está de más acordarse de ese detalle: limpieza en las formas, economía de medios, una querencia extrema por lo más austero y sencillo. Nada de sentimentalismos gratuitos. "A caballo entre una tumba y un parto difícil", dice también Vladimir. "En el fondo del agujero, pensativamente, el sepulturero prepara sus herramientas. Hay tiempo para envejecer. El aire está lleno de nuestros gritos".  

Cuenta Anthony Cronin en la biografía que hizo de Beckett que compuso Godot en un tiempo "asombrosamente breve": "El cuaderno escolar en el que se escribió a toda velocidad y sin apenas enmiendas lleva la fecha del 9 de octubre de 1948 en la primera hoja y del 29 de enero de 1949 en la última". Nada más que un suspiro. Y, mientras tanto, hay tiempo para envejecer. Así que se recuerdan diferentes montajes de Esperando a Godot, como si hubieran estado ahí como un espejo al lado del camino (con árbol): para recordarnos nuestra irrelevancia. Hubo, hace ya muchos años, una puesta en escena que hizo Víctor Ruiz para una compañía de aficionados, Taedra: en verdad que fue maravilloso el Vladimir que compuso para ese montaje Juan Ramón Lodares, cuando todavía ni había pensado dedicarse a la filología, ni barruntaba escribir los libros sobre nuestra lengua que le dieron fama y prestigio. En fin, ya lo saben: "El tigre se precipita en ayuda de sus congéneres sin pensarlo. O bien se esconde en lo más profundo de la selva". O una cosa, o la otra.

Hay 2 Comentarios

Me gustaría compartir con vosotros este relato. Un abrazo a todos.

Es un placer poder compartir tu artículo. Me gustaría tener millones de contactos para poder responder honradamente.
Lo cierto es que hace años que veo esta obra presente en la actualidad y en las noticias. Y que consigue traspasar siempre ámbito literario para convertirse en la referencia del absurdo y de la indiferencia sustancial disfrazada de asunto serio.
Los enlaces son magníficos y merecen una difusión general y prioritaria.
¡GENIAL!

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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